Todas las vidas que tengo. Capítulo 3: Desdibujados

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El regreso no fue fácil, se antojó tedioso el hecho de empaquetar todo a sabiendas de que a la vuelta, la incertidumbre aguardaba a las puertas de nuestra casa para llevarse todo lo que habíamos conseguido sentir esos pocos días que habíamos estado fuera.

El paseo desde el aeropuerto hasta nuestra casa era extrañamente bello, la carretera nada más salir de Málaga era seca y caliente, rodeada de naves industriales que se oxidaban por la sal y el desuso pero, al pasar Fuengirola, el castillo Sohail daba la bienvenida al viajero a un camino que discurría entre rocas, playas, árboles y que parecía ahogarse en el horizonte en el que, en los días más claros, se distinguía Gibraltar.

Debían ser sobre las ocho de la tarde, el sol lanzaba sus rayos contra los cristales que coronaban el faro de Calaburra, el agua acariciaba tranquila las paredes del acantilado a nuestra izquierda y las luces anaranjadas del atardecer llenaban cada hueco de aquel idílico paisaje. Carmen me miró y con una media sonrisa me incitó a parar a disfrutar de las vistas que la tarde nos estaba regalando. Bajamos del coche en aquella pequeña cala y nos sentamos en un roca, nos abrazamos y nos quedamos en silencio mirando hacia el oeste para ver como el sol se escondía detrás de Cádiz. Después de agotar los últimos minutos de paz que se nos habían concedido, seguimos el camino hacia casa con ganas de llegar para darnos una ducha y empezar a meternos de nuevo en nuestro desdibujado día a día.

No muy lejos de casa, casi vencidos por el hambre decidimos parar en un restaurante italiano que hacía comida a para llevar al que solíamos acudir de vez en cuando. Carmen se bajó allí para coger algo para la cena y yo seguí para nuestra casa para descargar el equipaje del coche. Entré por el garaje y comencé a poner la mesa, sabía que las pizzas que habíamos pedido no tardarían en llegar. Abrí una botella de lambrusco bien frío y encendí las casi 20 velas que habíamos repartido por el salón comedor. Aquel ambiente de luz tenue y temblorosa siempre nos había encantado y teníamos por costumbre no usar luz eléctrica a menos que fuera imprescindible.

No tardó mucho en romperse aquella atmósfera que había intentado crear en nuestro salón. Me había sentado en el sofá a echar un vistazo a las redes sociales en el móvil para hacer tiempo, cuando las llaves de Carmen rasgando la cerradura de la puerta principal me llamaron la atención. Me levanté para ayudarle con la comida y entonces vi que su expresión estaba desencajada y que sus ojos llenos de lágrimas a punto de rodar por sus mejillas, me miraban intentando encontrar en mi cara una respuesta a su desdicha. En su mano traía un trozo de tela blanco que extendió para que yo pudiera ver y entonces entendí lo que motivaba aquella tristeza, en aquel trozo de sábana vieja mal cortada se podía leer: “Aquí vive Carmen Labrid, corrupta y ladrona”.

La sangre se me heló y noté como si la ira rasgara mi piel y escapara a grito limpio de mi cuerpo. Habló la rabia por mi boca maldiciendo a quien pudiera haber hecho tal cosa y en silencio, por dentro, me maldije a mí por haber sido artífice de la desgracia de la mujer de mi vida.

A la mañana siguiente me levanté temprano, no quise mirar a Carmen porque me cegaba la vergüenza y fui directo a preparar el desayuno. Quería salir rápido de aquella casa y ocupar mi mente en otra cosa para olvidar el triste incidente de la noche anterior.

Me bebí el café de un sorbo, casi sin saborearlo y dejé zumo de naranja preparado en la nevera; me duché y salí de casa hacia la primera reunión como director ejecutivo de Campo de los Nabules.

En el número 20 de la Avenida Ricardo Soriano se alzaba el edificio RS20, en donde se encontraba la oficina provisional de Daluz S.L. El edificio tenía unas dos décadas de antigüedad pero se encontraba en buen estado, su fachada era blanca y cuadrada y en la primera planta dos hileras de cristales de espejo inclinados hacia el suelo parecían asomarse al los balcones para saludar al visitante. La sede era amplia, luminosa y contaba con oficinas separadas para los altos cargos y una sala diáfana de unos 40 metros cuadrados con varias mesas salpicadas donde trabajaban los asistentes y cargos menores.

Nada más llegar un chico joven y de mirada alegre me recibió de forma educada y entusiasta y me invitó a pasar al despacho del señor Montes que me esperaba acompañado por su inseparable asistente, Laura, que me había preparado una taza de café en una discreta bandeja en la que había colocado también unas galletitas de mantequilla que estaba deseando probar.

Tras los saludos de rigor y después de charlar un poco sobre lo que había visto en Mallorca, me invitaron a pasar a la sala de juntas que se encontraba a escasos 2 metros de la puerta del despacho de Bernardo. Al abrir la puerta una mesa larga con varias sillas dispuestas alrededor y al fondo una pizarra digital. Nos sentamos en la parte más alejada de la puerta mientras Laura se disponía a hacer pasar al resto de asistentes a aquella reunión. Entró entonces en la sala Leonard Middleton acompañado por otras cuatro personas que no había conocido aún. Cuando todos se hubieron sentado, el señor montes con una señal indicó que se les sirviera café y comenzó a hablar:

– Señor León, en primer lugar muchas gracias por haberse subido a nuestro barco, es para nosotros un honor poder disponer de sus servicios para dar a luz un proyecto tan ambicioso como Campo de los Nabules Resort. – me miró, me sonrió y empezó a aplaudir mientras los demás asistentes acompañaron aquella discreta pero significativa ovación- La gente que tiene delante, Arturo, le va a acompañar durante todo el proceso y se encargará de que todas sus directrices se cumplan. Este es su equipo ejecutivo. Pasamos a las presentaciones, en esta carpeta tiene un dossier que ha elaborado Laura donde encontrará todos los detalles sobre estas personas. Ahora, Damián, si no le importa empezaremos por usted. – sentenció señalando al chaval que se encontraba justo a mi izquierda.

– Buenos días a todos y en especial a usted señor León, mi nombre es Damián Vázquez, soy diplomado en turismo y tengo un máster en dirección de establecimientos hoteleros y extrahoteleros. Los últimos 3 años los he pasado como dirigiendo el departamento de recepción en el hotel Vegabaja Resort & Spa que tiene la cadena en Tossa de Mar. Seré su Director de Alojamiento, puede contar conmigo para el diseño y la gestión de los departamentos de recepción, conserjería, mayordomía, mantenimiento y limpieza.

Le estreché la mano y le agradecí su ofrecimiento. Entonces una chica pequeña y con una voz bastante infantil se levantó de su silla, situada justo al lado de la de Damián y prosiguió con las presentaciones:

– Hola, mi nombre es Lidia Salas, también soy diplomada en turismo y soy especialista en protocolo y relaciones públicas. Voy a ser su Directora de Relaciones Públicas y Eventos, me encargaré de hacer cumplir los estándares de la empresa en lo que a actividades, servicios de entretenimiento y eventos se refiere además le voy a ayudar en el diseño de los espacios de ocio del resort.

Me sorprendió gratamente que se le diera tanta importancia a los servicios de entretenimiento, eso ayudaría a la fidelización del cliente y a aumentaría el gasto medio por huésped en nuestras instalaciones.

El siguiente en presentarse fue un hombre de mediana edad que en un tono seguro pero optimista dijo:

– Señor León, estoy entusiasmado de poder darle la mano en este proyecto, mi nombre es Raúl de la Flor, – se levantó para estrecharme la mano- seré su director de food & beverages, cuente conmigo para organizar y echar a andar los espacios de restauración del resort. En casi 25 años de carrera, aún no le he fallado a nadie y, por supuesto, no voy a fallarle a usted.

Me encantaba saber que la experiencia también tenía cabida en nuestro proyecto, me entusiasmó la idea de tener a Raúl en el equipo, sabía que podía aportar seguridad y confianza al equipo directivo.

Por último una chica de unos 35 años con una imagen seria e impecable se puso en pie y procedió a presentarse:

– Buenos días, mi nombre es Aida Nielsen, – dijo con un sensual acento alemán- una diplomatura en la International Business School y más de 10 años en el sector hostelero me avalan, seré quien se encargue la administración y los recursos humanos del resort. Cuente conmigo para lo que necesite.

Cuando todos hubieron acabado llegó mi turno, me puse en pie y me presenté a sabiendas de que toda esta gente conocía mi curriculum de sobra y sabía de donde venía.

El resto de la reunión fue una presentación del proyecto en la que cada uno expuso lo que tenía en mente para extraer una amalgama de ideas que conformara el conjunto de decisiones finales que acabarían convirtiéndose en el resort mas grande y más lujose de Marbella. Estaba deseando empezar y ver a donde me llevaba esto. Nunca había necesitado tanto poner a prueba mis capacidades.

Salí de aquella reunión y nada más entrar en el coche empecé a repasar mentalmente todo lo que habíamos hablado, las caras de toda esa gente y lo que creía que esperaban de mí. Me temblaron las piernas y una gota de sudor frío recorrió mi espalda lentamente provocando y repelo que erizó cada pelo de mi nuca. Era todo un reto que estaba seguro de poder superar pero, no podía evitar el miedo al fracaso que, aunque permanecía lejano, se aseguraba de hacerse notar para que no se me olvidara.

Arranqué el coche y conduje hasta casa, estaba deseando contarle todo a Carmen y pasar el resto del día recordándole que todo iba a salir bien.

 

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