El plan de Yaryna (Colección Algarve)

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—Esperad aquí, mis niñas —dijo Lesia Holub mientras secaba una lágrima de la aterrada cara de Inha Budny—. Voy a buscar a Andriy para que os vea antes de que os vayáis.

Lesia salió de la pequeña oficina del taller de coches que regentaba con su marido, Andriy Kohut, y dejó a las dos chicas allí: solas y desamparadas.

Yaryna Sewich e Inha Budny se miraron de una forma que nunca habían experimentado antes. La cara de Inha expresaba el terror más absoluto. Sus ojos no se habían secado desde que los hombres de Andriy la violaron por primera vez al salir de Ucrania, justo antes de empezar un largo viaje hasta Lagos, Portugal, donde se suponía que le esperaba un trabajo de camarera, pero eso nunca sucedería.

Las esperanzas que su primo le dio para convencerla se habían roto en pedazos hacía tiempo, pedazos que Inha había ido abandonando uno a uno en todos los zulos donde había dormido y habían abusado de ella cada noche.

—No llores, sé fuerte —dijo Yaryna mientras le apretaba la mano—. Tengo un plan, nos vamos a escapar. —Inha miró sorprendida a Yaryna, con la que apenas había podido hablar desde que cruzaron la frontera.

A diferencia de Inha, Yaryna Sewich era morena, pecosa y un poco más baja. Aunque Inha pudo notar como a Yaryna también le temblaba la mano cuando se la cogió, en su cara no había terror, sino el odio más puro que pudiera concebir el ser humano. Detrás de sus ojos azul mortecino ardía un fuego capaz de derretir cualquier cadena.

Inha se dio cuenta en ese momento de que nunca había oído chillar ni llorar a Yaryna cuando los hombres de Andriy la “visitaban”, y eso la dejó tremendamente confusa. Tiempo después supo que el padre y los hermanos de Yaryna habían estado turnándose en la puerta de su habitación por las noches durante años.

En ese momento Andriy entró con su mujer y las dos chicas se soltaron la mano rápidamente.

Andriy era el hijo de puta que controlaba la trata de mujeres ucranianas en el Algarve, aunque pasaba la mayor parte del tiempo manteniéndose visible en su taller de coches.

—¿Por qué lloras, pequeña? —le preguntó a Inha, pero no obtuvo más respuesta que un sollozo—. Son muy guapas —le dijo a su mujer mientras observaba de cerca la cara inexpresiva de Yaryna— y muy valientes, parece —susurró pegando su frente contra la de la chica sin que ella bajara la mirada. Aunque el odio traspasó los ojos y el cráneo de Andriy.

—De acuerdo —dijo saliendo por la puerta del despacho—. Que Gleb las lleve con el Seat Toledo azul al club Borboleta. Empiezan esta noche.

—Muy bien, cariño —contestó su mujer saliendo detrás de él—. ¡Gleb, ven aquí! —gritó mientras se apoyaba en el marco de la puerta de espaldas al interior.

En ese momento, Yaryna cogió unas tijeras que había en el lapicero ante la atónita mirada de Inha, que no podía creer la agilidad con que las metió en el pequeño bolso que llevaba sin apenas inmutarse.

Las dos chicas no volvieron a mirarse en ningún momento, ni siquiera cuando se montaron en la parte trasera del Seat Toledo.

Yaryna se sentó detrás de Gleb con la mirada fija en el horizonte. Entonces Inha entendió el plan y se abrochó el cinturón de seguridad. Por primera vez desde que salió de Ucrania, Inha dejó de llorar y sonrió levemente.

Comentarios

  1. Mabel

    6 septiembre, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo Frank y mi voto desde Andalucía

  2. DaroPohl

    8 septiembre, 2019

    Gracias por la publicación, me ha gustado y buscaré por si tienes otros en el género.
    Tienes mi voto.

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