“Mira que eres linda,
¡Qué preciosa eres!.
Verdad que en mi vida
no he visto muñeca
más linda que tú”.
Así, con esta cautivadora melodía y en palabras de Antonio Machín, se le acercó mi abuelo a mi abuela para sacarla a bailar en aquellos años de una devastada y mísera España de posguerra. Cuando lo que se llevaba era el agarrado y el vestido y el par de zapatos nuevos se sacaban a la calle solamente en domingo. Y ella, haciéndose la interesante, le iba contestando con un “quizás, quizás, quizás”, como más tarde cantaría Nat King Cole. Pero nunca fue mi abuelo hombre que aceptara que le dieran largas fácilmente. Así que pasito a pasito y canción a canción se fue camelando a mi abuela con frases inolvidables del maestro Machín, como aquellas de “toda una vida, me estaría contigo. No me importa en qué forma, ni donde ni cómo, pero junto a ti”. Y en verdad que él no desistía en su propósito. Hasta se apostaba debajo de su ventana para cantarle el “suave que me estás matando que estás acabando con mi juventud. Eres como una espinita que se me ha clavado en el corazón”, como lo hicieran Los Panchos, suplicando por su amor.
Al final, ella cayó rendida a sus encantos y a su tenaz persistencia, todo hay que decirlo, ante halagos tales como “solamente una vez amé en la vida. Solamente una vez y nada más”, continuando con esa magia que transmitían Los Panchos. Y con ella agarrada del brazo y con carabina detrás, ¡cómo no!, se iban paseando por “aquel camino verde”, antes de que las margaritas lloraran de pena, tal como cantó Juanito Segarra. Y ella, completamente enamorada le hacía cariñitos a mi abuelo, como los que le regalaba Gloria Lasso a su “cachito”, mientras le susurraba al oído: “cachito, cachito, cachito mío. Pedazo de cielo que Dios me dio. Te miro y te miro y al fin bendigo, bendigo la suerte de ser tu amor”. Y mi abuelo, loco de contento y más ancho que un ocho, iba pregonando a los cuatro vientos: “me gusta mi novia por su palmito. Me gusta mi novia por sus ojitos. Porque tiene la cara morena, porque sabe quitarme las penas”, como cantaba Jorge Sepúlveda.
Y se casaron una mañana de primavera, jurándose fidelidad eterna, en una iglesia plagada de agujeros de bala, recuerdo descarnado de la infame reciente guerra, llena de querubines de dorada melena rizada que salpicaban todos sus muros. Ni rastro de aquellos angelitos negros que tanto reclamaba al pintor Antonio Machín, cuando le decía: “siempre que pintas iglesias pintas angelitos bellos, pero nunca te acordaste de pintar un ángel negro”.
Y vivieron largas vidas y compraron una casa que, aunque no era aquella “casita de papel”, como la que describía Jorge Sepúlveda en su canción, les hizo pasar a mis abuelos más de una noche en la luna y un sinfín de días felices.




Mabel
¡Qué hermoso! Un abrazo y mi voto desde Andalucía