Macció: una posible historia

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MACCIO: UNA POSIBLE HISTORIA

Ya había perdido la cuenta de cuánto tiempo hacía que estaba ahí.

Es que el tiempo se detuvo alrededor de aquella taza de café a medio tomar y el frío de ese pequeño mar negro que era el mismo que sentía en su alma.

Enfundado en el traje a rayas de siempre, lustroso por el rozar de tantos vientos, cuerpos e historias que fueron desgastando el lujo que otrora tuvo. Ese traje que no obstante su decrepitud, cuidaba como un tesoro (quizás el único) porque no estaba seguro de quien arropaba a quien.

Escondido como una sombra entre la nube de humo que desprendían mil cigarros y esquivando voces sin sentido, estaba en el mismo lugar de siempre. Aquel refugio compartido solo con su amigo, en la última mesa del bar de Asunción y Yaguarón. Al fondo del largo pasillo, incómodamente cerca de los baños siempre hediondos hasta donde llegaban apagadas las charlas de la barra y los reclamos del mozo.

Ese era su lugar. Un lugar que hoy significaba el desierto.

Hacía unas horas, había apretado su mano por última vez en una triste despedida sin retorno, sabiendo que el reencuentro, si se daba alguna vez por deseado que fuera, iba a ser en otro lugar, quizás en otra mesa de bar perdida entre las nubes de la eternidad. “Qué cursi”, se recriminó.

¿Qué iba a pasar de ahora en adelante?, ¿de dónde sacaría fuerzas para poder enfrentar cada mañana el desafío que le suponía vivir?, ¿cómo soportaría esa silla vacía que lo incomodaba con su respaldo desnudo, incómodo y aburrido?.

Manolo, el mozo, respetó su duelo y comenzó como cada noche a dar vuelta las sillas sobre las mesas para repasar el piso con un poco de agua turbia.

El bar fue quedando en penumbras al bajarse las cortinas metálicas y al ir apagándose de a uno los tubos de luz que aún funcionaban. Los sonidos se fueron perdiendo en la oscuridad que dejaba entrever solo las siluetas de la vieja máquina de café y la caja registradora.

Ya era tiempo de volver a casa.

Dejó el dinero al lado de la taza, tomó su sombrero y acomodándose la corbata se despidió en un susurro: “Hasta mañana”.

Vivía a media cuadra del bar, justo donde la calle Yí encuentra su final (o su principio, nunca lo supo bien). En ese lugar una vieja construcción albergaba decenas de apartamentos como si fuera una colección de historias atrapadas en oscuros cuartos, surcados por pasillos y rodeados de altas ventanas que se asoman asfixiadas a pozos de aire por donde la luz del sol es solo un anuncio. Apenas la claridad tenue de su reflejo da cuenta del día.

Enfrentó con desgano y lentamente las oscuras escaleras esquivando colillas de cigarrillos mil veces chupados, papeles y charcos de agua generados por viejas goteras de caños oxidados. Algunas veces imaginó que era parte de una burda parodia de La Divina Comedia, recorriendo los círculos de Dante.

Tuvo que hacerse a un lado para no ser atropellado por dos chiquilines que bajaban corriendo y evitar la charla pegajosa de la vecina del segundo piso siempre dispuesta a quejarse de todo, hasta que al fin llegó a su puerta. “Le hace falta pintura”, pensó. Una puerta descolorida y triste, como su día.

El chasquido de la cerradura rebotó entre las desoladas paredes; lienzos de pintura descascarada en donde se descubrían figuras y rostros perdidos entre manchas de humedad.

Estiró la mano hasta dar con la llave de la luz y una perdida lámpara de 25 watts descubrió con su velo amarillento la desolada habitación.

Siempre estaba solo.

Se desvistió lentamente. Revisó más de una vez, debía asegurarse que la raya del pantalón quedara perfecta y giró el saco para comprobar que la tapa de los bolsillos estaban en su lugar. Sacudió con golpes suaves los restos de polvo y miró su traje unos instantes. Seguro de que todo estaba en orden, lo ubicó en su percha original de Tiendas Introzzi, lo colgó en el viejo ropero cerrando con cuidado su puerta desvalida y se tendió en la cama sobre el páramo de unas sábanas frías.

Prendió un cigarrillo (solamente cuando estaba solo se lo permitía) y miró al techo oscuro, alto y lejano, preámbulo a otros mundos de recuerdos y ensoñaciones.

Se vio a sí mismo en su pueblo natal allá en Argentina, corriendo detrás de un “panadero” que como burlándose de él, subía y bajaba cambiando de rumbo a cada instante. Pero al fin, quedó atrapado en un ligustro que lo retuvo para que pudiera tomarlo con sus manos pequeñas y con mucha delicadeza le “robara el pan”, pidiera un deseo y lo dejara libre otra vez para que huyera lejos montado en la brisa.

Sus pies sucios recorrían las calles de tierra sin rumbo y sin tiempo. Recordó a sus compinches, aquellos “pibes” con los que había compartido tantas chiquilinadas. ¿Qué sería de ellos?, ¿vivirían, tendrían familia, hijos, amigos?.

Cerró los ojos unos instantes, estaba cansado. Pero justo en ese momento, como tantas veces, surgió el rostro de Angélica.

Angélica…Eran adolescentes y el mundo estaba ahí para ser conquistado. No importaba lo que otros les contaran o hubieran descubierto; aquel era un mundo virgen que había que recorrer. Un mundo donde se encontró frente a frente y por primera vez, con el amor.

¿Cuántos besos pudo robarle a aquella muchacha cordobesa?, nunca lo recordaba; pero sí olía hasta hoy el perfume de su pelo y oía la risa nerviosa de aquel ángel sin alas (“¿o sí las tenía?”).

Este paraíso duró lo bastante como para hacer planes juntos pero poco para perdurar. Él estaba en casa de sus tíos pasando unas vacaciones de verano. Recorrían juntos los cerros y se sentaban a veces al borde de los arroyos que bajaban torrentosos a alimentar otros cauces. El tiempo se detenía; eran ellos y el mundo. Pero ambos sabían que ese paraíso tenía marcado su fin. Una tarde de febrero se despidieron con promesas de regresos y reencuentros en aquella terminal que les pareció más fría y solitaria que nunca.

Atrás, muy lejos en su Córdoba natal, Angélica guardó como un tesoro el sabor de aquel último beso y él lo grabó a fuego en su corazón.

Meses después y debido a que su familia pasaba por un mal momento económico y no encontraba empleo, decidió probar suerte en Uruguay. Sus sueños de enamorado se fueron disolviendo como la espuma de ese Río de la Plata que atravesó una noche sin luna y que lo separaba lenta y dolorosamente de aquel adolescente que quedaba atrás.

Una lágrima solitaria se escabulló y se perdió en la cama. Todo se volvió oscuro y sin darse cuenta el sueño lo venció.

El sonido incómodo de una radio mal sintonizada lo despertó. Algo de claridad (en realidad, toda la claridad que era posible recibir en su apartamento) delineaba las pocas pertenencias que poblaban el cuarto. Otro día.

Luego de darse una ducha rápida con agua fría (hacía mucho que tenía el calefón roto), se enfundó el traje y bajó a desayunar al bar.

“Buen día”, lo recibió Manolo.

“Buen día”, respondió; “traeme lo de siempre, por favor”.

Sobre la mesa ya estaba el diario ofreciendo las mismas noticias de cada mañana, nada cambiaba en este paisito. La máquina de café soltó su vapor con un estruendo y Manolo aprontó la taza y un par de bizcochos.

“Se extraña, ¿no?”. Él solo asintió con un gesto.

No podía apartar los ojos de aquella silla que le hacía frente y le mostraba el vacío. Atrás del vidrio sucio la gente seguía su rutina de trabajo, mandados, niños yendo a la escuela. Nada era diferente, aunque él sabía que no era cierto.

Cuando llegó de Argentina, consiguió trabajo en una tienda de ropa. Le gustaba. Hablaba con la gente, era un lugar elegante y el sueldo no estaba mal. Podía enviar a su familia algunos pesos para aplacar los apuros económicos y quedarse con lo suficiente como para vivir tranquilo.

Al legar al barrio no conocía a nadie hasta que un día se topó con aquel hombre que era distinto al resto de los parroquianos. Mientras tomaba su whisky observaba todo con atención. Cada tanto cruzaba algún comentario con Manolo o el dueño del bar y muy esporádicamente accedía a jugar al truco con otros vecinos. Un día coincidieron en la barra y comenzaron a conversar; charlas de pocas palabras y muchos silencios donde ambos se sentían cómodos. Forjaron una amistad que agradeció.

Su amigo trabajaba de sereno en el molino que quedaba justo enfrente del edificio donde vivía y muchas tardes de verano cruzaba y conversaban hasta que aflojaba el calor.

Casi todos los fines de año, lo invitaba a compartir la cena de fin de año con su familia; una familia alegre y bochinchera que le llenaba el alma y le hacía pensar en la suya y sobre todo, en Angélica.

Terminó su café y dejó sin tocar los bizcochos; no tenía hambre. Puso la plata y una propina demasiado grande sobre la mesa.

Salió a caminar por el barrio con la esperanza, que sabía inútil, de encontrar a su amigo en alguna esquina tanteando al tiempo.

Volvió al fin a su apartamento, trancó la puerta con llave y se acostó vestido intentando no ajar el traje.

Miró como siempre al negro techo y murmuró:

“¡La puta!…¡qué porquería es la soledad!”, y dejó de respirar.

 

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