Un particular festejo patrio

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Recién casado y con algunos ahorros decidimos venirnos a vivir unos años a Italia junto a mi mujer. A pesar que conseguimos adaptarnos rápido a la nueva vida en tierras del Dante, siempre se extraña. Para paliar un poco el desarraigo me suscribí a diarios nacionales, revistas, folletines y sitios de chismes, con tal de recibir cualquier información que me acercara, aunque sea elípticamente, a los míos. Por más que estuviera lejos, no quería quedarme afuera, como buen “opinólogo” no soportaría volver a una mesa de café o un asado con amigos en el que no pudiera meter bocado sobre el tema de conversación. Pero aquella gacetilla recibida en el mail me sorprendió. El remitente era, nada más y nada menos, que el Consulado Argentino en Milano y me invitaban a la reunión anual para celebrar el 25 de Mayo a realizarse en la Piazza del Duomo de Milano.

Faltaban dos días para el encuentro, pero mi cabeza ya estaba allí. Recordaba los actos patrios en la escuela, disfrazado con mi pechera de granadero, los bigotes y las patillas pintadas con corcho quemado. Con los años, fui perdiendo entusiasmo, pasando de la sincera conmemoración a la mera alegría por un feriado casi vacío de significado para mí. Quise recuperar un poco de aquellas actividades prácticas, como las llamaban en el colegio, e imprimí una pequeña banderita celeste y blanca en una etiqueta para utilizarla como escarapela. También creí oportuno materializar las patillas estilo prócer que antaño maquillaran mi rostro.

Aproveché que en aquella época tenía la barba crecida y decidí ir a una peluquería milanesa, donde todavía realizaban afeitadas. Llevé una foto de Moreno y le pedí a Gino, el barbero, una rasurada similar. Nunca pretendí comprensión de parte de Gino, pero su expresión de desconcierto fue total. Tal vez consideró mi pedido como una afrenta, como si a un artista moderno uno le encomendara hacer una copia de una pintura rupestre. Lo cierto es que no parecía feliz con mi encargo. El sentarme en el sillón de la barbería fue, como nunca antes en mi vida, un acto patriótico, una muestra de valentía en pos de un objetivo Nacional. La toalla que ese asesino disfrazado con delantal de peluquería apoyó en mi rostro estaba a una temperatura superior a los doscientos grados. Más que abrir mis poros para suavizar la afeitada, ese paño caliente me anestesió la cara. Por si fuera poco, tuve que tolerar las precarias condiciones de higiene del local, sometiéndome a una navaja que mientras esperaba mi turno había sido utilizada para recortar los bellos nasales de un anciano y después para depilarle las axilas a un fisicoculturista árabe, sin pasar siquiera por una enjuagada.

Orgulloso de mi hombría, me marché de la peluquería con mi “look” de prócer y tardé una hora para lograr que mi esposa, Rosario, me deje entrar a casa, primero porque no me reconoció debido a la desfiguración de mis facciones con quemaduras de segundo grado y segundo porque para ella, las patillas me quedaban sencillamente ridículas y prometí recortármelas para seguir adelante con el matrimonio.

Finalmente llegó mi gran día de la patria en tierras italianas. Me desperté muy temprano, a pesar que era sábado y no trabajaba. Rosario, sin tanto entusiasmo, durmió un par de horas más. ¿Cómo se debe vestir en un evento de estas características?, ¿habrá algún tipo de etiqueta para la ocasión?, me pregunté. La remera de fútbol de la Selección me pareció algo trillado, unas bombachas de gaucho y alpargatas, demasiado simplón, y yo, quería mostrar algo distinto, especial. Deambulé por mi ropero pero nada reunía las características que andaba buscando, ni muy formal, ni demasiado zaparrastroso. Opté por dar un mensaje directo, fruto de esa picardía bien nuestra, un golpe al mentón del compatriota. Tomé una remera de algodón blanco y con un marcador indeleble escribí, prolijamente y con letras grandes, una frase en el frente: “Dios es argentino y hoy, atiende en Milano”.

La cita era al mediodía y allí estuvimos con puntualidad porteña, media hora más tarde de lo convenido. Apenas salimos del metro en la estación Duomo se podía percibir en el aire ese aroma bien nuestro; los primeros patriotas en llegar estaban haciendo un asado. Corrimos desesperados hacia la improvisada parrilla a los pies de la estatua a Garibaldi, quien a bordo de su caballo parecía querer huir del humo que lo rodeaba. Me acerqué, con respeto, a admirar las achuras de cerca, como si se tratase de una obra de arte, de un cuadro de Molina Campos, pero para nuestra decepción el asado a la italiana distaba bastante de uno criollo. El encargado de las brasas, Ernesto, era un electricista marplatense radicado en Varese desde hacía 20 años y, a mi parecer, ya había perdido cierta noción de las tradiciones culinarias argentinas. Sobre los hierros no había ni choris, ni morcillas, ni asado, solo un par de pizzas, lasañas y varias hamburguesas de carne de caballo. Grande fue nuestra decepción. El asador intentó excusarse aduciendo que resultaba difícil encontrar buenos cortes en Milano, pero el daño ya estaba consumado. Los compatriotas ni bien tomaban nota del pobre espectáculo que ofrecía esa “barbacoa” (como la llamaban despectivamente) le daban la espalda y escapaban, tal vez siguiendo el ejemplo de Garibaldi.

El ágape estaba bastante concurrido. No faltaban aquellos que querían demostrar su argentinidad con las vestimentas típicas. Se vieron disfraces de gaucho, de tanguero y hasta algún desubicado con los cortos, la casaca número diez y la peluca del Diego. Mi chomba, debo admitirlo, no causó la sensación deseada, más que gracia originó lástima, ya que la temperatura aquella tarde rondaba los ocho grados y con tal de lucirla me había negado a llevar, al menos, un buzo. La famosa solidaridad argentina me acobijó, me llovieron ofertas de suéteres, camperas, bufandas todo por menos de diez euros la prenda.

Cuando ya éramos casi doscientos argentinos en el acto espontáneamente cantamos el himno a capella y luego de unas breves palabras del Cónsul empezó oficialmente el festejo. Básicamente la milonga consistía en un par de puestos que vendían lo que se cocinaba en la parrilla y una carpa con pocas sillas donde los presentes intercambiábamos experiencias. Por lo bajo, los pesimistas de siempre, comentaban que la reunión era otra muestra más de la corruptela argentina, ya que el Gobierno destinaba millones anuales a estos eventos consulares que no se veían reflejados en la festichola, bastante pobre y deprimente.

Dentro de aquella carpa uno se sentía como en casa, era un pedazo de nuestro suelo en Milano. Para mí esa tarde, la famosa galería Vittorio Emanuele era el Cabildo, el majestuoso Duomo ya no era una Iglesia Neogótica sino que era la Catedral de Buenos Aires y la Piazza del Duomo, aquel día recordaba la Plaza de Mayo.

La consigna general era relacionarse, sin importar mucho el tema de conversación. Como si jugáramos a la botellita, uno se veía casi obligado a saludar con un beso al que tenía enfrente y darle charla. Tal vez nosotros, por ser novatos en la península, todavía no sentíamos esa nostalgia desesperada de algunos que buscaban puntos de contacto donde no los había y parecían querer armar un rompecabezas por más que las piezas no encajaran del todo. “¿No me digas que tu tío vivía en un pueblo cerca de Esquel? Sabes que un amigo estuvo a punto de alquilar una casa allá en el verano del ’94… ¡Qué casualidad, el mundo es un pañuelo!”, le decía Oscar, un cuarentón técnico de aire acondicionado rosarino, a Virginia, una veinteañera estudiante de diseño textil, tratando de tener un verdadero tema de conversación o tratando de levantársela. Con el correr de las horas y del tinto mendocino, la argentinidad también se expresaba en las “alianzas estratégicas”: todos trataban de hacer amistad con el Cónsul, para agilizar algún trámite, o con Ernesto, el desprestigiado parrillero. Se reían de sus chistes anacrónicos con tal de ligar de garrón una porción de mozzarella al carbón.

No faltaron tampoco en la reunión los bagayeros, aquellos personajes que traían ilegalmente mercadería argentina; yerba, alfajores, caramelos sugus o mantecol, con fines comerciales. Este humilde servidor ha visto pagar por una caja de doce alfajores “Havanna” mixtos hasta doscientos euros. Una locura, yo ofrecí ciento setenta. El mismo contrabandista vendía también una docena de empanadas de “Los Inmortales” recién hechas, lo cual despertó ciertas dudas, aunque finalmente se las encajó por cincuenta euros a un ingenuo alemán que entró en la carpa fascinado por el olor a lasaña asada. Siguiendo en el ramo de los oportunistas no faltaban los que negociaban fotos recientes de Buenos Aires, arena de Mar del Plata, pasto de la Bombonera, nieve del Aconcagua, agua del Nahuel Huapí y cualquier otro dudoso suvenir.

La sorpresa de la tarde fue el momento del baile. Una orquesta típica entró a la carpa y llenó de color la fiesta, que ya se estaba tornando monótona y aburrida. El tango fue el punto culmine, como el carnaval carioca de los casamientos. Empezó a sonar y naturalmente se fueron corriendo las sillas para armar una pista allí, en medio de la plaza. La banda con dos bandoneones, una guitarra, un violín y una pandereta (este último seguramente algún acomodado) interpretó con distinta suerte temas de Piazzolla, Gardel y Troilo. Con el bailongo llegó la hora de la verdad. Allí unos cuantos quisieron hacer pasar por firuletes unos burdos revoleos de piernas, pero hasta las palomas de la plaza se avivaron que eso era una tarantela, y bastante mal bailada. Descartados unos cuantos, solo aquellas parejas que realmente dominaban nuestra sensual danza quedaron en la pista. Los turistas que paseaban por la zona se acercaban a admirar las destrezas de los bailarines y, algún que otro vivillo, pasaba su gorra como si fuera parte del show para sacar unos mangos extra. El 2×4 siguió hasta que el muchacho de la pandereta dio el compás inicial para “Adiós muchachos”. Gritos de pánico inundaron la carpa, “¡¡¡No toquen eso!!!” gritaban los más desesperados… “¿No saben que es yeta?” increpó Tito, un cincuentón tanguero de ley, guapo de pañuelo al cuello, zapatos lustrados, peinado con gomina a la cachetada y una sonrisa forzada que no era ni la mitad que la del gran Carlitos. “Non so un cazzo, vaffanculo!” contestó el líder de la orquesta. Conmoción general, ¡los tangueros eran tanos! Fue una puñalada en nuestro corazón. Nos sentimos estafados, buscamos en vano al Cónsul para que explicara semejante afrenta, pero ya se había fugado, decían que con la recaudación y el sobrante de la parrillada.

Cuando el clima derrotista y melancólico nos invadió, y empezábamos a irnos cabizbajos apareció Eustaquio, un albañil tucumano, caudillo por naturaleza, vestido como Patoruzú. Agarró la criolla y nos deleitó con unas cuantas zambas, chacareras y hasta se animó a tocar una de Charly García. Todo iba bien, meta payada, mate y truco hasta que un muchacho joven, un purrete inexperto e insolente, para mi gusto, sugirió que interprete una de Damas Gratis, haciendo enojar al gaucho que no solo odiaba la cumbia villera sino que por ello se había exiliado en Italia. Herido en su orgullo de payador, intentó un duelo de facones con el irrespetuoso cumbiero, pero lo persuadimos de arreglar las cosas de forma civilizada y se marchó enojado a asesorarse con un abogado, un buitre que andaba por ahí, especialista en juicios laborales y accidentes. Nosotros nos quedamos sin saber qué hacer. El mocoso impertinente puso en un grabador un compacto de cumbia hasta que por piedad le rompieron el equipo de un pelotazo. El justiciero se llamaba Raúl, un gordito santiagueño, buenazo, que se dedicaba a la fotografía y que, conocedor de estos eventos, llevó una redonda para organizar un picadito.

Como era de esperar, las bromas entre simpatizantes de distintos equipos se hicieron presentes y, lo que empezó como algo jocoso, casi termina en catástrofe. Los hinchas se fueron separando por sus colores y de los cantitos agresivos pasaron a tirarse con lasañas hasta que la oportuna intervención de unos carabineros apostados cerca de la parrilla logró aplacar los ánimos.

La fiesta ya se había desarticulado y para rematarla armamos dos improvisados arcos con buzos, de doce pasos de ancho cada uno, en plena plaza del Duomo e intentamos hacer dos equipos de la forma típica, solteros contra casados, pero resultó tan difícil encasillar a los separados, juntados, viudos y divorciados que nos apilamos distinto: residentes legales contra ilegales. Así, quedamos mitad y mitad, alrededor de once por bando y, para diferenciarnos, unos quedamos con remera y otros en cuero. Si bien el marco espectacular y glamoroso del lugar ayudaba, y las escalinatas del Duomo servían de gradas, las mujeres no se quedaron a ver el juego. Rosario argumentó, al igual que otras chicas, que le daba vergüenza ajena el papel infantil que estábamos haciendo con nuestro picado improvisado en pleno centro mundial de la moda y la elegancia. Excusas de las minas para rajarse de shopping en la cercana y exclusiva San Babila.

El partido arrancó parejo, y con la dificultad de jugar atestados de palomas, vendedores ambulantes y turistas, pudimos hilvanar dos o tres jugadas dignas de un potrero del Gran Buenos Aires. Hubo alguna que otra discusión por la validez o no de un tanto, cuando la pelota pasaba por el imaginario poste que se proyectaba desde el buzo en el suelo. El picadito estuvo divertido, duró media hora y cuando habíamos decretado un “gol gana” la tragedia se hizo presente. Los que andaban con el torso al aire, que corrían más que los otros, seguramente para no pescar una pulmonía, atacaban decididos a llevarse la victoria. Pero Roque, un recio zaguero Chubutense, salió vehementemente a despejar ante el inminente peligro de gol rechazando con tanta potencia que su tiro fue a romper uno de los vitreaux del Duomo. La pelota entro limpita, agujereando los cristales con una precisión digna del mejor restaurador. Fue un instante de esos que hace contener la respiración, como el momento posterior al gol de Maradona con la mano a los ingleses. Rápidamente todos dirigimos la mirada a la autoridad, los carabineros apostados al borde de la plaza, para ver cuál era el dictamen. Los policías italianos dudaron, estaban desconcertados, esperaban órdenes ante lo insólito de la situación.

Raúl, el dueño de la pelota, ante la inminente pérdida patrimonial bramó: “¡Rompe, pierde, pincha, garpa!”. Nadie se hizo cargo, no hubo ningún valiente que ingrese a la Catedral en busca del balón perdido. Al contrario, aquel grito, fue un llamado a romper filas, un cacerolazo popular, una alarma que nos hizo vislumbrar a los argentinos el conflicto internacional que habíamos desatado, como Ratín estrujando el banderín inglés del estadio de Wembley, en el Mundial del ’66, frente a la reina, y escapamos corriendo. Le ganamos de mano a los carabineros, que tardaron unos segundo más en reaccionar, los suficientes como para meternos en el subte y escapar.

“Che, que no se corte, la seguimos el 9 de Julio”, alcanzó a decir un pelado que jugaba para mi equipo y corría a mi lado por los andenes. “Las chicas llevan la ensalada”, agregué antes que la puerta del vagón nos separara.

 

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