¿Quién es culpable?

Escrito por
| 39 | Dejar un comentario
«Cada lagrima enseña a los mortales una verdad».
Platón.
 
 
Lejos de la ruina diaria del pensamiento y la dignidad me interne en un bosque cerca del abismo de la ignorancia, a mi rededor la luna bañaba mi contorno y las sombras creaban falsas persuasiones de todos aquellos fantasmas que me aterrorizaban por mi absurda incomprensión. Cada paso en que me internaba en la oscuridad tan solo me permitía admirar su grandioso esplendor. Detallada y meticulosamente dirigí cada uno de mis pasos para no tropezar con la verdadera esencia de la vida, pues era ella quien mayor temor me producía. Levante mi rostro para divisar aquel horizonte que se acompañaba por el aroma peculiar del miedo y la invitación de aquel risco a presenciar su próxima parodia de la muerte. Tal vez a unos cuantos días de camino -deduje-. Mi pensamiento no se aglomeraba por ningún prejuicio, fue así, como la única solución sería recorrer el sendero de aquellos mismos días e intentar relajarme en la cúspide de aquel falso teatro. Traté de deducir en que tiempo me encontraba observando aquel cielo estrellado, pero solo pude jugar con las estrellas tomándolas como puntos de unión para formar constelaciones inexistentes.
 
Algunas hojas crujían bajo mis pies mientras cierta mirada se escabullía entre las sombras, volteaba mi rostro hacia toda aquella dirección que pudiese persuadirme de que la niebla no era un síntoma más de mis desvelos e irrefutablemente comprendí que un paso en falso sería el primero del final. Mi propia melancolía me murmuraba que todo detalle de este nuevo espectáculo no era de mi incumbencia, más allá de lo que yo podría comprender se encontraba la sensatez de la venganza y el éxtasis de la satisfacción.
 
Haciendo de lado toda aquella falas interpretación de lo que yo podría persuadir, continúe mi camino en dirección al arrepentimiento, los árboles en su interminable conexión de recuerdos y vidas enmudecidas se aferraban a la necesidad de permanecer juntos, pues, al tratar de divisar más allá de mis costados tan solo admiraba su grandiosa extensión de almas que se cobijaban unas a otras. Abnegado ante la necesidad de respuestas que se fundan en una pregunta inexistente, me deje caer al piso por el cansancio y recargue mis delirios ante un tronco, poco a poco aquella necesidad de descanso comenzó a apoderarse de mí. Aquel velo de mis parpados intentaba sumergirme en aquella fosa de los sueños, pero mi necesidad de proseguir se aferraba a continuar despierto; mis ojos se han cerrado.
 
Desperté aterrorizado ante el grito ensordecedor de un ser que no podía ver y que por lo tanto no me gustaría encontrar, pude darme cuenta que la noche continuaba en su grandioso esplendor y deduje que mi descanso no debió ser muy largo. Me puse en pie y miré en todas direcciones, pero lo único que pude observar era mi rededor absorto por los árboles; me preguntaba:
 
-¿En dónde demonios quedo aquel sendero? ¿Cómo fue que termine en este lugar? ¿Hacia dónde debo guiar mis pasos?
 
Comencé por tratar de reconocer ciertos detalles del lugar donde me encontraba, su peculiaridad me sorprendió al ver que la tierra se encontraba totalmente seca y cuarteada por el olvido de las lluvias, las raíces escapaban por las ranuras en un desesperado intento que las llevaba a convertirse en alimento para los insectos; no podía sentir el viento, pero si la baja temperatura que hacía contraer mis músculos. Una parvada de algo parecido a las aves cruzó por el horizonte camuflajeado aquella luna que intentaba pintarse de luto. Suspire y reanime aquella tentativa de negarme a escapar por algo que intentaba comprender, algo que me había llevado a este nuevo aglomerado de conjeturas. De nuevo volví a mirar hacia el infinito en busca de aquel risco y rápido fue el reencontrar su esplendor pues sus dimensiones eran incomparables. Ya en rumbo, recordaba cada una de las tentaciones que me habían subyugado y como facilitaban la angustia de mi declive, miraba de frente sin persuadir nada. Comprendiendo que la vista era un lujo que esta ocasión no podría deleitar, me apoye en el respaldo de mis oídos: solo quedaba escuchar y estirar las manos para palpar todo aquello que no comprendería. Incline un poco mi cabeza para tratar de observar algún destello, todo era en vano, me encontraba aplastado por la suma total de las sombras; quede petrificado cuando de nuevo escuche aquel grito que me hizo helar la sangre, me encogí para después arrodillarme y tratar de no ser visto por aquella criatura inexplicable. Algo gigantesco cruzo el horizonte, el tamaño de aquellas alas era incomparable, se podía escuchar como aquel par de extremidades partían el viento para después perderse más allá de mi temor; mi corazón latía desenfrenadamente y el sudor me producía aún más frio. ¿En dónde estoy?- murmure aun aterrorizado-. Tome un puñado de tierra entre mis manos para darme cuenta que continuaba igual que en un principio: muerta. Suspire y continué con mí marcha.
 
La noche parecía no reconocer el tiempo, habían pasado a mí parecer más de nueve horas desde que despertara, el único adorno visible era el de la luna mofándose de cada detalle que me ocurría y que estaba por ocurrirme. Me sonroje al ver tu rostro en el contorno de aquel astro, suspire y continué a pesar de que mis pies y la necesidad de agua me exigían descanso. ¡Continúa! -me decía-, pero era más fácil pensarlo que inclusive decir cada palabra, realmente me encontraba agotado y absorto por la necesidad de agua.
 
Un cuervo grazno mientras yo secaba el sudor de mi frente, pude observar entre aquella poca luz que acariciaba aquel plumaje perfecto como escurría del pico de aquel animal una pequeña gota de agua. Desesperadamente me dirigí hacia donde se encontraba aquella inspiración de Poe, pero al dar el primer paso nunca más volvería a verlo. Mi estómago hablaba en gruñidos exigentes y la única respuesta que podía brindarle era el rose de mis dedos en respuesta al vacío, al recordar estar rodeado de vegetación imagine que no me daría a basto entre los frutos de la misma. Mi vista se enfocó en un enorme tronco (de aproximadamente quince metros), del cual, pendían de sus ramas ciertos frutos parecidos a los cocos, comencé a trepar con el resto de la energía que me sobraba para marearme en aquella altura, me deslice sobre la primera rama en la que vi aquel peculiar fruto que se distinguía por florecer en la punta de cada una de las ramas, lo tome entre mis manos mientras me tambaleaba de regreso hacia la conexión inherente entre el tronco. Sacudí aquel nuevo alimento y descubrí que su color externo era morado y de textura aterciopelada, su volumen era parecido al de un melón y al partirlo a la mitad su color interno era de un tono carmín algo más parecido al color de la sangre, dudaba en dar el primer mordisco pero mi dolor de cabeza reanimo mis deseos de mejorar y comencé a devorar aquel fruto de pinta incomparable. Su sabor era tan dulce y suave al paladar que parecía acariciar mi lengua, mismo sabor que quedó plasmado en mis papilas como el mejor regalo que ellas hubiesen tenido de la naturaleza; aquel pequeño trozo comenzó por deshacerse en mi boca como un algodón de azúcar para terminar tragándolo como un sorbo de agua. Me deslice de aquel tronco de nuevo hacia un contorno subyugado por el horror, el mareo desfallecía mi memoria y mis piernas reclamaban justicia por el descanso; me doblegue ante aquella peculiar circunstancia y me recargue de nuevo en aquel hijo de la naturaleza. Desmejoré ante aquella neblina de una falsa visión que me obligo a hundirme de nuevo ante el sueño.
 
El murmullo de tu voz me despertó de aquel infierno de mis pesadillas, me levante exaltado y mire hacia todos lados en busca de mi antigua realidad, pues aún conservaba el recuerdo de aquel peldaño roto de mis esperanzas; recordé abruptamente que era lo que tenía contemplado hacer antes de perderme entre mis falsas ilusiones de descanso y sin reconocer ningún rumbo corrí desesperado. En mi excitación sin destino, me dirigía sin saberlo hacia aquella cúspide que me revelaría la disputa entre el querer saber o el ignorar los monstruosos detalles de la realidad. Poco a poco se revelaba aquella inclinación peculiar de un nuevo esfuerzo por continuar; continuar aquel camino que me llevaría a la cúspide de mis preguntas y respuestas; podía observar que estaba ahora a unos cuantos metros de distancia de aquel lugar que me ordenaba contemplar sus horrores; observe el tamaño de aquella pendiente y comencé a escalar. Resbalaba en cuanto más me acercaba a la cima, así que tenía que asirme de pequeños arbustos que al observar detalladamente en una pausa, descubrí que en realidad eran arboles verdaderamente pequeños, tan pequeños que parecían haber sido aplastados por la aparente cercanía entre el cielo y su ser. Cada uno de aquellos enanos dibujaba en su grueso tronco una mueca de desagrado hacia sí y hacia mí. Mi brazo comenzaba a dormirse por la posición en que me encontraba, pues mantenía sujeta una de mis manos en una pequeña saliente y la otra sujetaba una de aquellas pequeñas muecas tan peculiares. Deje de contemplar el entorno y continué con aquel falso destino que yo mismo me había adjuntado, entre cada centímetro que ascendía un resbalón lo acompañaba; el sudor refrescaba mi rostro y espalda ante el rose de aquel viento que parafraseaba risas de mofa; ahora por fin estaba en la cima y, al acercarme al ras de aquel aparente final, pude observar el pavimento libre de cualquier huella. Me sujete firmemente de un pequeño agujero en el suelo para poder subir completamente y continuar, de pronto escuche de nuevo aquel peculiar lamento de ese monstruo que parecía haberme seguido, aquellas gigantescas extremidades se dejaron ver por encima de mi existencia, tan fugases que solo divise la silueta de una mujer recorriendo aquel cielo enmudecido. Quede petrificado ante la presencia de aquella silueta que devoraba el infinito, gire mi rostro de un lado a otro en un desesperado intento de poder encontrar algún lugar donde podría ocultarme; buscaba aterrado algún escondite para mi alma en pánico y aquel cuerpo que desfallecía por el horror, daba pequeños pasos cortos en torno aquella misma silueta que dibujaba círculos en el cielo; mis manos temblaban y mis extremidades comenzaron a endurecerse. Me encontraba solo, podía sentir las náuseas del desaliento. Caí de rodillas y comencé a reír como la única solución a aquella desgraciada situación, puse mis manos en mi rostro de manera que sujetaba mis mejillas, cubría mis ojos y sujetaba mi cabello; continuaba riendo y me decía:
 
-Ahora no tengo tiempo de llorar-.
 
Fue así, cuando me murmuraste:
-Detrás de ti -.
 
Un nuevo aliento de esperanza se apodero de mí. Bajo la misma posición levante mi rostro aun hinchado por la desesperación, comencé a girarlo mientras mantenía una sonrisa de desigualdad ante una aparente mentira. Fue así, como a unos cuantos pasos de mi se encontraba un pequeño conjunto de arbustos secos, intente levantarme sin dar un solo minuto más de tregua a mis desdichas, tropezaba ante la desesperación de ponerme a salvo. En aquel frenético escape caí al suelo justo cuando quedaba por detrás de aquellos arbustos, el polvo danzo a mi rededor y cayo de nuevo en aquel reposo el cual deseaba no ser interrumpido. Mi mente sostenía el pesado recuerdo de tu sonrisa al darme un consejo, sollozaba entre aquellos dedos temblorosos que enlace al acercarlos a mi boca disfrazando aquel grito ahogado.
 
De rodillas levante un poco la vista para poder ver por encima de aquel ramaje, y fue así como pude observar a lo lejos el rostro más bello que hayan podido observar mis ojos, digna inspiración de Miguel Ángel en su David. Aquel individuo vestía un traje de un blanco que opacaba la naturaleza de una perla o el marfil en su estado más puro, su rostro era la humillación de Gray; más allá de su tez blanca como la nieve, sus facciones parecían hechas en el molde de la belleza incomparable, rellenando cada detalle con el lujo de la porcelana. Sus labios eran pequeños, finos y rojizos como el destello de la esmeralda; su mentón era delicado y su nariz era el triángulo perfecto. Aquel ser me inspiraba aún más terror, pues, a pesar de estar consiente de aquella criatura que surcaba el cielo, mantenía siempre una pequeña sonrisa de desagrado en su rostro. Pronto aquel ser que tanto temía comenzó a dar rápidos giros por encima de aquel sujeto, provocando que aquel de apariencia casi perfecta (digo casi, pues el talento de un rostro no es más que la herencia de una falsa apariencia) alzase su vista y contemplase a aquella aberración; descendió de los cielos la silueta que daba razón a mi pesadillas. Quede anonadado al por fin descubrir cómo era aquel monstruo que me había acompañado desde mi reciente llegada a este extraño lugar; era, sino fuera por esas extremidades extras que le permitían surcar por los horizontes, la mujer más hermosa que hayan podido contemplar mis ojos. Alta y delgada era su complexión, su tono de piel era de apariencia demacrada, apariencia al parecer adquirida por los continuos desvelos, tal vez noches enteras sin dormir; unos labios tan vivases como el tono de la misma sangre que destella, labios tan voraces que con tan solo moverse un poco aclamaban mi excitación. Sus ojos eran tan negros que opacaban cualquier oscura noche, a cualquier sombra, a cualquier abismo; su cabellera era lacia he igual de negra que el plumaje de un cuervo, pues en su ausencia de color la noche y su cabellera parecían formar una clase de niebla, pues con el menor de los movimientos de aquel cuello largo que permitía mantener aquella postura perfecta, aparentaban una neblina muy por detrás del tiempo común. Aquella mujer camino con total seguridad hacia quien al parecer le hubiese hecho un daño tan irreversible que la sed de venganza hacia hervir la sangre; caminaba y podía observar como ella mantenía fija su vista en aquel tipo, friccionando sus dientes en forma de cuchilla mientras su respiración se aceleraba; podía observar aquella aceleración, pues la aparente mujer portaba tan solo un vestido negro de una sola pieza totalmente ajustado, y mientras más rápido respiraba mayor era el movimiento de su pecho exaltado. Al tan solo estar a unos pasos de él, grito tan ensordecedoramente que por reacción me agache y cubrí mis oídos ante aquel aterrante sonido, ignorando por completo cual fue la reacción de aquel hijo de la belleza. Me reanime y de nuevo me puse a contemplar la primera escena, podía observar tanto odio por parte de aquella mujer hacia aquel otro protagonista, tantos deseos de destruirlo sin piedad. Se detuvo justo frente a él tomándolo por los cabellos con su brazo izquierdo y susurrándole algo al oído hizo que aquel que sujetaba abriese los ojos expresando tal terror que jamás podría describirlo, seguido a esto tomo con su mano derecha el brazo izquierdo de él y lo levanto por encima de su cabeza, lo contemplo y después de sonreír lo abofeteo de tal manera que aquel rostro de porcelana se resquebrajo en gritos de agonía, aquel solo golpe fue con tal ira que rasgo toda la parte derecha de su rostro y goteando la sangre que saciaba aquella sed de venganza. La mujer lo miraba con tal desprecio, que llegue a la conclusión de que aquel monstruo asesinaría aquel sujeto.
 
Excitado ente el morbo de la siguiente escena porvenir, no me había permitido parpadear ni una sola vez, aquel tipo vestido de blanco a pesar de haber sido golpeado con tal brutalidad mantenía una sonrisa en su rostro, lo cual hizo que la mujer le gritara:
 
-¡¿Maldita sea, porqué sonríes?!- Pero aquella apariencia ahora de un hombre no contesto una sola palabra, permaneció inmóvil ante aquella furia. Ella lo dejo caer y comenzó a caminar a su alrededor mientras decía:
 
-Sabes Amor, me tienes harta. No soporto aquella estúpida ilusión que tienes por los mortales; aquella maldita esperanza de pensar que ellos podrían salvarse a sí mismos aparentando equidad absoluta. Es repugnante tan solo el recuerdo de sus sonrisas falsas al decir que se encuentran plenos gracias a ti, ¿acaso no crees tú que eso es una burla inclusive para tus fines? Lo único que haces es volverlos más desgraciados cuando permites que ellos enlacen su fe en alguien que podría ser inferior a ellos, aquel maldito complejo de necesidad por una sombra más que los enmudece. ¿Dime tú si ellos te agradecen cuando el placer los engaña? ¿Acaso no prefieren por encima de todo la satisfacción que al propio amor? -Pregunto sarcásticamente mientras giraba su muñeca para dibujar un círculo con su mano derecha-. Obsérvalos cuando tú llegas y después cuando yo tengo que ir a devorar sus angustias. Es patético escuchar como solo desean tu muerte, pero, lo mejor de cada uno de los mortales es que no te relacionan con su misma especie, sino con todo aquello que creen es de su misma calaña. Todos ellos no se dan cuenta que desde el momento en que tú los visitas se vuelven esclavos de mis propias necesidades. Ninguno queda exento de la ineptitud, de mi gran desprecio hacia tus anhelos; solo tengo que esperar el momento adecuado en que la paciencia se agote y sus propias lágrimas los ahoguen. Pero esto no es lo que justifica mi venganza amor; no, claro que no. Mi desprecio por ti se basa en todo el tiempo perdido por las estúpidas esperanzas en que sumerges a los mortales. Por aquellas porquerías que ellos nombran «ilusiones» e inclusive existen otros que son peores y las apodan «esperanzas». Sabes… ninguno de ellos te ha podido describir, pero te dan una razón de existencia en las miles de maneras en que agonizan por conocerte. Pero como has escuchado querido amor, mis argumentos se basan el propio desprecio que justifico por su ignorancia, tú has pensado que los mortales deben ser únicamente felices. ¡Felices! -grito con desprecio-. Aquel maldito comportamiento que siempre los lleva a la fosa de la arrogancia, a pensar que uno y otra han nacido únicamente para merecer el agrado mutuo. Ahora bien, continuo hablando mientras tú sollozas por mi compasión, así que puedo imaginar tendrás algún argumento lógico que contradiga y justifique tus actos. ¡Habla! -grito de nuevo justo en aquel momento en que pateaba su rostro-.
 
-¿Estulticia, acaso no conoces la compasión? -pregunto el amor mientras se limpiaba con su manga la sangre que manchaba sus labios-. Mi desdicha día a día me atormenta de manera incomparable, pues, sabrás que al ver a los mortales devorarse en su hipocresía y mentirse a cambio de obsequiarse a sí mismos una falsa comprensión me destroza, observar a cada uno de ellos aplastarse por experimentar el éxtasis de la satisfacción. El ahora de mis anhelos se subyuga por el lamento de todos aquellos seres que se sumergen en un estado falso de incomprensión. Es tan doloroso mirar los rostros exigiendo compasión, mirar todas aquellas treguas que por si mismas ponen las cabezas en la guillotina. ¡Reconozco que son patéticos y absurdos! -Levantándose y gritando de golpe-. Son una especie enferma de melancolía, de odio y de desprecio por si mismos y por todos los espectáculos naturales; son seres que por una simple derrota se entregan a tus manos y me escupen todo su rencor. Seres totalmente desiguales, infelices no por naturaleza sino por su mismo instinto de proteger todo aquello que no les es indispensable. |No puedo negar ninguno de tus fundamentos, pues estos tienen más que la razón, simplemente detallas aquella naturaleza inherente al ser humano: «Pensar que ellos son el jurado, cuando en realidad son su mismo verdugo». Pero trata de hacerme comprender: ¡¿Por qué en su ignorancia son tan felices?! -Grito el amor mientras observaba a la estulticia a los ojos- ¿Por qué razón el conformismo se apodera de la poca coherencia que pueden llegar a tener? ¿Por qué razón los escapes más sencillos y vulgares son su mejor solución? Explícamelo, tú me has dicho que ellos son tu mayor inconformidad, aquella desgracia que te atormenta.
 
-Jajaja… -solo podía reír la estulticia mientras observaba al amor en una absurda defensiva-, dices tantas estupideces. Deberías comprender en primer lugar que la desgracia de ellos nació a partir de aquel momento en que comenzaron a desarrollar su capacidad mental, esa capacidad de poner en duda todo aspecto que estuviese lejos de su vana comprensión; ellos intentaron dar un sentido absurdamente «lógico» a recompensas que tu les has brindado, mientras a mi me han tachado de un error de unos cuantos que se han estancado en su evolución. Desarrollaron todas aquellas preguntas respecto a cada detalle que los hunde en su mísera desgracia, pero al no encontrar la respuesta a cada una de ellas encontraron un culpable. Son seres repulsivos que dicen hacernos a un lado -diciendo esto mientras sujetaba el rostro al amor con una mano y lo levantaba más arriba de su cabeza-, que te agradecen cuando el principio de su dicha es grato, pero al cometer sus propios errores te culpan y aborrecen.
 
-¡Los odio! -Grito la estulticia mientras lanzaba el rostro del amor hacia el suelo y este golpeaba tan fuerte que quedaba inconsciente-. Pero en este momento se termina todo -continuo-; terminare con todas esas voces que te enriquecen y después aclaman en silencio.
 
Me encontraba paralizado tras una defensa totalmente vulnerable, observe como aquella mujer tomo por el cuello al amor y lo levanto a la altura de su pecho, la cabeza del mismo quedaba justo debajo de su mentón, cuando aquel crujido de sus dientes perforando su cráneo me horrorizo, quede perplejo al observar su cuerpo ser devorado sin compasión. La sangre salpicaba el entorno y aquellos pedazos de carne que caían de la boca de la estulticia se mezclaban con el polvo. Experimente un terror que inmovilizó cada una de mis extremidades para después sentir un desprecio tan grande hacia mí mismo. Continué contemplando el final de aquella escena, podía no solo observar el final del amor sino también de mi propia dignidad. La estulticia gritaba con aquellos trozos de hueso y piel, con la sangre desbordando por sus dientes:
 
-¡Todo es su maldita culpa!-
 
Me levante aterrorizado, intentaba correr y mis piernas parecían estar hechas nudos, caía y me levantaba en un nuevo éxtasis por salvar el nuevo sentido que ahora daba a mi existencia. Descendí rápidamente aquella pendiente y continué corriendo mientras las lágrimas se desbordaban por mis mejillas, sentía miedo y desesperación por hacer comprender lo que nuestro conformismo daba como resultado. Tropezaba con el recuerdo de aquel monstruoso escenario, no podía detenerme y en mi desesperado escape caí al suelo por el cansancio y comencé a llorar mientras reía. Justo al tener el rostro admirando el pavimento una gota de color carmín adorno mi admiración, levante el rostro y frente a mí se encontraba aquella mujer de vestido negro y belleza inigualable, me sonrió con aquellos labios aun llenos de sangre y después dijo:
 
-¿Sientes pena por todo lo que has visto? – Sonriendo aun en su pregunta- ¿Cómo poder sentir pena cuando tú eres uno de todos esos culpables?
 
Aquella mujer se inclinó y me susurro al oído:
-Corre patético mortal y explícale a todos los tuyos como su inconsciencia ha dado muerte al único ser que podía darle un sentido al sonreír, corre y prepáralos para justificar la desdicha únicamente por sí mismos.
Me miro a los ojos y después guiño, me dio un beso en la frente y pude sentir como quedo aquel rastro de sangre sobre mi piel, me tomo por la camisa y me lanzo lejos de ella. Me puse de pie y continué corriendo sobre aquel sendero al cual nunca supe cómo había llegado y por el cual aún continúo corriendo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas