La búsqueda imposible – la primera expedición británica en busca del Yeti (1954)

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LA BÚSQUEDA IMPOSIBLE

LA PRIMERA EXPEDICIÓN BRITÁNICA

EN BUSCA DEL YETI (1954)

Por

Fernando Jorge Soto Roland*

INTRODUCCIÓN

 

Hay libros que, sin ser consultados, guardan polvo durante años en los estantes de las bibliotecas. Relegados.

El que dio origen a este trabajo lo hizo por más de dos décadas y media. Un cuarto siglo decolorándose en un rincón, muy lejos del alcance de mi vista. Olvidado por completo. Ignorado. Sin revelarse ni llamar la atención.

Sólo recientemente, una mudanza familiar lo rescató del limbo en el que había permanecido, apretado fuertemente por dos tomos de Historia del Arte del Antiguo Egipto.

Cuando le quité la densa pelusa que tenía en su parte superior y leí el título del lomo, me sorprendí. No sabía siquiera que lo tenía.

Estaba subrayado en parte y tenía un antiguo sello que solía usar poco tiempo después de graduarme de la universidad. Por las marcas que le había hecho era evidente que no lo había leído completo.

Lo hice a un lado.

Lo dejé reposar unos cuantos días sobre mi escritorio y cuando, finalmente, me sentí cómodo en la nueva casa, me senté a leerlo.

 

El Abominable Hombre de las Nieves

Expedición inglesa tras las huellas del “Yeti”

 Editorial Juventud S.A.

Provenza 101- Barcelona

Traducción de Juan G. De Luaces

Primera edición, marzo 1956

 

Ralph Izzard (1910-1992) era su autor. Por entonces, un joven periodista británico. Un aventurero de pura cepa. Un hábil escritor, capaz de captar (ahora sí) mi completa atención. Un romántico, ducho con la pluma, que, desde la introducción misma de la obra, me generó un cúmulo expectativas y ―por supuesto― muchas preguntas.

Tenía frente a mis ojos el relato, típicamente cincuentoso, de un viaje al Techo del Mundo. A la sobrecogedora cordillera del Himalaya. Un lugar lejano y exótico capaz de despertar las fantasías más profundas, acicatear la imaginación y el deseo de exploración que, latente y un tanto adormecido, aún prevalece en mí.

Como señalé más arriba, el libro había sido publicado en 1956 por la misma casa editorial que publicara, posteriormente, Las Aventuras de Tintín. Uno de los personajes que más marcaron mi infancia. En especial el tomo titulado Tintín en el Tíbet; en el que jopudo reportero belga de la ficción se topaba ―justamente― con el mismísimo Abominable Hombre de las Nieves.

Desde muy joven experimenté un interés especial por la criptozoología; es decir, por la búsqueda de criaturas extrañas, tales como el monstruo del Lago Ness, en Escocia, o el Bigfoot (Piegrande) de las leyendas norteamericanas.

Me demandó la adolescencia entera darme cuenta que todas esas historias fascinantes no eran más que eso, historias. Relatos imaginarios. Sueños. Deseos románticos de habitantes urbanos por creer en un mundo inacabado, repleto de fantasías, proyecciones y sueños. Mentiras o errores de apreciación que hacían de la realidad algo más intrigante y entretenido. Tal vez ahí haya estado el origen del impulso nostálgico que me llevó a comprar (en una tienda de viejos)  el libro de Ralph Izzard hace tanto tiempo; en una época ―debo aclarar― en la que ya mi escepticismo estaba firmemente asentado, desangelando los viejos relatos sobre monstruos que tanto me habían entusiasmad de chico. Quizá por eso lo compré. Para rescatar la inocencia perdida. Pero el esfuerzo en pos de esa meta no debió ser lo suficientemente fuerte.

Por algo nunca lo había terminado de leer.

Hoy, a la vuelta de la vida, este librito emerge ante una mirada muy diferente a la de aquel crédulo lector de Tintín; y me entusiasma poder ensayar, con él en la mano, un análisis más fino y acorde a mis tiempos actuales.

Espero que sea éste el momento adecuado y que el lector disfrute tanto como yo lo hice al escribirlo.

 

 

 

 

Buenos Aires

Octubre 2019

 

 

PARTE 1

CONDICIONES BÁSICAS PARA BUSCAR UN YETI

 

Durante los primeros seis meses de 1954, el diario londinense Daily Mail gastó una verdadera fortuna al organizar, subvencionar de su propio bolsillo y enviar al Nepal a la primera expedición especialmente encargada de buscar y encontrar al abominable hombre de las nieves, el Yeti.

Nunca antes se había gastado tanto dinero, ni invertido tamaño esfuerzo, en una empresa de ese tipo. A los ojos de muchos, no dejaba de ser un evento sensacionalista, puesto en escena por un periódico que tenía cierta fama amarillista, aún sin haber adoptado ―como lo haría en la década de 1970― el formato de tabloide que tiene actualmente. En los ’50, su antigua diagramación en sábana le daba el aspecto de diario serio, orientado hacia una clase media baja alfabetizada, con ansias de aventuras y un indiscutido deseo por aparentar más de lo que era.

Empleados públicos, trabajadores bancarios y pequeños comerciantes, encontraron en sus páginas una inclinación editorial de neto corte nacionalista que los colocaba muy por encima de aquellos exóticos pueblos que habitaban los arrabales del mundo y que Inglaterra, desde el siglo XIX, se había propuesto colocar bajo su microscopio imperialista, alimentado ―todavía― por la misión civilizadora de occidente.

Si algo tenían asumido aquellos lectores era que sólo los blancos ―en particular los sajones de habla inglesa― estaban capacitados para desentrañar el misterio del Yeti, esgrimiendo su superioridad cultural y tecnológica. No en vano una expedición británica había conquistado hacía sólo un año ―1953― el Techo del Mundo, coronando con su bandera la cima del Everest.

 

La historia del Yeti es un capítulo más en la historia del montañismo. Un derivado de la carrera emprendida, después de la Segunda Guerra Mundial, por alcanzar las cimas del Himalaya, en especial los casi 9000 metros de altura del Monte Everest. Sin esa competencia, la misteriosa criatura no hubiera tenido la atención que le dedicó la prensa, ni mucho menos la fama que alcanzó con posterioridad. Como ya hemos dicho en otros trabajos, los medios de comunicación son una condición indispensable para que monstruos, terrestres y extraterrestres, se instalen en el imaginario colectivo.[1]

Por tal razón, que un diario como el Daily Mail invirtiera en 1954 casi un millón de libras esterlinas en pos de un rumor, debería haber despertado poderosamente la atención y la suspicacia. Pero, no fue así. El sentido crítico de los lectores de entonces le otorgaba a lo que salía en la prensa una veracidad poco discutible. Si se publicaba, y la historia era medianamente verosímil, era cierta. Y de eso se abrazó Ralph Izzard cuando les propuso a las autoridades del Daily Mail salir en pos de la criatura, acompañado de especialitas que ―como él― creían fervientemente en su existencia.

Aquel grupo expedicionario no parece haber sido un ágora de debate. Más bien todo lo contrario: un atajo de aventureros egocéntricos que retroalimentaban sus fantasías y deseos fortaleciendo la creencia respecto de la existencia objetiva del Yeti; e interpretando cualquier “señal” (en especial huellas en la nieve) como prueba “irrefutable” de ello.

Durante seis meses  persiguieron una quimera. Una sombra. Una proyección engendrada por sus propios sueños de grandeza y el deseo empresarial de vender más diarios. Un negocio, cuyas consecuencias no imaginaron que fueran a dilatarse tanto en el tiempo, ni instigar a otros proseguir la búsqueda o favorecer la recaudación de fondos para proyectos exploratorios y científicos en verdad serios.

Es muy probable que el éxito alcanzado por Edmund Hillary en mayo de 1953, al hacer cumbre en el Everest, haya incentivado al Daily Mail a solventar la expedición de Izzard, menos de un año más tarde. Si la cima del planeta era británica y publicitada exclusivamente por The Times, el descubrimiento del Abominable Hombre de las Nieves tendría que serlo del mismo modo, aunque esta vez cubierto por las plumas del diario que le daba de comer a Izzard y su gente.

Un capítulo más en la historia de los muchos logros de Albión.

Claro que por aquellos días ya existían antecedentes que acicateaban la imaginación de la gente con relación a un ser extraño deambulando en las alturas. Historias y rumores que sólo recién alcanzarían resonancia a nivel mundial gracias a las fotografías tomadas por el célebre escalador Eric Shipton en 1951. De no haber sido por ellas, Shipton, el más experimentado montañista de mediados de siglo XX y ―según muchos― la persona que más conocía la cordillera del Himalaya, hubiera sido popularmente olvidada. Por una de esas ironías del destino, mucho es lo que le debe Shipton al Yeti, hayan sido o no auténticas las placas que tomara en el glaciar Menlung, a principios de la década del ‘50.

 

Pero Izzard también está en deuda con Shipton. Sus fotos resultaron el principal catalizador de la expedición del ’54 y uno de los avales que el periodista expuso en la reunión  que mantuviera con el presidente del Daily Mail, Lord Rothermere, hacia fines de 1953.

Esas huellas, claramente estampadas en la nieve, sustentaron los relatos de avistamientos que venían circulando desde fines del siglo XIX; los cuales fueron reunidos por Izzard en una carpeta al momento de plantearle el proyecto a sus empleadores.

En la primera parte de su libro, el reportero inglés consignó fechas, nombres y autoridades de relieve a fin de asegurar su proyecto. Los testimonios tenían que ser de fuste. Sólidamente apoyados en el prestigio de los aparentes testigos y los suficientemente creíbles para que el Daily Mail desembolsara el dinero requerido.

Según indica Izzard, la primera referencia sobre la criatura fue dada a conocer por el coronel W. A. Waddell en 1887, en su libro Aventuras en el Himalaya. Pocos años después, en 1921, Charles Kenneth Howard Bury, líder de la primera expedición de reconocimiento del Everest, dijo haber visto “huellas semejantes a las pisadas humanas en las grades alturas, (…) a 6.700 metros, en el monte Lhakpa La”.[2] Pero “el primer blanco que escribió sobre el yeti fue John Henry Elwes, notorio explorador del Himalaya, que hizo la mayoría de sus viajes entre últimos del siglo pasado y principios del actual (siglo XX)”.[3]

J. H. Elwes (1846-1922) fue un reputado naturalista que a lo largo de su vida se dedicó al estudio de la botánica, la entomología y la ornitología con igual interés y sapiencia. Sus escritos específicos sobre el yeti ―según Izzard, del año 1906― no habían sido encontrados cuando el periodista los nombró como garantía para su propia expedición.

Una cuota de misterio se incorporaba en las primeras páginas del libro. Izzard adujo que esos manuscritos estaban perdidos y que los datos pormenorizados sobre los sitios por los que merodeaba el yeti, su apariencia y huellas que dejaba en la nieve, había sido vistos por personas adscriptas al Real Jardín Botánico de Londres antes de 1914, por miembros de la Real Sociedad Geográfica, a la que Elwes pertenecía, y por familiares que ―lamentablemente― ya estaban muertos.

El tópico del “manuscrito extraviado”, tan en boga en la literatura de misterio y aventuras desde el siglo XIX, irrumpe en el libro de Izzard introduciéndonos en el mundo del rumor, los dichos y los testimonios enigmáticos. Un camino que no dejará de seguir a lo largo de toda su obra.

De todos modos, tratando de asegurarse la atención del dueño del Daily Mail, escribió:

 

“El nombre de Elwes suena con frecuencia en relación con el yeti. Se habla de él en las actas de la Sociedad Zoológica correspondiente a 1915, y allí se dice que en una reunión científica del 27 de abril, Elwes leyó el extracto de una carta de J. R. O., funcionario forestal de la sección de Darjeeling (Bengala, India Occidental), sobre la posible existencia en Sikkim de un mono desconocido por la ciencia”.[4]

 

Acto seguido, sin hacer referencia alguna a la ubicación del documento citado, Izzard transcribe un parte de la carta en cuestión, en la que un anónimo J. R. O. afirma ―primero― haber descubierto un animal parecido a un mono, pero que no puede concretar de qué clase se trata. Indica que vive en las alturas y que en tiempo frío baja a la región de Phalut (a 3.500 m.s.n.m.). Que tiene el pelaje largo y oscuro, la cara cubierta de pelo y una altura de 1,25 metros. Asimismo, adujo que con frecuencia incursiona en terrenos llanos y que sus huellas miden entre 45 y 60 centímetros de largo y unos 15 de ancho. Dice que lo llaman Jungli Admi o Songpa y que uno de ellos asustó a varios habitantes de la región de Phalut, impidiendo que siguieran trabajando.

Pero, acto seguido, J. R. O. se contradice en su propia carta al escribir (¿lo habrá hecho realmente?):

 

Acudí para acorralar a la bestia, pero un guarda forestal la había hecho huir disparando un tiro, así que no vi nada.

“Un viejo de Phalut me dijo que había divisado al animal en la nieve a menudo y me confirmó la descripción de sus huellas.

“Ésta es una cosa que prácticamente ningún inglés ha oído aunque todos los aldeanos de la región la conocen. Sólo puedo decir que no se trata de un mono langur nepalense, pero yo, que conozco a la gente de aquí, espero información pronto”.[5]

 

Ya ha transcurrido más de un siglo y seguimos esperando infructuosamente.

En pocas palabras, la supuesta lectura que Elwes hiciera de una carta escrita por un anónimo funcionario de Bengala, que ―a su vez― dijo haber escuchado de terceros la historia de ese animal desconocido en Phalut, no es a criterio de nadie medianamente sensato una evidencia sustentable ni seria. Estamos ante la presencia del típico “me lo dijo un amigo de un amigo”, formato estandarizado de las leyendas urbanas actuales.

¿Habrá bastado un testimonio de ese tipo para convencer a los dueños del Daily Mail, o sólo estaban buscando opiniones de autoridades reconocidas del pasado para apoyarse y organizar un gran circo mediático que ―sabían― atraería a millones de lectores?

Sin duda, estaban creando el guión que empresas posteriores repetirían hasta el cansancio por más de 70 años. Expediciones románticas, crédulas, por momentos infantiles, al menos para la mirada escéptica de los más críticos.

 

Las altas cumbres del planeta estaban de moda. Las primeras planas de todos los diarios del mundo las tenían de portada y si bien muchos de sus secretos empezaban a develarse, otros, tal vez más inquietantes, se asomaban por el horizonte dispuestos a perdurar en el tiempo. La resistencia a concebir un mundo conocido por completo se imponía. La imaginación seguía abriéndose paso y el yeti fue uno de los más extraordinarios ejemplos de todo ello; viniendo a completar el conjunto de rumores que referían, desde hacía unos 20 años antes, sobre la existencia de otro monstruo (esta vez lacustre) en el Lago Ness de Escocia.

 

La montaña, el paisaje y el espíritu decimonónico del romanticismo (que no había muerto en la década del ’50) le impusieron al Himalaya y a la región del Nepal ―escenario de la expedición de Izzard― un tinte misterioso que perdura hasta hoy.

Entre mediados del siglo XVIII y el año 1830 se fue operando lentamente una ruptura entre las concepciones que existían de la naturaleza y la aparición de una visión nueva, moderna, del paisaje. Se impuso así un flamante modo de abordarlo. Una forma renovada y más familiar de pararnos ante el cosmos. Con los últimos decenios del Siglo de las Luces (siglo XVIII) se advierte que la actitud indagatoria, racional, crítica y medida de la realidad, empieza a mutar. A debilitarse. El paisaje, antes desatendido por el sentimiento y aprehendido únicamente por una preocupación meramente informativa ―que buscaba en la descripción la fidelidad y el ser objetivo― cambia. El viajero romántico dará importancia a la impresión global, a la sensación, al sentimentalismo; recreando un mundo —un paisaje— ideal, fantástico, en el que poco importaba acercarse a la realidad objetiva. Es ahí cuando el paisaje alcanza la forma que aún hoy reconocemos, es decir, el paisaje como una construcción estético filosófica del territorio[6] que apunta a expresar nuevos problemas y valores sociales que ―a nuestro modesto entender― se vuelven evidentes con los artistas-viajeros y los exploradores.

Con éstos el paisaje pasó a expresar la típica oposición entre tecnología y naturaleza, ciencia y vida, entre el campo y la ciudad. En un mundo que se industrializaba rápidamente y en que lo urbano, como una mancha de aceite copaba espacios tradicionalmente verdes, las ideas de “naturaleza” y “paisaje” se entrecruzaron hasta formar un bloque indiferenciado en el que lo natural —lo salvaje— quedaba impregnado de valores liberales, típicos de la burguesía triunfante.

Naturaleza, paisaje, apertura y libertad. Ése era el escenario perfecto para el viajero del siglo XIX y principios del siglo XX, portador ya no sólo de un afán de dominio —típico en los más conservadores—, sino de una reacción nostálgica por el “Paraíso pre-industrial Perdido”. En síntesis, surgía una nueva sensibilidad en la que la naturaleza, hasta entonces concebida como una máquina armónica y racional, se convertía en un océano de inquietudes e incomprensión.

En ese contexto se pergeñó al yeti.

Y el universo, reglado por el neoclasicismo (expresión artística del siglo XVIII),  se abría a sensaciones nuevas y a ser pensado de manera diferente. Lo estético, impregnado ahora con una filosofía menos segura de sí misma, se orientaba hacia el misterio y el esoterismo. El paisaje dejó de mostrar leyes universales y pasó a expresar sentimientos movilizadores. El hombre se sintió pequeño, indefenso, y al mismo tiempo asombrado ante la magnitud del cosmos y sus enigmas. El “paisaje real” —concebido como algo medido, controlado, racionalizado, humanizado— es reemplazado por el “paisaje sublime”, que sacude y produce sorpresa, estupor, en el alma de los nuevos exploradores y montañistas.

Así pues, el nuevo viajero romántico se hunde, se funde, en el medio vital que recorre. De ahí la importancia que se le da, no sólo a la percepción visual, sino a la percepción interior, considerada como la victoria de la expresión y el sentimiento sobre las normas y las leyes.

Y cuando las leyes desaparecen, suelen engendrarse monstruos. En este caso, uno de montaña.

 

No hubo sociedad en el mundo antiguo que no las adorara, de un modo u otro. El culto a las alturas, debidamente comprobado en el Viejo y en el Nuevo Mundo, es una constante que se repite cada vez que nos interesamos por las creencias y cosmovisiones del pasado. La montaña ejerció en el ser humano una fascinación reverencial que, seguramente, deriva del valor que las sociedades teocéntricas le atribuían a sus componentes principales: altura, verticalidad, masa y forma.[7] En general la montaña, la colina, el cerro, están relacionados simbólicamente con la “elevación interna y espiritual”, “la meditación”, “la comunión con los santos y los dioses”. Un lugar ideal para toparse con lo anómalo.

 

La montaña siguió inspirando respeto sagrado a lo largo de miles de años, pero en algún momento posterior a la declinación del imperio romano —muy especialmente durante la Edad Media— Occidente olvidó los cerros, haciéndolos a un lado en sus creencias y desatendiendo la curiosidad que éstos podían despertar. Recién a partir de mediados del siglo XVIII ese desinterés desapareció y fue el movimiento ilustrado el encargado de convertir a la montaña en objeto de estudio y no de adoración.

Las riquezas minerales y forestales, el interés por medir la humedad atmosférica, el deseo de conocer certificadamente la altitud y la búsqueda de respuestas al enigma de la formación de la Tierra, hicieron que las altas cumbres fueran exorcizadas por los científicos; y pasaran a ser un capítulo más de la Historia Natural, tan en boga por entonces.[8]

Es notable observar cómo, antes del siglo XVIII, sólo en contadísimas ocasiones los estudiosos se dirigieron a la montaña. No había interés por ellas, pero, a poco de redescubrirse su potencial teórico-iluminista, ese desinterés empezó a mutar buscando no sólo la desencantada mirada del científico, sino la emoción, el sobresalto y el sentimentalismo. Ese fue el aporte que hicieron los espíritus románticos, entre los que podemos contar como herederos a Izzard y su gente. Así pues, viajeros, pintores, fotógrafos y exploradores, inventaron un nuevo sentimiento de naturaleza, trasladándole los valores propios de la época.

Siguiendo el legado de Jean Jacques Rousseau (1712-1778) para quien el papel pedagógico y formativo de lo natural era vital en la construcción de un nuevo hombre ―más bueno y ligado a lo natural— muchos viajeros y montañistas de principios y mediados del siglo XX no dudaron en la posibilidad de encontrar a un Homo Silvestre deambulando en lugares inhóspitos.

Con este cambio epistemológico ante la montaña se concretó una nueva relación con el entorno. La fuerza de los elementos, la imponente masa terrestre y su grandilocuencia frente al ser humano, llevó a que no sólo se las midiera, sino se las admirara con nuevos ojos; quedando el hombre sometido a sus misterios y sus potenciales criaturas desconocidas.

 

Ralph Izzard pasó toda su vida profesional trabajando para el Daily Mail. Era un empleado de confianza y con una gran capacidad de convencimiento. Suficiente como para que le fuera asignada la misión de cubrir ―subrepticiamente― la expedición al Everest de 1953, compitiendo con el medio oficial elegido por Sir John Hunt (director general de la empresa, de la Edmund Hillary era también miembro): The Times.

Era un reportero sagaz. Un aventurero que tenía en su haber la experiencia de expediciones previas y la habilidad suficiente para conseguir sponsors que cubrieran los gastos. Sabía que todo buen proyecto requería de una presentación fundamentada y, aunque ―-como vimos antes― no sería ése el caso de su búsqueda del yeti, el clima de época debió resultarle favorable. El Daily Mail había percibido el negocio y sólo le bastaron algunos pocos testimonios más de autoridades en la materia para empezar a firmar cheques.

Pero la suerte también corrió a favor de Izzard.

En uno de las primeras páginas de su libro relata la enorme coincidencia de encontrarse con John Hunt en un vuelo comercial de Delhi a Katmandú; instancia que aprovechó para sonsacarle una frase que, publicada después de la exitosa coronación del monte Everest, cobró una importancia mayor a la que tuviera en su origen.

 

Creo ―le dijo Hunt― que ha llegado el momento de que una expedición científica investigue la existencia del yeti”.[9]

 

Ralph ya tenía el título periodístico para atraer la atención de Lord Rothermere; quien, tras una meditación de unos meses, aceptó la propuesta expedicionaria de su empleado. Claro que antes, el multimillonario aristócrata de los medios, debió exigir empaparse con otras historias, compiladas por el periodista.

Un apéndice (al que no tuve acceso sino a través del texto de Izzard) escrito por Harold William “Bill” Tilam (1898-1977) ―amigo personal y entrañable compañero de aventuras de Eric Shipton durante décadas― es señalado por el periodista inglés como el documento, irremplazable, a la hora de conocer la historia primigenia del yeti.

Escrito y publicado por primera vez en 1938, el libro Monte Everest (de donde sacó el mentado apartado) sería una fuente de referencias más que convincente. En él, el otro gran héroe que alcanzara con Hillary la cumbre más alta del mundo, Tensing Norgay, relataba el encuentro que su propio padre ―un pastor de yacks― había tenido con el abominable hombre de las nieves en el valle Macherna, cercano a los 6.000 m.s.n.m.

 

“En aquel verdadero callejón sin salida, Tensing Padre vio un ser que le llenó de alarma. (…) Era un hombre pequeño, que bajaba por la ladera hacia un riachuelo. Mediría 1,5 metros de estatura, estaba cubierto de pelo rojizo-obscuro (sic). De su cráneo caíale sobre los ojos un largo cabello. Parecía un mono de boca muy grande y dientes salientes. Andaba sobre dos pies, como un hombre”.[10]

 

Aterrorizado, el pastor reunió a sus animales y, todos, entraron en una choza. Pero no bastó que cerrara la puerta para sentirse seguro.

 

“El yeti subió a la techumbre y comenzó a desmontarla, cosa no difícil porque todas las de Macherna se componen de tejas sólo sujetas por piedras”.[11]

 

Entonces, Tensing (P) encendió un fuego con ramas secas y el humo obligó a la criatura a bajar a tierra “(…) rechinando sus dientes, corriendo en círculos, arrancando piedras del suelo y desgajando arbustos. Luego desapareció en las montañas, dejando antes huellas sobre la nieve”.[12]

 

Su hijo termina la historia diciendo que poco después su padre enfermó gravemente y que los sherpas se lo atribuyeron a la “maldición del yeti”.[13]

 

 

Tensing Norgay (der.) junto a E. Hillary

 

Resulta difícil de creer que un yeti haya sido el responsable de semejante asedio. Sin pruebas de ninguna especie resultaría temerario aceptar sin más el testimonio. Pero Izzard lo hizo. Y no sólo lo aceptó sino que, durante el viaje que hiciera en 1953, lo avaló con el testimonio de un maestro de escuela (anónimo) de la región, quien le aseguró que “había dos clases de yetis: los grandes y los pequeños. Los mayores vivían hacia el Monte Everest y los pequeños hacia el valle de Dudh Kosi, en Nepal”.

En viaje, uno escucha miles de historias. Rumores y cuentos tradicionales que sólo forzándolos podrían ser considerados como evidencia en un juicio. De ahí que la cantidad sustituya a la calidad; e Izzard se esforzó en buscar más historias.

En contacto con Biswandy Biswas, un joven académico indio formado en Inglaterra (que terminara siendo parte de la expedición-yeti), pudo extraer mayores antecedente que aseguraban que algo extraño vagaba por la región de Sikkim. De tal forma, Izzard no dejó de aludir a A. N. Tombazzi, un representante empresarial de la firma Ralli Hermanos en la India,  quien en 1925, durante una expedición al macizo de Kanchenjunga, había sido convocado por sus sherpas quienes aseguraban haber visto un yeti.

Izzard transcribe lo que el italiano escribió.

 

“El sol cegador no dejaba divisar nada, pero pronto percibí a aquel ser, a 200 o 300 metros valle abajo. Sin duda su conformación era la de un ser humano y andaba de pie, inclinándose de vez en cuando para recoger brazadas de rododendros secos. Resultaba mus obscuro (sic) sobre el blancor de la nieve, y no debía llevar ropas. Los dedos del pie habían dejado huellas en el suelo. La del talón era muy ligera, y todo parecía corresponder a un bípedo. Supe que ningún ser humano había estado allí desde principios de año. Los coolíes, naturalmente, inventaron fantásticas leyendas de demonios y de hombres de las nieves. Sin la menor creencia en esos deliciosos cuentos de hadas, no sé, empero qué pensar. Sólo recuerdo que la misteriosa figura tenia exactamente la misma conformación que los hombres”.[14]

 

Convengamos que en condiciones de claridad extrema, como Tombazzi indica al inicio de su escrito, a casi tres cuadras de distancia, ciertamente agotado y con poco oxígeno, se complica un poco tener certezas de nada. Pero Izzard le atribuyó esos dichos un alto valor, puesto que el italiano ―según su opinión― parecería mostrarse, en principio, escéptico y nada proclive a las fantasías. En lo que a mí respecta, y siguiendo un camino distinto al tomado por el reportero inglés, debo decir ―por experiencia personal― que el ambiente de montaña, el clima exploratorio y las leyendas locales que circulan a diario cuando uno está inmerso en ese tipo de aventuras, suelen crean un clima más que propicio para las exageraciones, los malos entendidos y las mentiras. El contexto condiciona las interpretaciones.

Pero si de contextos hablamos, deberíamos decir que el Daily Mail no estaba solo en la búsqueda. Había competidores. Concretamente una expedición de origen suizo en la que algunos de sus miembros evidenciaban un interés manifiesto por la peluda criatura de los cuentos. Uno de ellos, un tal Norman Dyhrenfurth, sostenía en un escrito que su grupo había encontrado huellas de un yeti, las cuales ―examinadas por un médico― no habían podido ser identificadas con certeza, pero que eran de un animal que evitaba la presencia humana, trasladándose de valle en valle.[15]

 

“Es difícil distinguir la leyenda de la realidad ―escribió―, porque además todo lo dicen los nativos. Esperemos el día que los exploradores vengan con noticias y fotografías de la bestia (…)”.[16]

 

Un nuevo llamado a iniciar la búsqueda. Una nueva exhortación a dejar los escritorios y el interés en trepar cada día más alto, para encarar de lleno y planificadamente la caza del yeti.

No hay dudas: el “bicho” estaba instalado en el ambiente y en el interés de la gente. Sólo faltaba la gota de rebalsara el vaso y ésa fue la que Eric Shipton aportó con su famosa fotografía de 1951 (hecha pública en 1952).

Aún así, existían antecedentes literarios.

Ya en 1941, Cecil Day-Lewis (padre del famoso actor irlandés) había publicado un Thriller  titulado El Caso del Abominable Hombre de las Nieves, en el que jugaba con la denominación mediática del monstruo, por más que la trama de su obra no lo tuviera como protagonista de nada.[17]

Por su parte, el profesor G. O. Dyhrenfurth (progenitor del explorador suizo) nombra en uno de sus libros la sorprendente batalla que dos noruegos habían librado contra un par de yetis, en 1948.[18] Esta vez, sí, atendiendo a un hecho que revelaba como real.

 

Con toda esta parafernalia de autoridades, libros, leyendas locales, testimonios y un clima cultural propicio, la expedición de Izzard pareció justificarse. El millón de libras se desenfundó con relativa facilidad y el Daily Mail se preparó para publicar periódicamente las tremebundas aventuras de sus enviados por tierras extrañas.

Sólo restaba partir para Nepal.

 

PARTE 2

LOS BUSCADORES DE LA NADA

 

Desde el principio, la apariencia de seriedad que debía demostrar la expedición se consideró una condición excluyente. Así lo exigió el Daily Mail al momento de darle el visto bueno al proyecto y hacerse cargo de los gastos. La aventura mediática iba a llevar el nombre del periódico ―The Daily Mail´s Abominable Snowman Expedition― y dada la competencia reinante con otros medios de comunicación, sus propietarios no iban a permitir quedar mal parados o en ridículo ante la comunidad.

Había que nuclear a expedicionarios competentes, que poseyeran una alta reputación y preparación científica. No podían tolerar que, a los ojos del mundo entero, aquel movimiento extremo de hombres y recursos semejara un mero atajo de aventureros persiguiendo a un monstruo de leyenda. El marketing exigía seriedad, compromiso académico, y en pos del tal objetivo se embarcó Ralph Izzard, unos meses antes de calzarse la mochila.

Lo consiguió a medias.

Ninguna institución científica y especializada en cuestiones zoológicas se decidió a dar su buen nombre y honor a semejante aventura. El Museo Británico ―que sostenía que el yeti era un mono de la especia langur del Himalaya― se excusó con elegancia aduciendo que no podía prestar a ninguno de sus zoólogos por estar todos ocupados en menesteres propios de la institución, organizando las futuras exhibiciones que ya estaban planeadas desde hacía tiempo. Sólo se dispondrían a mandar, llegado el caso, a un entomólogo y a un botánico. Los sabios del museo eran concientes que en esos dos rubros podían descubrirse nuevas especies, desconocidas en Europa.  Lo que no deseaban era convertir al museo en el mascarón de proa de lo que, desde el inicio, muchos consideraban un delirio periodístico. Destinar un especialista en animales sería apoyar el eventual hallazgo de un monstruo en el que no creían; pero tampoco deseaban desaprovechar la oportunidad ―totalmente paga― de enviar a sus emisarios en busca de seres vivos mucho más reales y posibles: insectos y plantas.

Izzard rechazó el ofrecimiento.

Ofuscado, buscó el apoyo del Parque Zoológico de Londres, el repositorio de animales más importante y grande del mundo. El Imperio tenía sus privilegios; y aún sin ser lo que había sido antes de las dos guerras mundiales, el prestigio y poderío del zoo londinense era una carta de presentación invaluable para la empresa del reportero.

Pero tampoco este organismo quiso jugarse su prestigio en pos del abominable hombre de las nieves. No creía en yetis y consideraba que las fotos de Eric Shipton no eran más que las huellas de un oso.

Izzard habló de “frialdad”. “Sufrimos un ligero desaire ―escribió―. No debimos explicarnos bien”.[19]

 

Aún así, tras haber sido rechazado por la ciencia “oficial”, el reportero supo darle una vuelta de tuerca a la decepción aduciendo que, si el Museo Británico y el Zoológico de Londres no se ponían de acuerdo en identificar al animal en cuestión, la búsqueda del yeti bien valía la pena ser intentada.

Además, nada impedía que la expedición pudiera reunir subsidiariamente otro tipo de material científico, aparte de la abominable criatura. El Daily Mail exigía que se llevara a cabo esa operación; quizás para justificar un viaje del que ―suponían ya―  se regresaría con las manos vacías.

Con pocos meses por delante, Izzard se lanzó a buscar y comprometer a expedicionarios de renombre. Personas experimentadas que fueran conocidas por la gente. En esta oportunidad, tuvo un poco más de suerte.

 

Tom Stobart, cameraman y documentalista, había alcanzado fama mundial por ser el responsable de haber captado en celuloide la famosísima ascensión al Everest comandada por John Hunt, hacía poco Mens de un año. Era un experimentado explorador y alpinista. Conocía la región a la Izzard le propuso viajar y, según indica el mismísimo reportero, un “experto” en zoología.

Stobart aceptó ser parte de la aventura del Daily Mail de inmediato, engalanando el proyecto con su sola presencia. Sus multifacéticas habilidades, además, le permitió a Izzard ahorrar parte de su presupuesto ya que el cameraman podía desempeñar otras funciones (zoólogo, alpinista), todo por el mismo precio.

El siguiente miembro del núcleo duro de la expedición era Charles Stonor, un especialista en biología que Izzard conocía de una excéntrica búsqueda anterior, en 1948, cuando ambos habían salido en pos de un misterioso “cocodrilo primitivo” ―el buru[20] que las leyendas locales ubicaban en el norte de la India. Por otra parte, Stonor hablaba indostano, una lengua que se entendía perfectamente en el Nepal, pudiendo así brindar el servicio de intérprete. Fundamental a la hora de recoger testimonios sobre el yeti. Y todo indica que así lo hizo ya que, un año después de terminada la búsqueda, publicó (independientemente) un libro titulado The Sherpa and the Snowman (1955), demostrando ser un romántico perdido y un creyente convencido de la mítica criatura.

 

El doctor Biswamoy Biswas (alias Bis) era el único doctorado en zoología y trabajaba para el Departamento de Asuntos Zoológicos de la India. Debió pedir permiso para participar por su propia cuenta y riesgo, sin representar a la institución que oficialmente lo empleaba. Bisway fue uno de los primeros en analizar los supuestos casquetes de piel de yeti que encontraron en varios monasterios budistas, de los que después hablaremos.

 

Finalmente, Gerald Russell, un naturalista estadounidense, muy amigo de Izzard y de uno de los criptozoólogos más famosos del mundo, Iván T. Sanderson, con quien mantenía amistad desde sus días de juventud.

Sanderson, un excéntrico biólogo y escritor de temas paranormales, había nacido en Escocia en 1911 y tras graduarse en la Facultad de Biología de la Universidad de Cambridge, realizó innumerables expediciones en pos criaturas misteriosas en lugares exóticos del planeta. De aquellos viajes solía traer animales locales que coleccionó y expuso  a un público urbano deseoso de maravillas naturales. Su ingreso a la televisión yanqui había empezado en 1948 con presentaciones esporádicas, pero hacia 1953 ya era el presentador de una serie de 12 capítulos llamada The Big Game Hunt of Osa Johnson (una reconocida documentalista aventura norteamericana). Era un tipo conocido, simpático, inteligente y absolutamente convencido de la existencia del yeti, al que ya le había dedicado varios artículos y comentarios en diarios y revistas de Estados Unidos, donde finamente se instaló definitivamente.

Como era de esperarse, Sanderson influyó mucho sobre Russell ―otro enamorado de los cripto-animales o críptidos― asesorándolo y, seguramente, plantándole sus estrambóticas hipótesis sobre la naturaleza del yeti. Claro que Russell tenía motivos por los qué creer: en 1936 había participado en la expedición que descubriera a un animal de leyenda: el Panda Gigante. ¿Por qué no podía pasar lo mismo con el Abominable Hombre de la s Nieves?

 

Así, con Ralph Izzard como cronista oficial del viaje, el equipo estaba esencialmente completo, amén de sumársele un médico, varios alpinista más y unos 300 portadores y guías sherpas. Todo un show a escala gigante. El público estaría ansioso por conocer todos sus pormenores y el Daily Mail feliz de vender más ejemplares.

 

Antes de partir, Charles Stonor fue el encargado de presentar un informe que tituló “Pruebas en pro y en contra del yeti” con el pretendió legitimar a la expedición. Señalando la utilidad y necesidad de la misma, no sin dejar en claro desde el principio que “ninguna expedición ha intentado probar o refutar la existencia de ese ser”.[21]

Asumían así (todos) el rol de pioneros incomprendidos y criticaban, a través de la pluma de Stonor, al Museo Británico por no haberles dado el apoyo que tanto buscaban, muy a pesar de las grandes contribuciones científicas del proyecto, tanto en cuestiones etnográficas, zoológicas como botánicas.

El mencionado informe, que Izzard publica en su libro, es una síntesis más emocional que lógica, en la que se exaltan algunos de los tópicos propios de las novelas. Criterios que alejan al trabajo de cualquier intensión académica, acercándolo más al género de diarios de viajes y aventuras. Vemos así el planteamiento de un planeta inacabado, desconocido, con posibilidades infinitas. Un Mundo Perdido del que seria posible conocer “tribus nunca vistas”, “pueblos de los que sólo se conocen sus nombres”, “regiones remotas poco o nada conocidas”, “zonas sin mapas”, “religiones misteriosas”, “aves y mamíferos ignorados”, “nuevas y valiosas plantas”.[22]

De todo ello debía darse ―escribe Stonor de puño y letra― “una opinión deslumbrante” (recordándome una antigua frase de Alexander von Humboldt, quien decía: “Viajar siempre conservando una visión rigurosa y exaltada del mundo”, aunque en el caso de Stonor la primera parte no se cumpliera a rajatabla).

Leyendo el informe Stonor me parece entrever ciertas reminiscencias de la novela de Arthur Conan Doyle, The Lost World (1912), texto que marcó a más de un criptozoólogo, confundiendo la ficción literaria con la realidad.

¿Y del yeti? ¿Qué decía Stonor de la abominable criatura?

Poco y nada. La bestia no es otra cosa que el motor que los impulsa. La zanahoria que hace caminar al burro.

Pero, ¿qué hacer con ella en el hipotético caso de encontrarla?

Nadie del equipo era partidario de acribillarla a balazos.

Llevamos armas de fuego para defendernos ―escribe Izzard―, pero no para matar a nadie y menos a un posible hombre primitivo”.[23]

Estas 4 últimas palabras ―que resalto en negritas― revelan lo que el reportero esperaba encontrar: un homínido prehistórico perteneciente a la rama de los homo; siendo más que evidente la influencia antes señalada ejercida por Gerald Russell e Iván Sanderson, a quien cita explícitamente en más de un apartado aconsejando no utilizar sedantes en la captura por ser ése un método peligroso, tanto para el yeti como para sus eventuales captores. Es que una dosis demasiado grande (sin conocer al animal previamente) podía matarlo, y una pequeña, sería totalmente inútil.

¿Qué hacer entonces?

Las sugerencias desplegadas por Izzard y su gente resultan por momentos desopilantes:

  • Recurrir a la curiosidad natural de la criatura, atrayéndolo con banderines, espejos de colores y campanitas (véase que nadie sabe a ciencia cierta si es real y ya le atribuyen al animal el ser curioso).
  • La utilización de un “rayo electrónico” (¡?), que descartan por ser demasiado pesado de transportar.
  • El uso de “boleadoras gauchas”, que un amigo del reportero les enviaría desde Argentina, con sus correspondientes indicaciones de cómo usarlas.[24]

 

Convengamos que a esta altura del partido (o de la expedición), las dos últimas opciones son literalmente hilarantes, pasándose de una tecnología propia de Flash Gordon a otra (la de bolear yetis) que los emparentaba con los gauchos mal entretenidos de la Pampa.

El tiempo corría y debieron desistir también del uso de perros rastreadores. No tenían el suficiente marco temporal para adiestrarlos (por otra parte, ¿dónde iban a conseguir el calcetín de un yeti para estimular el olfato de los cánidos?).

Iván Sanderson ―el mismo que años después creyera en la autenticidad del Hombre de Hielo de Minnesota, un fraude más que evidente desde el principio[25]― planteó, respecto de la identidad del yeti, su parecer en una carta que le enviara a Russell:

 

“(…) Señaló una teoría concerniente a que el hombre de las nieves pudiera ser un ente subsiguiente a la retirada de los hielos, que gradualmente se hubiera extinguido en las llanuras alemanas y las montañas suecas, subsistiendo, no obstante, en el Himalaya”.[26]

 

En pocas palabras: se trataba de un neandertal.

Y Russell también creía en lo mismo.

¿Estaría Charles Stonor refiriéndose a una tribu perdida de ese tipo cuando redactó el exótico informe preliminar antes nombrado?

Todos tenían en mente qué salían a buscar y la credulidad les sirvió de brújula. Pero seguían necesitando “autoridades” que apuntalaran la aventura. Personas famosas. De ahí que acudieron a hablar con tres renombrados montañeros, conocedores de la región.

 

El 21 de octubre de 1953 fue un día muy esperado por todos los miembros del grupo. Ton Stobart iba a presentar su film, La Conquista del Everest, a la flemática realeza británica y el universo más granado del montañismo se había convocado en Londres.[27] No podían dejar de pasar la oportunidad para contactar a los más reconocidos exploradores del Himalaya, extraer información y, llegado el caso, seducirlos para que los acompañaran.

Fue así que, dos días del estreno, Charles Stonor se reunió con el célebre Eric Shipton en su hotel, consiguiendo unas buenas ampliaciones de las 4 fotos originales de las huellas del yeti que éste tomara en 1951. No era mucho, pero dado que esas placas habían sido la principal fuente de inspiración de la expedición del Daily Mail, quedaron contentos. Por su parte, Shipton habló con ellos respecto de cómo las había tomado y de lo buena que habían resultado. Indicó, además, que uno de sus sherpas más importantes las había identificado como “las huellas del yeti” y que, si bien él se reservaba su opinión, conocía de la experiencia de sus guías locales. Nadie natural de la región podía confundirlas con las de un oso (especialmente después de haber visto a un yeti, como juraba el sherpa en cuestión).

En esos días, también concretaron un encuentro con H. W. Tilman, quien los recibió con extrema frialdad. No quiso hablar sobre el yeti aduciendo que todo lo que sabía sobre el tema ya lo tenía publicado en varios artículos de periódicos y que acudieran a ellos. Cuando un par de días más tarde, Tilman (tal vez arrepentido) les envió un artículo sobre la bestia, Izzard confesó que, embroncado, no lo leyó.

Al día siguiente del estreno del film, se juntaron con el por entonces archifamoso John Hunt, quien disfrutaba de la mieles del éxito. Contrariamente a Shipton, Hunt se mostró afable, confesando que su interés por el hombre de las nieve se remontaba a 1937, fecha en la que había visto sus huellas, en una lejana región de Sikkim. No quiso dar opinión contundente sobre la cuestión, pero juzgó que no eran las de un hombre; y que sus sherpas negaron fueran de un oso o de un mono langur. Relató, además, que ese miso año, al llegar al monasterio budista de Thyangboche, los monjes, alarmados por la presencia del abominable en la región, habían desplegado toda la parafernalia de instrumentos musicales rituales para espantar a la criatura.[28]

Hunt, en la cumbre de la fama durante esos días, reconoció la importancia del proyecto de Izzard, comprometiéndose a ayudar en lo que precisaran y expresando sus buenos deseos de éxito.

El contraste con Shipton era evidente. El curtido montañero estaba resentido. No lo habían elegido para dirigir la expedición al Everest de 1953, despreciando la enorme experiencia acumulada que tenía desde hacía años.

Shipton había tomado la decisión como una traición y nunca se recuperó del desengaño.[29]

Pero por algo no lo eligieron.

El montañismo tenía sus cuitas. En un gremio tan competitivo, los celos personales y el egocentrismo tensaban el ambiente. Todos se miraban con suspicacia. Nadie quería revelar sus rutas secretas ni técnicas. Y no qué hablar cuando unos y otros se referían al prestigio del competidor de turno.

En el gremio de los exploradores ―como en el de la pesca― las exageraciones y fábulas están a la orden del día. Y esto nos conduce directamente a las famosas fotos de la huella del yeti que Shipton tomara en 1951.

Por más que en decenas documentales de televisión, libros de misterios y criptozoología, estas fotos sigan siendo consideradas autenticas pruebas de la existencia del yeti, debo decir que el asunto no es tan claro como se lo sigue presentando.

 

Desde hace varias décadas se sospecha que hay gato encerrado. Incluso que las placas son, lisa y llanamente, un fraude. Hay concienzudos análisis y pruebas de laboratorio que probarían esto último, o ―si se quisiera ser un tanto más condescendiente con Shipton― producto de una confusión.

Hay bandos enfrentados. Están los que defienden a capa y espada la autenticidad de las improntas del abominable, y los que encuentran suficientes sombras en el asunto como para descartarlas.

Bernard Heuvelmans, el reputado padre de la criptozoología, se las tomó tan en serio que llegó a darle a la criatura que la produjo un nombre científico (sin validez alguna en el campo d la ciencia): dinanthropus nivalis. En su catálogo de monstruos, ese nombre en latín debió sobresalir por sobre los demás.

En lo personal soy escéptico y lo sostengo a partir de los trabajos que se han publicado, demostrando que las inconsistencias y contradicciones acumuladas en el tema. Por otro lado soy partidario de elegir siempre la explicación menos inverosímil (que siempre resulta, a la larga, ser la cierta).

Claro que en los días en que Izzard organizó la expedición del Daily Mail, nada de esto se sabía. Al reconstruir ahora todo el suceso corremos con la ventaja del historiador: conocemos el final del cuento. Lo que nos permite advertir, tal como dijimos antes, el “clima de época” que se vivía en aquellos días y el ingenuo romanticismo que merodeaba en el imaginario del gremio.

 

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde del 9 de noviembre de 1951 cuando, Shipton y su compañero Michael Ward, divisaron las huellas en el glaciar Menlug, a casi 6.000 metros de altura. Ya era tarde y estaban de regreso. Decidieron sacar unas fotos (4 en total), no siendo concientes del terrible despelote que estaban a punto de armar, tanto en el ámbito del montañismo como en el de la antropología.

De golpe, los viejos relatos cobraron vida. Ahí estaba. Una huella clarita. Estampada sobre el hielo.

El “animal” había pasado por ese sitio menos de 24 horas antes, según Shipton.

Entonces, el montañero desenfundó su máquina de fotos y la captó para la posteridad.

 

En realidad tomó dos fotos de la misma huella. Una con el piolet y otra con la bota de Ward, a fin de dar una idea de sus dimensiones

Pero, ¿por qué, si por lo que se observa en el par de fotografías restantes había un largo rastro de improntas, que Shipton dijo haber seguido por casi una milla?

Además, ¿por qué enfocó y recortó tanto la toma de la huella principal (en la que se aprecia claramente el talón, el arco del pie y sus cinco dedos), evitando ver el contexto general en el que la encontró?

Si se compara esa foto con las huellas de la larga cadena que asciende por el glaciar, vemos que no son idénticas. Todas ésas son amorfas y redondeadas. No hay dedos, ni talones tan marcados. Por este motivo muchos suponen que los dedos de la foto principal (la captada en primerísimo primer plano) fueron agregados por Shipton.[31] Sólo un tiempo más tarde, Michael Ward dijo que la foto del sendero no estaba relacionada con los primeros planos de la huella. Que habían sido tomadas por la mañana y que seguramente eran las improntas deformadas por el sol de un cuadrúpedo de la zona.[32]

Claro que, al exponerlas juntas, convoca a ser desconfiado. Por otro lado, en sus libros, Shipton no menciona para nada que los dos conjuntos de huellas sean diferentes. Y si en verdad lo eran, lo omitió.

El propio Edmund Hillary (que era miembro de esa expedición) la atribuyó a una broma. Conclusión a la que también llegó, varios años más tarde, el periodista especializado en alpinismo, Peter Gillman, en un artículo de la revista Sunday Times (1989). En él, Gillman, tras largas entrevistas con personas que había conocido a Shipton, concluyó que el montañero/explorador había sido un “irrespetuoso de la autoridad, un desafiante, inconformista y amargado que bromeó fabricando la huella, que fotografió junto al piolet, pero que la broma se le salió de control. Entonces, (…) no le quedó otra que mantener el mito”.[33]

Y parece que hay antecedentes sobre su espíritu juerguista.

 

“Audrey Salked, una escritora de montañismo, descubrió dos chistes perpetrados por Shipton. Después de la expedición al Everest de 1938, Shipton afirmó que el geólogo del equipo Noel Odell se vio afectado por la falta de oxígeno y trató de comer algunas rocas (pensando que eran sándwiches). Odell le dijo a Salked que era ‘un completo disparate’. (…) Shipton a menudo contaba otra historia sobre cuando encontró el cuerpo de Maurice Wilson (un escalador solitario del Everest) en 1935. Shipton afirmó que encontró un extraño fetiche sexual y ropa de mujer con el cuerpo. El doctor Charles Warren, que encontró el cuerpo con Shipton, le dijo a Salked que la historia era falsa”.[34]

 

Pero supongamos que Gillman se equivoca y que Shipton en verdad es inocente de toda broma. ¿Puede haberse equivocado al identificar al animal que las produjo, generando el efecto cascada que ha durado hasta hoy, entre los mas empecinados creyentes de la existencia del yeti?

La respuesta es sí.

Los osos dejan huellas casi iguales cuando se mueven a cierta velocidad, al superponer la pata trasera en las huellas que dejan las delanteras.[35]

Increíblemente, muchos de los escépticos de mediados de los ’50 tenían razón. Los que no vieron eso es porque no querían verlo.[36]

 

Así pues, The Daily Mail’s Abominable Snowman Expedition, se había inspirado en un más que probable fraude o, eventualmente, en un error de apreciación.

Difícil resultaría encontrar al yeti con esos antecedentes.

Pero, como dice el refrán: “el que busca, encuentra”.

Y el emprendimiento de Izzard no fue la excepción a la regla.

 

 

PARTE 3

PASEANDO POR NEPAL

En todo buen relato de aventuras ―en el fondo el libro de Izzard no deja de ser eso― la tensión dramática es imprescindible. Y cuando de expediciones se trata, el suspenso casi siempre viene dado ―amén de los peligros del camino― por la competencia. En este caso encarnada por una expedición suiza muy interesada también en la búsqueda del yeti.

Por fortuna para el reportero británico y sus amigos, el emprendimientos de los helvéticos quedó a mitad de camino, pudiendo conseguir sin escollos la autorización necesaria otorgada por el gobierno de Nepal, el 14 de noviembre de 1953.

Pero, unos días antes de tan buena noticia, la agencia Reuter anunciaba desde Bombay que una partida de montañeros indios había descubierto, en el monasterio de Pangboche (valle del Imja Khola), una piel de cráneo de yeti que daría de qué hablar por décadas.[37]

Era la primera vez que se hacía referencia a algo semejante y, como de costumbre, el parte periodístico acudía a la “autorizada opinión” de un inglés ―el doctor Evans― para darle verosimilitud al asunto. Por otra parte, el testimonio del jefe de la partida, un tal Russi Ghandy, indicando que los monjes se habían negado a vender la pieza por un una buena cantidad de rupias, indicaba que el objeto tenía para ellos un invaluable valor religioso. Las misteriosas reliquias del abominable hombre de las nieves empezaban a dar su primeros y tímidos pasos en el onírico universo de la criptozoología. Era necesario, pues, asegurarse el aval de un académico que certificara las pruebas materiales que la expedición ―seguramente― traería de Nepal. Dado el desaire sufrido por los especialistas del Zoológico de Londres, Izaard tuvo que conformarse con un médico conocido de Charles Stonor, el profesor Woods Jones, quien se comprometió a realizar dicha tarea. Con la posible cresta de un yeti al alcance de la mano, su opinión sería por demás importante. Tanto como la de aquellas personalidades que, sin participar directamente en la expedición, daban su aliento a la aventura a través de los medios masivos o correspondencia privada (que Izzard siempre se cuidó muy bien de publicar).

J. P. Mills, miembro del Servicio Civil Indio, etnógrafo y antiguo presidente del Real Instituto Antropológico, fue una de esas personalidades.

 

“Los sherpas creen firmemente en el yeti ―escribió―. La mayoría opina que vive en las alturas y no hace más que trasladarse de un campo de caza a otro. Se han visto huellas del yeti (…) pero en ninguna parte hay más (…) que en la región poblada por los sherpas. ¿Quién negará de 10.000 kilómetros cuadrados de terreno fragoso y boscoso pueden encerrar secretos? (…) Ningún antropólogo inteligente rechazará sin pensarlo las creencias de las gentes para quienes la selva es un libro abierto. Los antiguos griegos ya hablaban de los pigmeos del África Central dos mil años antes de que los modernos exploradores europeos los hallaran en el Congo.

“Existen pruebas sobre el yeti más concretas que las opiniones de los hombres de las tribus. En 1915 ―continuaba―, la Sociedad Zoológica fue informada, en una reunión científica, de que había en Sikkim un mono grande, de características desconocidas. Muchas veces se han visto, medido e incluso fotografiadas huellas que dicen los sherpas ser del yeti. (…) Sabemos que recientemente ha llegado un informe de que se ha fotografiado la piel de un cráneo de yeti en un monasterio (…). Es de esperar que la próxima expedición podrá examinar la piel directamente y nos dará sus datos”.[38]

 

Pero no se quedó sólo en dar antecedentes. También se atrevió lanzar una hipótesis en extremo criptozoológica que, como ya sabemos, llega hasta nuestros días:

 

“Todo demuestra que el yeti es un mono muy parecido al hombre, o una especie muy rudimentaria de ser humano. El Asia Central, en los tiempos primitivos, tuvo una especie primigenia de hombres, lo que está probado por la abundante existencia de restos del llamado Hombre de Pekín, y es muy posible que algunos de estos predecesores nuestros moren aún entre la raza enana de ciervos observadas por los viajeros en la zona tibetana del Himalaya Oriental. Estos hombres, sin embargo, nunca han sido científicamente estudiados. No es improbable que un hombre mono, o un mono parecido a un hombre, puedan habitar en el Himalaya. Aún no se ha demostrado si el yeti es un resto de una raza, conservado por la astucia de enemigos naturales y por la inaccesibilidad de sus madrigueras. Si la expedición consigue pruebas a este respecto habremos contribuido al estudio del hombre y de sus ancestros mucho más de lo que pueden describir las palabras”.[39]

 

Iván Sanderson, Charles Stonor, Gerald Russell, incluso Izzard, no estaban solos. La hipótesis (por ellos llamada “teoría”) de que un neandertal ―u homo erectus― andaba escondiéndose en las montañas más altas del planeta estaba enquistada en su visión de las cosas. Y en pos de ella iban a encaminar sus botas, tratando de responder la media página de preguntas que el autor expone en la número 46, previo a autodenominarse “zoodetectives”. Denominación que los coloca, según ellos, muy encima de los semianalfabetos guías aborígenes, a quienes Russell acusa de confundir el yeso (para levantar huellas) con la harina y la levadura utilizada en la dieta.[40] Como dijimos antes, las malas mañas imperialistas no había muerto.

 

Con las autorizaciones necesarias en orden y el apoyo de inspirados creyentes en el yeti, todo parecía estar listo. Pero, para nuestra sorpresa, aún faltaba la cereza del postre: la intervención de un especialista en asuntos preternaturales. Una autoridad en “radioestesia” (sic)[41] que, como era de esperase, el gran amigo de Sanderson ―G. Russell― fue el responsable de incorporar.

El sabio convocado era un tal L. de la Bastide, un charlatán que, péndulo en mano y leyendo sus oscilaciones sobre las fotos de Eric Shipton, dijo poder identificar al autor de las pisadas; afirmando que no se trataba de un individuo aislado sino de una familia entera de yetis (5 machos y 10 hembras) compuesta por “una especie subhumana”.[42]

La influencia “sandersoniana” se resistía a morir, probando también lo extendida que estaba en el ambiente de entonces.

Había que capturar a un yeti vivo. No matar a ninguno. No sedarlos por los peligros que eso acareaba. Debían atraer en lo posible a una cría y para ello, amén de la boleadoras argentina importadas del lejano sur, se aprovisionaron de mamaderas y alimento para niños. Todas las posibilidades estaban abiertas. Incluidas las más ridículas.[43]

 

Es que las ansias por lo desconocido les carcomía el alma. De ahí que, usando esas mismas palabras, el Daily Mail agradeciera públicamente, en un artículo del 5 de diciembre de 1953, enorme curiosidad que la gente había expresado por la expedición.

 

“No hay duda alguna del interés que el riesgo y la aventura siguen despertando en el pueblo británico ― escribieron en el diario―. Desde que el Daily Mail anunció (…) que iba a enviar una expedición al Himalaya a fin de procurar resolver de una vez y para siempre el misterios del abominable hombre de las nieves, nos han llegado de todas partes del reino preguntas ypeticiones de personas que desean unirse a la expedición.

“No es posible enviar  divisiones de fogosos jóvenes de la Gran Bretaña al Nepal, pero agradecemos su animoso espíritu. Diríase que cuanto más urbana y compacta se torna nuestra isla, más poderosamente crece el atractivo de la selva. (…) Las remotas soledades del Nepal todavía permanecen en gran parte inexploradas y no descriptas en los mapas”.[44]

 

Otra vez “el mundo perdido”. La “isla etnográfica” capaz de conservar reliquias humanas, como las que buscaría a principios del siglo XXI el malogrado Jordi Magraner en el Pakistán de las talibanes.

Un universo de posibilidades infinitas se habría ante Izzard y su equipo. Era como embarcarse en un vuelo a otro planeta teniendo la certeza de toparse con una civilización extraterrestre; aunque en este caso, tal como sentenciara un profesor de la Universidad de Cambridge ―un tal A. C. Bouquet― se estaría ante un antropoide subhumano y por esa razón había que “dedicarles consideración y buenas maneras, procurando establecer relaciones amistosas con ellos, por humildes que sean y embrutecidos que estén. Si la expedición descubre un superviviente del tipo del hombre de Chelleau o Neanderthal o incluso un pitecántropo, el principio susodicho tiene más valor que nunca. Repito que esa criatura, sea lo que fuere, debe ser estudiada en su región y no traída a Europa”.[45]

 

Pero por más diplomacia que se les aconsejara desplegar, la bestia que iban a buscar tenía por entonces la fama de no ser lo pacífica y tranquila con que suele ser representada en la actualidad. Era un ser “abominable” y ese adjetivo, por sí mismo, ameritaba andar con cuidado.

Antes de partir, el Daily Mail le pidió a Izzard que escribiera un artículo al respecto. En él, el reportero se cuidó mucho en aclarar que salían a buscar una criatura que los sherpas consideraban “parecida al hombre” y que, lejos de ser una entidad mitológica o legendaria, veían en ella a un animal real y peligroso.

Si bien esto puede ser discutido (de hecho muchos sherpas le atribuyen al yeti propiedades sobrenaturales que lo acercan más a una bestia mítica que a un representante del reino animal), a mediados de la década de los ´50 pareciera que esa veta mística y esotérica no estaba muy extendida en el ambiente criptozoológico. Los más ortodoxos del gremio dominaban la escena. Las cualidades paranormales de los críptidos se harían rogar por un buen tiempo. Sólo cuando las futuras expediciones regresaran ―unas tras otras― exhibiendo sólo fracasos, los teóricos esgrimirían hipótesis cada vez más alambicadas e imposibles (capacidad telepática de los yetis, puertas dimensionales, naves extraterrestres o entidades daimónicas). Pero estamos tratando con un emprendimiento de 1953/54. La primera expedición de todas. Se comprende, pues, el entusiasmo y el optimismo que no sólo el grupo exudaba. El general Sir Kaiser Shamshere Jang Bahadur Rana, por ejemplo, un entendido miembro de la corte nepalesa y activo colaborador del imperio británico, pontificó:

 

“El completo éxito de la última expedición al monte Everest, que coincidió con la coronación de la Reina Isabel II, me hace esperar que el misterio de las pisadas del Himalaya será también resuelto en su reinado”.[46]

 

Al día de hoy el vaticinio del nepalés es discutible. Los creyentes, siguen a espera del homínido reliquia que nadie ha podido encontrar. Los escépticos, creemos tener pruebas suficientes para asegurar que se trata de un oso.

Pero cuando Izzard publicó el artículo mencionado en el diario que le daba de comer, todo el mundo se vio sacudido por la sorpresa. Los Mundos Perdidos podían estar al alcance de la mano y Conan Doyle pasó de novelista a ser el cronista de una verdad oculta.

Las cartas empezaron a llover en la redacción del diario. Desde distintos rincones del planeta llegaban consejos, historias, anécdotas y referencias a otros abominables que deambulaban por lugares inhóspitos. Nueva Zelanda, India, Malasia y Canadá fueron los más prolíficos al respecto. Y aunque no todos coincidían en la peligrosidad de la criatura, siempre estaban latentes los riesgos de toparse con una de ellas.

Algunos hablaban de una bestia de casi tres metros de altura, avistada durante horas por asombrados testigos. Otros hacían referencia a aldeas de campesinos atacadas o saqueadas por yetis de diverso pelaje. Y no faltaron los que juraban ―dando una visión distinta del asunto― haber meditado junto a la criatura, como aseveró un lama tibetano.[47]

Cuanto más lejos, más raro, reza el refrán. Y el Nepal aglutinaba, para los occidentales, más de una rareza.

 

“La razón de que la expedición del Daily Mail haya elegido el distrito sherpa de Sola Khumbu, al nordeste del Nepal, para sus investigaciones ―escribió Izzard en el diario―, se debe a que es allí y en el vecino estado de Sikkim donde existen más datos relativos a esa bestia. (…) No es sorprendente que ningún europeo haya visto un yeti, sea éste lo que fuera. El completo asilamiento político del Nepal hizo que hasta 1950 ningún blanco visitara ese distrito.”[48]

 

Como la Isla de la Calavera ―en la que la ficción cinematográfica ubicaba al gigantesco King Kong, desde 1933―, toda la región, a ojos de los occidentales, parecía estar oculta tras una densa niebla de ignorancia, detrás de la cual todo era posible. De allí que, con la escasa información recabada, los especuladores de turno no tardaran en sugerir diferentes explicaciones sobre la bestia que se estaba a punto de salir a buscar.

El embajador holandés en la India, doctor Christiaan Visser ―veterano de cinco exploraciones en el Himalaya, entre 1925 y 1935―, propuso que las huellas aparecidas en la nieve eran las de un águila gigante.[49] Otros, como ya hemos visto, las de un oso o un mono desconocido. Finalmente, para beneplácito de aquellos que creen aún en la existencia del mapinguarí amazónico, un naturalista y taxidermista llamado Richard  Ford, sugirió que se trataba de un milodonte o perezoso gigante.[50]

El camino a Nepal estaba abierto. Tanto como la imaginación de los expedicionarios.

 

Entre preparativos, trámites y la impaciencia por lanzarse “al campo”, el relato de Izzard consume todo un capítulo de su libro. No faltan en él, por supuesto, las menciones a funcionarios indios famosos en aquellos días (el Primer Ministro Nehru, por ejemplo) o las referencias a los apoyos otorgados por embajadores y reconocidos exploradores. Todo sumaba a la hora de legitimar el proyecto, barnizándolo con un cierto halo de cientificidad. Además, el camino a Katmandú, los inconvenientes, idas y vueltas, así como la solución a todas esas trabas ―componentes ineludibles en relatos de este tipo (lo mismo harán los documentales de TV años después)[51]― consumen innumerables renglones del texto. Sin olvidar de matizar todo con descripciones nuevas y “realistas” de avistamientos de yetis, casi siempre a cargo de Charles Stonor.

Por su parte, Izzard, en su primer informe escrito al diario desde el escenario de la pesquisa, se dedica a exaltar la enorme capacidad de los miembros del grupo, rescatar de nuevo el valor de las fotos de Shipton (recalcando que no son huellas de oso ni de monos) y aclarando de antemano que se las verían con una criatura más ágil y mejor adaptaba al medio que ellos. Es como si ―a sabiendas de que nada iban a encontrar― se atajara antes de empezar a transpirar la camiseta.

 

“Estamos convencidos, y no todos del mismo grado, de que se va a efectuar un nuevo descubrimiento de la mayor importancia para zoólogos y antropólogos. Es indudable que existe un misterio que debe desentrañarse, aunque rebase el límite de nuestro esfuerzo y la extensión de nuestra inteligencia e ingenio. Sería presuntuoso anticipar el éxito, sobre todo en el primer intento, y ha de contarse con que nuestra expedición puede fracasar totalmente. Sin embargo, estamos escribiendo el primer capítulo auténtico sobre el Abominable Hombre de las Nieves, aunque bien puede ser que otros terminen la tarea y completen el trabajo”.[52]

 

Claro que, acto seguido, y para no desalentar al lector desde temprano, le dedica un buen párrafo a las extraordinarias capacidades de sus sherpas, preparados, incluso, para distinguir diversos tipos de yetis, según veremos.

A poco de encaminarse a los gélidos valles nepaleses, el exotismo tampoco estuvo ausente; esta vez encaramado en la descripción que se hace de las “extrañas tribus” que habitaban en esos parajes (no tan inhóspitos como se verá más tarde).

 

A cargo de Charles Stonor sobreviene a continuación un estado de la cuestión referido al conocimiento que, en épocas de la expedición, se tenía sobre el yeti; y es por demás relevante notar lo poco que se avanzó en el expediente en los últimos 65 años.

Más allá de las comprobaciones que veremos ―en la mayoría de los casos consistentes en la refutación de las “pruebas” que Izzard tuvo en consideración a la hora de organizar su proyecto― poco ha cambiado el panorama. Seguimos sin tener evidencias incontrovertibles sobre la existencia de la criatura. Nada nuevo hay bajo el sol, a no ser hipótesis mucho menos plausibles que las esbozadas tempranamente. Las leyendas y los rumores locales siguen siendo hoy (2019) el único sustento en los que apoyar la creencia. Porque de eso se trata el asunto: de puras creencias. En especial si seguimos los lineamientos presentados por los exploradores del Daily Mail, quienes estaban convencidos de poder encontrar una tribu de neandertales, siguiendo los vaticinios de una vidente y su péndulo.

En un último intento por hablar del yeti a partir de testimonios, Stonor e Izzard abren un camino ya transitado que les permitirá mantener sus convicciones en alto a pesar de lo poco (o nada) que se había encontrado hasta entonces. Para ello era preciso seguir remachando sobre las únicas pruebas concretas: los relatos de testigos de primera mano que dicen haber recogido.

 

“Nunca he albergado ninguna sospecha de que mis informadores procuraran decirme lo que yo deseaba oír, ni inventaran un cuento agradable para complacerme. Los que aseguran que han visto u oído al yeti, lo afirman y nada más, y lo que no, también lo dicen sin titubeos”.[53]

 

En lo personal, creo que el solo hecho de referirse a esta cuestión es un claro indicio de que fue lo que efectivamente ocurrió en la mayoría de los casos. El dinero que los sherpas cobraban por día trabajado era un motivo más que suficiente para que cebaran a los europeos con falsas historias de avistamientos; las cuales, al comprarse entre sí, guardan una idéntica estructura (como los relatos de fantasmas). En mi opinión, los guías y porteadores debieron divertirse mucho ante la sorpresa, credulidad e ingenuidad de los extranjeros que los contrataban. Les daban lo que ellos querían. Era una forma sencilla de mantener el trabajo por más días. No les costaba mucho dirigir los pasos de los expedicionarios persiguiendo humo; siendo una táctica muy parecida a la implementada por los aborígenes americanos cuando, ante los españoles ávidos de oro, hablaban de El Dorado, siempre ubicado más allá de las montañas, para quitárselos de encima. Claro que en el caso del yeti el móvil sería otro: conseguir que los “colorados” se mantuvieran por más tiempo en la zona, desembolsando sus libras esterlinas.

Por eso, Stonor repite una y otra vez la idea de que “los sherpas creen en el yeti”, considerándolo algo real y no imaginario. Un animal que llaman con un nombre, teh (sólo teh) y que significaría en la lengua vernácula “lugar rocoso”.

En tal sentido, el yeh-teh sería una clase de teh que tiene como hábitat una “zona con rocas”. Pero los hay de dos tipos, según decían los lugareños.

En primer lugar el dzu-teh. Un ser enorme, de dos  más metros de altura en posición erguida, ausente en la mayoría de los valles del Nepal, pero muy común en la zona del Tíbet. Tendría el hábito de caminar mayormente en cuatro patas y estar caracterizado por tener un pelo largo y rojizo. Los sherpas lo consideraban peligroso para el ganado. De hecho, dzu significa “ganado” en idioma sherpa. Pero Stonor se inclina a identificar a este yeti con los osos del Himalaya, permitiéndose de ese modo dar una explicación plausible al misterio de una región que no explorará, por quedar fuera de la geografía elegida por la expedición.

Pero lo suyo era la intriga y no iba a pinchar el globo de entrada.

Para el Nepal estaba reservado el segundo tipo de yeti; uno que los locales llamaban mih-teh; y éste sí se acomodaba mejor al hombre primitivo que creían podían descubrir. La palabra mih significa, precisamente, “hombre” y las descripciones lo tenían como “el yeti por excelencia”.[54] Una criatura del tamaño de un muchacho de 14 años, cuerpo humano, cubierto de pelo rojizo, de cabeza puntiaguda, bípedo y capaz de emitir un chillido reconocible por todos. Un animal que solía bajar a los valles donde se levantan aldeas, alimentándose de pequeños mamíferos, entre ellos las ratas. Aunque, aclara Stonor, no se esté seguro de que sea ésa la única fuente de energía.[55]

La búsqueda estaba justificada. Y la selección de historias referidas únicamente al mih-teh, también.

 

“Según mi experiencia (que reconozco escasa) ―escribe Stonor― hay poca gente en los poblados más remotos que no haya oído claramente la llamada del yeh-teh durante los meses invernales, y un apreciable número de personas aseguran haber visto al animal una y otra vez”.[56]

 

Respecto de la llamada del yeti, que Stonor dice haber escuchado, él mismo se inclinaba en principio a creer que eran lobos, pero los sherpas le replicaron una y otra vez que no lo eran. Todo indica que lo convencieron. Y lo mismo ocurrió con las consabidas huellas que Stonor encontró en una incursión de reconocimiento.

 

“Eran de un pie menudo, de dedos poco sueltos, y al parecer cubiertos no de calcetines, pero sí de piel. La longitud media de las pisadas era de 25 centímetros, con una anchura máxima de doce, que se reducía a 7, 5 en el talón. Todas estas medidas se tomaron allí mismo. Cerca había huellas de cabras. (…) No puedo precisar si pertenecían a un animal de dos patas. (…) Mis sherpas quedaron desconcertados y convinieron en que las huellas debían ser de un yeti. Era imposible que ningún sherpa anduviera por aquellas desiertas alturas (4.300 metros) durante el invierno, a una jornada de la ladea más cercana. Además, las pisadas parecía corresponder a un pie desnudo y peludo y resultaba demasiado perfiladas en comparación a lo informe de la invariable bota sherpa, ovalada y de cuero blando”.[57]

 

Para ser un tipo de “escasa experiencia” a la hora de identificar yetis, convengamos que las conclusiones que Stonor extrajo del rastro en la nieve son dignas de un Sherlock Holmes. Por su parte, los porteadores sherpas siguieron alimentando la historia relatándole avistamientos realizados a pocos kilómetros de donde estaban. Evasiva, la bestia se movía siempre más allá de la vista del explorador.

 

“Mi opinión es que perseguimos a una bestia completamente desconocida y extremadamente interesante. Encontrarla será distinto. Los informes locales dicen que hay pocos yetis, que son muy huidizos y que evitan el contacto con el hombre. Así, no es difícil de explicar el que no se les vea a menudo. Allende del límite de los árboles hay una vasta extensión de rocas, despeñaderos y pequeñas quebradas que cubre acaso millares de kilómetros. (…) En verano y primavera, pastores afirman ver al yeti bastantes veces. En cualquier caso, en esa época del año la línea de las nieves se retira tanto que hay espacio de sobra para que un animal inteligente eluda el contacto con los seres humanos. He comprobado que hay abundancia de mantenimientos en forma de mamíferos y aves. No parecen existir pruebas fidedignas de que el mih-yeh ataque al ganado”.[58]

 

La confianza en los dichos de los sherpas era absoluta. Las historias se acumulaban. Era posible conocer sus costumbres, dieta, relación con los indígenas y prácticas mágicas que éstos utilizaban para evitar la mala suerte que se generaba cuando se lo observaba frente a frente. Le temían y respetaban. La convivencia funcionaba y, en los relatos locales, el yeti era considerado un animal raro (obvio) pero por completo naturalizado. Tanto que, cuando la noticia de la piel del cráneo de un yeti salió en la prensa, incluso los expedicionarios la tomaron con muy pocas reservas y se fijaron como meta estudiarla in situ o tratar de comprarla para llevarla a Europa.

Stonor fue uno de los primeros en tenerla entre sus manos, no pudiendo –según palabras textuales― identificar en ella los rasgos de ningún animal conocido.[59]

Para cuando todos los miembros de la expedición estuvieron reunidos y lanzados al ruedo (a principios de febrero de 1954), el sesgo con que interpretaron las pistas que “encontraban” estaba contaminado y veían lo que querían y esperaban ver.

La elusividad de la criatura contribuía a la fantasía. Muy convenientemente, el yeti se ponía en fuga cada vez que lo tenían a tiro. Ninguno de los casi 300 sherpas que conformaban el equipo explorador vio nada. Eso sí, en los interminables recorridos que organizaron por espacio de 15 semanas, los indicios de que andaba cerca convocaba a las charlas del final del día. Especialmente los más tradicionales: las huellas. En un entorno que Izzard mismo se encarga de describir como poblado de una considerable variedad de vida silvestre, incluso en invierno y a más de 5.500 metros de altura.[60] Zorros, lobos y otros animales dejaban sus improntas por doquier. Así todo, en varias oportunidades, ellos decían saber cómo identificar las que pertenecían a un bípedo, apoyándose en la experiencia de sus guías y conocimientos previos.

Creían perseguir yetis, pero imaginaban muchas cosas.

Hay un caso bastante emblemático de lo que digo. Dejemos que Izzard lo relate en primera persona.

 

“El glaciar que tenía ante mí me fascinaba. Lo contemplé durante una hora hasta que quedé helado por el cortante viento. Dando un rodeo al regresar (al campamento base), encontré enormes pisadas de una criatura que, saliendo de las rocas, se internaba en la nieve. Las huellas eran recientes, a lo sumo una hora o dos. Si las pisadas hubieran sido hechas por un yeti, su tamaño debía ser enorme y rebasaba todos mis conceptos previos. Confieso que me sentí muy asustado. Seguí las huellas durante corta distancia, según se entrelazaban y alejaban del pie de las colinas cerca del borde del glaciar. Al fin me faltó valor y, deteniéndome sólo para hacer algunas fotos, regresé al campamento en busca de refuerzos. Sólo entonces se me reveló la amarga verdad. Volví a examinar las huellas y, esta vez el más sucinto escrutinio me reveló que procedían directamente del campamento. No pasó mucho antes de que, entre estruendosas carcajadas de los sherpas, averiguara que el autor de las huellas no era otro que el propio Ang Tschering”.[61]

 

La altura, el frío, el viento y la nieve funcionaron como obstáculos invencibles. El cansancio y el deambular sin ton ni son de un valle a otro, terminó agotándolos. Los días transcurrían y la adrenalina inicial tenía que ser alimentada a diario con nuevos supuestos avistamientos de huellas que, a la postre, nunca resultaban ser del todo claras.

En cierta oportunidad se toparon con lo que Gerald Russel identificó como excremento de yeti, a pesar de que no había impronta alguna de la bestia “y sí de leopardos, zorros y lobos, todas ellas en abundancia”.[62]

 

Las descripciones del espacio que recorren se suceden unas tras otras. El libro avanza guiado por la intensión de mostrar y describir las fragosidades de la geografía en la que los expedicionarios se mueven. No hay invenciones, pero sí una marcada dramatización respecto de lo desolado, inhóspito, salvaje y retirado que les resulta el entorno. Tras esta sucesión apabullante de adjetivos, el relato de Izzard pareciera incurrir en una contradicción: las regiones del Nepal donde, según los testigos se observan yetis, no son ni tan inaccesibles ni solitarias como parece.

Además de numerosos animales ―capaces todos de dejar huellas―, los seres humanos ―muy bien adaptados a pisos ecológicos extremos, en principio imposibles para un europeo― también estaban presentes. Chozas de campesinos, pastores, monjes budistas, caminantes solitarios y otros exploradores sin tanta prensa, aparecen y desaparecen de la trama en varias oportunidades.[63]  Todos susceptibles de ser confundidos con yetis, en especial si se tiene en cuenta la mala visibilidad, los efectos de la altura y la mala oxigenación del cerebro, el cansancio y la sugestión.

En pocas palabras, la extendidísima imagen de parajes por completo deshabitados no se condice con la realidad. El fomento de ideas como esas es un recurso clásico en la literatura de aventuras y en los diarios de exploradores. El tópico del lugar virgen se cuela en casi todos ellos y el de Izzard no es la excepción.

¿Huellas humanas? ¿De osos? ¿De lobos o leopardos? Demasiadas opciones plausibles como para caer en hipótesis que nos hablan de homínidos prehistóricos vivitos y coleando por esas regiones apartadas del mundo.

Nada en este asunto es tan inexplicable como parece. Las explicaciones posibles están. Otra cosa en no querer considerarlas.

De todas las historias recogidas en el libro, una en especial refleja el sesgo que los creyentes imprimen en sus improbables interpretaciones. Me estoy refiriendo a la existencia de supuestas auténticas pieles de cráneos perteneciente a yetis, en posesión de varios templos nepaleses. Uno en Pangboche, otro en la localidad de Khumjung.

Anunciado con bombos y platillos por los medios occidentales, Izzard y su grupo puso proa hacia ellos. La novedad no podía hacerse a un lado y, no bien tuvieron la oportunidad, enfocaron todas sus habilidades diplomáticas para tratar conseguir al menos uno y llevarlo a Inglaterra a ser analizado.[64]

 

Pero ante de concretar semejante hazaña, el autor sigue salpicando su relato con más historias de sherpas, aullidos, pelos e improntas en la nieve, reportadas por pastores y leñadores “familiarizados con la criatura”.

Nada es definitivo.

El yeti se les escurre de las manos en cada valle, en cada cañadón. Representa sólo una realidad semántica adornada de palabras extrañas y denominaciones exóticas que acentúan la misteriología. Otra artimaña más que trillada en el gremio. Las situaciones raras requieren de palabras raras.

Por eso, lo que no nos resulta para nada insólito es que Izzard confiese que “ya estaba harto de escaladas”.[65] Y seguramente también de no encontrar nada, al punto de tener que rellenar gran parte del capítulo XI con las experiencias escritas por el Príncipe Pedro de Grecia en el diario Statesman, cuyo ejemplar la expedición recibía por correo en medio de aquel páramo gélido, ¿aislado y lejos de todo?

En su artículo, el miembro de la realeza hacía referencia a tópicos ya clásicos (que de tanto ser repetidos, aburren): rumores sobre el yeti, testimonios de sherpas y a las posibilidades de que el misterio deje de serlo en breve (incluyendo la eventual identificación de la bestia con los osos).

De todos modos, Tom Stobart parte hacia Khumjung en pos de la evidencia definitiva (la piel del cráneo de un yeti), que los monjes del lugar parecían dispuestos a dar “por estar muy necesitados de fondos”.[66]

Pero la historia no termina bien.

El consejo del pueblo temeroso de las maldiciones que podría desencadenar el préstamo de la reliquia, se negó siquiera a que la viera; proponiendo ―eso sí― trasladarla a Londres, con todos los gastos pagos, junto al alcalde de la comunidad como su portador oficial.

Izzard se negó. Sólo entonces un lama, a modo absolutamente personal, decidió darles un pedazo de piel de yeti que él tenía como parte de su colección privada.

Habían conseguido algo.

Pero, ¿qué sabemos actualmente sobre esas únicas evidencias concretas?

Sin dar demasiadas vueltas: que todas son falsas.

Las muestras conseguidas desde 1960 en adelante (pieles, huesos, pelos, heces, etc.), después de ser sometidas a numerosos análisis de ADN, revelaron pertenecer a animales conocidos (diversos tipos de osos, cabras, caballos, incluso perros).[67]

Con relación a una mano de yeti descubierta en el monasterio de Pangboche en 1957 por una expedición posterior a la de Izzard, dirigida por Peter Byrne y de la cual circula una extraordinaria historia respecto de cómo consiguió birlarles a los lamas un dedo de la muestra, la misma resultó ser la extremidad de un simple, conocido y evolucionado… ser humano.[68]

 

 

 PALABRAS FINALES

CON LAS MANOS VACÍAS

Para fines de mayo de 1954, todos los miembros de la expedición del Daily Mail estaban destrozados por el cansancio; especialmente Russell, quien se mostraba demacrado y claramente enfermo.

 

 “Escribí una carta a mi oficina anunciando que teníamos que preparar el regreso ―anunció Izzard―. Habíamos permanecido en los montes un tiempo anormalmente largo para una expedición de gran altura, y las condiciones en que estaba Gerald eran una advertencia de lo que nos esperaba si continuábamos actuando durante mucho tiempo. Habíamos perdido mucho peso y algunos estábamos lamentablemente flacos. A medida que crecía nuestra debilidad, aumentaba el esfuerzo que teníamos que realizar y la empresa se tornaba más formidable”.[69]

 

El glorioso éxito esperado no  había sido alcanzado (como era de esperarse).

 

“La batalla estaba evidentemente perdida y, hablando en términos boxísticos, convenía arrojar la toalla para no padecer un castigo más duro y quizá sufrir un daño permanente. (…) Para mí había terminado la caza del yeti, al menos por aquella temporada”.[70]

 

No obstante, había que justificar los gastos.

 

“De espaldas en la cama pensaba en lo conseguido. Habíamos ganado la primera batalla contra la ignorancia ciega. No habíamos capturado ni visto un yeti, más sí reunido bastantes datos para convencer a una parte de la opinión de que ese animal no es un mito, sino una criatura de carne y hueso cuya localización puede constituir el descubrimiento zoológico del siglo. (…) No teníamos nada de qué avergonzarnos”.[71]

 

De regreso a Katmandú trajeron tres cachorros de lobo que resultaron, a la postre, donados al Zoológico de Londres. Fueron las piezas más extrañas que pudieron conseguir y, aún así, “tan rara era la captura, que durante algún tiempo el parque zoológico se negó a reconocerlos como lobos tibetanos de las nieves y los presentó como lobos indios”.[72]

Así de poca era la confianza que el grupo expedicionario despertaba entre los académicos londinenses.

Ya en Katmandú, fueron amablemente recibidos por las autoridades locales y el primer ministro Koirala, quien ―tras acoger a todo el grupo en su casa― escribió el siguiente mensaje oficial:

 

“La expedición enviada por el Daily mail al Himalaya, y que englobaba hombres de ciencia asistidos por escaladores, llegó al Nepal en enero de 1954, con el propósito de establecer pruebas definitivas de la existencia del misterioso yeti, que se supone vive en regiones Himalayas y subhimalayas. Aunque la expedición, que trabajo diligentemente durante cuatro meses, no pudo ver ni capturar al huidizo yeti, puede afirmarse, sin sombra de duda, que ha realizado una labor exploratoria minuciosa y asentando muchos hechos relativos a las costumbres de dicho animal (…) Aparte la búsqueda del yeti, se ha obtenido una colección de muchos ejemplares de la fauna y flora de la escasamente conocida zona himalaya del este del Nepal”.[73]

 

Por su parte, y desatendiendo cualquier criterio racional, objetivo y lógico, el ya mencionado general Kaiser Shamshere Jang Bahadur Rana, escribió el siguiente mensaje de despedida:

 

“Sírvanse aceptar mis sinceros plácemes por el éxito inicial de la expedición del yeti, que ha probado, sin duda alguna, que el yeti existe y que con un poco más de suerte será posible encontrarlo en el futuro”.[74]

 

¿Que la expedición ha probado, sin duda alguna, que el yeti existe? (sic).

Desconozco qué entendía ese general por “pruebas”, pero lo cierto es que sus palabras (y las del primer ministro) fueron con seguridad el saldo más favorable conseguido en el Nepal. De ellas se agarrarían generaciones futuras de criptozoólogos a la hora de defender la existencia material de la bestia, apoyándose en “testimonios objetivos y oficiales”.

Lo cierto es que debieron conformarse con algunas colecciones de plantas y pequeños animales (especialmente los lobeznos y un gallo de las nieves) y la visualización de liebres, cigüeñas, gansos y patos en migración.[75]

A falta de yetis…

 

Persiguieron suposiciones y regresaron con muchísimas más.

Contrariamente a lo que muchos puedan creer, el fracaso retroalimentó sus creencias. Se excusaron diciendo que “éramos muchos[76]; que eso había redundado en inconvenientes tácticos (incluso corriendo el riesgo de que el yeti los detectara con facilidad, huyendo en consecuencia).

Pero también faltaron a la verdad al afirmar que habían partido animados por un espíritu sincero y dispuesto a obrar con la mayor amplitud de criterio posible.[77] Esa amplitud de la que hablaron nunca existió. Jamás dudaron en la existencia de la criatura. Estaban convencidos al salir y regresaron a Inglaterra con el mismo convencimiento, o al menos así lo hicieron público.[78]

 

Elusivo. Vagabundo. Sin madriguera fija. Así describe al yeti Charles Stonor en un artículo del Daily Mail, publicado al regreso del viaje.

Nada ha cambiado desde entonces. Como si de un fantasma se tratara, el Abominable Hombre de las Nieves sigue siendo tan inasible como al principio, lo que no quita que la industria editorial continúe considerándolo un buen “gancho” o que las agencias de turismo del Nepal y del Tíbet mantengan abierta la puerta del misterio para seguir organizando y enviando expediciones de turistas (¡vaya contradicción!) en pos de sus huellas.

Como ya dijimos arriba, todas las supuestas evidencias recabadas en las últimas seis décadas resultaron erróneas o lisos fraudes. Nada permite argumentar que estemos ante neandertales o cualquier otro homínido primitivo, escondiéndose de nosotros. Sólo la fantasía y la imaginación desatada han permitido que algunos “investigadores” hayan podido reconstruir sus hábitos, conductas, dieta y hasta preferencias sexuales.

La criptozoología, como rama del género fantástico, seguirá insistiendo y alimentando la leyenda; seduciendo a los afiebrados espíritus románticos y recreando en nuestra imaginación (a pesar de todas las evidencias en su contra) la posibilidad futura de toparnos, de casualidad, con la criatura.[79]

 

 

Buenos Aires

Octubre 2019

 

* Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la UNMDP (Argentina).

[1] Véase del autor: Los Portales del Imaginario: diarios, monstruos y extraterrestres, mayo de 2017. Disponible en Web: https://www.monografias.com/docs113/diarios-monstruos-extraterrestres/diarios-monstruos-extraterrestres.shtml

[2] Véase: Izzard, Ralph, El Abominable Hombre de las Nieves. Expedición inglesa tras las huellas del “Yeti”, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1956, Pág. 17

[3] Ibídem, Pág. 17.

[4] Ibídem, Pág. 18.

[5] Ibídem, Pág.19.

[6] Véase: Aliata, F. Y Silvestri, G., El Paisaje en el Arte y en las Ciencias, CEAL, Bs As, 1994.

[7] Véase: Cirlot, Juan Eduardo, Diccionario de Símbolos, Ed. Labor, Barcelona, 1981.

[8] Véase: Sonnier, George, La Montaña y el Hombre, Editorial R.M., Barcelona, 1977, Pág. 262.

[9] Izzard, Ralph, op.cit, Pág. 11.

[10] Ibídem, Pág. 11-12

[11] Ibídem, Pág.12.

[12] Ibídem, Pág. 13.

[13] Ibídem, Pág.13.

[14] Ibídem, Pág. 21.

[15] Es interesante cómo sin saber nada del animal en cuestión conocen sus intensiones.

[16] Izzard, op.cit., Pág.21

[17] Véase: Bajo el pseudónimo de Nicholas Blake. Disponible en Web: https://classicmystery.blog/2011/01/18/the-case-of-the-abominable-snowman-by-nicholas-blake/

[18] Izzard, op.cit., Pág.24.

[19] Ibídem, Pág. 29

[20] Véase. Coleman, Loren, A la caza del Buru, publicado 15/11/2010. disponible en Web: https://cryptomundo.com/cryptozoo-news/miller-buru/

[21] Izzard, op.cit., Pág.30

[22] Ibídem, pp. 30-32.

[23] Ibídem, Pág. 32.

[24] Ibídem, Pág. 47.

[25] Véase del autor: Criptozoología: el Hombre de Hielo de Minnesota y la búsqueda de Jordi Magraner. Disponible en Web: https://www.monografias.com/docs110/criptozoologia-hombre-hielo-minnesota-y-busqueda-jordi-magraner/criptozoologia-hombre-hielo-minnesota-y-busqueda-jordi-magraner.shtml

[26] Izzard, op.cit., Pág. 34.

[27] Véase filmaciones de la premier en: https://www.youtube.com/watch?v=WAT8dTI-FD0

[28] Izzard, op.cit., pág. 38.

[29] Véase: Horrell, Mark,Cómo el capricho de Eric Shipton dio forma a la historia del Everest, septiembre 2012. disponible en Web: https://www.markhorrell.com/blog/2012/how-the-whim-of-eric-shipton-shaped-the-history-of-everest/

[30] Véase: Noticia sobre la subasta de las fotos. Disponible en Web: https://computerhoy.com/noticias/imagen-sonido/christie-subasta-miticas-fotos-huellas-del-yeti-4000eu-17807 y en https://www.christies.com/sales/out-of-the-ordinary-london-september-2014/. Asimismo véase en Marcianitos Verdes. Disponible en Web: http://marcianitosverdes.haaan.com/2014/09/subastan-las-fotos-de-las-huellas-del-yeti/

[31] Véase: Watson, Cory, La más famosa huella del yeti, 2008. disponible en Web: https://scienceblogs.com/tetrapodzoology/2008/06/16/most-famous-yeti-track

[32] Véase: Hassall, Peter, Hace 50 años este mes, noviembre 2001. Disponible en Web: http://www.bigfootencounters.com/articles/50yearsago.htm

[33] Véase el excelente artículo escrito por Peter Gillman en 2001, Las Huellas del yeti. Disponible en Web: https://www.alpinejournal.org.uk/Contents/Contents_2001_files/AJ%202001%20141-151%20Gillman%20Yeti.pdf y Coleman, Loren, Una breve historia de las fotografías de las huellas del hombre de las nieves tomadas por Shipton, 2012. Disponible en Web: http://www.cryptozoonews.com/shipton-cast/

[34] Hassal, Peter, op.cit.

[35] Véase una excelente explicación de las huellas de Shipton en el siguiente recorte documental, extraído de una de las mejores series de TV que se han filmado sobre el tema. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=5TqVi6F8MZo

[36] Véase: Noik, Sherry, Dicen que el abominable hombre de las nieves es sólo un oso, 2017. Disponible en Web: https://www.cbc.ca/news/technology/yeti-dna-tested-1.4417918

[37] Véase el parte de Reuter: Izzard, op.cit., pp. 41-21

[38] Ibídem, pág. 45.

[39] Ibídem, pág. 46.

[40] Ibídem, pág. 47.

[41] Ibídem, pág. 48.

[42] Ibídem, pág. 49.

[43] Ibídem, pág. 50.

[44] Ibídem, pp. 51, 52.

[45] Véase transcripción de la carta enviada a Izzard por el mencionado académico, ibídem, pág. 54

[46] Ibídem, pág. 58.

[47] Ibídem, pág. 64.

[48] Ibídem, pág. 56.

[49] Ibídem, pág. 66.

[50] Véase: Ibídem, pág. 67. Asimismo, del autor, léase: El mapinguarí. Historia de una leyenda adaptable, La Razón histórica: revista hispanoamericana de historia de las ideas políticas y sociales, ISSN-e 1989-2659, Nº. 42, 2019 (Ejemplar dedicado a: Ser Humano), págs. 89-130

[51] Véase del autor: Documentando Monstruos: la televisión, los documentales criptozoológicos y la construcción del imaginario. Disponible en Web: https://www.academia.edu/40400560/DOCUMENTANDO_MONSTRUOS_La_televisi%C3%B3n_los_documentales_criptozool%C3%B3gicos_y_la_construcci%C3%B3n_del_imaginario

[52] Izzard, op.cit. pp.79-80.

[53] Ibídem, pág. 91.

[54] Ibídem, pág. 91.

[55] Ibídem, pág. 92.

[56] Ibídem, pág. 93.

[57] Ibídem, pág. 94.

[58] Ibídem, pág. 95.

[59] Ibídem, pág. 103.

[60] Ibídem, pág. 113.

[61] Ibídem, pág. 128.

[62] Ibídem, pág. 130.

[63] Ibídem, pág.130.

[64] Ibídem, pág. 135.

[65] Ibídem, pág. 131.

[66] Ibídem, pág. 158.

[67] Noik, S., op.cit. Disponible en Web: https://www.cbc.ca/news/technology/yeti-dna-tested-1.4417918. Asimismo véase los resultados del análisis realizado por el doctor Bryan Skyes en el siguiente link (2017). Disponible en Web: http://www.cryptozoonews.com/czist-2013-sykes/

[68] Véase: BBC (2011), Resuelven el misterio del dedo del yeti. Disponible en Web: https://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2011/12/111227_ultnot_dedo_yeti. Asimismo véae: Jolly, Joanna, La mano del yeti regresa al Everest (2011). Disponible en Web: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2011/04/110428_nepal_yeti_huesos_cch

[69] Izzard, op.cit., pág.183

[70] Ibídem, pág. 184.

[71] Ibídem, pág. 185,186.

[72] Ibídem, pág. 189.

[73] Ibídem, pág. 195-196.

[74] Ibídem, pág. 196.

[75] Véase el hilarante artículo consuelo escrito por Ton Stobart en el Daily Mail el 9 de julio de 1954. Izzard, op.cit. pág. 201-202,

[76] Ibídem, pág. 200.

[77] Ibídem, pág. 204.

[78] En cuanto al material fílmico relacionado con la expedición, sólo pude encontrar en Web un corto publicitario filmado en dependencias del Daily Mail. Véase en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=kiNf3lbsj_g

[79] Ahora bien: si usted desea experimentar la adrenalínica experiencia de buscar a un yeti, manteniendo el clima de época de la expedición del Daily Mail, le recomiendo que vea los siguientes dos filmes de horror: The Snow Creature (1954). Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=mlKnq-3ICYs. Y la famosa The Abominable Snowman de la británica Hammer Production. Disponible en Web: https://www.youtube.com/channel/UCrteViE-F6Lh6j2-PzsXZqA

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