Bar la poesia

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Los recuerdos de Santiago se encuentran en un intrincado laberinto, sumergido en el océano del tiempo del cual ya no puede ni quiere escapar.

No recuerda y tampoco le interesa saber el día o el año en que llegó por primera vez a las veinte en punto al viejo bar La poesía, en el histórico barrio de San Telmo.

Solo sabe el motivo; conocerla a ella para enamorarse hasta el fin de sus días.

Pasaron muchos años. Pudo darse por vencido pero no lo hizo, continúa con la rutina de prepararse el domingo por la tarde para llegar al bar a las ocho de la noche.

Tiene el aspecto de ser un hombre inmortal al caminar. Es alto, desgarbado, delgado, con sus cabellos largos y blancos revueltos como si un nido de mariposas se refugiara allí y su desprolija barba, también blanca, recortada con tijera para papeles.

La melancolía que brilla en sus ojos insinúa miles de historias que atravesaron mares de arena y desiertos de soledad.

Viste con un largo abrigo color negro, bufanda negra, zapatillas y jeans gastados, remera blanca y un sweater gris oscuro. Cuando el frío azota la ciudad, se calza unos guantes de cuero negros.

Debajo del brazo, siempre el mismo libro, “La incógnita del hombre” de Alexis Carrel que ya tiene sus hojas amarillas, de viejo.

También lleva un cuaderno con casi todas las hojas escritas por la mitad, o menos.

Al llegar abre lentamente la puerta. Con paso cansino se dirige a la mesa donde se sentó con ella la primera vez, tomaron varios cafés y conversaron hasta que el Bar cerró sus puertas con ellos adentro.

Es la última, la más alejada, la que está contra la ventana que da a la calle, cerca de la barra y de la cocina. Allí se sienta ahora para mirar a la gente pasar, al cielo llorar o las luces brillar. Ella es cada rostro de mujer que pasa por aquella vereda.

Cuando Luis el mozo lo ve, sabe que debe servirle un café doble, negro, bien cargado.

Se lo deja en la mesa y él, sin levantar la vista le dice:

-Gracias amigo. –

Este se aleja para atender a los nuevos parroquianos que ingresan, algunos para respirar la atmósfera del lugar e inspirarse, otros para leer o escribir, y los demás para sacar solo fotos. El bar es famoso por su historia.

Fue fundado por el poeta, escritor y periodista Rubén Derlis. Uno de sus míticos parroquianos era el poeta y letrista uruguayo de tango, Horacio Ferrer, que compuso con Astor Piazzolla, la famosa “Balada para un loco”.

Y fue allí que conoció a la artista plástica Lucía Michelli.

Ha sido y es un inexpugnable reducto de notables escritores, músicos y artistas.

Santiago comienza a beber su café muy lentamente mientras se pone los anteojos para leer su libro o sus anotaciones de toda la vida. Cada tanto mira hacia la puerta y observa el frío de la calle con su alma plena de nostalgia, tristezas y recuerdos.

De pronto deja la lectura, quizás por la llegada de traviesas musas inspiradoras y con un gran ímpetu lírico, escribe en su cuaderno ideas, frases, palabras sueltas, en varias hojas a la vez y completamente desordenadas.

Cuando se calma, deja la lapicera sobre la mesa para mirar hacia la entrada del bar o hacia afuera. Está impaciente, le cuesta vivir sin ella.

De pronto, comienza a sonreír ya que desde la ventana la ve pasar.

La sigue con la mirada hasta la puerta. Ella camina con una parsimonia elegante hacia la mesa y toma asiento en la silla que él amablemente corrió.

Luis sabe que es momento de llevar otro café doble y un cortado para ella. Se acerca con los mismos sobre la bandeja, los deja en la mesa y retira la primera taza vacía.

Una sola vez pudo conversar con él, le contó lo que seguro era solo parte de la historia:

-Se llama Carmen y es el amor de todas mis vidas, de las anteriores y de las futuras. Antes de morir de cáncer me dijo algo al oído:

– ¿Te acordás mi amor donde nos conocimos? –

-En el Bar la Poesía, Cielo, ¡Como olvidarlo!, – le respondí.

Pues allí estaré, cada domingo, como aquella noche, a las ocho. Esperame. –

Y aunque no recuerde todo lo que debe recordar, sabe que cada noche de domingo tiene estar está allí, aguardándola.

Luis percibe la felicidad de Santiago en esos momentos; se lo ve hablando, riendo y gesticulando.

Escribe algo en la servilleta de papel blanco y se lo da para que ella lo lea. Sus ojos brillan de emoción y nostalgia.

Es el único momento en que su vida se ilumina, cuando está con Carmen en el bar.

Mientras, todos allí lo miran. Algunos lo conocen y lo entienden, otros piensan que está loco. Algunos ríen, otros le sonríen, algunos pocos huyen.

Él es feliz pues cada domingo a la noche, allí, en aquel viejo Bar de San Telmo, se encuentra con la mujer que más amó en su vida y solo allí puede estar con ella.

A las once Santiago llama al mozo, le pide la cuenta mientras sigue hablando con la mujer de su vida que está sentada en la silla vacía.

Antes, retira la taza vacía de él y la taza llena de ella y le dice:

-Son ciento setenta pesos, maestro. –

Santiago le paga con doscientos y le deja treinta de propina.

Ella y él comienzan a caminar juntos hacia la salida. Santiago camina saludando a todos con un sonoro buenas noches y salen del bar.

El la abraza, la besa y se toman de la mano para perderse en aquellas callecitas oscuras de San Telmo.

El viento trae la música de Piazzolla. Su bandoneón comienza a llorar lágrimas de hielo por el amor perdido.

El mozo lo sigue con la mirada por la ventana y le dice al dueño:

– ¡Pobre tipo! –

A lo que el dueño responde:

-No te equivoques, él es feliz a su manera, pensá en toda la ilusión que tiene un rato antes de llegar…Solo eso. –

-Tenés razón. – respondió y encogiéndose de hombros fue a atender a una pareja de jóvenes japoneses que había entrado.

Cuando Santiago llegó a su casa y se dio cuenta que lo hacía solo, se le llenaron los ojos de lágrimas. El corazón destrozado se le fragmentaba en miles de pedazos como cuando una copa de cristal estalla contra el piso.

Un día, quien sabe porque designios, ella partió de su lado, del mundo.

El ya no fue el mismo.

Solo sonríe cuando recuerda que el Bar La Poesía le abrirá las puertas a su ilusión el próximo domingo a las ocho…

F   I    N

 

 

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    2 octubre, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo Richard y mi voto desde Andalucía

  2. Richard

    3 octubre, 2019

    Muchas gracias Mabel. Siempre tan calida y amable. Que tengas un excelente día.!!!

  3. Mariel

    9 octubre, 2019

    Es un relato hermoso! Todas las descripciones, las palabras, las imágenes te van cautivando, haciéndote gustar ese amor soñado. Mi voto y saludos.

  4. Richard

    9 octubre, 2019

    Muchas gracias Mariel. Es muy amable tu comentario. Muy buenas tardes para vos.

  5. gonzalez

    25 octubre, 2019

    Me gustó mucho, Richard. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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