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Valoro las lecturas en relación a lo que me ayudan a descubrirme. Si al leer una frase, logro reconocer una vivencia, ya sea externa o interna, que me pertenezca o me ha pertenecido, tiendo a pensar que estoy ante una obra de calidad. Si el texto describe un fenómeno que me ocurre con frecuencia, pero nunca ha sido reconocido como patrón, identificado o, mejor aún, ni siquiera notado, más aumenta mi aprecio por el autor. Gozo conociéndome, y el libro es una herramienta muy digna para aquello. No solo, al encontrarme a mí en los conceptos incrustados en el papel, me emociono, sino que descubro que hay o hubo otros que se me parecen. Que no estoy solo en ese aspecto de mí. Es una manera solitaria de sentirme menos solo.

Se enciende. entonces, una chispa de esperanza porque, al descubrir que una experiencia, generalmente, novedosa y abstracta, puede ser descripta para que la procese un agente externo (en este caso, yo), deduzco que las que me falte descubrir de mi interior pueden ser invocadas al mundo material de las palabras en algún tiempo remoto.

Los libros que me dicen lo que ya sé, ¿para qué los leo? Es pura masturbación. No quiero confirmar mis creencias, sino desafiarlas. Al caminar sobre terrenos explorados, ya sé qué es lo que pasa y lo que siento. Lo oscuro de lo desconocido, al volverse nítido o, por lo menos, menos oscuro, brinda un placer indescriptible, y puede volverse adictivo, como todo placer. No estoy describiendo nada nuevo ni novedoso (por lo cual, un poco siento que estoy escribiendo esto en vano, pero es tarde para lamentarme); es la sed de conocimiento.

Termino, siempre, en lo abstracto de lo abstracto. Llego, por ansioso o impaciente, demasiado rápido a donde debiera llegar más lento. La cima de mi árbol, o sea, a lo más inmaterial a lo que puedo llegar, a lo máximo que mi mente se puede abstraer, me posee, me ciega, y recurro a ese nivel de abstracción cuando debiera acceder a él paso a paso, con más sutileza, trepando por las ramas, mirándolas, describiéndolas, adentrándome en ellas y en el camino. Quizá no sea ansiedad, sino falta de imaginación o habilidad para contar una historia.

Las mejores historias que he leído, han ido desglosando muy de a poco sus intenciones. Es vital, si se quiere contar algo digno de ser contado, crear una atmósfera envolvente. Una atmósfera es una realidad, y la realidad siempre debe ser compleja, creíble y ostentar reglas numerosas, claras y coherentes entre sí.

Entonces, debo, y aunque no quiera, porque mi objetivo cuando hago estas catarsis no es contar una historia sino liberar tensiones y materializar conceptos que me atormentan, dar más datos sobre mi atmósfera, que es única e irrepetible. Quién me lea (yo en el futuro, probablemente, y quizá, nadie nunca) merece respeto y las herramientas para entender más el contexto en el que me veo inmerso.

Sé que explicar demasiado también es faltar el respeto, pero jugar al misterioso, como muchos, y dejar todo a libre interpretación del lector, siempre me pareció un truco sucio de los perezosos. Porque es fácil hablar desde mí y para mí. Más meritorio es traducir desde mi lenguaje al lenguaje común, palabras, conceptos o situaciones que son exclusivamente mías.

¿Escribo para mí? Sí, sin dudas. El único filtro que deben pasar mis escritos es el de mi ojo crítico. Escribiendo, soy yo; al leerme, represento a la humanidad.

Hay una dualidad, que lucha, cada vez que me siento a escribir. Por un lado, quiero que mis textos sean mi consciencia escrita, y mientras más reflejen la anarquía de la misma, mejor. No importaría que sea ilegible, siempre y cuando sea un fiel retrato de lo que sucede en mi mente. Por otro, está la utilidad; se escribe como un ejercicio que sirva de soporte psicológico, y no solo eso; también para la creación de algo que haga digna mi estima intelectual, y, quién dice, en el futuro, pueda publicarse para que otros disfruten con ella. Quizás, esta opción supone vender mi sinceridad. En ese caso, no soy yo quien escribe, sino un sujeto que busca un fin. Mis textos no osarían alcanzar la belleza en sí, sino la belleza que otro quisiera ver. No reflejarían las palabras mis palabras, sino las que yo necesitara para sentirme mejor conmigo. No sé. Es difícil exigirse tanto.

Soy un pobre mortal, nada extraordinario, que ha tenido suerte de haberse encontrado con las influencias indicadas. La filosofía me ha cambiado, yo no era así, ni lo soy. Son (las ideas que han ayudado a ver las cosas de otro modo) las drogas necesarias para ello, y me alegra saber que se arraigaron a él hasta convertirse en hábitos elementales. Sin ellos, sería lo que fui, o sea, lo que todos, y hoy, diferente, soy solamente lo que algunos, aunque, como siempre, nada original, sino producto de mis percepciones y una conciencia que las ha filtrado.

Todo lo que alguna vez pueda brindarle al mundo, será consecuencia de lo que ya ha sido: nada especial. No den méritos por mis victorias, y por mis derrotas no me culpen. Soy esclavo del determinismo, simplemente, y tan esclavo soy, que ni siquiera puedo rodearlo y refutarlo, porque nada se me ocurre para hacerlo. ¿Cómo enfrentarme a la causa y al efecto? Salirme de la lógica, abrazar algún sistema que no sea la razón… ¿podré inventar, algún día, una forma no lógica de explicar el universo, que pueda desbancarla? Debiera ser el objetivo de todo hombre que se respete a sí mismo.

Comentarios

  1. David Sánchez-Valverde Montero

    10 septiembre, 2019

    Una reflexión lúcida y honesta. Compleja como la vida. Poner pasión en lo que uno hace pero sin caer en la excesiva identificación, en las trampas del ego y sus ensoñaciones. ¡Qué difícil! Buscar la autenticidad aunque duela, intentar disfrutar el camino, poner freno a las prisas. Una búsqueda sin objeto, un hacer por hacer, un vivir por vivir. Contar algo porque se siente dentro que algo debe contarse. Gracias.

  2. Hodel

    11 septiembre, 2019

    Te agradezco por la devolución, David, de verdad, estas pequeñas cosas uno las valora mucho.
    Ahí te seguí, voy a echarle una ojeada a tus textos!

  3. Mabel

    12 septiembre, 2019

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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