La sombra del espejo

Escrito por
| 19 | 3 Comentarios

 

La sombra que veía tras ella en el espejo del baño apareció desde el día que comenzó a vivir con su nueva pareja.

Sara había conocido a Pablo como a la antigua usanza, charlando esporádicamente cuando él iba a tomarse un café de buena mañana o a almorzar con sus compañeros de trabajo en la cafetería donde ella trabajaba a media jornada. Se gustaron casi de inmediato. Ella solía trata a la gente con mucha alegría, siempre sonriente, y por eso tenía muy buen don de gentes para trabajar cara al público. Para Pablo, la sincera sonrisa de Sara cada vez que le daba los bueno días le parecía el mejor chute de energía para comenzar una jornada productiva en la oficina.

La química que flotaba entre ellos era evidente, de modo que ni ella se sorprendió cuando él la invitó un día como cualquier otro a cenar, ni él tenía dudas de la afirmativa respuesta.

Cuando llegó el día que tanto esperaban, ambos se arreglaron para lo que sabían que iba a ser una velada perfecta. Y ninguno de ellos se equivocó. Aquella cita fue la primera de otras tantas, de tardes de cine en casa y de noches donde ambos se entregaban hasta casi el amanecer.

Por eso a nadie le extrañó que en menos de un año Sara estuviera mudándose al espacioso piso de Pablo.

Y sí, fue desde aquel mismo día, cuando su pesadilla comenzó.

Al principio, esa sombra que Sara veía era pequeña, y la interpretó como un defecto de fabricación o una mancha…pero tal y como los días pasaban, veía como esta iba creciendo.

Un domingo por la mañana, mientras Sara se peinaba tras ducharse, observó con atención como aquella cosa amorfa casi doblaba su tamaño desde el primer día que la vio. A su impresión, parecía una figura amenazante tras su espalda, que parecía querer abalanzarse sobre ella de un momento a otro.

-Pablo, ¿sabes cómo se hizo la mancha que tienes en el espejo?-le preguntó aprovechando que Pablo iba por el pasillo de camino a la cocina. Él la miró extrañado por la pregunta, y observó con atención donde le estaba señalando ella.

-Cariño, yo no veo nada.- dijo despreocupado, mientras la abrazaba por la espalda, depositando un suave beso en su hombro.

-¿Cómo que no? ¡Pero si está justo ahí! ¿De verdad me estás diciendo que no ves nada?

Pero él insistía que en el espejo no había ninguna sombra. Sara, alucinada, volvió a fijarse en el espejo. La sombra parecía querer ahora envolverle a él, abrazando su pecho y acariciando su rostro. No podía jurarlo con seguridad, pero estaba convencida de que aquella cosa, poco a poco, iba tomando el aspecto de una sombra humana, y aunque se apreciaba muy vagamente ésta se movía con mucha lentitud por el espejo.

Durante varios días, casi como una obsesión, Sara pasaba largos minutos mirando el espejo, analizando y reflexionando. Aquella tarde llamó a sus mejores amigas, aprovechando que Pablo estaba trabajando, para enseñarles aquella cosa que tanto le estaba perturbando. Ellas, a las que había revelado en secreto su miedo días antes y tenían muchas ganas de ver eso tan raro que pasaba ahí, tampoco veían nada.

-Está justo aquí, a mi lado, como si estuviera pegada a mí ¿De verdad tampoco la veis?

-Lo siento Sara, pero el espejo está completamente normal.

-Yo sólo veo el reflejo de nosotras tres.

Sara suspiró desolada. Era imposible que lo estuviera imaginando ¿O acaso había desarrollado alguna patología extraña que le hacía ver esas cosas solo a ella? Si nadie más la veía ¿Podría ser que el problema estuviera en su mente?

A la mañana siguiente, al despertar, un sudor frío recorrió su cuerpo. Había tenido la peor pesadilla de su vida. La sombra, siempre presente, siempre a la espera, ya no estaba en el espejo, sino a su lado, mirándola fijamente con unos ojos sombríos. La sombra no tenía rostro, pero sí esa horrible mirada llena de odio y obsesión. Y por más que intentó moverse, Sara sintió como aquella criatura se metía dentro de ella por cada poro de su piel.

No pudiendo más, se levantó de un salto, ignorando la voz de Pablo que, asustado, le preguntaba que ocurría. Se dirigió al baño, y miró al espejo con desesperación. La sombra seguía ahí. Y tenía el mismo aspecto que en su sueño.

-NO…esto no puede estar ocurriendo de verdad.

-¿Aún sigues con esas?- Sara gritó, llevando su mano derecha al pecho. En la puerta, Pablo la mirada sorprendido, sin entender qué diablos le estaba ocurriendo.

-He tenido una pesadilla horrible. No entiendo como nadie la ve, pero está aquí, y empiezo a soñar con ella. YO…-Sara se detuvo al notar que sus mejillas estaban húmedas. Ni tan siquiera se había percatado de que estaba llorando. Pablo, en un gesto de compasión, y preocupado por ella, acortó la distancia que los separaba y la abrazó con fuerza mientras mesaba con suavidad sus cabellos.

-Cielo…no quiero que te sientas mal por lo que voy a decir, pero creo que deberías ir a hablar con alguien sobre esto.

-¿Te refieres…a un psicólogo?- Ella alzó su rostro, aún en sus brazos, para mirarle a la cara. Pablo tenía su atención puesta en el espejo, pero nada parecía indicar en él que estuviera viendo algo.

-Sí. Nadie más que tú está viendo lo que dices que ves. Quizás es el estrés por el trabajo, o el cambio de vivienda…no sé. Pero sea lo que sea un profesional te podrá ayudar.

Sara se apretó más contra el cuerpo de Pablo, notando que se relajaba con el compás de su respiración. Aún en esa posición, buscó su reflejo, y tal y como temía ese ser seguía ahí, muy cerca de ellos.

-Tienes razón. Voy a llamar antes de ir a trabajar a ver si pueden darme cita para esta tarde.

Y así lo hizo, aunque no tuvo la suerte de tener cita hasta la tarde siguiente.

Cuando llegó a casa del trabajo para la hora de comer, mandó un mensaje a Pablo para comentarle lo de la cita del psicólogo. Fue cuando un ruido proveniente del cuarto la puso en alerta.

Miró la hora en el móvil que ya tenía en la mano y comprobó que, efectivamente, a esas horas Pablo aún debía estar en la oficina.

La puerta estaba cerrada con llave, a simple vista no parecía forzada, y aquel piso estaba en una quinta planta en un edificio de nueve alturas, por lo que era imposible que nadie se hubiese colado por la ventana.

De nuevo escuchó ese ruido, esta vez más cerca y agudizando el oído se percató de que parecían pasos. El lento caminar de unos pies que se arrastraban.

Notó como su respiración aumentaba, entrecortándose al querer salir con velocidad entre sus dientes. Su estómago parecía contraerse, y el latir de su corazón comenzó a sonar tan fuerte, que ya no era capaz de escuchar ese ruido extraño.

Tragó saliva, paralizada aún en la entrada de la casa, mirando fijamente el pasillo, donde podía controlar tanto la puerta del dormitorio como la del cuarto de aseo, mientras sus nodillos apretaban con tanta fuerza el mango de su bolso que estos empezaban a estar blancos.

Fue entonces cuando la vio. Una silueta oscura que cubría su rostro con un largo amasijo de pelo revuelto apareció del dormitorio.

Sara ni tan siquiera lo pensó. Impulsada con una energía que creía perdida, giró su cuerpo a gran velocidad, cogió las llaves de casa que colgaban del cerrojo y abrió la puerta con tanta velocidad que esta rebotó contra la pared, haciendo sin duda una marca en ella y volviendo con fuerza a su lugar. Pero poco le importaba.

Salió corriendo, dejando las llaves aún puestas en el cerrojo y tiró de la puerta para tratar de cerrarla y así ralentizar lo que sea que fuera aquella mierda que la estaba atormentando.

Para su horror, al girarse un leve instante y ver que esta quedaba cerrada, una mano negra se agarró con fuerza en su largo cabello, empujándola de nuevo al interior de la casa. Sara gritó, tratando de soltar aquella cosa de su pelo e hizo fuerza con la cabeza. Sintió como los mechones cautivos salían despedidos de su cráneo, dejando un intenso dolor allí donde estaban, y cayó al suelo por la fuerza ejercida. Lo mimo debió ocurrirle a su atacante, puesto que dejó de verle por ese instante, y aprovechó para, ahora sí, cerrar la puerta de golpe y salir corriendo escaleras abajo.

A la noche, cuando Pablo volvió de trabajar, se encontró mal colocado el felpudo que daba la bienvenida a su casa. Al abrir la puerta, se inquietó al ver que no estaba cerrada con llave, y cuando entró escuchó el leve tintineo de las llaves de Sara, las cuales estaban colgando del pomo.

Todo aquello le resultaba demasiado extraño, pero dado que Sara últimamente no se encontraba bien, pensó que quizás había tenido un ataque de pánico.

Saber que su actual pareja estaba pasando por un momento difícil le inquietaba mucho. Y al pensarlo, resurgieron en su mente recuerdos dolorosos. Un pasado que no podía ni deseaba borrar, pero que le atormentaba cuando le volvía a la mente.

Haciendo un esfuerzo por no recrearse en ello y fue hasta el cuarto, donde dejó sus cosas y se dispuso a llamar a su chica. Al tercer tono una voz temblorosa se escuchó desde el otro lado del aparato.

-Sara. Acabo de llegar a casa y he visto que están aquí tus llaves ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás?

-Pablo…por favor sal de esa casa. He visto algo raro allí y…

-Aquí no hay nada raro, lo único extraño que he visto lo has dejado tú.

-No…no lo entiendes. He visto algo en el pasillo al llegar a casa. Me ha agredido y…

Pablo se irguió de forma automática, mirando a su alrededor. No parecía que en el piso faltara algo o que las cosas estuvieran removidas. Todo sonaba extraño, pero dado su estado no quería tacharla de paranoica.

-¿Dónde estás ahora? Iré a buscarte.

-No quiero volver allí.

-No hace falta que vengas. No pasa nada. Dime dónde estás.

Le pareció sentir duda en el breve silencio donde Sara parecía pensarse las cosas.

-He vuelto al piso viejo donde estaba…sabía que aún no lo habrían alquilado y me quedaba una copia de la llave que no devolví por error.

-Está bien. Voy hacia allí, espérame en el piso y hablamos.

Pablo colgó y se dispuso a volver a coger las cosas para salir de inmediato, cuando de pronto sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo. Se giró con brusquedad, buscando algo que no sabía poner nombre.

-Estoy empezando a sugestionarme- Dijo en voz alta mientras recorría el pasillo para ir en busca de Sara. Pero antes de salir por la puerta, cuando estaba apagando la luz, volvió a notar ese frío, ahora en el pecho, y una extraña sensación de carga en el cuerpo. Se tocó el tórax, tosió ligeramente, y con más pesar de lo que se atrevía a admitir fue hacia el piso de Sara.

Sara le esperaba inquieta. Tenía la piel pálida y tic bastante evidente bajo su ojo izquierdo. Pablo casi no reconocía en ella a la mujer alegre y jovial de la que estaba enamorado. Trató de tranquilizarla por todos los medios posibles. Le hizo una infusión con miel, puso la televisión, y ambos pasaron el rato en el sofá, abrazados, mientras ella se terminaba la bebida y Pablo la miraba de vez en cuando de reojo.

No quería comentarle nada de lo sucedido mientras ella no lo hiciera primero, y mucho menos que él también había tenido una sensación extraña antes de ir a buscarla.

Al final, ambo pidieron pizza para cenar, se pusieron una película y consiguieron relajarse un poco.

Sara seguía sin querer hablar de lo ocurrido, pero le insistió en que se quedase con ella a dormir aquella noche en el apartamento. Pablo no lo dudó un instante, pese a que necesitaría ropa limpia para ir a trabajar al día siguiente. Ya se acercaría al piso antes de acudir al trabajo.

Ya más tranquilos, ambos fueron a la cama, entrada la noche.

Todo pudo haber sido normal. Sara consiguió dormir por fin sin pesadillas. En sus sueños ella caminaba de la mano de Pablo por el paseo de un parque que no conocía. Él le sonreía, más joven que ahora, acariciaba su cabello, aunque sentía que éste era diferente. Pero no importaba. Estaba feliz, sintiendo como Pablo la abrazaba por la espalda.

Sí, quizás todo había sido una sugestión, un ataque de pánico o histeria por toda la presión que estaba sintiendo.

Quizás a la mañana siguiente, le comentaría a Pablo la idea volver al piso.

Pero esa madrugada, cuando una gélida brisa le hizo despertar de su descanso, supo desde que abrió los ojos que todo iba a cambiar para siempre. Adormilada, pudo ver una silueta que la miraba fijamente. Era la sombra la que estaba en la habitación, al lado de su cama y encorvada hacia ella.

Como en el piso, cuando estaba en el pasillo, ya no hacía falta el espejo para poder verla.

Sara trató de gritar, pero algo frío apretando su garganta se lo impidió. Y lo único que sintió fue como aquella sombra se metía por su boca, ahogándole al dar con las paredes de su tráquea y notando como aquella cosa comenzaba a llenarla por dentro.

Con aquella cosa invadiendo su cuerpo y su mente, volvió a ver a Pablo dentro de su sueño, paseando de la mano de una joven que no era ella, a la que sonreía dulcemente. Enamorado.

Intentó gritar una vez más, un intento a la desesperada. Pero en apenas un segundo, todo se volvió oscuridad.

Cuando Pablo despertó, aún con los ojos cerrados, buscó a tientas el cuerpo de Sara junto a él en la cama. Pero notó algo frio, y extrañado se giró para mirarla, viendo, para su asombro, como unos ojos fríos e inocuos le miraban fijamente.

Una mirada que creía perdida. Un amor que le hablaba en pasado.

La cara de Sara se veía amoratada bajo el leve brillo del Sol que se colaba por las ventanas. Pero aunque su rostro era el mismo, la sonrisa torcida que le mostraba, aquellos ojos que nunca podían olvidar le hizo recordar a lo que tanto extrañaba.

Su antigua mujer…el amor de su vida…la cual perdió en un robo a mano armada donde ella y dos personas más fallecieron en un tiroteo.

Ella le sonrió en un rostro sin vida, sin perder esa macabra sonrisa y esos ojos que parecían salirse de sus órbitas. Con delicadeza, su antigua mujer le acarició la mejilla con extrema dulzura.

-Hola cariño. Ya he vuelto a casa.

Pablo abrió la boca para decir algo.

Pero solo un grito nació de su garganta.

 

Comentarios

  1. Mabel

    4 septiembre, 2019

    ¡Impresionante! Un abrazo Azahara y mi voto desde Andalucía

  2. DaroPohl

    8 septiembre, 2019

    A lo primero que es lo primero. ¡GRACIAS POR EL RELATO! Mantiene viva la curiosidad al lector, narra en el espacio reducido lo que tiene que contar y el final, como corresponde a un buen cuento, sorpresa.
    Lo segundo. Gracias por abrir un espacio donde leer parte de la creación de un escritor y regalarme el poder escapar de toda esa perfidia contada en falsaria ya sea como relato, novela o poesía y otros; llegué a pensar que el único tema para publicar tienen que ser penurias de amor. A estas alturas ya se ma hacen repetitivas y en algunos casos hasta patéticas. Por favor, no me refiero a calidad, sólo a tópico.
    Ahora vayan mis disculpas a ti y tu página, la crítica es sólo otra forma en querer resaltar el regalo que has dado con tu buen trabajo.
    Darío

  3. AzaSalamandra

    8 septiembre, 2019

    ¡Muchas gracias por vuestros comentarios!

    Es magnífico saber que este relato consigue enganchar hasta el final y que sorprende su desenlace.

    Darío, me ocurre lo mismo que a ti. Y no solo aquí, en cualquier página donde la gente sube sus relatos, la inmensa mayoría son amor, desamor o algún vástago de ambos. Personalmente no tengo nada contra los romances, pero es una pena no ver contenido de calidad en otros géneros o peor aún, que estos no lleguen más lejos por no ser algo romántico.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas