Superhéroe (extracto)

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Nota: Hace poco publiqué mi primer libro, Superhéroe, en Amazon. Está a 3,45 euros por si a alguien le interesa. A continuación, un breve extracto de éste 

Llegando por fin de vuelta arriba, vió que su amigo, Francisco, estaba mirándolo desde el borde del puente. Tenía la cara ensombrecida por la culpa, pero Ovan lo entendía. Ya había tratado de defenderlo en varias ocasiones antes y, en la última, le quebraron el brazo izquierdo. Aún seguía usando el yeso.

 

-Hola, Pancho -le dijo, lacónico.

 

-¿Estás bien? -le preguntó su amigo. En su rostro se notaba su sincera preocupación. Odiaba que lo mirasen con esa cara.

 

-Puta, es lo de siempre no más. Ya me da lo mismo -respondió. Y tras un largo en silencio, ambos mirando al Mapocho le preguntó: Oye, ¿crees que me pueda quedar en tu casa esta noche?

 

Pancho asiente en silencio inmediatamente.

 

-Ohhh, verdad que hoy pasa el cometa, hueón -agregó, emocionado.

 

Ovan, por primera vez en el día, sonrió sinceramente.

El cometa del que hablaba Pancho lo venían anunciando hace semanas en los noticieros nacionales e, incluso, en cadenas internacionales como CNN. Se trataba de un cuerpo celeste que iba a pasar por la exósfera de la Tierra. Ovan recordaba haber escuchado a un astrónomo, cuyo nombre no podía recordar, mencionar que existía la posibilidad de que la estructura exterior del cometa se desprendiera de éste al entrar en contacto con la atmósfera de la Tierra, pudiendo generar una lluvia de meteoritos. Inmediatamente,  se generó una controversia en Internet y los medios de comunicación, publicando titulares alarmistas. El canal que lo entrevistó tuvo que dar disculpas por sus dichos y recordar que las opiniones vertidas en sus programas no representaban necesariamente las del canal y bla, bla, bla. Al final, todo acabó con múltiples denuncias al Consejo Nacional de Televisión que seguramente significaría una multa para el canal. Nada nuevo, nada significativo. Al final, una parte de la población estaba preocupada por la posible caída de un meteorito mientras la gran mayoría sólo estaban o indiferentes o expectantes de ver el comentado cometa.

 

Al final terminaron yendo a la casa de Pancho, estaban tanto él y su madre, además de Ovan. Estaban tomando once, comiendo hallullas con palta y queso y tomando té. Los jóvenes miraban alternadamente el reloj, impacientes de que llegase la hora para que pasara el cometa. Sería a las 8.30 de la noche. Probablemente, si no fuese porque Pancho tenía un telescopio, no podrían verlo con gran claridad por la luz de la ciudad, pero, afortunadamente, no era el caso.

 

-¿Le avisaste a tu mamá que ibas a venir para acá? -preguntó Inés, mirando a Ovan a través de sus lentes bifocales.

 

-Sí, señora -respondió éste, mirando el mantel de la mesa.

 

-Ay, dime tía no más. Todos los amigos de Francisco me dicen así -dijo ella, haciendo un ademán con la mano.

 

-Son las 8:15. Mamá, ¿te molesta si subimos ahora? -preguntó Pancho.

 

-Vayan no más. Abríguense eso sí, que hace mucho frío afuera.

 

-Sí, mamá -respondió con desgano Francisco. Sin saber que sería la última vez que sería capaz de hablarle a su madre o ella de escucharlo a él.

 

Entonces ambos amigos subieron aceleredamente por la escalera y se dirigieron al balcón donde tenían el telescopio que le había regalado el padre de Pancho para su último cumpleaños; el número quince.

 

Los quince minutos se sintieron como una eternidad para los adolescentes, quienes se turnaban, expectantes, a mirar por el telescopio, con la esperanza de ver pasar al cometa.

 

-¡Ohhhh, creo que lo veo! -gritó Pancho, pegando saltitos de emoción mientras no despegaba su ojo del lente del buscador.

 

-¡¿En serio?! ¡Déjame ver! -le pidió Ovan, pegándose a él, mirando al cielo tratando de verlo a simple vista, mas no lo lograba.

 

-Espérate po, si apenas se distingue, está apareciendo recién.

 

-Ya pero si es un poquito no más, después sigues viendo tú.

 

-¡Espérate! ¿Ya?

 

“Típico del Pancho”, pensó Ovan. Siempre queriendo el corte más grande de la torta, el sabor frutilla de las casatas tri sabores y acaparando el telescopio. Claro, no podía decirle nada pues era suyo después de todo.

 

-¡Ohhh, mira hueón!. ¡La hueá brígida conchesumadre! -grita Pancho. No cupiendo en su propia emoción.

 

Ovan empuja a Pancho del telescopio para mirar. Era… era… hermoso. Si el joven tuviera alguna palabra más enfática para describir la belleza, la majestuosidad de aquel cuerpo celeste, sería el momento de utilizarla. El cometa, volando a través del cielo nocturno, creando una estela blanquecina que parecía una cola, extendiéndose por cientos de kilómetros, muy por encima de ellos, indiferente a los problemas de la humanidad.

 

-¡Ya me toca de nuevo! -gritó su amigo, empujándolo con mucha más fuerza que Ovan a él.

 

Pancho volvió a gritar varios improperios por la emoción, añadiendo que el cometa estaba desarmándose.

 

“¿Desarmándose?”, se preguntó Ovan. Quería ver, necesitaba ver. Iba a empujar a su amigo para apoderarse del telescopio cuando algo cruzó por el rabillo de su ojo. Miró al cielo de inmediato y ahí fue cuando lo presenció. Lo más maravilloso que había visto en su vida; una lluvia de meteoritos con cientos, quizá miles de ellos cruzando velozmente el firmamento nocturno. La piel desde las piernas a la cabeza se le erizó. Se sintió diminuto pero, al mismo tiempo, enorme. Por primera vez, Donovan y sus secuaces no estaban en su cabeza, ni siquiera en el rincón más oscuro. Los desprecios de su padre y de toda figura masculina, las crisis de su madre y todo lo referente a su hermano, se desvanecieron en ese instante, se lavaron como suciedad con la lluvia.

 

“¿Qué es esto?”, se preguntó Ovan, sonriendo, mientras las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos y a recorrer sus mejillas. “¿Será… será… felicidad?”

 

La verdad es que el joven estaba tan sumido en la experiencia que ni siquiera escuchó los gritos de Francisco. Sólo reaccionó cuando su amigo lo tiró al suelo, gritando cuidado. Acto seguido, todo se fue a negro.

 

Ovan despertó entre medio de las llamas. El sitio apestaba a humo. A lo lejos se escuchaban sirenas, no estaba seguro si eran de bomberos, de ambulancia o de qué. Poco le importaba en ese instante. No lograba recordar lo que pasó. Comenzó a mirar a su alrededor. Estaba en el comedor de la casa de Francisco, su amigo, quien ahora yacía a su lado o, más bien, lo que quedaba de él. Ovan se tapó la boca y abrió los ojos de par en par, atónito. Acto seguido, los cerró, apartando su mirada del rostro deformado de lo que alguna vez fue su mejor amigo. Comenzó a sentir náuseas, unas ganas casi irrefrenables por vomitar, pero se logró contener.

 

Intentó pararse y pudo hacerlo sin ningún problema. Avanzó desorientado por la estancia, a pocos pasos se encontró con el cadáver de Inés, la madre de Francisco, quien se encontraba magullada y con una profunda herida en el cráneo, pero al menos era más fácil de reconocer.

 

“¿Por qué yo no?”, pensó Ovan, tras recordar lo que había pasado. Un fragmento del cometa se había convertido en meteorito y se había dirigido a la casa de Francisco, éste trató de advertirle pero fue inútil. El cuerpo celeste había impactado en la casa. Esta última parte tenía que suponerla, pues para entonces ya estaba inconsciente. Y si lo estuvo fue porque también sufrió el impacto. Entonces, ¿por qué seguía con vida? No sólo eso, sino que ¿por qué no sufrió siquiera un rasguño? Mierda, sí incluso los moretones que le habían dejado Donovan y sus amigos en las piernas y brazos ya no estaban.

 

Las sirenas se escuchaban más cerca. Estaban casi llegando, probablemente. Ovan comenzó a entrar en pánico cuando se imaginó a los Carabineros preguntándole cómo había sobrevivido. Seguro saldría en las noticias, quizá querrían hacerle exámenes para ver qué tenía en su cuerpo. No, no podía dejar que lo vieran así; debía huír.

 

Ovan, entonces, presa del pánico, comenzó a subir rápidamente las escaleras al segundo piso, el cual estaba incendiándose casi por completo, a diferencia del primero que sólo tenía llamas en el mantel de la mesa y en otros artefactos igual de inflamables. “¡Mierda, mierda, mierda”, maldijo, mientras pensaba en cómo escapar. Pensaba que si salía por la puerta principal lo verían.

 

Entonces fue cuando vino a su mente una idea. Comenzó a correr y trató de saltar las llamas. No solo lo logró, sino que saltó tan alto que su cabeza golpeó el techo con fuerza, mas no le dolió; sólo sintió el impacto. Aún más desconcertado que antes, Ovan prosiguió su escape, corriendo hacia el balcón y saltando por encima de la barrera de protección, sin miramientos.

 

Aterrizó en el jardín de la casa de Francisco como si nada y emprendió su huída hacia la noche.

 

-¡Dios mío! ¡¿Y a ti qué te pasó?! -gritó su madre, histérica, al ver a su hijo entrando con la ropa toda destrozada. Él no había siquiera reparado en tal detalle.

 

-Ehhh… este… -comenzó a balbucear él, pero fue interrumpido cuando su madre lo abrazó con tal fuerza que le tapó la boca y ya no pudo seguir hablando. Ella comenzó a llorar.

 

-¡Ay, hijo mío! Ya no sé qué hacer. Seguro fue ese conchesumadre de Donovan, ¿no es así?

 

-S-sí -respondió él, aprovechando la oportunidad para crear una excusa (o coartada, como lo veía él) -. Él y sus matones me… me rompieron toda la… toda la ropa y… y me dejaron colgado de un árbol. La… la gente que… que pasaba se… se reía de mí y yo… yo… -estaba llorando él también. La historia que contaba habrá sido mentira, pero las lágrimas eran reales; comenzaba a caer en cuenta de que había perdido a su mejor y único amigo. Y, Dios, su rostro. Su rostro estaba todo… no, no podía pensar en ello ahora. Ahora el sollozo se convertía en un llanto desconsolado. Su madre lo abrazó más fuerte. Eventualmente llegaría su padre a hincarse junto a ellos y a abrazarlos a ambos.

 

 

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