¿Quién mató a Mihaela Balan?

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Alain ocupaba ahora el sitio que Kajus dejó vacante; no es que esa sustitución fuera algo que fustigara su conciencia, pues lo que sucedió no formaba parte de ninguna estratagema trazada de antemano. Simplemente pasó; y queriendo calmar los remordimientos, se repetía: <¿es que para salvar el cuello de otro tengo que rebanar el mío? ¿Cuánta gente se lo hubiera cortado por ti, Alain? Ni tu hermano, ni siquiera tus padres, lo hubieran hecho. Es de suponer que Kajus tampoco>. Y es que al serbio Boyko Andonov no le hizo ninguna gracia amanecer un plácido y despejado sábado con la noticia de que una de sus prisioneras más valiosas había sido asesinada a bocajarro, dejando el culpable el cuerpo abandonado sobre la vegetación en un bosque de su propiedad y a vista de pájaro. Por lo que no tardaron demasiado en llegar las represalias.

 

Alain recordaba cómo se encendió y extendió la voz de alarma sobre las siete de la mañana, cuando se hallaba en plena rutina matutina de ejercicios y en mitad de la carrera de campo a través. Kajus y él se leyeron las mentes, y ambos se miraron con cierto aire que rondaba entre la estupefacción y la preocupación cuando presintieron movimientos extraños y frenéticos, vieron salir de la casa con celeridad a quienes sólo se trasladaban en muy contadas ocasiones de sus aposentos, y captaron de soslayo bufidos por parte de Tier y bisbiseos plenos de desasosiego entre éste y sus subordinados directos. Hubo un interrogatorio en una zona aislada a los jóvenes recién llegados que se ocupaban de las rondas de vigilancia sobre el terreno, y que fueron quienes descubrieron de improviso el cuerpo destrozado de la chica e iniciaron todo el protocolo. Entonces las miradas a distancia se sucedieron como un equilátero: de Alain a Kajus (“algo grave está ocurriendo”), de Kajus a Alain (“¿pero qué demonios has hecho?”) y las de Tier, enfurecido, girando a ambos lados y helándoles los huesos mientras recorría sus cuerpos con aquellos iris de ceniza (“uno de vosotros acaba de cavar su propia tumba”).

 

Todo ocurrió con excesiva rapidez. Buscaban desenlaces rápidos, no les importaban las justificaciones ni las razones. Tampoco se molestaron en indagar ni en perder el tiempo recurriendo a pesquisas detectivescas; no hacía falta: se hubo incidido en nada menos que en tres infracciones muy graves, inadmisibles desde la estricta normativa imperante en aquel lugar.

 

Uno: una de las prisioneras había muerto antes del plazo establecido, por lo que la pérdida física equivaldría también a una económica…¿quizá fruto de un abuso de autoridad por parte de alguien que no supo gestionar su trabajo?

Dos: la chica estaba fuera de los barracones. Craso error. Qué más daba si había conseguido escapar aprovechando un descuido de su cancerbero, o si se trataba de un acuerdo consensuado entre ambos. El hecho es que no se encontraba donde debía.

Tres: el cuerpo quedó a la intemperie, sin ningún tipo de medida preventiva y expuesta a miradas ajenas, durante toda la noche. Imperdonable. La suficiente cantidad de horas como para que se avecinaran los problemas, conseguir convertirse en foco de sospechas y atraer visitas y habladurías tóxicas e innecesarias. Lo cual suponía:

 

a)      Más sobornos.

b)      Más dinero.

c)       Más conflictos.

 

Fueron tres. Tres faltas de suma importancia. Kajus, Alain y otros cuatro chicos más (los únicos que no registraron ninguna salida aquel viernes) fueron llamados a una sala destinada para reuniones. Entraron allí con la cabeza gacha y el miedo transpirando a través de su piel, sentándose unos frente a otros en una mesa ovalada, cuyas zonas más estrechas eran presididas por Boyko Andonov y por Charles Evian, su fiel adepto y mano derecha. Charles, que sentía debilidad por Alain, el viejo encargado de captarle e introducirle la enseñanza teórica, cómplice y conocedor de sus dificultades y su prodigiosa memoria, le lanzaba miradas a base de adustez reprobatoria, casi rogando porque no tuviera nada que ver con dicho asunto, queriendo no sentirse defraudado. Y, por supuesto, también esperaba Tier, alzado como un guardián circunspecto, un pastor alemán fiero con forma humana, quien se mantenía firme y con un rictus severo custodiando la puerta.

 

Se expusieron los hechos. Se clarificó a quién había delegado Tier como responsable de los barracones aquella noche. Y Kajus no encontró escapatoria, porque no quería añadir más delitos conductuales a su ya manchado historial ni más presión a la que ya saturaba el aire viciado dentro de aquella sala. Esperaba quizás una conmiseración por parte de Alain, una verdad a medias, una pequeña defensa que nunca llegó; por su parte reinaba nada más que silencio. Si decía que había abandonado su puesto de trabajo por confiar demasiado en un compañero, con la excusa del agotamiento, encendería la mecha de la ira de Tier, porque eso equivaldría a un descrédito profesional que le afectaría directamente…y ésa sí hubiera sido una jugada torpe en una partida ya de por sí con cartas  muy nefastas.

 

La resolución no tardó en escribirse ni en dictarse.

 

Sin dilación, llevaron a Kajus a la zona donde yacía Mihaela Balan. Se pasó la mayor parte del día cavando una fosa profunda, al borde de la lipotimia debido a los nervios, la falta de alimento y las punzadas inmisericordes de los rayos de sol en pleno mediodía acribillando su cabeza. Luego le dispararon y le lanzaron al hoyo junto a Mihaela, tal y como rezaba el veredicto y firmaba su sentencia: “será condenado a muerte sobrellevando la deshonra de ser sepultado con su propia negligencia”.

 

Kajus murió de inmediato, de un disparo en la nuca, aunque ése no debería ser el protocolo a seguir. Los mismos chicos que encontraron el cadáver de la prisionera fueron los encargados de volver a cubrir de tierra los cuerpos inertes de ambos y hacerlos desaparecer del mundo. Alain, absorto desde una ventana a lo lejos, en el segundo piso de la casa, permanecía impávido con las manos en los bolsillos y ensimismado en sus pensamientos, en parte agradecido a su buena fortuna y al improvisado chivo expiatorio que le salvó la vida, veterano y gran defensor de los secretos de ultratumba.

 

Aquel no resultó un trago agradable para Tier. Sabía que era injusto, y que no se estaba condenando al verdadero culpable. Dejó traslucir una negada humanidad, por eso evitó hacerle sufrir, y se aseguró de que la bala fuera certera para no prolongar la agonía ni la indignidad que atenazaba el ambiente. Y es que, a primera hora, cuando descubrieron a Mihaela Balan y le llamaron con premura para que se personase en la escena del crimen, percibió síntomas inequívocos que evidenciaban una violación y un ensañamiento. Tier hizo callar a todas sus suspicacias y aciertos. Dudaba que Kajus procediera de aquella manera: era mucho más impulsivo. Por los rastros de carne y sangre ya seca que pudo atisbar entre los arbustos y los matorrales, adivinó que se trató de una huida despavorida, de una persecución animal nada improvisada. Cuando llegó hasta el cuerpo desnudo y malherido de la joven, imaginó el cariz sádico del asunto a raíz de aquel disparo gratuito en la rótula, fruto del comportamiento cruel de un profesional disparando armas de fuego con puntería de experto. Y Kajus, aparte de ser demasiado pragmático para ejercer esa conducta, no estaba tan curtido en ellas.

 

No en vano, a él era impensable que intentaran engañarle: todos esos chicos habían sido alumnos suyos,  y les conocía a la perfección, con sus fortalezas y debilidades. Podía deducir de quién se trataba, pero le dolía acertar y no quería creerlo, y buscaba excusas inútiles, como si fuera una araña cayendo en su propia tela de negaciones y mentiras, para no inculparle. Pero luego la suela de una de sus botas rozó con algo circular que casi le hizo trastabillar y bajó la vista al suelo. Un arranque de realidad: vio un grueso aunque reducido cartucho percutido de color dorado, que apartó con disimulo de las miradas curiosas del resto de investigadores. Al cerciorarse de que no había ojos furtivos posados en él, en un movimiento ágil pudo recogerlo y logró metérselo en un bolsillo sin levantar sospechas, para después observar la transcripción con lupa protegido por la intimidad de su despacho.

 

Una vez allí, llegada la tarde de aquel día interminable, cuando ya habían enterrado a Kajus, pudo leer la nomenclatura y el tipo de calibre grabados en la zona tersa de la bala. Suspiró aliviado a la par que los nervios se le electrizaron en el interior del cuerpo. Sólo había dos personas con un rifle capaz de albergar con exactitud ese tipo de munición en todo el perímetro que le rodeaba. Una era él. La otra era Alain, a quien había regalado una copia exacta de su fusil hacía escasos días; y ahora el uno por el otro había de encubrirse en la misma mentira cruel.

 

No quiso volver a sacar el tema, y durante mucho tiempo consiguieron evitar hablar de ello.

 

Comentarios

  1. GermánLage

    26 agosto, 2019

    Magnífico, Esteffy. Has regresado a los mejores momentos de la novela; uno de tus mejores análisis psicológicos, narrados con esa intensidad y fluidez que te caracterizan. Lo que más me impresiona es tu ausencia de prisa. A pesar de la cantidad de páginas que llevas ya escritas, sigues volcando el mismo interés y cuidado en cada episodio, en cada detalle. Evidentemente, lo tuyo es la perfección.
    Adelante, Esteffy. Un abrazo.

  2. gonzalez

    26 agosto, 2019

    Me gustó mucho, Estefanía. A veces no leo nada por mucho tiempo y me doy cuenta que me pierdo demasiado. Me pierdo de vos por ejemplo, je. Un fuerte abrazo.

  3. Dites

    27 agosto, 2019

    Poco más puedo decir, salvo que me quedo esperando la continuación, y con ganas de saber a dónde nos quieres llevar.

  4. Sosias

    27 agosto, 2019

    Mi voto, Estefanía.

    Porque haces magnético cada momento.

    Un abrazo.

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