La Catrina del suprarrealista

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«A 106 años de la muerte de Guadalupe Posada, el grabador cuya Calaca yace en la fosa común, y de quien los fifis hacen alarde mercadológico con festivas celebraciones de muertos, mientras la Catrina espera su redención».

 

ICONO DE LOS MEXICANOS. En su momento, Carlos Monsiváis describió la personalidad de Posada al hacer el elogio del artista que logró rescatar del “limbo de la historia” a los pelados de barriada, los que, durante el siglo XIX, nunca aparecieron como realidad visible en las manifestaciones plásticas o periodísticas de la nación mexicana. Si acaso, nos dijo Monsiváis en vida, aparecía el rostro de los mexicanos de manera heroica –-cual héroe homérico— un verdadero estereotipo de almanaque, como los que produjo Saturnino Herrán es sus pinturas, y también el escultor Contreras, paisanos ambos de Posada, acerca de los mestizos de México.

Y es que Posada, al estar en contacto con la Plebe desde la penumbra de su “zaguán-taller”, desde su infancia cuando estudiaba con su hermano Cirilo, el maestro rural, pudo reconocer el verdadero rostro del “horror” de aquella raza marginada, harapienta y acinada en las vecindades de las dos ciudades (AGS y CDMX).

Esas fachas de los pepenadores, los albañiles, los cargadores y sus mujeres, las garbanceras, a las que veía y trataba en la visita cotidiana a la pulquería –oasis citadino del brebaje infernal de la existencia— en donde la imaginería exaltada por los “caldos” hacía aparecer sus grabados delirantes: monstruos de metamorfosis, demonios del inframundo que reflejaban “cual caja fotográfica surrealista” las escenas y los rostros de una realidad infrahumana: la nota roja truculenta; las caricaturas de sátiros y políticos con manifestaciones religiosas de exaltación extática, lo mismo que visiones costumbristas horripilantes.

Por eso Monsiváis señaló: “la monstruosidad de las escenas de Posada es equiparable a los monstruos humanos de la metamorfosis kafkiana, sólo que ese surrealismo autocrítico de Kafka, es superado por el suprarrealismo de Posada al acuñar el rostro de la plebe, cambiando el “horror” surrealista por el “humor” suprarrealista. Posada es el registro notable de la conciencia colectiva de un vulgo bastardo despreciado por los fifis gobernantes, que lo hace identificarse de pronto ante sus imágenes, obteniendo así la Plebe una visión inesperada de su existencia:

“No importa cómo me vean, el caso es que yo aparezco”. –-Proclama genial del pueblo a la creatividad de su retratista.

Así es como el caricaturista EL FISGON nos describió a un Posada más humano que transita entre lo pueblerino y lo citadino y que, aún siendo un decadente liberal porfirista, no tuvo tiempo de reflexionar “ideológicamente” para identificar la dictadura de Díaz y combatirla políticamente; ya que más bien se refugió en su prolija imaginería convirtiéndose en un productor de piezas litográficas, que ilustra lo mismo una oración que una indulgencia o jaculatoria; que muestra convites profanos o celebraciones callejeras o patios de vecindades; o hace viñetas para vender perniles de carnero; o ilustra libros, revistas y recetarios de cocina con sus respectivos remedios caseros al mejor postor.

Su obra cumbre La Catrina, originalmente la Garbancera, se convirtió en un “cartón” mercadotécnico, un ícono consumible: la Big Coke –-especie de visión popular de La Catrina— que nos clava subliminalmente en el consumismo.

Y es a esa Catrina y a su autor a los que toma Diego Rivera de la mano, cual divisa guardiana de su sincretismo histórico, y los plasma en el mural preciosista de “Un domingo en la Alameda”, del derruido Hotel del Prado, mural que hoy puede admirarse en el Museo del Virreinato, muy cerca de la Alameda de la CDMX.

Es también Diego Rivera quien hace el inventario de los 15 mil trabajos del prolijo Posada y el encargado de difundir esa maravillosa obra artesanal, situando a su imagen maestra, La Catrina, en el centro del aparador de la plástica universal.

Posada es la muerte que se volvió calavera, que pelea, se emborracha, canta y baila. Todas sus calaveras desde los gatos y garbanceras, incluyendo a Don Porfirio, a Zapata y a Madero, pasando por rancheros, artesanos, malandrines y catrines que desfilan cual cautivos frente a la inexorable muerte.

A los 20 años, Posada manejaba magistralmente el arte litográfico y se hizo famoso al través de sus ilustraciones en EL JICOTE. La edición completa era vendida en unas horas, debido a la popularidad de sus dibujos y caricaturas: verdaderos retratos hablados de los hombres públicos de Aguascalientes.

El ánimo subversivo del artista se reflejaba al dibujar con realismo sorprendente escenas terribles de nota roja y truculencias humanas: crímenes de hacendados, de malandrines de toda ralea; campesinos descuartizados por los rurales de la guardia nacional porfirista, incluyendo a los 41 maricones, compinches del yerno ídem del dictador Díaz, ridiculizados y expuestos al escarnio público.

Es así como la grandeza de un artista genial, transcurre de principio a fin en la más modesta, contenida y, a veces, miserable existencia: línea paralela de creatividad fecunda al servicio de su pueblo para el que rescató el rostro incontrovertible y universal de lo mexicano.

Colofón: Hoy yace, todavía, el inmortal Posada –pese a toda propaganda oficialista– en la fosa común del Panteón de Dolores, donde se encuentra también la Rotonda de los Ilustres.

 

CORTEX

Comentarios

  1. Esruza

    8 noviembre, 2019

    Así suele pasar: «No están todos los que son, ni son todos los que están»

    Saludos y mi voto

    Stella

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