Los iconoclastas hastiados

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Como perros rabiosos, iconoclastas hastiados, nos lanzamos a devorar, saborear quizá, nuestra particular perdición en los cuerpos de las damas de la noche.

Nos lanzamos a quemarnos y devorarnos en sacrificio a nosotros mismos: el holocausto nos sabe a poco y volver atrás es un lujo que ya no podemos permitirnos.

La sensación de que están tan cerca de nosotros tanto los cielos como el fango; tan cerca que llegamos a acariciarlos con nuestra espiración (gemido).

Esa extraña dulce sensación de que mordiendo las manos que ayer nos daban de comer nos hemos liberado: orgullo sacrílego de los descencientes de Prometeo desencadenado.

El único consuelo que nos queda es saber que la sangre de nuestras almas no será alimento para los murciélagos del Hades; que seremos nosotros —y sólo nosotros— quienes la degustaremos.

Comentarios

  1. Vecca

    29 noviembre, 2019

    El poema exhibe una intensidad cruda como la pintura que elegiste de Pollock. Genio como pocos.
    Te felicito. Va mi voto.

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