GRITA

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A partir de la primera noche en su nueva habitación, Alain trabajó incansable sometido a la severa supervisión de Tier, quien no apartaba la vista de él. Seguían la misma dieta estricta. Un régimen extremo de duros ejercicios. En poco tiempo, la grasa corporal de Alain se redujo a un porcentaje mínimo. Ganó en fuerza y masa muscular. En continua vigilancia, era controlado y cronometrado aún más que antes y se ponía a prueba su capacidad de esfuerzo hasta alcanzar límites casi inhumanos. Cada vez más aislado, igual de temido como de venerado por sus compañeros, sabía que éstos registraban en sus pupilas cada uno de sus movimientos, y se preguntaban con toques de celo qué tenía de especial. Pero incluso él lo desconocía.

 

En realidad, tanto Tier como Alain sabían que ésa no era la forma más saludable de practicar deporte, esa excusa no era más que una cortina de humo frente a otro resquemor, y que quizá en algún momento dicha tapadera acabaría saltando pasándoles la factura: tal obsesión insana, sacrificar el cuerpo y el tiempo de ocio para dedicarse al entreno más competitivo, ciñéndose a la más dura de las disciplinas, daba como resultado el forjar un carácter dictatorial, ofuscado y furioso, donde cualquier detalle irrisorio y común de la vida se extendía a una contienda.

 

Pasado el tiempo, fue a más.

 

Con todo el pesar de Charles Evian, y obviando su disconformidad al respecto, Tier se autodenominó tutor del chico y decidió suprimir sus horas de estudio para comenzar a dedicarlas al pleno entreno deportivo y a perfeccionar su destreza en el tiro, sin concederle apenas descanso ( leer. Hazme entender por qué insistes tanto>). Acabó respetando tan solo lo indispensable por normativa, que exigía un mínimo de conocimientos intelectuales e imponía horas reglamentarias de aprendizaje teórico.

 

Evian deseaba y de veras se concentraba en exprimir durante esos pocos ratos el cerebro y la envidiable memoria de su pupilo, luchando contra el tiempo y el agotamiento. Sin embargo,  la vida de Alain, casi sin darse cuenta, pasó a estar supeditada al orden y mando del austríaco, ataviado siempre con sudadera y silbato, inflexible y exigente con un eterno gesto agrio. “¡Así se descarga la ira! ¡Quiero que aprendas a quitártela! ¡Expúlsala de tu cuerpo, enfócala solo para esto!”, exclamaba Tier con el afán de proferir sus ánimos. Y únicamente mientras batía récords en carreras, levantaba pesas o flexionaba y estiraba su cuerpo colgado de la barra de tracción colocada en su puerta, se le permitía a Alain proferir un grito desesperado, que comenzaba su recorrido desde lo más profundo de sus pulmones para acabar huyendo de la opresión de su garganta, un rugido asociado al sudor de su trabajo, a la furia y la desazón que a veces se  arremolinaban en su mente envenenándola, arrojados al aire como una maldita y enferma liberación. Disfrutaba al sentir en su cuerpo el cansancio y el dolor de la tarea bien hecha, e inició la rutina —como si fuera una liturgia— de enfrentarse cada mañana a sí mismo, en ese habitáculo contiguo al dormitorio que hacía las veces de lavabo individual. Pasaba un rato inclinado y mojándose el pelo con agua helada bajo el grifo, después irguiendo su pecho y cabeza poco a poco para ir aceptando por centímetros y a cámara lenta la imagen que se reflejaba ante el espejo, marcando los bíceps, tríceps y pectorales aposta, deseando que explotaran las venas durante el esfuerzo, mientras unía toda aquella fuerza y se abroncaba ante su propia imagen como un animal. Era su canto de la victoria. Aquel grito representaba su curación diaria. Porque él siempre gritaba. Gritaba para sanarse; gritaba para sacudirse la ira. Pero ésta se le había enquistado, como una infección expandiéndose e impregnándose por todos sus huesos, y cada vez le costaba más conseguir que saliese hasta la superficie.

 

Con el transcurso de las semanas, Tier fue involucrándole más en tareas restringidas de mayor importancia. Siempre auxiliándole, nunca como responsable, le introdujo en el arte de las torturas a puerta cerrada. Prisioneros, en su mayor parte mujeres, a las que ordenaba hacer llegar por otros vigilantes hasta un cuartucho aislado y contiguo a los barracones, un monstruoso lugar frío y vacío con una bombilla en el techo sin embellecimientos, una mesa agrietada en una esquina con un cenicero y un par de sillas, una manguera a presión anclada en la pared y una estantería de hierro provista de un sinfín de herramientas y utensilios escogidos para los diversos procedimientos que decidieran llevar a cabo, según el día. Banco de compresión, cadenas, varios grilletes de diferentes tamaños, látigos con púas para flagelar, tenazas y martillos, palas y fustas, incluso alguna sierra y un soplete…descubrir ese arsenal equivalía  a contemplar un auténtico cuarto de los horrores cuya mera puerta de entrada, como si se tratara de una base de alta seguridad, denotaba tensión y violencia con tan solo acercarse al acero asfixiante que la recubría.

 

Como auxiliar, a Alain le correspondía acatar y obedecer órdenes, mantener quietud y silencio sin proposiciones, opiniones ni protestas, limpiar los estropicios y la suciedad tras las sesiones y aprender mucho, rápido y bien. Aprender sobre la transparencia de la expresión corporal, del doble juego, la provocación y el engaño, de las preguntas incisivas, de los gestos reveladores, las expresiones dubitativas, de cuándo proseguir y cuándo parar, de cómo hacerlo, y de las falsas promesas de liberación que a veces Tier usaba como último recurso, y que en su mayoría no eran más que mentiras. El balance del trabajo inmisericorde de Tier obtenía resultados muy positivos: conseguía a menudo confesiones valiosas y fidedignas con una técnica limpia, sin causar demasiados daños irreparables (al menos físicos), donde sabía elevar los padecimientos a altos niveles insoportables sin obnubilar el preciado conocimiento de sus víctimas. Alain asistió a lecciones inolvidables, y aprendía detalles estratégicos a un ritmo frenético, absorbiendo cuanto acontecía a su alrededor como una esponja. Hasta que un día por fin se lepermitió tomar parte de ello.

 

La escogida se llamaba Caterina.

Comentarios

  1. Mabel

    3 septiembre, 2019

    Muy buena historia. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    4 septiembre, 2019

    ¡Cómo me gustaría ya leer el libro, Estef. ¿para cuándo

    Saludos con mi voto

    Estela

  3. Dites

    4 septiembre, 2019

    De acuerdo con Esruza. El esperar para leer el sihuiente tramo de la historia es como ser uno de los pobres desgraciados que son interrogados, en tu historia. Un abrazo y mi voto.

  4. GermánLage

    30 octubre, 2019

    Aunque ya hace bastante tiempo que ando perdido entre los sucesivos episodio, como no me cabe duda de que tienes un plan prefijado y, antes o después, habrá un final que de sentido a todo, te seguiré leyendo, Esteffy.
    Un abrazo.

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