La mamá de Sabrina (I parte)

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«¿Quisieras hacer algo de judo conmigo?» Sentí que me iba a desmayar.

Este relato lo escribí hace 25 años para una amiga que ya no está más aquí. He tratado de respetar los detalles de historia que ella vivió y me contó (de allí que lo relate en primera persona). Ruego como siempre vustra indulgencia.

No sé qué piense Ud. al recordar su vida de estudiante, pero a mí realmente me invade la nostalgia. Para una chica latina es siempre emocionante recordar nuestro primer beso, la primera caricia… y el delicioso despertar a la sexualidad. Una de las cosas que también extraño es el compañerismo que se desarrolla en esa época. Precisamente Sabrina es una de las mejores amigas que recuerdo. Crecimos en el mismo barrio, jugamos los mismos juegos y asistimos a la misma Escuela y Colegio. Lo que voy a contar sucedió cuando teníamos 16 años. Una noche en que teníamos que preparar un examen de Gramática para el día siguiente, me quedé a dormir en casa de ella. Mis padres no pusieron ningún reparo y cerca de las 7 p.m. estaba junto a Sabrina repasando los verbos irregulares, sentadas en la mesa del comedor.

La madre de Sabrina, Susana Gómez, era una mujer cuarentona, realmente muy sexy para su edad. Se había divorciado cuando Sabrina tenía 5 años así que le correspondió a ella criarla con mucho amor y sacrificio en medio de una sociedad que como la venezolana, es muy machista.

Según contaba Sabrina, su madre era muy aficionada a los deportes violentos: había jugado soccer en su juventud y practicaba karate a raíz de un robo que sufriera al salir de su trabajo una noche hace algunos años atrás.

Al ver sus piernas deliciosamente torneadas y que exhibía coquetamente con los shorts blancos que llevaba, era fácil adivinar sus habilidades deportivas. Los pequeños pero poderosos músculos de sus brazos se erguían orgullosamente mientras limpiaba el piso de la cocina… pero eran sus hermosos pies – que llevaba descalzos – los que me ponían algo inquieta.

Instintivamente volteé a ver los míos, enfundados en mis sandalias de pescador y sentí escalofríos al rozar sin querer las plantas de los pies de Sabrina, que ni siquiera se dio por enterada. Debajo de la mesa me descalcé para sentir mejor los pies de ella y me estremecí de placer cuando sentí el contacto con las frías baldosas de la cocina. Las tres estábamos descalzas y eso realmente me excitaba.

«Bueno chicas, suban a acostarse. Es tarde ya y deben estar frescas para su examen de mañana.» Dijo la Sra. Gómez mientras terminaba de lavarse las manos en el fregadero de la cocina.

«Oh, vamos…» protestó Sabrina mientras estiraba las piernas y brazos perezosamente. «Aún es temprano. Son apenas las 10 p.m.»

«He dicho que arriba» replicó cariñosamente su madre al tiempo que besaba la mejilla de su hija.

«Está bien. Vamos Bárbara» dijo Sabrina mientras arreglaba los libros. «En la cama podremos charlar un poco» me susurró de manera cómplice mientras me tomaba del brazo para levantarnos.

«Buenas noches Sra. Gómez» me despedí. «Buenas noches, querida. No conversen hasta muy tarde» respondió mientras apagaba las luces de la cocina. Pronto toda la casa quedó en silencio.

Charlamos casi una hora. De moda, de chicos, de lo que se conversa en esa edad. Luego poco a poco me fue invadiendo un dulce sopor hasta que me quedé profundamente dormida. De pronto algo me despertó. En medio de la oscuridad del cuarto me senté en la cama. Sabrina dormía profundamente a mi lado. Sus largos ronquidos no había sido el ruido que escuché. Allí estaba de nuevo. Era un grito!. Caminé en puntillas por el cuarto y abrí despacio la puerta. Allí estaba otra vez aquel grito! Era de una mujer, no había la menor duda. Y la única que podía ser era la mamá de Sabrina. Bajé deprisa las escaleras y al llegar al hall me encontré con un espectáculo increíble: La Sra. Gómez estaba en judogi, lanzando patadas y gritando en medio de la sala.

«Kiaiiii» gritó de nuevo. Me senté en el último peldaño de la escalera para ver de cerca aquella bella demostración. Por espacio de cinco minutos admiré como lanzaba elegantemente golpes a rivales imaginarios, mientras se desplazaba con sus hermosos pies desnudos sobre las baldosas de la sala, saltando con agilidad sorprendente. De pronto lanzó un último «Kiaiiii», juntó los talones, pegó las palmas de las manos en sus muslos y muy solemnemente inclinó su cabeza. Era señal que había terminado sus katas nocturnas.

De pronto nuestros ojos se encontraron. «Lo siento, debo haberte despertado» me dijo mientras secaba el sudor de su frente con una toalla. «Son mis ejercicios de rutina. El karate es muy beneficioso para las chicas. Deberías practicarlo.»

«Practico judo, Sra. Gómez» respondí mientras me acercaba a ella. «También es un lindo deporte» me contestó con cierto brillo en sus ojos. «Algo me han enseñado en la academia a donde asisto. Estás cansada Bárbara?»

«¿Por qué esa pregunta, Sra. Gómez?»

«¿Quisieras hacer algo de judo conmigo?» Sentí que me iba a desmayar.

 

Comentarios

  1. Agaes

    3 septiembre, 2019

    esperando la continuación de esta historia, un fuerte abrazo!!

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