La violinista (Colección Algarve)

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La Última rosa del verano de Heinrich Wilhelm Ernst es una de las piezas más complejas para interpretar con el violín. Sin embargo, Alexa Brown la ejecutaba con una destreza fuera de lo común. Ella no lo recordaba, pero esa composición siempre fue la favorita de su madre, y una obsesión para Alexa durante todos los años que estuvo en la Royal Academy of Music de Londres.

Aunque Alexa ya no se daba cuenta de nada, todavía seguía colocándose el violín en el hombro con el mismo amor que cuando era pequeña. Cada vez que su piel seca y ulcerada rozaba la madera del instrumento, las musas abandonaban el Parnaso para reunirse con ella. Su madre, por supuesto, tampoco faltaban a ninguna de las citas, aunque solo fuera en espíritu.

La violinista había caldeado al público con Adagio en sol menor de Albinoni, aunque sin duda lo que hacía enloquecer a la gente siempre era La última rosa del verano. Tenía los dedos calientes y todo a su alrededor empezaba a teñirse del color de la fantasía. Los nervios comenzaban a vibrar, como siempre, un poco antes de que lo hicieran las cuerdas. Alexa Brown cerró los ojos y la realidad desapareció una vez más para trasladarla al escenario del Royal Opera House.

Silencio absoluto.

Una respiración profunda. Y empezó.

Sus manos y sus dedos empezaron a moverse con la fluidez y la furia de las olas del mar. Cada vez que acariciaba el violín entraba en estado de gracia y todo era sencillamente perfecto. Se movió, lloró y bailó como una poseída hasta que terminó la pieza.

Estaba exhausta, sudorosa, sucia y excitada. Sus dedos raquíticos y mugrientos liberaron el violón lentamente y lo dejó caer a su lado. Saludó a la masa uniforme que constituía el público. Poco a poco fue abriendo los ojos y el escenario del Royal Opera House de Londres empezó a desvanecerse para dar paso a una calle de Lagos atestada de terrazas de restaurantes.

Cuando su madre murió, Alexa se refugió en el alcohol y la heroína, y ahora era incapaz de diferenciar la realidad de los delirios. Las drogas desataron una esquizofrenia que se había apoderado completamente de ella, y el poco dinero que conseguía tocando en la calle se lo pinchaba cada noche en el coche abandonado donde dormía.

Poco a poco empezó a pasar pidiendo dinero por las mesas atestadas de turistas. Todos la habían escuchado, pero pocos lo apreciaron y ninguno se atrevió a aplaudir, a sabiendas de que si lo hacían estarían obligados moralmente a darle alguna moneda.

Alexa Brown se paró delante de un hombre y un chico que hablaban muy bajito. Durante un tiempo indeterminado les estuvo pidiendo algunas monedas para comer y luego se calló por completo. Los hombres ni siquiera se dignaron a mirarla. Se quedaron callados y con cara de circunstancia mientras esperaban a que se largara.

Ella echó un vistazo al interior de la lata y permaneció allí tambaleándose durante unos segundos. Entonces empezó a llorar desconsoladamente y a gritarle a los hombres insultos imposibles de entender. Abochornados y algo asustados, los dos turistas llamaron al camarero. En ese momento, Alexa Brown empezó a golpear en la cabeza del mayor de ellos con el arco del violín.

Se armó un buen follón y todos los camareros acudieron mientras el resto de personas se levantaban de sus sillas para alejarse del peligro. Después de que consiguieran arrancarla de encima del hombre y la echaran, Alexa se alejó berreando, con la cara cubierta de mocos y lágrimas, y lanzando insultos a todo el que se cruzaba con ella.

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