Después de la tormenta

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Existe una extraña belleza en el dolor

seductora serpiente que nos mira directo a la cara

y se mueve sigilosa y con encanto,

imperdible contacto visual que en realidad no es contacto ni es nada,

ilusión de movimiento y silencios musicales,

intangible es saber que no nos movemos

hipnótico es ser presa

de lo bello de la astucia y el encanto.

 

Pero la serpiente no nos engaña

solo se mueve hacia algo que le ha gustado

y su mordida no es dolorosa ni tan siquiera un peligro;

la naturaleza se rige por movimientos

somos vibraciones y sonidos

que se mueven según escogemos estar vivos,

al igual que la serpiente escoge la manera que mira

nosotros escogemos si nuestra mente se queda o se exilia.

 

Hay una belleza contemplativa en el dolor

dolor que no siempre hipnotiza

ni arrastra, ni muerde,

ni seduce ni encanta.

El dolor nos recuerda cómo se sentía el estar presentes

la mente se autoflagela con ideas y no golpes,

el cuerpo mimetiza el dolor a veces con gestos

la sonrisa cubre los llantos o los gritos para evitar interrogatorios.

 

El cuerpo tiene memoria y vida propia

pelea con la mente porque enfrentan distintas cargas:

recuerdos en la punta de los dedos

palabras tatuadas en los labios;

no todos los dolores son humanos

ni todos los humanos adolecen,

inmedible es la condición social de sentirse entumecido

aún estando en el centro de los latidos

de nunca se sabe cuánta gente,

sin embargo, lo que siempre se ha entendido

es que los latidos solo se encargan de la sangre y su torrente.

 

Existe una autocompasión en sentirse abandonado

empatía, si así se le llama, que implica riesgos,

riesgos de llegar a conocerse mucho

adentrarse en profundidad en lo que llevamos dentro,

peligrosa inspección que no se realiza estando en plenitud

nunca parece hacer falta cuestionarse a sí mismo

si se está sonriendo y sintiendo el viento de frente,

hay también brisas que refrescan la duda y la inseguridad

curiosos pasos circulares de pies caminando en línea recta,

guiados por la frescura del creer que se está bien

como navegando en mar abierto extendiendo las velas,

quizás siempre se está bien y hay un problema en ello,

quizás no todos los mares están en calma

quizás no todos los dolores cotidianos nos perturban el alma;

a veces solo se toma un empujón para caer en coma

sólido refugio para quien viaja a otras islas buscando nuevas playas,

no existe nada malo en temer al dolor,

en rechazar al dolor,

en huir del dolor,

no existe nada malo en recibir el dolor,

en aceptar nuestro dolor,

en caminar con dolor.

 

Hay una ligera y sutil belleza en el dolor,

arco poético y artístico de lo que esconde

nuestra inherente condición de ser humanos,

con los nervios activos de lo profundo a lo externo

sintiendo efímera y sempiterna

la trasgresión que transmuta como una crisálida

todo el bienestar que a veces nos adormece

mentira magnánima de la era posmoderna,

por falta del dolor y la tristeza que necesita

nuestro cuerpo y nuestra mente

para nivelarnos y sanarnos:

para ser un mar en calma después de la tormenta.

Comentarios

  1. Mabel

    12 septiembre, 2019

    Muy buen poema. Un abrazo Luis Diego y mi voto desde Andalucía

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