Carta de amor a la filosofía

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Desde que Platón te considerara una forma suprema de amor, muchas son las complicaciones y transformaciones que has sufrido en tu historia. El “intelectualismo” de tus métodos y de tus objetos de conocimiento parece que ha hecho olvidar la carga libidinal sublimada, amorosa, que pertenece a tu esencia. 

Pero yo te amo porque, a pesar de todo, tú eres praxis amorosa de la razón frente al trabajo utilitario de la razón ocupada servilmente en sus cálculos y experimentos cuando hace ciencia. 

Yo te amo también porque tú no eres “cultura” para los burgueses y burguesas que gustan  de ornamentar sus vidas de amores y trabajos sensatos sometidos a la funcionalidad social con un poco de estética de la que no tiene problemas “ideológicos”. Para eso los burgueses y las burguesas ya tienen la música, las artes plásticas y la literatura decorativas. Como dijo también Platón, tú eres, igual que el amor supremo, divina locura, que a la fuerza tiene que resultar extraña y peligrosa para esos buenos burgueses y esas buenas burguesas hundidos en una miseria intelectual y espiritual que se hace más inmunda cuando se presenta con el engañoso aroma de lo que hoy pasa por y se celebra como “cultura”. Parafraseando lo que Karl Marx dijo sobre la religión, se puede decir que la sedicente cultura de hoy es el aroma espiritual de un mundo sin espíritu. 

Yo te amo desde que era un adolescente. Sí, porque yo también he sido uno de los adolescentes que, porque te han descubierto y ha nacido en ellos la elevada pasión de conocerte y amarte, sufren y son estigmatizados como “intelectuales” o “raros” por los tontos y las tontas del bote, por los filisteos y filisteas.  

Yo también te amo porque tú no eres cosa de literatos “a la violeta” que disimulan sus ignorancias con vanos jugueteos del lenguaje. Tú buscas la seriedad del concepto y  la profundidad de la idea, pero siempre movida por un amor auténtico al que no le importa la imposibilidad de la posesión plena, sino que encuentra en la aspiración y el anhelo su máxima vitalidad y su máxima razón de ser. 

Tú, si eres auténtica y valiosa, puedes ser y tienes que ser una divina locura de amor y tienes que brotar en medio del mundo burgués como una divina anomalía. “Los filósofos están locos” dice despectivamente la siempre patosa sabiduría popular de los muchos. Ellos no pueden comprender que existe una divina locura, esencialmente amorosa, que según decía Platón había proporcionado a Grecia sus mejores cosas. Si yo te he amado desde mi juventud es porque para mí nunca han sido un modelo de normalidad deseable los burgueses y burguesas que solo viven para sus mezquinos intereses materiales y los de sus familias y que gustan dormir su triste sueño vital recostados en el almohadón de sus creencias vulgares y fáciles que les hacen vivir en la miserable seguridad de un optimismo trivial y barato y de una sensatez filistea.  Quien te ame tiene que estar dispuesto a luchar toda su vida con los filisteos y filisteas, con los hombres y mujeres de alma vulgar y pequeñoburguesa y hostiles al verdadero espíritu. Para ellos solo puede contar y tener valor lo que de alguna manera colabora en la producción material de la vida y en su reproducción animal. Ellos, los muchos del rebaño burgués, son los verdaderos culpables de que el mundo se esté convirtiendo en un hormiguero humano donde cada vez es menos lo que puede quedar por encima de los intereses materiales y biológicos de la especie. Por eso, si se ama la filosofía y ello lleva a entrar alguna vez en conflicto con la ideología del trabajo de los burgueses y de las burguesas, no hay que sufrir, porque se está cumpliendo la sacrosanta misión de colaborar a evitar que todos quedemos reducidos a habitantes de un inmenso hormiguero planetario sin más finalidad que la producción y reproducción de la vida material y biológica. 

Si se ama la filosofía, hay que evitar el error de pensar que ella es para todos. Cuando se es joven es fácil caer en la tentación de imaginar “utopías” en las que todos pudiéramos vivir siendo “intelectuales” para los que la condiciones materiales de la existencia no se convirtieran en su fin, sino que fueran solo un medio a solucionar de la manera más “justa” y “racional”, para que todos pudiéramos dedicar la parte fundamental de la vida al desarrollo espiritual de la personalidad. Pero esto es un error y una ilusión política. En todas las culturas y civilizaciones solo han sido minorías las que han podido elevarse por encima del estar esclavizadas a la producción y reproducción de la simple vida material y biológica. Y siempre será así. Pero esas minorías no eran parasitarias, como seguramente le gustará pensar al vulgar progresismo social hoy tan extendido, sino que eran, con sus formas de vida no sujetas a las servidumbres materiales, las que permitían la dignidad y el sentido humanos de las culturas y civilizaciones. Por eso el que ame la filosofía nunca se debe dejar vencer por el temor a no ser productivo o a no poder integrarse con normalidad burguesa funcional en el rebaño de los muchos. 

Yo, a pesar de toda esa ideología productivista y normalizadora de los muchos, te amo como lo extraordinario que nos saca de la miserable cotidianidad totalitariamente normalizadora en la que habitan los muchos, los filisteos y filisteas del rebaño burgués. Tú, la filosofía, eres, como dijo Heidegger en su “Introducción a la metafísica”, el extraordinario preguntar por lo extraordinario. La filosofía requiere lo que también Heidegger llama el salto de la libertad “de misterioso fundamento”, que hace que de manera totalmente voluntaria nos apartemos de la “urgente atención y satisfacción de las necesidades dominantes”. Como dijo Nietzsche, citado también por Heidegger, “filosofía… es vivir voluntariamente en el hielo y en la alta montaña”.

Yo te amo porque tú nos inspiras el “amor a lo lejano”, que Nietzsche opuso al cristiano “amor al prójimo”, propio, según él, del animal de rebaño. Tú eres la más excelsa y apasionante aventura del espíritu. Tú eres para amantes solitarios que no confunden el calor del rebaño con eso que los muchos suelen llamar felicidad. 

Yo te amo, pero porque a la concepción “intelectualista”, académica y raciocinante que de ti tienen ciertos filisteos intelectuales le opongo la visión que de ti tuvo Nietzsche en “Más allá del bien y del mal”: “Un filósofo es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias”. 

Te amo porque te concibo no como una búsqueda intelectual de la realidad de las ideas extremas de la razón (lo absoluto, lo incondicionado, lo puramente ideal, lo infinito, el fundamento último), sino como impulso apasionado de la voluntad hacia el Bien, la Verdad y la Belleza. Porque te vivo de una forma en la que hay una primacía del amor sobre la contemplación, y, desde luego, una primacía del amor sobre la razón pura, la lógica estricta, el intelecto riguroso. Es un Eros superior, celestial, divino, el que me inspira el amor que te tiene mi voluntad, que busca la plenitud, nunca poseída totalmente pero siempre anhelada, del Máximo Valor, que no es otra cosa que la plenitud sentida y creída de Dios. Porque el amor hacia ti es búsqueda amorosamente apasionada de Dios. 

 

 

P. D. Cuando yo utilizo en esta carta el término “burgués/a” lo hago con el significado de persona “vulgar, mediocre” (cuarta acepción recogida en el Diccionario de la RAE), no con el significado de “ciudadano de la clase media acomodada” ( quinta acepción del Diccionario de la RAE) 

 

Comentarios

  1. Luis

    20 diciembre, 2019

    Gran texto, donde explicas y aclaras a la perfección tu concepto de la filosofía…el mío? Creo que la vida es un constante dolor sin necesidad de grandes alharacas ni vainas, pero tú no me pediste mi opinión, sólo que te comente. Un saludo Juan, y mi voto!

  2. Alberich

    20 diciembre, 2019

    Muchas gracias, Luis. Lo de la vida como constante dolor es una idea básica de Schopenhauer. Como ves, está todo inventado 🙂

  3. Cortex

    20 diciembre, 2019

    Nos quedaremos en el «vacio» de la antimateria para poder acceder al amor de la filosofía: una Galatea marmorea, casi helada como las cimas de Nietzsche.

    Saludos, egregio Alberich

    CORTEX

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