Sala de espera

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Anoche apenas pude cerrar los ojos. Bueno, es un decir, porque nunca los cierro.

La dama de la blusa verde pasó toda la noche tosiendo y yo preocupada porque no vomitara sangre. Llevo tantos meses aquí entre los enfermos y todavía no me acostumbro a la sangre.

La sala de espera es pequeña, con asientos incómodos, pegados uno del otro y solo hay un televisor encadenado a la pared para entretener los pacientes y que nunca se calla y los somete al mismo programa de todos los días.

El caballero de la camisa roja lleva esperando unas cuantas horas para ser atendido. El pobre llegó ayer, como a las tres de la tarde y aún no ha recibido atención médica de ninguna clase. No médico, no enfermeras, nadie lo ha venido a ver. Todos lo miran y siguen de largo. Si pudiera, me gustaría conseguirle de comer porque ni agua le han ofrecido.

En la sala de espera hace frío. Muchos de estos pobres pacientes no han traído nada para abrigarse. Tosen toda la noche y ni se cubren la boca al toser. Lanzan sus gérmenes por toda la sala y los que están a su lado salen peor que cuando llegaron. A mí no me preocupan los gérmenes. A mí ya no me hacen daño.

El mal olor es insoportable. Se comienza a sentir desde temprano, a eso de la hora en que los pacientes que trajeron sus desayunos los comienzan a abrir para comérselos. Apesta a lugar cerrado y es una mezcla que procede de los baños, desinfectantes, y desechos humanos, como vómitos y sangre. También hay en el aire compuestos orgánicos volátiles que vienen de la pintura vieja y descascarada, alfombras sucias, de lo que traen de la calle en la suela de los zapatos, y lo peor de todo, de personas que se ejercitan temprano, se accidentan y llegan a la sala de espera sin bañarse. La peste que da es terrible y por eso nadie se dio cuenta.

Los oficiales de seguridad, las recepcionistas, las enfermeras, los médicos y demás personal, hacen todo lo que pueden. Se desviven por dar el mejor servicio posible y demuestran gran sensibilidad y vocación hacia lo que hacen a pesar de los insultos inmerecidos que reciben. Muchos de ellos llevan casi toda una vida trabajando largas horas en las noches, muchas veces estresantes y angustiosas, hasta la madrugada. Por eso a veces me les aparezco, solo por hacerles compañía. A principio se asustaban pero ya no me tienen miedo.

Cuando llegué aquí, esperé a que me atendieran por varios días y nunca llegó nadie. No médico, no enfermeras, nadie. Para protegerme del frio me metí en uno de los armarios y me quedé dormida. Como nadie se molestó en registrarme cuando llegué, todavía estoy allí desde hace catorce meses. Todavía no han encontrado mi cadaver.

Comentarios

  1. Mabel

    14 octubre, 2019

    ¡Excelente! Un abrazo José Rubén y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    14 octubre, 2019

    Qué triste y real relato. Desgraciadamente es lo que sucede en todas las emergencia y quien
    no iba a morir, muere.

    Saludos y mi voto, José Rubén.

    Estela

  3. Gian

    15 octubre, 2019

    Es tan cierto el relato que me da escalofríos. Excelente final.

    Saludos y mi voto.

    GIan.

  4. ZacaTena

    16 octubre, 2019

    Qué fiel reflejo de la realidad de las urgencias. Enhorabuena. Mi voto

  5. Sosias

    17 octubre, 2019

    Es terrible.

    Da escalofríos pensar que podemos llegar a ello en un abrir y cerrar de ojos.

    Saludos y mi voto.

  6. gonzalez

    25 octubre, 2019

    Me gustó mucho, Gian. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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