La Norsa*

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Llegaba con su caminar lento, tambaleándose, agarrándose de las verjas y las paredes y mirando donde pisaba para no caerse hasta quienes no tenían acceso a servicios de salud o adultos mayores que no podían salir de sus casas.

No mantenía horario fijo. Todas sus citas eran a la misma hora.

—Voy después. Por la tardecita.

Esa era su respuesta cuando alguien le preguntaba a qué hora vendría a hacer su visita. Si la presionaban, pensaba por unos segundos antes de responder.

—Antes del oscurecer —respondía.

Sabía escuchar a los demás, entender sus problemas y emociones. Conocía las preocupaciones de todos los vecinos y con su voz pausada y su imborrable sonrisa les aseguraba que todo iba a estar bien. No lo hacía por entrometerse en los asuntos que no eran de su incumbencia sino con la intención genuina de comprender los sentimientos de los vecinos, intentando sentir de forma igual lo que ellos sentían.

Su salario eran limones, naranjas, harina de café, lo que hubiera extra en la casa y se lo ofrecían. Nunca pedía nada.

—No se apure —decía haciendo un gesto con su mano—, cuando consiga algo me da algo.

Cargaba en su hombro una bolsa reusable de plástico de las que regalaban las tiendas en la época navideña donde llevaba sus utensilios de trabajo y sus hierbas medicinales por si las necesitaba. Era experta en remedios caseros. Si el problema era un catarro o problema de bronquios tapados, recetaba una buena sopa de pollo con mucho culantro para aliviar los síntomas de la gripe y también como expectorante para los bronquios. Para problemas estomacales, dolores de cabeza, fiebres y tos, recomendaba té de albahaca. Para aliviar problemas de la orina y los riñones, tisana de peletaria hecha con todo y raíces, entera, sin picar y bien lavada. Cuando el problema eran los nervios, recomendaba té de yerba buena antes de dormir. Nadie cuestionaba su sabiduría y los vecinos seguían sus instrucciones al pie de la letra.

Lo primero que hacía cuando llegaba a una casa era asegurase de que lo que iba a hacer era verdaderamente necesario. Hacia preguntas como el mejor doctor y corrobora el medicamento de acuerdo con los síntomas y la receta.

Nadie sabía si alguna vez había estudiado enfermería en su vida. Lo que todo el mundo conocía era lo que ella contaba.

—Cuando pidieron voluntarios para la guerra grande yo me ofrecí y me enseñaron a cuidar los enfermos.

Seguía un meticuloso y riguroso procedimiento cuando de inyecciones se trataba. Se lavaba bien las manos y se las secaba con papel desechable. Pedía un recipiente, desinfectaba la superficie, abría la bolsa reusable, y colocaba en el recipiente todo lo que necesita.

Se ponía sus guantes esterilizados y los desinfectaba con alcohol. Después preparaba bolitas de algodón y las humedecía con el alcohol. Si el medicamento estaba frío lo calentaba frotándolo entre sus manos mientras hablaba de asuntos triviales y se reía a carcajadas de todo lo que le parecía gracioso.

Abría el empaque con la jeringa, limpiaba la ampolleta y se limpiaba las manos nuevamente con antiséptico. Luego llenaba la jeringa con la medicina, la volteaba con la aguja hacia arriba y soltaba una gota para sacar el aire.

Miraba el asustado enfermo de una manera única y reconfortante. Parecía como si sintiera el dolor y el sufrimiento que padecían, especialmente de los más pequeños, de los que no podían expresar como se sentían.

Después de confortar al enfermo le pedía que se acostara, se volteara de espaldas, y se bajara los pantalones o se subiera la falda. Pinchaba la nalga o el brazo en el lugar donde iba a inyectar, lo limpiaba con el antiséptico haciendo un círculo desde el centro hacia afuera.

Finalmente, con un movimiento rápido, clavaba la aguja. Cuando terminaba de vaciar el medicamento, aplicaba un algodón humedecido en alcohol en el área del piquete, retiraba la aguja y presionaba la herida con el algodón mientras diestramente cubría la aguja con su tapa.

Desechaba las cosas usadas, se lavaba las manos, y volvía a poner sus utensilios en la bolsa reusable que siempre cargaba. Entonces terminaba su visita con un acto que parecía de magia. Rebuscaba y rebuscaba dentro de la bolsa reusable mientras miraba a su alrededor de manera traviesa.

—A ver si encuentro un dulcesito por aquí —decía haciendo un gesto como de preocupación.

¡De repente, sacaba su mano de la bolsa y aparecía el dulce! 

—Toma —decía—, por no llorar.

Y si el paciente había llorado,

—Para que no llores a la otra.

Después se marchaba con su caminar lento, tambaleándose, agarrándose de las paredes y mirando donde pisaba para no caerse hasta llegar donde el próximo vecino que la necesitara.

 

*Norsa era la forma en que la gente del barrio pronunciaba la palabra “Nurse.”

Comentarios

  1. Luis

    2 septiembre, 2019

    Emotiva y emocionante prosa, JR, me alegra haberlo leído, me queda la satisfacción de saber que quedan personas buenas en el mundo. Un abrazo y mi voto!

  2. Mabel

    2 septiembre, 2019

    ¡Me ha encantado! Un abrazo José Rubén y mi voto desde Andalucía

  3. Esruza

    3 septiembre, 2019

    Me gusta mucho la forma en que cuentas pasajes vividos. Creo que ya no hay personas como la «Norsa»,
    la gente se ha deshumanizado mucho.

    Hermoso relato, mi voto.

    Abrazo afectuoso

    Esruza

  4. JR

    3 septiembre, 2019

    @temor – Luis, me alegra que te haya gustado. Gracias por leerlo. Tristemente, ya casi no quedan personas asi. Es un gusto para mi poder compartir estos recuerdos.

    Saludos y un abrazo.

  5. JR

    3 septiembre, 2019

    Mabel, me alegra sobremanera que te haya encantado. Saludos y un fuerte abrazo.

  6. JR

    3 septiembre, 2019

    Esruza, me emociona que te gusten mis relatos. Aunque no lo creamos, todavia queda gente buena por todos lados. Desafortunadamente «La Norsa» ya no esta.

    Saludos y un abrazo.

  7. JR

    4 septiembre, 2019

    @ignorantwalking – Muchas gracias por detenerte a leerlo y por tomarte el tiempo para comentar. Muy agradecido! Me alegra mucho que te haya gustado.

    Saludos!

  8. JR

    4 octubre, 2019

    @ginimardeletras – Me emociona mucho tu comentario. Muchas gracias por el apoyo y por detenerte a leer mis historias.

    Saludos y un gran abrazo.

  9. Bianca

    7 octubre, 2019

    Muy tierna. No solo la viejita, también tu forma de describirla. Gracias

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