Unos minutos de tensión

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En 1996 me dirigía, junto con un grupo de amigos al lago de Atitlán, ubicado a unas 4 horas de la ciudad de Guatemala. Lugar donde residía en aquel entonces. Yo, un profesional recién graduado, comandaba a un grupo de universitarios. Me encontraba indeciso para escoger el mejor recorrido. La opción más larga era la carretera que nos llevaba por la costa del pacífico. En contra de todas las recomendaciones opté por el recorrido más corto que era poco transitado porque hasta hace algunos años estuvo bajo el control de la guerrilla.

Sentado en el asiento del copiloto en un busito Mitsubishi iba escuchando el bullicio natural del grupo y contemplaba extasiado la belleza natural. El objetivo era pasar un fin de semana en la casa del lago de la familia Llarena para descansar después de una semana de exámenes. Cinco kilómetros antes de Godínez nos interceptaron en una curva cuatro asaltantes con la cara cubierta y fuertemente armados con rifles y pistolas. Los nefastos guerrilleros aprovecharon la espesa selva y la mala condición del camino para caernos con la velocidad de un rayo.

No tuve tiempo para pensar. En cuanto pude, me quité el anillo de graduación que había sido un regalo de mi padre y lo tiré debajo del asiento con la idea de que no fuera a parar a las manos de los cacos. En pocos segundos nos habían obligado a bajar y nos hallábamos en medio del grupo de asaltantes con sus rifles y pistolas apuntándonos a la cara. En un español poco inteligible uno de ellos nos dijo:

-Si no quieren que los matemos, entreguen todos sus objetos de valor: relojes, carteras, anillos, dinero…

Como yo iba de responsable de la excursión, llevaba una buena cantidad de dinero en mi cartera. Pensé en aprovechar un descuido de los asaltantes para tirar mi cartera a la orilla del camino y así recuperarla posteriormente. Esta vez no tuve suerte, uno de los asaltantes, el más pequeño y sucio, no me quitaba los ojos de encima. Pasó poco tiempo cuando el enano empezó a revisarme tocando mi cuerpo tratando de encontrar cualquier cosa. En uno de mis bolsillos encontró mi cartera. Al ver los billetes montó en cólera por mi desobediencia.

Sin darme cuenta sentí una fuerte patada en el estómago que me tumbó en el suelo. Me apuntó con su vieja pistola a la cara y quedé viendo durante uno segundos, que me supieron a siglos, unos ojos rojos llenos de cólera y con una herida sangrienta sobre la nariz. Las palabras del asaltante rompieron el silencio: “Vos querés que te mate hijo de… P”. La amenaza de la pistola apuntando a mi cara no me impidió reaccionar con una valentía que no era mía y le dije: “Animo” dispuesto sufrir las peores consecuencias. La tensión del momento la interrumpió el sonido de un automóvil. De repente, el asaltante perdió todo interés en mí y se dirigió con prisa para caer sobre la nueva presa en el camino.

Al incorporarme fui consciente de lo ocurrido. La adrenalina me había ayudado a saltar como un resorte pero mi cuerpo no paraba de temblar de pies a cabeza. Un sudor frío corría por mi cuerpo y veía temblar mis piernas como un par de hules aunque la sensación era como si pesaran más de una tonelada. Miraba el bosque exuberante que me rodeaba como algo lejano.

De repente, un grito aterrador me trajo de vuelta de mi ilusión surrealista. Uno de los asaltantes tenía su zapato en la nuca del conductor del otro automóvil. El hombre estaba en el suelo, lleno de tierra y con señales de sangre en la cara.

—El furioso enano con una pistola apuntando a la cabeza del conductor dijo: “miren a quién tenemos aquí, ahora si nos la vas a pagar hijo de P…”. Temiendo lo peor, instintivamente sin darme cuenta me puse a rezar. No recuerdo si lo hice en voz alta, incluso gritando. Pedía a Dios con todas mis fuerzas que no hubiera ningún muerto. Los universitarios intentaban disuadir de que hiciera su trabajo el sucio asesino.

Providencialmente de nuevo, apareció otro automóvil. Los delincuentes repitieron el procedimiento que parecía habitual y fueron a registrar a las madres y sus niños que viajaban en este automóvil.

Por entonces nuestras mochilas y demás pertenencias estaban desperdigadas por la calle sin pavimento. Todo, incluso las canastas de comida habían sido revisadas y vaciadas de cualquier objeto de interés de los asaltantes.

Entonces el jefe, enano y con una voz ronca nos gritó en un mal español: “Cuento tres y no quiero verlos hijos de…P” ni siquiera había terminado de decirlo cuando todos estábamos en nuestros lugares en el busito beige. Todos menos uno que estaba intentando recoger las cosas desperdigadas. Todos gritamos al mismo tiempo a “panito”, así le decíamos al susodicho: “deja eso… y subí al carro inmediatamente”. Corrió pues nuestro vehículo ya iba en movimiento. La prisa nos hizo saltar estrepitosamente dos túmulos en la calle. Esta maniobra hizo estallar escandalosamente los cuatro neumáticos, pero dadas las circunstancias, ni pensamos en detenernos. Paramos en Godínez, cinco kilómetros más adelante con las llantas desechas y con una sensación de haber estado viendo de cerca a la muerte.

En el pueblo nos dimos cuenta que esa banda acostumbraba asaltar por aquellos lugares. Con el consentimiento de las autoridades de aquella zona, el enano ya tenía decenas de difuntos a sus espaldas.

Llegamos a la casa del lago sin nada. La comida, el dinero y las mochilas quedaron en la curva fatídica. Sin embargo estos bienes no nos hacían falta. La alegría y la sensación de libertad nos recordaban que estábamos vivos. Aquella noche no dormimos jugando juegos de mesa, bailando, escuchando música y contándonos unos a otros las impresiones del viaje. Vimos el amanecer bañando en las aguas de Atitlán, uno de los lagos más hermosos de Centroamérica.

Comentarios

  1. Mabel

    5 noviembre, 2019

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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