Optimus (el poder de los libros)

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                                                            Óptimus (El poder de los libros)

        Óptimus es un curiosos personaje que nos cuenta cómo los libros le revelaron en su infancia algo caótico y demencial.

De los primeros años de mi vida recuerdo la enfermedad. Estaba terriblemente enfermo. Aunque si soy sincero, debo decir que lo que más me afligía era la soledad que se desprendía de ello. No podía salir de casa, y nadie podía entrar. Mi única conexión con el mundo exterior eran las ventanas de mi habitación. Tras ellas, observaba con envidia a los niños que brotaban tras las copiosas nevadas, y realizaban muñecos que terminaban convertidos en hielo. Mi madre solía tranquilizarme con valientes historias de grandes guerreros que acababan encerrados en sucias mazmorras. Nunca desesperaban, por muy mal que se pusieran las cosas. Simplemente se preparaban para el glorioso día de la libertad. Sin embargo, aquellas narraciones sólo me satisfacían durante el tiempo en que eran relatadas.

Con el tiempo aprendí a leer. Y fue lo mejor que pudo sucederme. Si para cualquier persona la lectura sirve de escapatoria, a mí me condujo a la salvación. Por fin podía ocupar mis horas en algo que no fuesen aquellos aburridos y escasos juguetes que tenía en mi haber. Mi madre nunca me permitió poseer otra cosa que no fuesen marionetas: “¿Para qué una cometa si no puedes hacerla volar?” -decía- “¿Para qué trenes mecánicos, patines, o peonzas que lastimen tus pies?” Hasta los libros que entraban en casa eran sometidos a un riguroso ritual de esterilización. Fue así como la lectura, que empezó como un juego de distracción, acabó siendo una verdadera necesidad. Los libros llegaron a ser todo mi mundo. Gracias a ellos, pude rodearme de amigos ficticios que salían de las páginas y tiraban de mi manga para que les acompañase en la aventura narrada. Es por ello que llegué a asumir una infinidad de personalidades: ahora era un hombre, ahora una mujer. Luego pequeño, después grande.

Como era de esperarse, los libros infantiles fueron dando paso a otros más profundos. Más acordes con la edad que me empezaba a acompañar. Estos me enseñaron a investigar, a querer ir más allá de lo que aparecía a simple vista; a diseccionar los lugares, a mirarlos con lupa como haría Sherlock Holmes. Siguiendo sus reglas me topé con el pasadizo secreto de la habitación de mi madre. Jamás habría imaginado que algo así llegara a existir. Como sucedía en las novelas de misterio, al presionar un objeto junto a la chimenea se abrió un pasaje. Lo atravesé. La supuesta tienda donde mi madre compraba los libros se presentó ante mí, en la forma de una enorme y vieja biblioteca. ¿Por qué me lo habría ocultado? No tardé en descubrirlo. 

Un día, los seres imaginarios me susurraron al oído un secreto inconfesable. Me hablaron de una realidad que yo no había sabido ver. Fue fácil, porque los libros me servían de espejo. Había desarrollado la habilidad de mirarme a través de los ojos de los personajes, y a ver lo diferente que era de ellos, que aunque eran seres imaginarios estaban completos. Lo que no se podía decir de mí. La prueba definitiva me la dio un personaje al que le entusiasmaba la lectura. Él explicaba con estas palabras lo que le sucedía al leer: “Mi corazón se acelera tanto que sir to que va a estallar. Creo estar allí, donde me llevan las palabras, siento el viento sobre mi piel, saboreo los alimentos, huelo los olores…” Aquellas frases resultaron reveladoras. Sobre todo en lo que tenía que ver con el corazón. El mío no se aceleraba al leer, por muy intensos que fuesen los relatos. En mí sucedían otras impresiones.

Un día, al terminar de leer una de esas frases que acercan a la nariz el delicioso aroma de una suculenta sopa, decidí que había llegado el momento de plantarle cara a la verdad.

-¿Qué hay para comer? -Pregunté a mi madre.

-No te conviene comer hoy -fue la respuesta.

Torcí el gesto.

-¿Por qué?

-Porque te sentará mal, hijo. Parece mentira que no lo sepas.

Cerré los ojos y sonreí ligeramente.

-¿Y no te parece raro que no coma, mamá?

-¿Raro? Estás enfermo, hijo. Nada en ti es raro.

-¿Enfermo? -repliqué- No te ofendas, mamá, pero hace tiempo que sé que no estoy enfermo.

Mi madre abrió los ojos al máximo.

-¿Cómo?

-Sí, me lo han dicho los libros una infinidad de veces.

Ella parpadeó, incrédula.

-Que los libros te han dicho, ¿qué?

Dudé un instante. No deseaba causarle daño con mis palabras, pero tampoco podía callármelas.

-Que te has inventado mi enfermedad, porque no quieres ver la verdad.

-No digas tonterías, Optimus, estás enfermo. Cualquier contacto con el aire de la calle sería letal.

Dejé escapar un largo suspiro.

-Nunca he presentado síntomas, mamá. Según los libros, cuando alguien está enfermo se siente mal; y hace mucho que dejé de sentirme mal.

-¿Cómo que no tienes síntomas? -puso delante de mí un espejo-. ¿Y qué me dices de esas ojeras, de la palidez de tu piel, de tu extrema delgadez? ¡Si hasta te cuesta respirar! ¿Te parecen pocos estos síntomas?

Negué con la cabeza.

-No, mamá. Todos esos síntomas son normales en mi estado, en nuestro estado. Mírame bien, mamá. Mírate. Estamos muertos…

Comentarios

  1. Mabel

    9 octubre, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo Bianca y mi voto desde Andalucía

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