Rayuela y sus amigos (Histeria colectiva)

Escrito por
| 9 | 1 Comentario

                                              Rayuela y sus amigos   (Histeria colectiva)

 

Rayuela era el lapicero de un niño de 8 años llamado Hugo. Juntos, habían conocido el secreto de las letras y de los números, habían escrito curiosas historias y habían aprendido a restar y a sumar… Y a dibujar. Desde que se conocieron Rayuela supo que formarían un gran equipo.

Una tarde, llegó un nuevo objeto al escritorio de Hugo. Se trataba de un estuche transparente con un extraño instrumento en su interior. Era un utensilio fino y alargado, como un lápiz, pero sin serlo. Todo el mundo se acercó al desconocido. ¿Quién sería? Después de observar por unos instantes, Viruta, el sacapuntas, se dirigió a Rayuela con  guasa.

-¡Vaya! Parece un pariente lejano tuyo, tío, je-je-je.

Rayuela torció el gesto. El sacapuntas carraspeó y de su boca salieron pequeñas virutas que habían quedado atascadas. Al instante, ambos notaron que blandita, la goma de borrar, se había echado a temblar. Se agitaba tanto que parecían estar viendo a tres o cuatro blanditas.

-¿Qué ocurre, blandi? –preguntó Rayuela. Ella señaló al objeto.

-E…eso es un bolígrafo –anunció.

-¿Boli-qué? –respondieron a una los demás objetos.

-¡Un bolígrafo os digo! -casi gritó, aterrada. Sus dientes chocaban unos contra otros-. Es nuestro fin… ¡Nuestro fin!!!!!!!

El sacapuntas puso sus ojos en blanco y meneó la cabeza.

-Ya está con sus miedos –suspiró.

Blandita le miró, muy seria.

-Tengo miedo, sí, y si supieras porqué, tú también lo tendrías –entonces empezó a caminar de un lado a otro, con las manos puestas en la cabeza- ¡Madre mía! ¡Madre mía! Tarde o temprano tenía que pasar… Si no podíamos salvarnos… tarde o temprano esto iba a ocurrir…

Blandita estaba tan alterada que Rayuela tuvo que intervenir.

-Calma, Blandita, si no te tranquilizas no podremos entenderte.

Blandita se detuvo. Luego extendió las manos hacia el objeto en cuestión, con evidente énfasis.

-¡Ése… es un instrumento para escribir! Un objeto de última generación que sustituirá a muchos de nosotros –La goma enrojeció por el esfuerzo de hacerse entender. Viruta miró de reojo a Rayuela. Rayuela tragó saliva.

En ese momento Hugo entró con un amigo en la habitación. Los objetos se dejaron caer sobre el escritorio, inertes. La mano de Hugo pasó por encima de los objetos hasta llegar al estuche nuevo.

-¡Fíjate, Sergio! ¿A que es genial?

Sergio contempló el bolígrafo que sostenía su amigo, con los ojos muy abiertos.

-¡Guau! Yo quiero uno así.

Hugo sonrió.

-Mis padres me lo han regalado porque apenas escribo con faltas de ortografía. Dicen que ya puedo usar los bolígrafos. Han prometido comprarme de otros colores, pero por ahora tengo que conformarme con el azul. Venga, vamos abajo a probarlo mientras merendamos.

La puerta se cerró con fuerza cuando los niños abandonaron la habitación.

-¿Qué os había dicho? –Se levantó Blandita-. ¡¡¡¡Ese instrumento es nuestra ruina!!!!! Si a partir de ahora Hugo usa el bolígrafo, ¿qué pasará con Rayuela?… Si Rayuela ya no sirve, ¿qué pasará con Viruta? Porque los bolígrafos no necesitan de los sacapuntas… ¡¡¡¡ni de las gomas!!!!

-Tranquila, blandita –intervino un cuaderno-. No será para tanto.

Blandita se giró hacia él, colocó sus brazos sobre las caderas y frunció el ceño.

-Claro, a ti no te preocupa, ¿verdad? Tú siempre estarás ahí, escriba quien escriba. A ti…

-¡Basta, blandita! –intervino Rayuela-. A ver, ¿tú dónde has oído hablar de los bolígrafos?

Blandita permaneció en silencio, con los labios apretados con fuerza.

-Blandita no te enfades… Por favor, ahora no… –rogó Rayuela.

Pero la goma se cruzó de brazos sin decir palabra y se alejó. Rayuela se rindió. De sobra sabía que no conseguiría sacar una palabra a Blandita hasta que no se le hubiese pasado el enfado. Cosa que ocurrió media hora después, cuando el nuevo objeto ya había regresado en las manos de Hugo, y había sido puesto en su caja, sobre el escritorio. Fue entonces cuando Blandita les contó que el bolígrafo estaba hecho de tinta, que no precisaba de goma pues era perpetuo, imborrable. Y que si se gastaba se podía recargar. Lo que significaba que los servicios del sacapuntas también serían inútiles con un tipo como aquel. Los objetos de Hugo empezaron a mirar al bolígrafo con hostilidad, a cuchichear unos con otros y a observarlo de reojo. El bolígrafo, por su parte, se mantenía inmóvil en el estuche, mirando a unos y a otros, y sin poder oír lo que decían de él. Esperó en vano a que alguien le diese la bienvenida.

Al día siguiente Hugo arregló su cartera, como de costumbre. Metió los libros, los cuadernos, los folios, el compás… La noche anterior había guardado el bolígrafo y este permanecía en el fondo. Sin embargo, Rayuela, Viruta y Blanquita se quedaron sobre la esquina del escritorio. Hugo salió precipitado pues llegaba tarde.

-¡Lo veis!, ¡lo veis! –Se oyó a blandita-. ¡Nos abandona! Ya no nos necesita. ¡No significamos nada para él!

Rayuela se incorporó y comenzó a andar, nervioso, de un sitio a otro.

-Tenías razón, blandita… Este es el fin… Siempre imaginé que sería exprimido sin piedad hasta el final, no sustituido por alguien más… más… -se encogió de hombros-. ¿Interesante?

-De eso nada. –Objetó Viruta, alzando la cabeza con orgullo- Ese tipo no es más interesante que cualquiera de nosotros.

Blandita, en cambio, soltó un suspiro de resignación. Durante el resto del día, los objetos abandonados por Hugo estuvieron de duelo: Blandita se había vuelto gelatinosa, y cuando andaba iba dejando un reguero de pelotillas negras; Viruta estaba tan deprimido que si alguien hubiese querido utilizar su cuchilla esta habría patinado; la punta de Rayuela se había derretido hasta el punto de no poder hacerse un solo trazo con él.

Al final del día, Hugo, el traidor, apareció. Se acercó al escritorio y cogió a los tres descorazonados objetos. Los llevó en volandas y se detuvo encima de la papelera. Los tres contuvieron la respiración… Pero, para sorpresa de todos, sostuvo a Viruta con dos dedos y comenzó a sacar punta a Rayuela, mientras Bandita seguía cobijada en su puño. El niño se sentó en la cama y tomó el cuaderno de su cartera. Luego comenzó a trazar lo que parecía un paisaje. En ese momento su madre entró en la habitación y él se asustó, provocando que se le fuera la mano. Tomó a Blandita y borró la raya equivocada.

-¿Estás haciendo los deberes, Hugo? –Preguntó su madre. El niño alzó la vista.

-Sí, mamá, olvidé llevarme esto al colegio -abrió su mano y ahí estaban los tres objetos-, y la profesora nos ha mandado un dibujo a lápiz que luego debo colorear.

Su madre sonrió.

-Está bien, hijo, pero ¿qué te parece si bajas a merendar un poco y luego continúas? Hugo asintió con la cabeza. Cuando el niño salió del cuarto los objetos respiraron aliviados. La preocupación había sido inútil. Seguían siendo igual de valiosos que antes. Rayuela sacó al bolígrafo del estuche y todos le dieron la bienvenida. A partir de ese día el bolígrafo formó parte del equipo.

Comentarios

  1. Mabel

    9 octubre, 2019

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas