Todas las vidas que tengo. Capítulo 1: Nada que perder

Escrito por
| 42 | 3 Comentarios

El sol de la mañana se apenas empezaba a pelearse con las cortinas de gasa morada por iluminar la habitación pero yo ya llevaba casi una hora despierto. El pensamiento abrumador del no saber que hacer con mi vida no me dejaba conciliar el sueño y harto de dar vueltas encontré su imagen, tumbada a mi lado, mostrándome su perfecta espalda por la corrían gotas de sudor que a veces destellaban como pequeños diamantes atravesados por los rayos de luz que empezaban a entrar por la ventana. Los suaves rizos que le habían coronado desde niña reposaban sobre mi brazo y el aroma a azahar y argán que desprendían había impregnado toda la almohada. Era el despertar perfecto para alguien que se lo merezca pero yo, sabiendo lo que sabía, me sentía mero espectador que por fortuna pasaba por allí. Toda la magia que aquel momento podría haber generado en mí se había tornado un absurdo nudo de inseguridades y dolor sin fundamento que no me dejaba respirar.

No pude aguantarlo más y despacio retiré su melena de mi antebrazo y y me levante con cuidado de no despertarla. Me preparé un buen café doble que me espabilara un poco y cogí a Dobby, nuestro pequeño bretón, le puse el arnés y salí a ver si la brisa de aquella apartada playa conseguía aclararme un poco la ideas para no equivocarme al decidir el próximo paso.

No hacía mucho que nos habíamos mudado a aquella preciosa casa en la playa de Sotogrande. Estaba alejada de toda civilización y no teníamos vecinos. La vistas eran espectaculares y el clima se mostraba siempre benevolente a quienes paseábamos por aquellas arenas finas y claras. Carmen siempre había querido despertarse mirando al mar y mi deber, desde que lo supe, fue hacer que eso pasara. Ahora no sabía si todo aquel esfuerzo por conseguir para ella la vida que siempre había soñado era suficiente para compensar por el daño que le había hecho.

Me había sentado en la arena a disfrutar de mi café, Dobby correteaba por la orilla y yo miraba como en el horizontes los colores se mezclaban unos con otros en una suerte de hipnótico baile que acaba formando el amanecer más bellos que había visto en años. Dedique unos minutos a pensar pero no tardó en brotar una lágrima de mi ojo izquierdo que por un momento hizo que todo se volviera borroso. No era el momento, hoy no, allí no. No quería estropear a Carmen la maravillosa visión que aguardaba al otro lado de la ventana para cuando se despertara.

Volví a casa, preparé unas tostadas para comérnoslas juntos antes de irme a la importantísima reunión que tenía a las 12 del medio día con el señor Montes. Lo había dejado todo preparado la noche antes: el traje gris que tanta suerte me traía, la camisa blanca y los zapatos que me regalaron mis amigos para mi cumpleaños.

El calor y la humedad habían dejado mi cuerpo pegajoso y enrojecido así que las ganas de pasar por la ducha hicieron que ni siquiera esperara a que el agua saliera caliente para meterme debajo de enorme recuadro metálico que colgaba detrás de la mampara y del que brotaba suaves gotas que emulaban una ligera lluvia tibia que cubría todo mi cuerpo. Me quedé allí desnudo y quieto sintiendo como cada uno de aquellos chorros me tocaba con delicadeza y provocaba en mí una enorme sensación de paz. Entonces una mano recorrió mi espalda y otra me acarició suavemente el hombre izquierdo. Noté que poco a poco los jugosos labios de la mujer más maravillosa del mundo se peleaban con sus rizos por beberse el agua que rodaba por mi cuerpo. Me giré y la vi, mojada, bella y desnuda. Después de tantos años, aquella imagen seguía haciendo que me temblaran las piernas como el primer día. No mude contenerme y la besé. Cerramos los ojos, paramos el tiempo y dejamos que los instintos más primitivos llevaran las riendas de nuestras vidas por un momento.

El olor a pan quemado nos separó del interminable abrazo en el que el sexo nos había dejado congelados bajo aquella ducha. Salté fuera me envolví en una toalla y corrí a la cocina para encontrarla toda llena de un humo negro imposible de respirar. En la encimera las cuatro tostadas completamente carbonizadas yacían sobre el tostador eléctrico que me habíamos heredado de los antiguos dueños de la casa. Carmen comenzó recogerlo todo, yo miré el reloj y no entré en pánico. Iba con el tiempo justo para llegar a la reunión así que me vestí como pude, di gracias al cielo por haberme dado un pelo tan fácil de peinar y me dirigí hacia el restaurante donde me había citado el señor Montes.

Llegué con tiempo al restaurante, la fachada me impresionó por su belleza, estaba pintada de un brillante blanco y tenía dos pisos de altura, en lo más alto se podía intuir una azotea cubierta de parras verdes y exuberantes, más abajo dos balconadas llenas de flores enmarcaban un cartel de madera pintada de blanco en el que se leía “Gitanilla Bistro”. Entre por la enorme puerta de madera que habían fijado con cuñas para que entrara algo de aire y al fondo pude ver una mesa con una silla vacía y tres comensales que aguardaban mi llegada para empezar a comer. Me puse nervioso, las manos me sudaban y los pies me resbalaban dentro de los zapatos, no quería volver a cometer el mismo error, tenía que ser decidido y dejar atrás viejos fantasmas así que, intentando disimular el amasijo de sensaciones en que me estaba convirtiendo me dirigí hacia ellos.

Tras los pertinentes saludos me invitaron a sentarme y me sirvieron una copa de vino blanco helado que bebí casi de un trago. En frente de mí se sentaba Bernardo Montes, director general de Daluz Hotels, a su izquierda su asistente de dirección que se presentó como Laura de la Fuente y a su derecha Leonard Middleton, director del departamento de calidad de la empresa y mano derecha del señor Montes.

No se andaron con rodeos, tenían muy claro lo que esperaban de mí y lo que iban a ofrecerme así que, Middleton en un perfecto español casi sin acento y en un tono relajado y amable procedió a explicármelo todo:

– Señor León, o Arturo si me lo permite – asentí con la cabeza y continuó – como ya imaginará, está aquí por el impresionante curriculum con el que cuenta. Todos sabemos lo que es capaz de hacer con un hotel si se le dan las herramientas adecuadas, de modo que, tras estudiarlo mucho hemos decidido que es usted el candidato idóneo para la puesta en marcha de un proyecto que quizá sea el más ambicioso que nuestra empresa ha llevado a cabo en España. Se trata de Campo de los Nabules, un complejo turístico de lujos en plena milla de oro marbellí que contará con un hotel de 25 plantas de altura, 10 villas de 150 metros cuadrados, 5 piscinas, un beach club de diseño, 7 restaurantes y una discoteca. Cómo usted comprenderá, no podemos dejar a cargo de semejante proyecto a cualquiera, queremos al mejor y ese, sin lugar a dudas es usted.

No podía creer lo que estaba escuchando, durante toda mi vida me había dedicado al turismo, había reflotado hoteles en quiebra, había dirigido la apertura de grandes hoteles e incluso dirigí durante un par de años cruceros de lujo por Europa y el Caribe pero un dirigir un resort de esa índole era un reto que se me antojaba enorme. Respiré profundamente, les miré, sonreí y dejé que los halagos que había recibido me dieran cierta seguridad para responder:

– Todo un reto para un apasionado del turismo como yo pero capitanear un proyecto de tal magnitud es algo extremadamente complejo, confío en que una empresa como Daluz Hotels sabrá recompensar como es debido el esfuerzo de quienes formen parte Campo de los Nabules.

El señor montes respondió a la pregunta que acaba de dejarles caer con la sutileza y la elegancia que siempre caracterizaban mis negociaciones:

-Por supuesto señor León – sonrió como queriendo aclarar que se esperaba aquella reacción por mi parte – estamos abiertos a negociar pero supongo que un 10% de los beneficios del resort, un sueldo variable según objetivos con un mínimo de 90.000 euros anuales netos y una gratificación anual en forma de acciones de la empresa sería un buen punto de partida.

Aquello superaba con creces cualquier retribución que hubera recibido nunca, las piernas me temblaban solo de pensar en la de problemas que podría quitarme de encima si aceptaba ese trabajo pero, la responsabilidad de hacer funcionar ese resort era tan grande que el miedo al fracaso se antojaba negro e inmenso. No podía decir que no, aquello era mi única oportunidad de salir de aquel amargo agujero en el que me había metido por ambicioso y, en el fondo, no tenía nada que perder porque, sabiendo que iba perder a Carmen más pronto que tarde, ya lo había perdido todo.

 

Comentarios

  1. Mabel

    6 agosto, 2019

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Estela Rubio

    7 agosto, 2019

    ¡Hola, J. del Valle, ¿cuál es tu primer nombre?
    Me ha enganchado tu relato, y espero seguir leyéndote.
    Es bueno, salvo algunos pequeños errores de escritura.

    Bienvenido, un abrazo con mi voto.

    Estela

  3. J. del Valle

    7 agosto, 2019

    Gracias, me gustaría saber cuales son esos errores para solventarlos. Un saludo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas