La manera en la que hablan

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Es la manera en la que hablan,

la forma en la que caminan lo que me confunde.

Las personas suelen muchas veces ser ordinarias:

hacen malabares con las horas del día

persiguen las altas construcciones para tener altos trabajos

insisten en el valor de las cosas porque todo lo que conocen son cosas;

acumulan grilletes como premios sociales

nadan en el tráfico como peces en una pecera

de esas que se acaban a las pocas vueltas y no tienen salidas directas.

Las personas se mueven en manada tal como fueron entrenadas,

y olvidan otras tantas enseñanzas porque sienten que no llevan a nada,

pero entre el olvido y el progreso abandonan la bandada,

y se visten como iguales para verse diferentes

y se reúnen en lugares evitando llegar a verse

y compran y consumen lo que se le enseña a la gente

y nunca parecen darse cuenta que se entrenan con el colectivo

para perseguir, o al menos intentar, llegar a ser intransigente.

 

Yo busco entre las calles lo que no encontré en sus hogares

perdono sus ofensas a mis aún presentes instintos naturales,

descuido de mi vista sus activos y sus principios

pues yo de verdad busco en sus multitudes, en sus torbellinos

una persona que persiga lo que quiere sin perderse el paso.

 

A veces me encuentro divagando en sus caminos,

tratando de no llegar tarde olvido que el día nació y creció sin límites

que todo lo que existe es tiempo ahora fragmentado y regulado

por todas las instituciones que mantienen el orden del estado,

puedo decir que lo que antes era mío

lo sigue siendo porque lo mantengo en mis manos

y aunque quieren arrebatármelo no han podido

porque ser terco es la mayor de mis virtudes y el peor de mis fracasos.

No voy a intentar engañar a nadie: Camino. No divago.

Sé muy bien donde quiero ver pasar mis estaciones

conozco los lugares en los que no me molesta la gente

y aunque estoy condenado a repartirme

entre mis oficios y mi gremio de iguales humanos,

confío en esas otras caras que al igual que yo

disfrutan de los aguaceros y sus secuelas sensoriales.

 

Sé que existen, más cerca que distantes, personas con otras caras

que al igual que yo no persiguen las corrientes comunales,

lo sé, porque a veces nos reunimos a discutir temas cotidianos;

se identifican por la manera en la que hablan,

por esa manera peculiar en la que me hablan,

porque no me confunde la forma en la que caminan

y no tienen miedo a acercarse aunque por dentro todo arda;

a veces vienen a mí, otras tantas yo voy a ellas

y entonces caminar se hace más que preciso

y las calles de repente no son largas

y las noches no son de tiempos fragmentados

y las leyes que nos fueron impuestas no aplican

para todas nuestras similitudes

para todas nuestras diferencias

para todas estas tan únicas convergencias.

 

A veces me toman de una esquina de mi alma

y me llevan, entero o por partes,

a los límites de mis sensaciones emocionales;

otras tantas me dejan rodearles el aura y el cuerpo

con mis brazos terrenales

y compartirles mi pasado y mi presente

abriéndome el pecho y avivando su fuego.

 

A veces me dicen que existen días buenos y días malos

que no somos solo nosotros sino una mezcla de 3 o 4

viviendo dentro y enseñándose a mantenerse al paso,

porque somos seres que viven y que sienten

tanto miedos como triunfos como aplausos,

pero sobre todo que sienten esos desastres naturales

como torbellinos y relámpagos al mediodía

o risas llenas de lluvia y cigarrillos lejanos.

A veces se nos pasan las veces que sentimos

por temor a dejarnos vivir lo que traen las nuevas caras

y lo que nos dicen con la manera en la que hablan.

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