Cihuanahualli

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La segunda bocanada de humo escapaba de entre sus labios mezcla con su aliento alcoholizado, sudaba frente al anafre que se burlaba de él con aquellos dientes carbonizados al rojo vivo. Una fumarada más escupida al viento del atardecer mientras el humo danza al compás del calor humano y era indiferente a la existencia por debajo de sí. Necesitaba algo de seguridad mientras su mujer estuviera en cinta, constantemente tenía sangrados tan espontáneos como el aguardiente en su boca. Estaba agotado, miraba su yunta arar las pocas hierbas que crecían en los límites de su parcela. Le fue necesario desplomarse en aquella tierra que tantos años había sangrado sus manos para dejar crecer un miserable maíz que nunca dejaba los granos suficientes para la cosecha próxima. Su garganta comenzaba a picarle mientras su boca se resecaba, el horizonte revelaba los terrenos de Citlalicue al dejar al descubierto el brillo de cada uno de sus hijos. Meditabundo, recargo sus brazos hasta los codos e imagino a los dioses jugar con los hombres como muñecos de tela destrozados por lo niños al no querer compartirlos. Tenía mucho más sed que en un principio, así que una jarra de pulque era la solución adecuada, además, la pulquería de Acitlali cerraba hasta que la última luz de la iglesia fuese apagada por el cura.
 
– ¡Tlazohtzin! -Grito su mujer dentro del jacal-.
 
Se levantó de golpe apenas escucho su voz y raspo los codos de su camisa al estirarse para recoger su sombrero, enjugo el sudor de su frente y después sacudió rápidamente su pantalón. Corrió hacia aquella puerta carcomida por la polilla y la empujo de golpe, entro pisando fuertemente el tepetate mientras sus huaraches dejaban moldes en su territorio e instintivamente grito el nombre de ella:
 
– ¡Zeltzin!
 
– ¡Duele! – Lo decía ella mientras oprimía su vientre y gemía sin abrir la boca, el sudor bañaba su cuerpo y la hacía ver aún más morena. Lágrimas y sudor eran una mezcla homogénea que no dejaban en claro el odio o la compasión.
 
Tlazohtzin recordó lo que la partera del pueblo le había dicho que hiciese en aquel momento, giro regresando a la puerta aún abierta y observar cómo la tarde comenzaba a pintarse en su tono opaco. El rostro de Zeltzin había quedado adherido a su memoria mientras se deformaba por el dolor. No necesita voltear y mirarla de nuevo, tenía que correr lo más rápido posible y encontrar las hojas de cihuapatli, regresar, hervirlas y hacer que lo tangible de aquella temerosa memoria dejase de sufrir.
 
 
 
Por sus costados la hojarasca acariciaba el descenso de aquel futuro padre, el viento se oponía mientras gritaba al horizonte aquel lamento que jamás se podría interpretar. La tierra se filtraba entre sus pies y aquellos huaraches que impactaban desesperados, por un instante tuvo que detenerse y tomar aliento. El tiempo desenvainaba una sonrisa que él nunca correspondería, así mismo el sol marcaba su camino mientras se jactaba de todo lo que era suyo. Nuevamente retomo su ruta y pudo vislumbrar aquella casucha grisácea que se camuflajeaba entre los magüéis. Rápidamente descendió sobre aquel camino trazado por los deseos de miles antes que él, mientras tanto un aroma a cacahuaxóchitl y tlilxóchitl relajaban su respiración y lo atraían a una mezcla de colores que representaban el lomo de una abeja. Al estar frente a la puerta un gato de manchas blancas, naranjas y cafés se froto en su pierna, miro rápidamente a Tlazohtzin y entro mientras la madera crujía. Aquel espacio que el animal había hecho dejo ver una porción de aquella choza bien ordenada.
 
-Pasa -le susurraron-. Rápidamente volteo a su lado derecho tratando de encontrar el rostro de ese alguien o algo, pero solo pudo sentir el rose del viento acariciar su mejilla. El miedo se había apoderado de él, sujetó fuertemente su sombrero con ambas manos y empujó lo único que lo mantenía lejos de aquello que durante tantos años ha aterrorizado al pueblo. Su primer paso dentro cambio todo el espacio y el tiempo, dejo ver a su rededor como las partículas de polvo danzaban y frente a si una mesa en la cual se recargaba una anciana de pelo oscuro, cara ancha, ojos pequeños y en aquel lugar que debía estar su nariz solo había dos orificios triangulares.
 
– ¡Ne-necesito ayuda! -Tartamudeo.
 
-Tú no necesitas ayuda, lo necesitan ella y el chamaco. ¿Pero el tiempo está en tu contra, no es así?- Una risa se mimetizaba entre cada oración, mientras la puerta volvía a crujir a su espalda al cerrarse.
 
-¡Tú sabes dónde está la planta y la necesito!- Afirmó mientras miraba aquel entorno totalmente sumergido en la oscuridad y en su propio temor.
 
-¡Claro que lo se indio estúpido!-Contesto ofendida aquella vieja-. Así que deja de decir que tú necesitas algo, solamente eres el medio para obtenerlo. Esta no es la misma dificultad de esperar que Tláloc te cumpla un capricho o que Tonatiuhtéotl calme su ira, necesitas saber que lo que deseas se encuentra más abajo de la tierra que aras, en un lugar que puede congelar tu alma y derretir tu cuerpo. Aquel abismo infinito que nos lleva a la tierra de las sombras, los ecos y la eterna e inalcanzable esperanza.
 
No sabía si podría acercarse, desconocía cuales eran las dimensiones reales de aquel reino de la nada. Ahora se había dado cuenta que no existía ni una mínima partícula que interfiriese su vista, mantuvo su mirada fija en las manos de aquella mujer que rozaban las grietas de aquel rectángulo.
 
-No sé a qué te refieras, pero yo solo quiero esa planta de la que alguna vez platicaste a mi mujer, esa que cura el dolor de los bebés. Cihuanahualli te suplico que me digas en donde está, necesito que se alivie y me dé a ese chamaco. Ayúdame te lo suplico, ayúdame a que ella este bien.
 
-Deja de lloriquear y escucha muy bien lo que diré -respondió su mientras levantaba la silueta cubierta de su brazo derecho y dejaba ver un dedo con la piel pegada al hueso-, más allá de aquel cerro en donde Tonatiuh besa a escondidas a Metztli se encuentra el Tlaxicco escondido por la sombra de ambos.
 
-¿Qué es Tlaxicco?- Pregunto ingenuo acompañando su imprudencia con un paso al frente.
 
La oscuridad desapareció y el entorno recobró su aspecto familiar a los ojos de nadie, aquella anfitriona a espaldas de su visitante no había permitido que él se percatase de ninguno de sus movimientos al terminar de parpadear. Ligeramente desenvainó una sonrisa al tener su rostro milimétricamente separado de la nuca de Tlazohtzin, acerco su esquelético dedo a su boca y pedio silencio después de producir aquel característico sonido que contradice su petición. Nuevamente retomó sus indicaciones y prosiguió:
 
-El ombligo de la tierra, la entrada a un plano ajeno a todo lo que has conocido. Algo tan profundo que devora la luz de cualquier anhelo mientras que todas las almas que no pudieron asirse de la mano de Ometeotl son olvidados en los eones. Para llegar ahí necesitarás ir más rápido de lo que ahora has creído lo hiciste para llegar aquí, ya que el gran señor de las sombras es ajeno al tiempo y solo de vez en cuando no acaricia los pétalos de cihuapatli que tanto adornan su trono de chalchiuhtli. Pero debes tener mucho cuidado antes de llegar, los mensajeros vigilan escondidos en su traje color arena y solo ellos pueden verlo todo sin necesidad de mover su cuerpo. Una vez que hayas librado la mirada de los Yaotequihua descenderás sobre aquellos escalones que solo han sido pisados dos veces por Quetzalcóatl al resucitar después de ser engañado por…
 
-¡Mictlantecuhtli!- Interrumpió Tlazohtzin dando vuelta y no encontrando aquella única puerta que daba acceso a su actual prisión. Nuevamente retomó su vieja postura y giró una vez más no sin antes haber escuchado toser a su guía.
 
-Has tenido muy presentes las memorias de los ancianos, pero no creas que todo lo que ellos te han contado han sido solo viejas anécdotas que les permite desahogarse. En ellos se ha mantenido viva la memoria de los hombres de maíz que fueron aún más sabios que los dioses, pero lamentablemente solo queda el recuerdo de ellos y de su arrogancia. Ahora bien, para que puedas llegar a la entrada del edén de quien tú ya has mencionado, es necesario que seas guiado por el Xoloitzcuintle, solo él conoce el camino y solo él puede pisar primero aquella tierra en la cual no eres bienvenido. Así que ofrécele lo mejor de tu carne y tu mejor jarrón de agua; sea tal vez que te acompañe y gracias al sacrificio seas digno de conocer a tu progenitor -finalizo con una pequeña risa burlona-.
 
-¿Estás diciendo que vale más ese perro que cualquiera de mis animales? -Pregunto sorprendido y a la vez molesto.
 
-¡Por supuesto! – Grito afirmando la anciana mientras golpeaba la mesa con ambas manos-. Xólotl jamás se habría equivocado. El sacrificio que dio por los hombres solo ha sido agradecido por esos animales, mismos que no tienen nada que agradecer la creación de ustedes.
 
-Lo haré- contesto presionando los labios y recordando el sudor en la cara de su mujer.
 
-Debo decirte que al Uitsitsilin le gusta jugar con el Itscuintli en los campos de maíz, esos dos han sido los heraldos entre la vida y la muerte, entre la tierra prometida y un abismo. Así que muestra a ambos el respeto que merecen y no olvides que aquel que no vuela es quien más cerca está de salvar a tu crío.
 
Tlazohtzin salió de la casucha sin haberse percatado en que momento aquella puerta había regresado a su lugar original. No miro atrás, aun cuando la estúpida duda por saber por qué aquella anciana reía a carcajadas, lamentablemente él no tenía derecho alguno en aquel lugar. Corrió de regreso a aquel pedazo del mundo en donde él era un esclavo de sus necesidades, el recuerdo constante de una silueta femenina danzaba sujeto fuertemente no solo al interés paternal sino al incomparable lazo entre dos individuos que no tienen nada que ofrecer, al futuro incierto de una criatura que podría o no sonreír en azares del destino o de la muerte.
 
Lentamente disminuyo su velocidad tan pronto como se acercaba a su hogar, podía sentir la confianza en aquel pequeño ejido que generación tras generación mantenía monótonamente la misma descendencia sumida en la decadencia. Tropezó con un hueco que sin duda había sido hecho por aquel animal ahora tan importante; Tlazohtzin miro a su rededor sin encontrar nada. Retomo su caminar y llego a aquella puerta que lo separaba de un recuerdo de dolor y desesperación, aunado a ello necesitaba estar cerca de la única mujer que lo había aceptado cuando era el único prospecto que no había ofrecía nada. Empujo la puerta con el pie y esta le respondió con el mismo crujir de siempre. Una pequeña olla reposaba encima de un anafre viejo, los carbones enrojecidos ardían y llenaban la casa con aquel peculiar aroma a ceniza y café. El petate en el suelo mantenía la figura de aquella por la que ahora aria un viaje más allá de lo que ningún hombre se había atrevido, solo el gran Quetzalcóatl lo había logrado y en uno de sus intentos había fracasado, ¿qué podía esperarse de él?, ¿sería capaz de contárselo a ella sin que esta lo detuviese por el miedo a perderle? Pronto escapo de su pensamiento al mirar entrar a Zeltzin, esta al parecer había salido a orinar entre los magueyes y le era muy difícil hacerlo sin que aquella enorme barriga la hiciese caer.
 
-¿Dónde has estado?- Pregunto su mujer al mirarlo sudado y con los ojos irritados.
 
-¡Ya sé cómo quitarte esos dolores refuertes que te dan por el chamaco! -Respondió instintivamente, lleno aun de excitación mientras avivaba el calor para que al agua hirviese.
 
-¿En dónde has estado?- Insistió ella al sentarse en un banco de madera y quejarse por el embarazo-. Necesito que me ayudes con todo, sabes que ya no puedo hacer todo como antes, cada vez me canso más rápido, vomito a cada rato y no puedo con el dolor.
 
-Ella me ha dicho en donde esta esa pinche planta que te va a curar, solo que tengo que irme un rato. Me ha dicho que el perro que nos regaló tu hermano me llevara bien lejos, pero debo matar al huexoltl para que se lo coma y necesito que me digas donde está la mejor de las ollas para dársela con agua del rio.
 
-¿Qué? -Bramo su mujer-. Ese animal es para nosotros, si lo matas ahora no tendremos comida y además es un regalo de mi padre; por la olla no me preocupo, dale la grande en la que suelo ir a vender flores.

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