VIOLENCE

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Caterina Záitsev. De nacionalidad húngara, residente en Francia. Contaba con veintidós años. Prostituta de profesión, la cazaron en una huida junto a otra compañera, producida durante una negligencia por parte del portero de la casa de alterne donde trabajaban y vivían. Ambas debían dinero, faltaban varios años para conseguir saldar su deuda. Infinitos siglos, quizá. Los hombres de Andonov consiguieron dar con Caterina, pero a la otra chica pareció que se la hubiera tragado la tierra. Los más expertos deambularon por callejones, buscaron dentro de los contenedores, inspeccionaron por todas las esquinas, portales y pasadizos sin salida, consiguieron información a través de policías corruptos, pero no hallaron ni un mísero rastro. Era entonces cuando comenzaba el trabajo a contrarreloj de Tier, con el fin de sonsacar el paradero de la fugitiva sin huellas.

 

Con las manos amarradas tras el incómodo respaldo de una silla, los pies también anudados juntos por los tobillos gracias a un nudo profesional hecho con una gruesa y áspera soga, Caterina aguardaba presa del pánico el asalto de sus interrogadores. Era un lugar sombrío, y gracias a la baja potencia de la bombilla la luz menguaba casi todo el tiempo, y en ocasiones incluso parpadeaba. Un hombre maduro, rubio y enorme preparaba un bloc de notas sobre el escritorio, y obviando su presencia nerviosa escribía con desquiciante parsimonia. El otro chico, más joven, menos corpulento pero igual de alto, se mantenía de pie con la vista oscilante entre el escribiente y ella misma. Ninguno de los dos hablaba. El silencio era abrumador e irritante, y la trastornaba.

 

Tier tomó posición frente a ella y empezó con una diatriba típica, explicando los beneficios de la sumisión inmediata y las ventajas de no resistirse ni engañar. Por más que intentaba allanar la situación y resultar sincero, aquel discurso estaba demasiado manido, y los prisioneros solían mostrarse tan atemorizados que apenas lo escuchaban; pensaban que era una sarta de mentiras y no decían una sola palabra.

 

Caterina era una mujer valiente y ardorosa que se retorcía como una fiera, insultaba y maldecía con la mirada a sus agresores. Tier fue paciente con ella en un principio. Sólo precisaba saber algo nimio, dónde buscar a su compañera, y a cambio le prometió mantenerla con vida, saliendo de allí ilesa por su propio pie. Pero la chica no cedía. Las primeras represalias a causa de su insistencia fueron puñetazos en la mandíbula, golpes secos e imprevisibles. Hicieron falta más de uno, y de dos, para que desembuchara, aunque al final lo consiguió, dando santo, seña y el más minucioso detalle de aquello que le pedían. Creía que la tortura finalizaba en ese momento, aferrándose a las palabras pronunciadas al comienzo de todo, pero en esos instantes a Tier se le cruzaron los cables. Era algo que solía ocurrirle: cambios abruptos de opinión, de golpe y sin razón aparente, la infidelidad hacia sus propias promesas, divergencias en escasos minutos. Entonces, a pesar de la sumisión de Caterina, antes de enviar a un grupo de hombres para comprobar la franqueza de sus respuestas, decidió procurarse algo de entretenimiento y utilidad, ahondar en la enseñanza de su discípulo, e iniciar los tortuosos preparativos de una tortura.

 

—¿Por qué? ¡Me prometiste que no! ¿Por qué? —repetía Caterina de forma incesante, con gritos lastimeros, sin cesar de moverse, intentando en vano deshacerse de las ataduras. El horror fue en aumento cuando observó de soslayo como ambos hombres cuchicheaban, Tier parecía dictaminar instrucciones y Alain la repasaba de arriba abajo, diseccionando a su conejillo de indias, su muestra viviente de prácticas.

 

Fue él quien se enguantó las manos y se armó con una especie de instrumento que andaba a tientas entre fórceps y alicates, y con un amago de destornillador. Tier decidió mostrar su benevolencia, y así lo hizo saber en tono descriptivo, empapando la boca de la chica en whisky. Y de esta forma, tomándose su tiempo y con una técnica asombrosamente despiadada, agarrando con fuerza el mentón de Caterina para confrontar sus náuseas y contorsiones, prescindiendo de cualquier clase de ayuda, Alain extrajo seis incisivos y cuatro caninos de la boca de la joven por mero placer, revistiendo los pies y las patas de la silla con un cerco de sangre abundante y oscura desparramada a borbotones, no perdiendo pulso en ningún momento. Ni el suyo propio ni el de ella.

 

A Caterina se la llevaron casi desmayada a una camilla de reanimación, en una celda conjunta a los barracones. Alain, sin mostrar un miserable gesto emocional, ni un amago de nada, se apresuró a deshacerse de los guantes y a comenzar a ordenar y limpiar todo aquel estropicio de dentina, sangre, vómito y orín que el trabajo trajo consigo. Tier no cesaba de observarle, pensativo y embobado, a ratos orgulloso y la mayor parte del tiempo muy preocupado. Su intranquilidad fue en aumento cuando, radiografiando con la mirada a Alain sin que éste se diera cuenta, en uno de sus movimientos atisbó de qué manera una rígida y más que evidente erección, aunque bien disimulada por la anchura de la prenda, presionaba bajo la bragueta de sus pantalones. Un calambre en sus terminaciones nerviosas, repleto de malos presagios, recorrió sus entrañas. Esa reacción estaba fuera de toda normalidad, de cualquier contexto. Nada de lo ocurrido con anterioridad era susceptible de excitación: no hubo atisbo de provocación, seducción, desnudez, feminidad. Nada de cariz sexual. Nada…todo lo que hubieron vivido y visto hacía unos instantes era un amasijo maltrecho de agonía y de nada más. Resultaba incomprensible incluso para él, que a esas alturas se jactaba de haberlo visto todo. Volvió a observar a Alain, a fijar sus pupilas en aquellos iris imperturbables de serpiente, pero lo único que se le ocurrió decir fue:

 

—Buen trabajo, bengel. Limpia y cierra todo esto y ven luego a los barracones.

 

Y lanzándole las llaves, algo turbado, le dejó solo, con mil teorías rocambolescas sobrevolando su mente.

 

_______

 

Tier le escrutó con incredulidad cuando se reencontraron, y aunque tuvo sus reservas no le quedó más remedio que dejarle a cargo de Caterina, quien comenzaba a restablecerse en una celda individual de aislamiento. Le reclamaban con urgencia debido a un conflicto en los campos, una disputa entre dos de sus chicos recién llegados, que no podía eludir.

 

—Vigílala —le dijo con un tono que sonó más a advertencia que como una simple orden—. ¿Me oyes? Vigílala bien.

 

En la soledad de aquella celda, al fondo de los barracones, sentado en silencio y escuchando quejidos de fondo y una recurrente fuga de un grifo que no cesaba de soltar gotas de agua dentro de un cubo de aluminio, contemplaba la figura de Caterina volviendo en sí. Había lanzado a la basura sus piezas dentales, reprendiéndose antes y mitigando el imperioso deseo de querer guardárselas como un trofeo, porque sabía de sobras que eso indicaba una actitud enfermiza. Evian lo explicó una vez en sus clases de psiquiatría. Y él no era ningún enfermo.

 

Los eslabones de las cadenas de Caterina iban desde el techo hasta sus muñecas, pero no estaban tensos; le habían concedido algo de libertad en sus movimientos, aunque la distancia estaba bien milimetrada: le hubiese sido imposible acercarse a Alain, en caso de haberlo querido. La chica permanecía inmóvil, arrodillada con las piernas abiertas y con la cabeza mirando al suelo. “Inmersa en un ruego, educada como una mascota, como una buena esclava”, pensó Alain, volviendo a su anterior estado de excitación —que no había soliviantado— mientras intentaba acceder al rostro de la chica, procurando controlarse y sin mover un dedo, entre la cabellera caoba cayendo ensortijada como un telón traslúcido ante su cara, en una clara posición de derrota.

 

—¡Eh, tú! —la llamó desde la distancia, sin lograr reprimirse — Caterina, mírame. Déjame ver tu cara.

 

Caterina tembló al reconocer su voz, y sin oponer resistencia alzó el cuello, ofreciendo las vistas de su malbaratado rostro, con múltiples secuelas, pómulos y mentón hinchados como una deformación macabra. No podía cerrar la boca debido al trauma de los golpes; a veces encontraba una posición indolora durante apenas dos o tres minutos y procuraba quedarse quieta, hallando placer en aquella breve concesión asintomática. Alain la examinó con detenimiento, y vio que tampoco habían limpiado demasiado bien los restos de sangre, tiñendo su piel de un leve rojo suave parecido al óxido. El caso es que sin que hiciera falta insistencia ella obedeció, cerrando los ojos a pesar de que no tendría que tener ningún problema en abrirlos. Entonces fue cuando Alain pensó que un poco de diversión en aquella secreta intimidad no le haría daño a ninguno de los dos; pero él nunca supo racionar ni gestionar su concepto de diversión.

 

Vigilando que no hubiera nadie cerca, esmerándose por percibir cualquier respiro o paso alejado y desafortunado, comprobando varias veces que su soledad no se vería usurpada por nadie de forma intencionada, se acercó a Caterina con sigilo. Acarició con ternura su cabello, mientras ella fijaba sus ojos en él, casi doblando la cabeza hacia arriba, exponiendo unas lágrimas que salían ya por inercia y parecían haberse convertido en un mal crónico. Él acercó más su cuerpo y ella, agotada, buscó refugio y compasión restregando la cabeza por sus piernas, igual que haría un perro fiel ante su amo esperando una respuesta compasiva.

 

—Tranquila, tranquila. Ya pasó todo —la consolaba Alain, mientras seguía acariciando su cabello mientras bajaba la cremallera del pantalón con la otra mano, liberando su miembro erecto.

 

Como si una tempestad hubiera campado de repente en un cielo claro sin nubes, así de impetuosa y radical fue la reacción de Alain. Ni siquiera la había previsto: fue similar a la erupción de un volcán rebosante de ira, surgió de su cuerpo cual posesión, como el grito que siempre reprimía, el estallido de aquel virus que parecía habérsele infectado día tras día. Asió con fuerza la mandíbula de Caterina mientras introducía su falo en aquella herida latente y abierta en la que se había convertido su boca, aquella obra suya desdentada. Al aullar la chica de dolor e intentar revolverse, tirando hacia atrás el cuello, sin imaginar que precisamente esa reacción era la que agravaba el estado calenturiento de su atacante, él presionó con más furia y volvió a intentarlo, esta vez apretando el cabello de la chica por detrás contra su entrepierna, sin ofrecerle apenas escapatoria.

 

La primera vez no salió bien; Caterina, en un arranque subversivo, le retó en silencio y poniendo resistencia, luchó por cerrar la boca con fuerza (aunque era cierto que le dolía, y notaba como si miles de agujas se clavaran insistentes a través de sus encías), lo cual provocó que Alain retrocediera. Esperó una reacción feroz, violenta…pero él, sin inmutarse y con monstruosa paciencia, apretó con las yemas de los dedos los músculos de su mandíbula, provocando que la boca se abriera como un resorte. Y entonces ella se rindió a la evidencia, mientras oía los ahogados gemidos varoniles y alguna que otra frase obscena dedicada a su labor casi como una sibilancia, que resonaba como un eco en sus oídos

 

“Abre bien la boca, maldita ramera, chupa bien, chupa como una profesional”

 

El terror de Caterina fue en aumento cuando tomó conciencia de su indefensión, a medida que notaba más y más dificultades para respirar con normalidad, viendo que era imposible sacar aquel pene de su boca para reclamar algo de aire, y que no contaba con ninguna otra parte de su cuerpo con la cual librarse o contraatacar. Como no podía gritar, sacó fuerzas del subsuelo y comenzó a mover los brazos con desesperación, haciendo que las cadenas produjeran un ruido metálico, chocando las unas con las otras, como si fueran unas fúnebres campanadas anunciando próximas exequias.

 

Le miró a los ojos, queriendo condenarle y maldiciéndole por instantes, deseando tener los poderes malignos de una bruja quemándose en la hoguera y prometiendo venganza, cuando a Alain se le ocurrió taparle la nariz y obstruir cualquier entrada de oxígeno, mientras Caterina aún podía percibir masculinos temblores y palpitaciones sexuales a través de la piel tensa de sus muslos. Murió asfixiada con la mirada clavada en la de su agresor, con un único pensamiento rondando su cabeza, que cada vez parecía deshacerse más en una nebulosa: “ojalá vivas muchos años. Ojalá tengas una vida inusualmente larga. Y espero que sufras cada minuto de cada día de tu infinita vida, y que nunca puedas librarte de ella”.

 

Comentarios

  1. Dites

    10 septiembre, 2019

    Sadismo literario que atrapa, creo que necesito un psiquiatra. Mi voto, nuevamente.

  2. Luis

    10 septiembre, 2019

    Siento no poder seguirte con más frecuencia y asiduidad, estimada Estefanía, reconozco tu gran talento, pero la historia que narras con increíble verosimilitud, comienza a perturbarme demasiado y en exceso. Un saludo y mi voto!

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