La soga (revisitada) – Capítulo VI de X

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Anteriormente…

En la libreta de las inquietudes quedaron reflejadas dos notas para las que bien valía la pena frenar un poco el ritmo. La primera, el contacto de una mujer que había editado algún que otro libro de espiritismo en su misma editorial; segunda, que además complementaba la anterior, porque la escritora decía tener también la facultad de contactar con el vecindario del más allá.

Se sorprendió Larry al conocerla, tal vez porque esperaba encontrarse con el estereotipo de la alucinada antisocial, estrafalaria, con una vida marcada por el puntero de la ficción, parlante de un sinfín de lenguas muertas, demoniacas, y otras tantas que ni eran lo uno ni lo otro, y puestos a repetir, dicha en relaciones públicas fantasmales. Nada más lejos de la realidad. Se trataba de una joven de veintipocos años y aspecto normal, tirando para agradable, rubia, poco maquillada, pero deliciosamente simpática. Se llamaba Miranda, y no le hizo falta invitarla; ella misma se ofreció a acompañarlo a la mansión. Durante el camino, la fue poniendo al corriente de sus peripecias paranormales.

—¿Qué piensa, Miranda?

—Aún lo desconozco, Sr. Cupcake, pero a juzgar por su historia, en la casa existe una conexión que ata nuestro mundo con el más allá, que se conoce como energía. Si ha escuchado voces, de alguna manera puede procesar la información que genera esa energía existente en su casa —lanzó una mueca, tras apreciar el gesto de incredulidad de Larry—. Sé lo que está pensando, Sr. Cupcake. Su problema es más normal de lo que parece.

—¿Normal? ¿Que nadie crea algo que has visto con tus propios ojos le puede parecer normal?

—Creer es algo muy subjetivo, Sr. Cupcake. Desde el instante en que somos conscientes, aprendemos y maduramos a partir de las experiencias que nuestros sentidos recogen, y nadie se detiene a cuestionarlo porque es algo habitual en cada una de sus vidas, lo aceptan porque saben que es real.

«Pero todo cambia cuando no puede encontrarse una explicación racional. ¿Cuántos coinciden en haber visto una aparición? Unos dirán que sí; otros, desvaríos de la mente o farsas. ¿Y un objeto moverse solo? ¿Qué es lo más sencillo? El rechazo, por el miedo a lo desconocido».

—Sin embargo, los viejos también escuchan las voces.

—¿Y?

—Nadie en el condado muestra rechazo hacia ellos, más bien indiferencia, pero en realidad no escuchan nada.

—Es el mismo miedo, que se antepone a la propia razón; tal vez el sentimiento de una pérdida tan terrible les hizo creer en lo más profundo de su ser que sus hijos aún seguían vivos, y creen escucharlos aunque realmente no lo estén haciendo…

De nuevo, Miranda advirtió el semblante de preocupación en el escritor.

—Tenga en cuenta lo que voy a decirle, Larry: el que dice la verdad jamás cambia su historia por absurda e increíble que parezca.

—Ya estamos llegando.

Si contra todo pronóstico, Miranda había demostrado ser alguien con la cabeza bien puesta sobre sus hombros, nada más entrar en el caserón, la impresión dio un vuelco. Larry tuvo que esperar un rato hasta que Miranda se decidiera a entrar, y lo hizo de una manera peculiar: daba un paso y se detenía. Luego otro, y al instante miraba hacia arriba, o simplemente levantaba la cabeza con los ojos cerrados. No abrió la boca hasta el momento en que Larry se le ocurrió ofrecerle algo.

—¿Cuándo se manifiestan las voces? —le interrumpió.

—Aparecerán en cualquier momento —respondió el escritor, tras comprobar la hora.

El comportamiento de la médium dejaba alucinado a Larry, hasta el punto de sentir más pavor hacia ella que a los espíritus. Como presa de un hechizo que la volvía distante y a la vez poseída por algo que no hacía ni maldita gracia, Miranda deambulaba de un rincón a otro sin motivo aparente. Entonces, se dirigió sola a la segunda planta.

Larry se preguntó si seguirla o no. Al final, se decantó por lo segundo. Se sentía bastante ridículo, y marchó a la cocina a prepararse un te. Al poco rato, Miranda apareció de improviso y le hizo soltar un respingo. Aquel halo de reserva y mutismo provocaba en el desconcertado escritor la más gélida de las incomodidades.

—Bueno, em… —tartamudeaba, fingiendo que no pasaba nada— ¿ha escuchado algo?

—No.

De todas las respuestas que cabía esperar, esa era la más obvia. Honestamente, la “única” respuesta que el escritor esperaba.

Se acomodaron en la sala de estar mientras tomaban el té. Allí, Miranda se quedó mirando el enorme cuadro tras el que cierta sombra sin dueño, la guinda del pastel fantasmal, se colaba todas las noches, acallando todos los sonidos.

De repente, Miranda se levantó.

Tenía los ojos abiertos de par en par.

A medio camino entre el pasmo y la fascinación, Larry sabía perfectamente lo que estaba sucediendo.

—Las voces —susurró.

Miranda asintió, más a la habitación que al propio Larry. Este, realmente sobrecogido, no se movía de su sitio.

A continuación, emergieron los golpes sordos.

Miranda frunció el ceño, como si algo no terminara de encajarle. De nuevo retomó la extravagante coreografía de entrada: cabeza bien alta, ojos cerrados, pose hipnótica… así, durante un rato que a Larry se le hizo eterno, hasta que le dio por sacudir los brazos y escrutar todos los puntos de la sala con los ojos abiertos en su plenitud. Larry ya no sabía dónde meterse.

Miranda se lanzó hacia el salón principal. Desde la distancia, Larry pudo observar cómo parecía estar hablándole al aire mismo, cómo hacía gestos de silencio, de calma, cómo tarareaba…

—Los niños… son las voces de los pequeños… Están atrapados en la casa… no pueden marchar en paz…

La voz de Miranda sonaba extraña, metálica, carente de timbre. Larry, que había sido capaz de asomarse al salón, decidió no tentar más a la suerte, so pena de acabar expulsado de la casa por medio de un rayo fulminante, un grito o la más apabullante de las fuerzas paranormales… pero no iba a ser necesario.

Ambos presenciaron la sombra, escurriéndose por las paredes de las escaleras. Miranda la siguió con gesto desafiante.

Y al hacerlo, las voces se volvieron más alborotadas y nerviosas, y golpes que las acompañaban retumbaron con mayor fuerza y contundencia.

—No quiere que me acerque —sentenció Miranda, apartándose despacio de la sombra.

Las voces y los golpes se fueron sosegando. Ya no parecían tan fieras.

Sin perder de vista el periplo de la sombra, le indicó a Larry que se apartara de la entrada a la sala de estar. La sombra se fue introduciendo lentamente por ella como habitualmente venia haciendo.

Larry se tanteó el frasco de pastillas guardado en el bolsillo de su chaqueta. Se hizo a un lado, permitiendo a Miranda el acceso a la sala de estar. Él se quedó allí, masticando cuatro o cinco píldoras, con los músculos agarrotados y un pavor taladrando sus huesos.

De pronto, Miranda soltó un grito.

Larry pegó un brinco hacia atrás, acabando sentado en el suelo.

Las voces y los ruidos se callaron.

Miranda salió despacio de la sala de estar. Tenía un aspecto pálido, algo digno de mencionar ya que no destacaba precisamente por un tono de piel recién venido de la playa. Y qué decir de sus movimientos. Bastaba con que llevara una bola encadenada al tobillo y el cuerpo cubierto por una sabana para asemejarse al típico fantasma pendenciero. «Como se le ocurra ulular, vuelvo a la ciudad corriendo», resolvió Cupcake mientras hacía tiempo para que sus dientes dejaran de castañear. Las facciones blanquecinas de la médium eran la manifestación de la muerte misma. Peor sensación inspiraban sus ojos, reducidos a dos minúsculos puntos negros que apuntaban hacia el infinito en el centro de un vasto océano blanco.

—Vámonos, Larry. No es bueno que permanezca aquí por más tiempo.

La noche se presentó más cerrada de lo habitual, pero no se apreciaban nubes o niebla. Tal vez la maldición había contagiado a las propias estrellas que, temblorosas, se refugiaban en la oscuridad. Este contratiempo obligó a Larry a conducir más despacio, lo que fomentaba, sin quererlo, un ambiente más relajado y tranquilo, algo que le vino a Miranda de perlas.

—Solo quería establecer contacto con la sombra… y percibí algo maligno, perverso. Nunca había sentido nada igual.

Larry escuchaba sin despegar la vista de la carretera. Apenas distinguía más de diez o doce metros por delante aún llevando las luces largas.

—Algo terrible sucedió en esa casa —continuó—, es la razón por la que los niños gritan… Larry: te están pidiendo ayuda para que los liberes.

“La sombra ejerce una influencia poderosa en sus almas. He comprendido claramente su mensaje, lo que piensa hacerme si se me ocurre asomarme de nuevo por la casa, pero a ti te está esperando, Larry. Le falta algo por hacer, y no lo cumplirá hasta que lo descubras”.

—¿Pero por qué yo, Miranda? —gritaba, impotente, Larry— ¿Qué tengo que ver con esta ridícula historia?

—Lo llamamos apego espiritual.

“A veces, los espíritus se aferran a un ser vivo, durante un tiempo que no se puede medir. Por qué lo hacen, es algo que nos desconcierta; buscan ayuda, se convierten en la más terrorífica de las pesadillas, afectando a la salud física y mental de la persona. Los espíritus no saben realmente dónde están, y la adhesión a la persona les induce a buscar consuelo, o la simple necesidad del contacto. Pero hay veces en que son capaces de sentir la cercanía a la muerte, la luz al final del túnel que tantas veces habrás escuchado cuando alguien exhala su último aliento”.

«La ciencia lo explica como un aumento de la actividad eléctrica cerebral, afectando a la percepción consciente, poco tiempo después de que el corazón deja de latir, pero desde el punto de vista espiritual, puede tratarse de la luz divina que conduce al reino de Dios, o también, y es la creencia que más me inquieta, la existencia de una entidad que aún sigue apegada a la tierra y necesita de alguien para ayudarle a dirigirse hacia la luz… o algo peor”.

Larry no se había percatado de que estaba conduciendo a una velocidad anormalmente reducida. Circulaba por un tramo ascendente, a ras de los desfiladeros que seccionaban el extremo del lago más alejado del condado, también la parte más profunda. De no ser por las luces, se habría salido de la carretera.

—…pero a mí no me deja acercarme siquiera. Solo te quiere a ti, Larry —concluyó Miranda, con cierto pesar.

Por el retrovisor, Larry distinguió los faros de otro vehículo que se acercaba por detrás a gran velocidad.

Aunque tratándose de un carril por cada sentido, y falto de quitamiedos —lo que le confería cierto riesgo—, la anchura de la carretera era mayor en ese tramo, habiendo espacio suficiente entre ambos vehículos y por tanto, realizar un adelantamiento sin mayores contratiempos.

—Si me quiere a mí —preguntó—, ¿significa que me voy a…?

—No —respondió Miranda, adivinando lo que iba a decir—. Cuando hablaba de experiencias cercanas a la muerte, me refería al apego espiritual que uno siente cuando está a punto de morir, porque es viejo o sufre una enfermedad terminal, muy avanzada o incurable.

El otro coche, que resultó ser una vieja camioneta roja, sobrepasó el automóvil de Larry por el lado izquierdo, tal y como se esperaba, pero Larry se sentía demasiado agobiado como para fijarse en quién iba conduciendo, y además, por qué lo hacía tan pegado a su vehículo.

—¿Y si la sombra supiera que padezco una enfermedad?

Miranda frunció el ceño.

—¿Qué has dicho, Larry?

Antes de que pudiera responder, la camioneta le cerró peligrosamente el paso dando un seco quiebro a la derecha, obligando a Larry a desviarse. La maniobra, llevada a cabo en una décima de segundo, evitó el choque con la camioneta, pero no el patinar de las ruedas con la fina gravilla más allá del asfalto. Perdido el control del coche, resbaló hasta que las ruedas se salieron del borde que limitaba la carretera con las abruptas elevaciones que morían en el lago.

Fatalmente, la inercia se encargó de expulsar el coche fuera y cayó al agua, sumergiéndose rápidamente, y las burbujas de aire que se asomaban tímidas a la superficie se mostraron como únicos testigos del siniestro.

La camioneta, que se había detenido tras el choque, dio la vuelta, de regreso a Narrow Oaks.

…continuará.

Comentarios

  1. Helkion

    17 septiembre, 2019

    Simplemente… ¡Uau!

    Sabía que era un capítulo de una historia que no había leído desde el principio, pero empecé a leerlo por curiosidad y, la verdad, me ha encantado. Aparte de la más que evidente calidad narrativa, cuentas con una muy bonita manera de escribir, y eso, junto con una historia de suspense y personajes bien perfilados, hace que atrape. Y además está muy bien escrita, las faltas y errores técnicos me suelen echar para atrás cuando me los encuentro en un texto, pero se nota que el tuyo está trabajado. Lo único que marcaría es un «suyo» en la acción previa al adelantamiento en la carretera, tengo mis dudas sobre si ahí cuadra un posesivo. En cualquier caso, se podría suprimir sin más, no afectaría al sentido de la frase.

    En fin, por mi parte es todo. Espero poder pasarme por el resto de capítulos y desde el principio, para entender bien todo lo que leí en este. Si son igual de buenos, merecerá el tiempo empleado.

    Felicidades y muchas gracias por compartir. 🙂

  2. Agaes

    17 septiembre, 2019

    Querido Helkon:
    Primero de todo, eternamente agradecido por tus palabras y elogios que no me merezco…
    Efectivamente, la presencia del posesivo no es necesaria, —y por ello la he corregido—. Es probable, y digo probable, ya que este cuento tiene ya algún tiempo desde que lo revisité, que lo escribiera a propósito, con el fin de dar velocidad al suceso, partiendo de la ausencia de explicaciones profundas. Aprendí ese recurso de un escritor-periodista francés —ahora no recuerdo el nombre—, «detrás mío en vez de detrás, delante suyo en lugar de delante, la velocidad de él, o solo la velocidad»., el cual, se valía de esa reincidencia porque generaba psicológicamente una «extraña sensación de ansiedad, al leer descripciones que se escriben tal y como se piensan». Dicho de otra manera: su estilo atrevido e insolente me vino de perlas!!! —risas.
    Deseo que disfrutes de este cuentecito como yo lo hice escribiéndolo. Cuento con tus aportaciones!!!!
    Un abrazo muy grande, amigo!!!

  3. gonzalez

    28 septiembre, 2019

    Me gustó mucho, amigo. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  4. MadreMar

    4 diciembre, 2019

    Muy bueno, el retrato de la médium. Sus percepciones. Sus sentencias. Sus silencios. Me ha hecho reír cuando dices: «El comportamiento de la médium dejaba alucinado a Larry, hasta el punto de sentir más pavor hacia ella que a los espíritus». Y repito: tu manera de narrar me recuerda esa atmósfera de las pelis de terror clásicas de la Hammer.
    Y como siempre, dejas en un «¡ay, Dios. ¿Qué pasará ahora?» el final del capítulo.
    Muy bueno
    Saludos
    Lourdes

  5. Lore

    18 junio, 2020

    Me parece muy bueno,impecable en la narrativa,con un toque especial de humor,una bocanada de aire fresco al leerlo,seguiré los relatos con mucho gusto.Un saludo muy cordial.

  6. Agaes

    20 junio, 2020

    Muchísimas gracias!!! Espero que te diviertan tanto como a mí cuando los escribí… nos leemos, un fuerte abrazo!!!

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