Documentando monstruos: la televisión, los documentales criptozoológicos y la construcción del imaginario

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DOCUMENTANDO MONSTRUOS

La televisión, los documentales criptozoológicos y

la construcción del imaginario

 

 

Por

Fernando Jorge Soto Roland*

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Nos encantan los monstruos. La gran mayoría de la gente se siente atraída por ellos. Acicatean nuestra curiosidad y el deseo de que el mundo no se haya librado de ellos definitivamente. Generan miedo, asco. Representan lo caótico en un universo que creemos ordenado y bello. Por eso, al mostrarse, del modo que sea, generan una ruptura, un vacío de sentido. La ambigüedad, entonces, cobra presencia abriendo en abanico un mundo desconocido, misterioso. Un escenario propicio en el que la irrealidad y lo real se confunden llevándonos al reino de una fantasía que se vende y muestra como factible, casi al alcance de la mano y disponible a cualquier hijo de vecino en circunstancias extraordinarias.

La creencia en la existencia de monstruos, campo de estudio de una disciplina no oficializada por la ciencia ―que Bernard Heuvelmans denominó criptozoología― está claramente en deuda con la televisión y el cine. Y aunque muchos crean que este romántico credo está enraizado en un remoto pasado (siempre hemos creído en monstruos), el intento ―fallido hasta hoy― de otorgarle status científico y seriedad académica de manera masiva, no es tan antiguo como puede suponerse.

Menos de cincuenta años nos separan del primer documental de televisión que difundió el tema, generando una explosiva y masiva credulidad en la materia. Bigfoot (Piegrande), el Yeti y el monstruo del Lago Ness fueron la punta de lanza, Luego vinieron muchos otros más. Criaturas de aparente existencia regional, poco conocidas más allá de los límites de una provincia o condado, pero con el mismo potencial imaginativo de los más famosos monstruos de la criptozoología.

Hace poco menos de un año, guiado fundamentalmente por un interés un tanto nostálgico, escribí un artículo sobre la archifamosa serie In Search Of (En Busca de…), cuyo anfitrión ―Leonard Nimoy, el Sr. Spock de Viaje a las Estrellas― nos introducía en el fascinante mundo de la magia, la brujería, las civilizaciones perdidas y, como era de esperar, las criaturas misteriosas que ―según dicen― siguen deambulando por las regiones inhóspitas del planeta.[1] Aquel programa semanal de TV marcó a toda una generación. Pero no fue el único. Antes y después de él, la década de 1970 nos nutrió de numerosos documentales que, a modo de caldero, cocinaron las ideas ―cada vez más extravagantes― que moldearon el imaginario de las masas, ansiosas por darle emoción a la vida, en un mundo en crisis y cada vez más desangelado.

Menos de medio siglo fue suficiente para que, a través de buenos relatos e imágenes editadas convenientemente, un colectivo enorme empezara a creer ―y defender― que el planeta estaba poblado de seres elusivos como los citados más arriba.

Una zoología imaginaria, mediatizada y entretenida irrumpió en las pantallas hogareñas y, a partir de entonces, los monstruos se incrustaron en nuestras vidas; saliendo de tanto en tanto en las conversaciones de sobremesa o (aún mejor) en los fogones de los campamentos.

Hay escenas, imágenes y frases asociadas a ellas que han quedado grabadas en la memoria de manera indeleble. Perduran, acomodándose y adaptándose con el paso del tiempo a cada contexto. Transformándose y transmitiendo ideas, “recuerdos” y conceptos que, la mayor parte de las veces, nada tienen que ver con el mensaje original.

Sabemos que los recuerdos son maleables. Que con ellos podemos hacer casi cualquier cosa: adaptarlos, reeditarlos, tergiversarlos. Nunca se expresan en “estado puro”. Cambian con el tiempo. Se acomodan; y las percepciones que los originaron nunca son las mismas

Así de fuerte fue el impacto de los documentales de televisión en nuestra forma de recrear el mundo y pensar a los monstruos; que serán, a no dudarlo, los principales protagonistas de este artículo.

 

Buenos Aires

Septiembre 2019

 

PARTE 1

EL PODER DE LA IMAGEN

 

 

Las viejas y granulosas escenas que, durante la década de 1970, los documentales de misterios emitieron por televisión cada semana, dejaron una profunda impronta en el imaginario de millones de televidentes, sin importar el grupo etario al que pertenecían. Grandes y chicos se abrieron, por medio de ellos, a creer (o asentar una creencia previa) en las maravillosas anomalías zoológicas o fenómenos paranormales con los que, productores la mayor parte de las veces crédulos, pretendieron ejercer docencia, ensanchando el camino que nos conducía a todos por los retorcidos derroteros de la criptozoología. Pseudociencia inaugurada en los años ’50 y que ―ya con 20 años a cuesta― tenía en su haber una ingente producción bibliográfica y no pocas películas de ficción para el cine.

Así, el universo de los cazadores de monstruos, hecho de palabras y objetos de estudio siempre inasibles y evasivos, se instaló en las retinas de varias generaciones. Pero, a no confundirse. Desde el principio, la búsqueda mediática de aquellas criaturas perseguía sólo un objetivo: entretener. Pasar el rato acicateando la fantasía y el deseo por indagar; amén de elevar el rating de audiencia, ganar auspiciantes y fantasear con la posibilidad ―nunca concretada― de ser el protagonista de un encuentro anómalo capaz de desdibujar el rictus de ironía de los más escépticos.

Ya por entonces (década de los ’70), la comunidad criptozoológica ―del mismo modo que la de los ovnis y adoradores de extratererstres― era extensa. Tenía su nicho bien establecido dentro de la cultura popular. Libros y revistas daban cuenta de esa tendencia y, aún sin alcanzar el estallido de eventos, convenciones y festivales de hoy día, los medios de difusión promovían ―de a ratos― la existencia objetiva y material de monstruos.

Pero la tele fue diferente. Impactó más. Y aquellas imágenes y sonidos ―todos editados― crearon “moldes” con los que mirar el mundo lejano; generando un guión que todavía se repite en las producciones más recientes..

La verdad sea dicha: en estas lides hay muy pocas novedades bajo el sol; y las escenas en blanco y negro (al menos en Argentina) que aquellos viejos programas transmitían tan exitosamente, se convirtieron en una parte importante de la cosmovisión actual, recreando y construyendo esa “otra realidad”, tan repleta de magia, misterios y maravillas.

Había un cierto dejo de rebeldía contracultural en todo el asunto. De forma muchas veces no explícita, se buscaba romper con los argumentos estatuidos por la ciencia que, frente a los testimonios calificados de aquellos que decían ver monstruos, se volvían por demás tediosos y pretenciosos. Soberbios en más de un sentido. Siempre escudados detrás de sacos abotonados, corbatas y voluminosos escritorios o bibliotecas.

Ya por entonces, los documentales mencionados nos hacían desconfiar del discurso científico; al que involucraban en una trama de infinitas conspiraciones u operaciones de ocultamiento, todas imaginarias. La modernidad empezaba a ser asediada y nos identificamos ―así― con los novedosos argumentos, románticos y fantásticos, de especuladores profesionales, siempre presentados como sujetos incomprendidos en un mar de escepticismo científico.

La denunciada petulancia del no-creyente inclinaba la balanza en dirección de los testigos y del investigador de mente abierta que arremetía contra la indiferencia institucionalizada. Un valiente cruzado, que poniendo en riesgo su propio prestigio profesional no dudaba en defender, a capa y espada, las fabulosas historias que recolectaba de boca de personas comunes y corrientes que, en principio, no tenían nada que ganar mintiendo.

Necesitaban creer. Querían creer. Salir de la aburrida cotidianeidad y sumergirse en la aventura intelectual y visual que los documentales de monstruos proveían. Ahí estaba el negocio y la evasión en partes iguales. Además de generar la posibilidad de conocer y tratar, desde el living de casa, con lugares remotos, escenarios exóticos y seres imposibles, sin correr ningún riesgo. Lo que antes se leía en libros de viajes y expediciones, en novelas y reportes de valientes cronistas, ahora podía ser observado cómodamente desde un sillón.

La imagen, todopoderosa, se erigía en la pantalla para convencernos.

 

En aquellos días se podía estar más o menos informado respecto de las especulaciones criptozoológicas reinantes, pero fueron sus muchos epígonos de la tele los que marcaron la diferencia, convenciendo a más de uno.

Famosos actores, reconocidos locutores, presentadores de shows y “expertos en la materia” irrumpieron en los hogares divulgando la “buena nueva” y cobrando por ello, como se precie todo buen profesional.

La puesta en escena hacía el resto.

Rostros serios, adustos; tonos pausados y voces graves; lenguaje ampuloso y lleno de adjetivos incitaban al misterio. Ni que hablar de la ineludible música de fondo. Broche de oro de todo el espectáculo, que sabía darle a un simple paisaje filmado el tono requerido para alimentar el miedo, la extrañeza y el misterio que pretendían vender.

 

Desde los años ´30, el Yeti, Nessie y en menor medida Bigfoot, ocupaban de tanto en tanto las portadas de diarios y revistas. Como ya dijimos, tampoco faltaron las películas del cine-ficción que los recreaban, trayéndolos a la vida. A través de ellas, quiérase o no, el gran público podía estar al día ―de un modo no sistemático― con las hipótesis más difundidas y aceptadas por el gremio.

Tanto las noticias como los filmes atraían a la gente. Eran una nota de color insoslayable. Lo siguen siendo. Pero la diferencia más notable que trajo la década del ’70 fueron esas producciones televisivas “serias”, aparentemente bien documentadas y de la mano de personas responsables y archiconocidas.

De este modo, los televidentes pudieron escapar del mero universo de la palabra escrita (o de la ficción cinematográfica) y volver concretos ―bajo la guía de expertos― aquellos sucesos extraordinarios que antes sólo se transmitían de boca en boca, lejos del alcance de la gente común y en zonas remotas.

La novedad resultó determinante. Si salía por la tele tenía que ser cierto. Máxime si tenemos en cuenta que el sentido crítico de entonces era más relajado que el actual y la ingenuidad del espectador mucho mayor. Con muy pocas ―o nulas― evidencias se conseguía el efecto deseado. La exhibición de imágenes era más que suficiente para que las dudas se disiparan en los creyentes o se plantearan fuertemente entre los más escépticos. El entretenimiento hacía el resto, colmando las horas de descanso y de ocio. Sembrando la semillita que sólo después, en charlas circunstanciales, germinaría con la fuerza de una nueva creencia. Y así, criterios, opiniones e hipótesis criptozoológicas, nunca comprobadas fehacientemente, se instalaron en el lenguaje cotidiano de todos.

 

No me cansaré de repetirlo: el contexto lo es todo. Resulta imposible comprender y explicar el evento que fuere sin tener en cuenta ―siempre― la premisa anterior.

Ya sea cronológico (histórico) o espacial (geográfico) el escenario en el que se desarrolla la acción dramática es la variable más importante a considerar. Determina todo. Incluso las palabras que se utilizan a la hora de describir un suceso.

No es casual que casi todos los documentales criptozoológicos empiecen mostrándonos paisajes. Bosques inmensos, selvas impenetrables, montañas inexploradas, lagos y océanos insondables. Es lo numinoso de una geografía inabordable desplegada a todo color, acompañada por tomas aéreas y una conveniente banda sonora que adorna con un inconfundible dejo de misterio el texto que el locutor pronuncia con voz engolada y clara. Es el disparador perfecto que, a pesar de los años en uso, sigue funcionando.

De un solo pantallazo sitúa al televidente ante un mundo que se le antoja, ante todo, no acabado, aparentemente virgen, prístino, incontaminado. Un verdadero mundo perdido. Tierra de exploradores, valientes y mentirosos.[2]

 

Otro aspecto que debemos considerar de la década de 1970, evitando de ese modo caer en el anacronismo, es considerar que, por entonces, el acceso a la información y la difusión de la misma era por demás limitado en comparación con nuestros días. Los tiempos que se manejaban eran otros y el caudal de datos al que se podía acceder ―especialmente en temas criptozoológicos― por demás insuficiente. No abundaban. De ahí que los documentales televisivos tuvieran en la audiencia un impacto muy superior al hoy imaginado.

El apasionamiento ante las imágenes era mayor. Y ni qué hablar frente quienes las explicaban en off. Contrastar lo que se decía con otras fuentes resultaba una Odisea, estableciéndose, por ende, un pacto de confianza mucho más sólido con el observador. La credibilidad estaba asegurada casi de entrada, a sabiendas de que resultaba en extremo difícil verificar los dichos (hoy posible con sólo clickear el teclado de un celular inteligente).

Asimismo, indagar en la historia de quienes hablaban por televisión, era también un tarea por demás ingente. Cualquier hijo de vecino ―preferentemente con título universitario― podía salir en escena y elucubrar su delirio favorito sin correr el riesgo de que la audiencia general lo investigara críticamente. Testigos y expertos derramaban verosimilitud dentro de un marco en el que el principio de autoridad no era revisado ni puesto en duda. En pocas palabras, la credulidad era el resultado conseguido en la mayoría de los casos; y la pericia en la edición del programa, gracias a la nueva tecnología desplegada, intervino forzosamente en todo el asunto.

Cámaras de “última generación” (que perfeccionaban el simulacro de lo real), mejores y más potentes micrófonos y los primeros intentos de imágenes generadas por ordenador, entre otras mejoras, generaron un cambio sustancial en la experiencia del espectador. Por otro lado, el arsenal que los mediáticos cazadores de monstruos empezaron a exhibir en la pantalla (radares, sonares, cámaras infrarrojas, detectores de temperatura, lectores de campos magnéticos, el uso de mini-submarinos, helicópteros, etc.) fueron exitosos recursos de convencimiento, aunque nulos a la hora de encontrar monstruos reales.[3]

Había que agarrarse de algo, especialmente cuando se dispone sólo de testimonios.

Convengamos que la criptozoología nunca estudió a un Yeti. Jamás tuvo a Nessie sobre una camilla o a Bigfoot en la sala de espera de una veterinaria. Más allá de los testigos que dicen haberlos visto, no hay nada. A no ser que el lector considere las fotos y filmaciones fuera de foco, movidas y en extremo poco claras como pruebas irrefutables. Lamentablemente, no lo son; y las pocas que por un tiempo fueron validadas, a la postre resultaron meros fraudes o bromas.

Pero el show debía continuar. Entretenía. Daba dinero. La gente se la pasaba bien. Por ello, si se pretendía aparentar seriedad, confianza y cierto cientificismo, había que hacer causa común con las sesudas opiniones de la academia.

Criticaban a la ciencia, la tachaban de “corta de miras”, de conspiracionista; de estar en secretos contubernios con oscuras organizaciones estatales, pero la necesitaban. Tenían que recurrir a ella y encontrar entre sus miembros opiniones heterodoxas, “nuevos paradigmas” (como gusta decirse ahora). Y así lo hicieron, generando con ello el clima de ambigüedad que este tipo de producciones exige.

La ambigüedad es la regla. La condición necesaria que sobrevuela por encima de todos los testimonios y aparentes “pruebas materiales”. Sin ella la promoción de los rumores y leyendas sobre criaturas extrañas carecería del efecto buscado. Es el requisito clave que evita desechar relatos e historias que nunca conducen a nada; cacerías infructuosas que se repiten una y otra vez y que, en última instancia, sólo buscan mantener viva la misteriología.

 

Desde los ’70 el camino adoptado por los productores de filmes documentales en estos temas ―tanto para la televisión como para el cine― siguió un trayecto, repetido una y otra vez hasta el día de hoy. Un caminito de hormiga que se inicia con la presentación de un misterio y que termina con ese mismo misterio sin resolver.

Siete pasos resumen ―casi siempre― ese derrotero:

  1. Presentación del escenario geográfico con tomas que lo exhiben como algo exótico y enigmático.
  2. Testimonios de los supuestos testigos de avistamientos anómalos.
  3. Explicaciones dadas por “especialistas” (creyentes y ―en menor medida― escépticos) en el tema.
  4. Organización de una expedición en pos del monstruo tratado en el film (la cacería).
  5. Muestrario de la tecnología aplicada en la pesquisa.
  6. Exhibición de los percances, peligros y aventuras de los expedicionarios que, a la postre, no encuentran nunca nada (a lo sumo algún cabello o huella cuyo análisis dejan siempre para el final del documental, llegándose invariablemente a la conclusión de que son falsos o insuficientes para emitir un juicio incontrovertible).
  7. Se deja abierto y pendiente el enigma inicial. El misterio no debe morir.

 

Como bien señala Sharon Hill, “estos antiguos documentales forjaron las ideas que sobre el Bigfoot y otros críptidos perduran hasta el día de hoy”.[4]

Pero el éxito de audiencia que pudieron haber tenido hace casi 50 años está, actualmente, un tanto alicaído. Como toda historia extraña que se repite de manera constante, las elusivas apariciones del Yeti, Piegrande o Nessie, finalmente terminan aburriendo. Tal vez por esa razón, observamos la aparición de hipótesis que asocian a la criptozoología con lo paranormal, creándose así un campo de debate dentro de los propios especialistas en la materia, al formarse dos bando claramente enfrentados: los criptozoólogos ortodoxos (clásicos), que siguen considerando que los monstruos son meras anomalías biológicas y los heterodoxos, que nos hablan de puertas dimensionales y conexiones con alienígenas, planteándonos incluso hipótesis en la que estos misteriosos seres no serían otra cosa que la proyección de una entidad abstracta que pretende modificar nuestra concepción del mundo, manipularnos o alertarnos a seguir un camino de evolución espiritual. El esoterismo, a la larga, tampoco podía quedar ausente.

 

         Incluso Steve Austin debió enfrentar a un Bigfoot extraterrestre en 1976[5]

 

Por lo tanto, si los principales críptidos ya no convocan a las audiencias con el mismo entusiasmo que antes, es necesario buscar dentro de los ricos imaginarios locales a nuevas criaturas (que no dejan de ser variaciones sobre los monstruos clásicos que hemos señalado). Así, monstruos regionales, cuya fama no excedía los límites de los pequeños pueblos que los inventaron, empiezan a ser protagonistas de nuevas producciones; y aquello que antes tenía sólo circulación dentro de la tradición oral de una zona en particular, empieza a cobrar fuerza con imágenes fílmicas que, gracias a la tecnología del cine, cobran un mayor realismo y una mayor difusión ―hoy― a nivel mundial.

 

PARTE 2

LOS PRECURSORES

 

Cincuenta millones de espectadores no es poca cosa.

Ese fue el número de televidentes que, el 25 de noviembre de 1974, se plantó frente a las pantallas de televisión en los Estados Unidos para ver un documental de criptozoología que, si bien no es cronológicamente el primero, se convirtió en un verdadero film de culto. En esa fecha, David L. Wolper (productor), Robert Guenette (escritor y director) y el célebre Rod Serling (como anfitrión y locutor), lanzaron ―por la cadena CBS― Monsters! Mysteries or Myths?.[6] Un documental que enfocó la temática de los críptidos más famosos (Bigfoot, el Yeti y Nessie; los dos últimos en menor medida) con un enfoque pretendidamente científico.

 

Como bien señala Sharon Hill, “era la primera vez que un hombre de ciencia hablaba de monstruos intercalado entre testimonios de testigos y la recreación de lo relatado por medio de un tipo disfrazado de Piegrande”.[7] La televisión perdía con este novedoso producto su virginal condición frente a las tres más emblemáticas criaturas de la criptozoología.

El éxito fue rotundo y partir de Monsters! se deshilvanó el larguísimo ovillo de documentales monstruosamente misteriosos, que llega hasta nuestros días.

La intervención del Instituto Smithsoniano, de la mano de  Sidney Dillon Ripley (1913-2001)[8], junto a los testimonios grabados de Eric Shipton (1907-1977)[9] y Lord John Hunt (1910-1998)[10] ―ambos reputados exploradores y buscadores del Yeti―; así como la participación de Tim Dinsdale (1924-1987)[11] y Robert Rines (1922-2009)[12] ―persistentes investigadores del monstruo del Lago Ness―, se combinaron con los dichos del nada ortodoxo antropólogo Grover Kranzt (1931-2002)[13] (defensor de la existencia material de Bigfoot) para conferirle al documental cierto halo de legitimidad científica; en un contexto editado de debate en el que se enfrentaban opiniones a favor y en contra de la existencia objetiva de los monstruos.

 

Curiosamente, en este primer producto criptozoológico para la televisión, se planteaba la hipótesis ―hoy mayormente aceptada por los investigadores menos fantasiosos― de que el Yeti era un simple oso del Himalaya. Pero la interpretación quedaba relativizada fuertemente por las dramatizaciones que el director ponía en escena a la hora de recrear visualmente los testimonios vertidos por los muchos testigos que juraban lo contrario.

Otro dato interesante a tener en cuenta es que Monsters! Mysteries or Myths?, adelantándose en varias décadas a la excelente serie Monster Quest[14], puso en escena ―hacia el minuto 20― la intervención de un calvo criptozoólogo llamado Robert Morgan, deambulando por los bosques norteamericanos tras las huellas de Bigfoot. Morgan ya era conocido gracias al cine y su participación en el film Bigfoot: Man or Beast? (1971) puede que lo sindique como el primer cazador mediático del peludo monstruo de los bosques.[15]

 

Con el tiempo, la práctica de Robert Morgan se popularizó abriendo espacio a un turismo alternativo consistente en organizar excéntricas cacerías de monstruos (tras un pago previo), generalmente acompañadas por eventos masivos que ―tomando a la actividad con una mezcla de ironía y seriedad crédula― culminaron fundiéndose en celebraciones tales como The Bigfoot Festival.

Pero repito: si bien es cierto que Monsters! no deja de referenciar la existencia de fraudes, el material fílmico (en especial la dramatización del campamento de scouts) inclina la balanza (y el recuerdo) hacia la más tierna e inocente credulidad.

En el fondo es como estar diciéndole a los televidentes: “Todos estos señores con títulos rimbombantes pueden afirmar muchas cosas, pero la gente común y corriente (como usted) dice otra. Los monstruos están cerca de nosotros”.

En pocas palabras, Monsters! fue un dechado de originalidad. Creó ―más allá de las grandes variantes tecnológicas que nos separan de aquellos días― el formato de documental criptozoológico que sigue vigente. David Wolper fue también el primero en mencionar la idea de que criaturas bípedas eran vistas en todo el territorio de su país y eso sí fue una gran novedad. Los diferentes estados y condados de EE.UU. pueden ahora alegrarse y promocionar el turismo críptido, fomentado el imaginario con monstruos regionales que, con el paso del tiempo, adoptaron nombres propios, diferentes al de Bigfoot.

Habría que aclarar también que Robert Guenette (escritor y y director del programa) quedó profundamente interesado en la temática de Bigfoot. Se convirtió en un preclaro defensor de la existencia material de la criatura y participó en varias expediciones tratando de encontrarla, al tiempo que recababa muchos testimonios de testigos oculares e insistidores cazadores.

R. Guenette también guarda en su haber ―como señala el autor Bryan Thomas― el privilegio de haber sido el primero en utilizar el material filmado con un estilo semejante al de los noticieros televisivos y hacer uso de recreaciones que imitaban el estilo de imágenes que solían transmitirse en los canales de noticias locales.[16]

 

Teatralizó los avistamientos. Disfrazó a los actores y, como veremos, le dio vida a Bigfoot en la pantalla (tanto grande como chica). Inventó escenas que con el paso de los años quedaron grabadas en la memoria miles de televidentes. Parecían reales y no fueron pocos los que ―olvidando el origen artístico de las mismas― las rememoraron  como si fueran filmaciones verídicas de monstruos también ciertos.

No es de extrañar que el tremendo éxito que este documental tuvo en la audiencia norteamericana del ‘74 haya estimulado el interés de otro legendario productor de TV ―Alan Landburg― a dar los primeros pasos que llevarían a la puesta en el aire de la serie que mejor encarnó los misterios ―entre otros― de la criptozoología: In Search Of… (En Busca de…), emitida por primera vez en 1977.

 

Si bien es cierto que Monsters! encabezó las producciones documentales de este tipo por televisión, no sería justo ―ni exacto― dejar de mencionar el logro conseguido por Charles B. Pierce (1938-2010) con  The Legend of Boggy Creek dos años antes, en el cine.

En agosto de 1972, este desconocido vendedor de publicidad, colocó en la pantalla grande un falso documental en el que se hacía referencia a una criatura muy parecida a Bigfoot, de la que se tenían referencias y circulaban rumores, en las cercanías del poblado de Fouk (Arkansas), desde la década de 1940.

El emprendimiento resultó un negocio redondo. Pierce, con sólo una cámara de cine no profesional, el auxilio de un grupo de alumnos de secundaria y una película de 85 milímetros en su haber, consiguió, tras una inversión de US$ 100.000, la abultada ganancia de 20 millones de billetes verdes. Nunca un críptido generó semejante fortuna. El director había sabido tocar una fibra muy íntima del imaginario norteamericano. La gente quería ver monstruos de la “vida real”. Las conferencias y libros resultaban insuficientes. El cine entretenía más. Convencía mejor. Alimentaba la credulidad con un éxito rotundo.

La escenificación de entrevistas y la dramatización de los testimonios recogidos por Pierce, resultaron por demás efectivos. Además, el anuncio exhibido al inicio del film ―y en toda la cartelería que lo promocionaba― señalando estar basado en “Una Historia Real”, produjo entre los espectadores un impacto emocional claramente singular. Inédito.

Y una vez más, la originalidad sería retribuida con el recuerdo y el agradecimiento de los miles de amantes que la criptozoología supo cultivar. No en vano, The Legend of Boggy Creek, es también una bizarra película de culto.

 

Con este antecedente de taquilla no es extraño que David Wolper intentara suerte con Monsters! en 1974 y que Robert Guenette tratara de reeditar el éxito ―esta vez sí en la pantalla grande― un año más tarde, con Bigfoot: The Misterious Monster (1975).

 

Bigfoot: The Mysterious Monster (1975), producida, escrita y dirigida por Robert Guenette, es el film en el que terminan de consolidarse los recursos tímidamente utilizados en Monsters! un año antes.

Es cierto, como señala Sharon Hill, que no cosechó el océano de miradas sorprendidas del primero, pero sí es el documental de este tipo más recordado. La presencia de Peter Graves como anfitrión (el sagaz agente secreto de la serie Misión Imposible) le dio un tinte muy particular, como Leonard Nimoy se lo daría a En Busca De… un par de años después.

 

Vestido para la ocasión y actuando como un investigador informado en el tema, Graves interpreta con maestría su rol de anfitrión, recorriendo los sitios en donde se registraron los avistamientos de la criatura, consultando expertos y hasta discutiendo con un antropólogo que se muestra escéptico. Como telón de fondo de sus apariciones están los consabidos escenarios que en el futuro todas las series de monstruos copiarían: el bosque, los laboratorios y nutridas bibliotecas con las que se pretende transmitir seriedad y un enfoque científico (por demás escaso).

Con estas palabras, el canoso Peter Graves nos introducía en el misterio:

 

La película que ustedes están a punto de ver fue realizada por camarógrafos en diferentes locaciones alrededor del mundo. Científicos y representantes del mundo de la investigación examinaron las evidencias. Los hechos que representamos son verdaderos. Esta puede ser la película más sorprendente que jamás haya visto”.[17]

 

Robert Guenette conocía bien “el paño”. Era un tipo que aprendía de sus aciertos y supo desde temprano que las dramatizaciones eran más que efectivas. En Monsters! las había usado con cierto recato; casi de manera experimental. La presencia del Instituto Smithsoniano ejerció sobre él y sus socios cierta presión. Incluso, me arriesgaría de decir, una declarada censura en más de una de sus creativas ideas. La reputada sociedad científica no se sentía a gusto con la forma que le habían dado al producto del ’74 y por ello canceló su contrato en 1975. Por otro lado, las críticas de algunos prestigiosos diarios como The New York Times no habían sido del todo buenas, amonestándoles por el escaso aporte educativo y el sensacionalismo que David Wolper y Guenette le habían dado al documental (Monsters!).[18]

Ahora, un año después, en Bigfoot: The Misterious Monster, esas ataduras ya no estaban y las dramatizaciones ―las mismas que Peter Graves anunciara como basadas en hechos verdaderos en la introducción― no se dejaron esperar.

En el cine fueron tremendamente impactantes. Pero, cuando un año más tarde el documental pasó a la televisión, con su título levemente cambiado (The Mysterious Monsters, 1976), el efecto conseguido fue doblemente extraordinario.

En Monsters! habían bastado menos de tres minutos para sorprender a la audiencia con un Bigfoot inspeccionando a hurtadillas el campamento de unos niños exploradores y mostrando su rostro apenas unas décimas de segundos, tras ser sorprendido por los aterrorizados muchachos.[19]

En Bigfoot: The Mysterious Monster (o The Mysterious Monsters, es lo mismo) Robert Guenette salpicó todo el documental con el recurso de la teatralización. Una de esas escenas en particular ―según dicen los especialista en cine― fue la más efectiva de todas; al punto de ser recordada vívidamente a casi medio siglo de haber sido emitida.

En ella, una actriz en el rol de Mary Graham, es sorprendida por la violenta irrupción del brazo de un Bigfoot a través de la ventana de su living. Según la casuística (término que tanto les gusta pronunciar a los criptozoólogos) la mencionada mujer denunció ante la policía haber sido atacada por un gigantesco Piegrande en su propia casa, mientras miraba televisión cómodamente sentada en un sofá.

En el film, la sombra de la criatura rondando el hogar, perfilando su silueta a través del cortinado de la ventana antes de romper el vidrio, es de antología. Ni el propio Guenette debió imaginar que esa dramatización resultaría tan efectiva. Más de un televidente debió sentirse identificado con la sorprendida mujer, observando sus propias ventanas con cierta aprehensión.

Claro que, a diferencia del testimonio escenificado, nadie pudo ver nada. Algo que no ocurrió según lo relatado en el film.

Como si el recurso del brazo hubiera sido insuficiente, Graham aseguró que al alertar al padre con sus gritos, éste, fusil en mano, abrió la puerta de la cabaña para salir y ver qué era lo que ocurría. Fue en ese instante cuando, cara a cara, se topó con la horrenda criatura.

 

En la década de 1970 los avistamientos de Bigfoot estaban a la orden del día. Las denuncias llovían desde todos los estados de la Unión. El monstruoso homínido gigante ocupaba las primeras planas de numerosos periódicos locales. Por tal motivo, que R. Guenette lo pusiera en pantalla al inicio del film caminando por el bosque, simulando con la cámara ―en primera persona― la perspectiva de la bestia, resultó más que efectivo. Sus gruñidos contribuyeron al circo y, ya en el minuto 2 del documental la criatura mostraba su rostro, por primera vez con extrema claridad.

Sin sombras. Sin claroscuros. Allí estaba, nítido. Preparando la imaginación y la percepción del espectador para lo que quedaba del film.

Los identikit, al menos para Guenette, estaban superados.

A partir de ese momento, el televidente podía figurarse el rostro de aquel ser misterioso con toda claridad. Y si no se le veía, podía imaginarlo. Como ocurre en esa otra escena, en la que un hombre y una mujer, circulando en auto ―durante la noche― por una ruta flanqueada de bosques, ven repentinamente en una curva la sola, enorme e hirsuta silueta de Piegrande interponiéndoseles en el camino.

Dramatismo en estado puro.

 

Otros episodios teatralizados con éxito son aquellos en los que Bigfoot aparece a plena luz del día sorprendiendo y asustando a incautos caminantes, conductores de buses escolares o relajados pescadores.

 

Pero como en estas lides de la misteriología es siempre mejor sugerir que mostrar, las últimas escenas del film de Guenette se limitan a exhibir únicamente la silueta del monstruo (como es común en los logotipos que decoran los escuditos de los diferentes grupos de estudio de Bigfoot en Norteamérica).

Huellas, pelos y siluetas entre las sombras.

Los futuros directores de documentales (especialmente en los últimos años) tendrán en cuenta la premisa anterior, evitando mostrar desembozadamente a la criatura. [20]

 

Algo que también debe ser tenido en cuenta es que el contenido crítico de The Mysterious Monsters es mucho menor que en Monsters!, de David Wolper (1974). Los científicos del Instituto Smithsoniano, como D. Ripley, ya no están y Guenette se limitó a difundir opiniones (casi en su totalidad) a favor de la existencia de la criatura, apoyándose en los dichos del explorador Robert Morgan (¡otra vez!), de supuestos laboratoristas, de expertos en sonido y hasta de un hipnotizador, abocado a extraer del inconciente de una testigo sus traumáticas experiencias frente a la bestia del bosque.

 

La tecnología de la época tampoco está ausente a la hora de avalar los testimonios y muestras conseguidas en el campo, especialmente cuando Peter Graves ayuda a analizar las grabaciones de los alaridos y gruñidos de Piegrande, captados por los entusiastas cazadores de monstruos.

Grabadoras y pesadísimas computadoras, pantallas con gráficos, microscopios e inmensos teleobjetivos se suman a la reconstrucción mediática, como lo siguen haciendo actualmente las producciones de este tipo.

 

Como había ocurrido en la versión cinematográfica de 1975, The Mysterious Monster del ’76 le dedicó también unos pocos minutos al Yeti y al plesiosauro del Lago Ness. No son, claramente, las estrellas del show. Apenas intentan encarnar dos soportes (unos 15 minuto en total) en los que apoyar la credulidad del espectador. Pero, en ambos casos, no hubo dramatizaciones. Guenette se limitó a repetir las viejas filmaciones de archivo (vistas una y otra vez en producciones anteriores). Convengamos que disfrazar a alguien de Piegrande resulta mucho más sencillo y menos costoso que armar un monstruo lacustre de grandes dimensiones.

 

En cuanto a la más famosa captura fílmica de Piegrande ―la realizada por Roger Patterson en 1967 en Bluff Creek, California―, The Mysterious Monsters no pudo dejar de aprovecharla.

Relegándola hacia el final del film, como si fuera la cereza del postre, el tambaleante andar de lo que se ha dicho era una Bigfoot hembra, debió impactar. Pero, a fuer de ser sinceros, no se proyectaba por primera vez en un documental, como argumenta Bryan Thomas en su artículo de Cinefania.[21] La verdad es que, más allá de las copias que el propio Patterson vendiera por correo, la escena ya había sido mostrada en Bigfoot: Man or Beast?, dirigida por Lawrence Crowley, cuatro años antes, en 1971 (aunque, eso sí, sin tanta difusión).[22]

 

Ya para terminar, me gustaría referirme brevemente a un tópico que, de por sí, merecería un artículo en particular: la relación que el documental de Robert Guenette y Bigfoot tuvieron con la comunidad de los mormones.

La compañía distribuidora del film era la Sun Classic Pictures (o Schick Sun Classic Pictures), creada en 1971 por Rayland Jensen, mormón devoto y hábil empresario, cuyas oficinas centrales estaba en mormonísima Salt Lake City (Utah).[23] Según indican varios artículos, Jensen resultó ser un tipo de avanzada al ser uno de los primeros en realizar encuestas telefónicas para saber de antemano qué era lo que los norteamericanos querían ver por televisión; asegurándose así las futuras ganancias.

En pocas palabras: le daba a la gente lo que la gente quería ver y escuchar. Y, de paso, sembrar subrepticiamente algunos preceptos mormónicos en las expectantes almas de los televidentes del Norte. No es casual que Sunn Classic haya comercializado y ayudado a producir el documental En Busca del Arca de Noé.

 

En lo que se refiere a Bigfoot, la comunidad mormónica tiene una posición bastante sui generis (como en tantas otras).

Spencer W. Kimball (1895-1985), duodécimo presidente y profeta de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, escribió en La Fe precede al Milagro (Pág.126):

 

“Cito de este libro un extracto de una carta de Abraham O. Smoot [pionero mormón y segundo alcalde de Salt Lake City], en la cual hace memoria de la narración de David Patten [uno de los primeros líderes del movimiento mormón] acerca de haber conocido a “una persona muy notable que se había identificado como Caín [en 1835]: “Mientras iba sobre mi mula, repentinamente me di cuenta de un personaje algo extraño que caminaba a mi lado… Su cabeza llegaba casi a la altura de mis hombros, estando yo sentado en la silla de montar. No llevaba puesta ropa alguna, sino que estaba cubierto de pelo. El color de su piel era sumamente obscuro. Le pregunté dónde vivía, y me contestó que no tenía hogar; que era vagabundo en la tierra e iba de acá para allá. Dijo que era un ser muy miserable, que sinceramente había procurado la muerte durante su jornada en la tierra, pero que no podía morir; y que su misión era destruir las almas de los hombres. Cuando se expresó de esta manera, lo reprendí en el nombre del Señor Jesucristo y en virtud del santo sacerdocio, y le mandé que se apartara de allí, e inmediatamente se alejó de mi vista.” — (Lycurgus A. Wilson, Life of David W. Patten, Salt Lake City: Deseret News 1900, pág. 50)”.[24]

 

Esta transcripción de Kimball es la permitió que muchos miembros de la congregación interpretaran que Caín era, ni más ni menos, que Bigfoot.

Paul Reeve, un historiador mormón que investiga y enseña historia de Utah,“cree que los mormones utilizan esta historia para relacionar un evento inexplicable con la prueba de que los santos están haciendo un buen trabajo. “Cuando Satanás envía a Caín contra los mormones,… ellos piensan, ‘debemos estar en el camino correcto sino Satanás no se molestaría en enviar a sus hordas más malvadas contra nosotros.’”.[25]

 

¿Hay algún mensaje encriptado de toda esta parafernalia religiosa en The Mysterious Monsters?

En el terreno de la misteriología , donde el deseo de realidad se confunde con la ficción, todo, absolutamente todo, es posible.

 

PALABRAS FINALES

 

“La imaginación del hombre

también es historia.”

 

Marc Ferro (historiador)

 

 

 

 

 

La década de 1970 fue en extremo prolífica en cuestiones criptozoológicas, en especial si enfocamos su atención en la principal estrella de aquellos días: Bigfoot.

Iniciada en 1971 con Man or Beast, alcanzó su punto más alto con Monsters! (1974), se instaló con The Mysterious Monsters (1975/76) e inició su lenta decadencia con el documental de Alan Landsburg Manbeast: myth or monster? en 1978.[26]

Pero la densa y gigantesca sombra de Piegrande se resistió a desaparecer.

Hacia fines del siglo XX y primera década del XXI, el hombre salvaje de los bosques volvió a irrumpir en centenares de videos caseros por YouTube y en nuevas producciones televisivas que, tomando el guión pergeñado por Wolper y Guenette cuatro décadas antes, continúan alimentando el imaginario contemporáneo.

Hoy en día no alcanzarían las horas de una semana para poder ver la ingente producción “documental” que hay sobre la materia; en especial debido a la diversificación de los temas tratados. La criptozoología amplió mucho su “campo de estudio”. Ya no sólo tenemos a los tres “archi-documentados” monstruos clásicos (Bigfoot, el Yeti y el monstruo del Lago Ness) sino un verdadero ejército de criaturas regionales que pululan alrededor nuestro sin que nadie pueda confirmar la existencia objetiva de las mismas. “Animales Invisibles” las llama Gabi Martínez en su libro homónimo.[27] No deja de ser una pertinente forma de clasificación, puesto que la única manera de visualizarlos ha sido a través de la televisión y el cine. Si sacamos la vista de pantalla sólo nos quedan tradiciones orales, cuentos y relatos que intentan legitimarse infructuosamente con más testimonios y pruebas físicas siempre insuficientes o falsas.[28]

La idea original es de los ’70. Hoy, sólo el aporte de la alta tecnología digital es el que permite marcar las diferencias. Los monstruos se han vuelto más realistas, moldeando ―obviamente― la forma de conceptualizarlos. Pero siguen ahí. Expectantes. Al acecho y dispuestos a lanzarse sobre nosotros, especialmente en momentos de crisis.

 

El documental, como género cinematográfico, pretendió ―desde sus inicios en la década de 1920― conocer objetivamente el mundo. Para ello seleccionó y ordenó imágenes y sonidos buscando registrar la realidad. Y si bien desde el principio en Historia se planteó el debate entre realismo y representación, hay que reconocer que una cosa es poner “en escena” un hecho histórico verosímil y otra muy diferente “dramatizar” acontecimientos que atentan contra todas las leyes científicas vigentes y el sentido común.[29]

Desde 1947 la Asociación de Documentalistas ha venido defendiendo la dramatización como recurso narrativo, siempre ―claro está― que se utilice honestamente y pos del entendimiento de ciertos temas y problemas de la sociedad.[30]

En tanto éste sea el objetivo, no habría nada que objetar. Pero cuando lo que se busca es implantar una creencia (que, como la de Bigfoot, estaba firmemente asentada en la mente de los directores y productores arriba nombrados) la cosa cambia. No es correcto vender gato por liebre por más justificaciones que se den, aduciendo que la televisión y el cine tienen necesariamente que conjugar conocimiento y espectáculo, fantasía y realidad.

Se puede entretener dando una mirada equilibrada de cualquier asunto. En mi opinión, la serie de criptozoología Monster Quest lo consiguió con creces (en la mayoría de sus episodios); aún captando la atención del espectador con un lenguaje sensacionalista y marketinero.

 

Vivimos una época en la que el saber es construido virtualmente. Y a pesar de tener el acceso a la información más grande de toda la historia de la humanidad, colectivos inmensos han perdido el sentido crítico a la hora de entrar en contacto con ella.

Informes de todo tipo circulan por la Web. Verdades y mentiras se mixturan. Las “fake news” están a la orden día. A toda hora, en todo lugar. Algunas, claro, son más peligrosas que otras. Inútil sería poner en un mismo nivel una noticia falsa de carácter político o económico con otra referida a un monstruo (cualquiera sea éste).

De todas formas, estamos obligados a preguntarnos si las producciones analizadas en este artículo son o no “falsos documentales”.[31]

 

 

De acuerdo con la opinión de los especialistas en cine, un falso documental o mockumental (del inglés mock: burla) es una historia completamente inventada y de la que el director es conciente. Un producto que no guarda relación alguna con un hecho acontecido en la vida real, ni con un testimonio real aportado por un testigo. Es una ficción que se muestra como cierta. Una mentira de cabo a rabo que recrea y dramatiza una invención (que puede ―o no― tener un sustento en una leyenda, un rumor o historia no confirmada). Por ende, pone en escena ―teatraliza― algo que jamás ocurrió (y que nadie en particular dijo que ocurrió).

En pocas palabras, es ficción pura mostrada como real usando técnicas y recursos narrativos que, amañando imágenes y sonidos, imitan y simulan una realidad jamás acontecida.

Un ejemplo de lo dicho (entre los muchos que existen) podría ser la imaginaria expedición del Doctor Timoty Darrow a Indonesia y los extraordinarios eventos que se sucedieron ante la legendaria presencia de un homínido desconocido y caníbal.[32] Un falso documental producido y emitido por el inefable History Channel.[33]

 

Para algunos el mockumental es una inmoralidad. Una mentira desfachatada que engaña tendenciosamente al espectador, haciéndole creer una falsedad.[34]

Para otros es un simulacro que pretende señalar los peligros de la credulidad absoluta, indicándole al público que, en pocas palabras, no todo lo que se muestra en la pantalla es cierto. Que la brecha entre ficción y realidad es muy angosta y que puede manipularse a gusto y piacere sin que nadie lo advierta. En suma, el mockumental incitaría a dudar de lo que vemos, alimentando ―a través de la parodia y la ironía― el sentido crítico, reflexivo y cuestionador de lo que nos venden los medios masivos de comunicación. Una alerta artísticamente elaborada que se revela falsa hacia el final del film, generalmente en los créditos.

El resultado puede ser el de la indignación ante el engaño o el de la sonrisa cómplice de aquel que se sabe timado e ilustrado al mismo tiempo. Como aquel espectador que, hacia el final del show, se le enseña en qué consiste el truco de magia.

Claro que el asunto es diferente a cuando se asiste a un circo a ver magos. En ese caso, desde el principio sabemos que seremos engañados. Con los mockumentales no ocurre eso.

 

Si nos atenemos a las características antedichas, las producciones de los años ’70 que analizamos en este artículo, no se ajustarían a la categoría de falso documental.

En primera instancia porque el director/productor/escritor de cada uno de ellos creía que lo exhibido era cierto y aseguraba, concientemente, que los hechos estaban basados en testimonios de personas que también los creían (o decían que eran) verdaderos. No hay en todo esto ninguna intensión de engañar a nadie con escenas por entero ficticias. Lo que se pretende es mostrar una “realidad” cuestionada por muchos y que ―aunque errada y muy poco probable por múltiples motivos― nadie mira con suspicaz ironía.

La investigación desplegada en esos filmes es una reconstrucción (todo en el cine y la TV no deja de ser eso) apoyada en “fuentes” externas objetivas (el testigo existe, es real). En tal sentido, las producciones de los ’70 más que falsos documentales serían lo que se denomina un docudrama.[35]

 

En el docudrama o “documental dramatizado” se parte de un evento que se cree real pero origen controvertido. Elabora, a través de la dramatización mencionada, un clima de autenticidad manipulando imágenes y sonidos para convencer de que lo expuesto es cierto. La edición lo es todo, pero no es un invento total. No persigue alimentar el sentido crítico. No parte de una mentira, sino de un convencimiento sincero (aunque, en mi opinión, errado). Cuestiona al escepticismo, alimentando el misterio. Se presenta como una verdad incomprendida y, en casos, debatible por la ausencia de pruebas; aunque inclinando el plato hacia el lado de la creencia.

En Historia las mentiras son útiles y nos llevan a plantearnos varias cuestiones: ¿Por qué se mintió? ¿Por qué se exageró la nota? ¿Qué se busca con ello?

Una mentira o la manipulación de la información en un determinad sentido pude ser un interesante trampolín a nuevas investigaciones. De todas formas, tanto el mockumental como el docudrama son reflejos del imaginario, de los temores, necesidades y sueños de una época.

Y en ese sentido, bien vale la pena tenerlos en cuenta.

Aún cuando se esté hablando de monstruos.[36]

 

FJSR

Buenos Aires

Septiembre 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la UNMdP (Argentina).

[1] Véase del autor: En Busca de… Un destino a través de la historia, 17 de noviembre 2018. disponible en Web: http://factorelblog.com/2018/11/17/en-busca-de-un-destino/comment-page-1/

[2] Véase del autor: Aproximación al imaginario del explorador en tiempos del imperialismo (1870-1914) a partir de la novela “El Mundo Perdido” de Sir Arthur Conan Doyle (1999). Disponible en Web: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/soto_fernando/aproximacion_al_imaginario.htm

[3] A punto de empezar a transitar la segunda década del siglo XXI, la misteriología sigue recurriendo a esos mismos elementos. De hecho, un porcentaje importante del tiempo invertido en la proyección del documental consiste en mostrar y describir la aparatología a utilizar en el intento de hallar criaturas extrañas.

[4] Hill, Sharon, The Mysterious Monster Mash of the Mid 1970s: Bigfoot hits prime time TV, Julio 2019. Disponible en Web:https://sharonahill.com/2019/07/05/the-mysterious-monster-mash/

[5]El 1 de febrero de 1976, los fans norteamericanos de la serie El Hombre Nuclear (The Six Million Dollar Man), en su tercera temporada, fueron sorprendidos por la aparición de Bigfoot (Piegrande) entre los miembros del elenco, protagonizado por André The Giant. Nosotros en Argentina debimos esperar un tiempito para poder disfrutarla en castellano. No tengo la fecha exacta de emisión pero, para julio de 1979 ya la tenía vista. Puedo asegurarlo porque en esa fecha, tras viajar a los Estudios Universal de Hollywood, pude atravesar el túnel giratorio de “hielo” por el que Steve Austin (Lee Majors) entraba en contacto con los extraterrestres que controlaban al gigantón desde el interior de una montaña en California. Según averigüé el túnel siguió siendo una atracción de los Estudios durante más  de 20 años (apareciendo posteriormente en otras series de TV, como por ejemplo Brigada A y El Auto Fantástico). Para mayores datos véase el siguiente link disponible en Web: https://bionic.fandom.com/wiki/The_Secret_of_Bigfoot.

Es interesante notar algo: la hipótesis de que Bigfoot es de origen extraterrstre no es una invención de los guionistas de la serie. Ya circulaba por entonces entre los criptozoólogos menos ortodoxos y, por supuesto, entre los ufólogos de turno. Un tiempo más tarde, hipótesis un tanto más esotéricas entraron en juego, como la sostenida por el especialista en ovnis español, José Antonio Caravaca y su Teoría de la Distorsión, en la que se plantea la existencia de ana “arquitectura psíquica desconocida” como responsable de los avistamientos. Véase al respecto el siguiente link disponible en Web: http://caravaca.blogspot.com/2016/04/bigfoot-entre-eslabones-perdidos.html

[6] Véase el documental completo en el siguiente link disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=4zKfAakOykI

[7] Hill, Sharon, op.cit.

[8] Véase: Sidney Dillon Ripley. Disponible en Web: https://es.wikipedia.org/wiki/Sidney_Dillon_Ripley

[9] Véase: Eric Shipton. Disponible en Web: https://en.wikipedia.org/wiki/Eric_Shipton

[10] Véase: John Hunt. Disponible en Web: https://en.wikipedia.org/wiki/John_Hunt,_Baron_Hunt

[11] Véase: Tim Dinsdale. Disponible en Web: https://en.wikipedia.org/wiki/Tim_Dinsdale

[12] Véase: Robert Rines. Disponible en Web: https://en.wikipedia.org/wiki/Robert_H._Rines

[13] Véase: Grover Kranzt. Disponible en Web: https://en.wikipedia.org/wiki/Grover_Krantz

[14] Véase: Monster Quest (serie). Disponible en Web: https://es.wikipedia.org/wiki/MonsterQuest

[15]Nota: Bigfoot: Man or Beast? Es un documental filmado y producido en 1971 por la American National Enterprise Inc. y exhibido en el cine en 1972. Está etiquetado como un “film report” y tuvo como narrador y anfitrión a J. English Smith, un escritor aficionado al tema Sasquatch/ Piegrande que en la película se presenta con el nombre de J. Davis (¿?). El documental es de por sí bastante aburrido y tal vez ese haya el motivo por cual fue rápidamente olvidado. No hay recreaciones de ningún tipo (en ese sentido resultó ser mucho más honesto que el resto) y centra su material en testimonios de testigos, haciendo especial hincapié en la búsqueda llevada a cabo por Robert Morgan, al que vemos yendo y viniendo (siempre muy serio y comprometido) por los bosques sin encontrar nunca nada. Si desea ver el film completo acceda al siguiente link disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=XeJ-KORUt5E. Por su parte, Morgan, habiendo recogido fama a nivel nacional e internacional, participó posteriormente en otro documental dedicado a su persona y su infructuosa búsqueda. Un documental raro y posterior a los que estamos tratando en el cuerpo de este artículo y con cero impacto en la audiencia. Se tituló In Search of Bigfoot y es 1975. Tampoco hay recreaciones y, una vez más se acude a testimonios y aventuras inútiles por la espesura. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=bmoAaD69mBM

[16] Véase: Bryan Thomas, Giant creatures are living at the edge of our civilization: “Bigfoot: The Mysterious Monster”, febrero 23, 2018. Disponible en Web: http://nightflight.com/giant-creatures-are-living-at-the-edge-of-our-civilization-bigfoot-the-mysterious-monster/

[17] Véase: Bigfoot: Mysterious Monster, 1975. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=-L7XSW6c90E

[18] Véase: Hill, Sharon, op.cit.

[19] Es necesario aclarar que esa misma escena fue incorporada en el nuevo documental, añadiéndole el testimonio de uno de lo niños, ya mayor.

[20] Nota: En 1978, Alan Landsburg produjo ―cuando In Search Of… era ya un éxito televisivo― un documental aparte titulado Manbeast, basado en su libro En Busca de Mitos y Monstruos. El abuso de las dramatizaciones, con una banda de Bigfoots caminando y asechando a la gente, le quito realismo y verosimilitud. Es un verdadero bodrio. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=CO0ahqNJo_w

[21] Thomas, Bryan, op.cit.

[22] Véase: Bigfoot; Man or Beast? de Lawrence Crowley, 1971. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=XeJ-KORUt5E

[23] Véase: Coleman, Dave, Rayland Jensen. En busca de los clásicos de Sunn. Disponible en Web: https://fireretrorockets.wordpress.com/tag/rayland-jensen/

[24] Citado en: Apareció Pie Grande, su verdadero nombre es Caín, Barranquilla, abril 2015. disponible en Web: http://libresdefe.blogspot.com/p/aparecio-pie-grande-su-verdadero-nombre.html

[25] Véase: Córdoba Loaysa, Nicole, ¿Caín es Pie Grande? La verdad detrás de los 5 mitos mormones, 2018. Disponible en Web: https://masfe.org/temas/entretenimiento/mitos-mormones/

[26] Véase: Artículo de Peter Hanson, Every ’70 movies, 2012. Disponible en Web: http://every70smovie.blogspot.com/

[27] Martínez, Gabi, Animales Invisibles, Nórdica Libros, España, 2019.

[28] Véase: Grundhauser, Eric, 24 críptidos extremadamente locales… Disponible en Web: https://letterboxd.com/thedude1973/list/the-ultimate-bigfoot-movies-list/

[29] Véase: Rosenstone, Robert, Cine y visualidad. Disponible en Web: http://www.lafuga.cl/cine-y-visualidad/730

[30] Véase: López Ligero, Mar, El Falso Documental, Ediciones UOC, Barcelona, 2015.

[31] Véase: Díaz Gandasegui, Vicente, Espectadores de falsos documentales. Los falsos documentales en la sociedad de la información. Disponible en Web: https://atheneadigital.net/article/view/v12-n3-diaz

[32] Véase: La expedición del doctor Timoty Darrow y el caníbal de Indonesia. Disponible en Web: https://www.taringa.net/+ciencia_educacion/la-expedicion-del-dr-timoty-darrow-el-canibal-de-indonesia_16kmv4

[33] Véase el documental completo: Devora-Hombres. El caníbal de la jungla. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=n5auC1ls_20&feature=share&fbclid=IwAR2b2ZGYQ_QXMaPSfRLk-EpKskxhG7jSrn_mm7dYM0q-jPxdB1XSjH230mc

[34] Véase: Pardo, Soledad, El espectáculo de los hechos y el deseo de realidad. Disponible en Web: https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/34165

[35] Del docudrama se derivaron los mockumentales.

[36] Películas documentales de la década de los ’70. Disponible en Web: https://letterboxd.com/paulcorupe/list/magick-movies-paranormal-70s-documentaries/?fbclid=IwAR0LWMB6wKEHTkhO8K7Ytd8T54oVTSTYvIUb1djSIUAdFIzZHgNp7GMDZTc. Además véase: On the trial of Bigfoot. Disponible en Web: https://marcianitosverdes.haaan.com/2019/07/on-the-trail-of-bigfoot/.  Asimismo véase: IMDb, Películas sobre el Yeti y Bigfoot. Disponible en Web: https://www.imdb.com/list/ls055487264/. Y la lista más completa en https://letterboxd.com/thedude1973/list/the-ultimate-bigfoot-movies-list/.

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