El cambio de guardia

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Trabajar en The Register Group parecía un sueño imposible. Sentado en una oficina, y los fines de semana, libres.

El único contratiempo es que me faltaba ropa adecuada: la primera semana continué con mis pantalones y camisas de camarero, hasta que pude comprarme unos jeans modernos y alguna camiseta con mensaje divertido, para no desentonar.

En aquella época, el VHS aún dominaba el mundo. Mi tarea consistía en ver cintas con anuncios del canal 7 chileno, y rellenar una ficha descriptiva sobre algunos productos concretos. Estudios de mercado, lo llamaban. Debíamos cumplir unos objetivos bastante irrisorios, por lo que tenía ir lento a propósito.

Temía que, en cualquier momento, apareciese un capataz y dijese: “Bueno, se acabó el descanso, chicos, ahora vamos a descargar los sacos de cemento”. Entre tanto, me aventuré a socializar con otras personas. Todas realizaban idénticas labores, cada una en sus respectivos idiomas.

Ordenándolas por cercanía a mi mesa, en el primer nivel se encontraban Sonja y Britta. Sonja era una activista finlandesa de izquierdas. Desgraciadamente, reservaba sus ideales para la gran política, con nosotros era intransigente y egoísta. Había un destello en su mirada pelirroja que, al principio, confundí con inteligencia y resultó ser mera ira calvinista. Britta, sin embargo, era conservadora en el aspecto político, pero, como suele ocurrir, muy liberal en su vida personal. Vestía siempre elegante e impecable, aunque sin taconazos ni mal gusto, como corresponde a una danesa. Sostenía una mirada limpia en sus ojos azules, igualmente engañosa.

Aunque nuestra relación cotidiana era cordial, sé que Sonja me consideraba una persona sin ideales ni disciplina interior, y Britta, alguien tosco y soez. En resumen, que las dos me tenían bien calado.

A Darius, nuestro manager, le gustaba fomentar el espíritu de equipo, y como todavía no existían los másteres de liderazgo, recurría a la vieja escuela: invitar a galones de cerveza los viernes. Durante estas sesiones, hacía lo posible por saludarnos a todos, y la verdad es que conseguía caer bien con su estilo a medio camino entre matemático despistado y matón barriobajero, dos caracteres contrapuestos que te hacían sentirte inseguro y divertido en su presencia. En una de estas ocasiones, se me acercó y, agarrándome por el brazo, me llevó a una esquina y me expuso lo siguiente:

­-Te voy a hacer una proposición deshonesta, Óscar. Necesito ir a Rusia para cerrar un contrato y alguien tiene que ocuparse de resolver las dudas, ayudar a los nuevos y cosas así, una especie de Assistant Manager. Será hacer el trabajo actual, pero quizá alguna hora de más. Te pagaré mil libras más este mes, ¿qué te parece?

-¿Puedo firmar ahora mismo, en el pub? –Sonreímos ambos-. Ah, y asegúrate de que tu teléfono funcione en Rusia, por favor.

En mis primeros días intenté honestamente ayudar a los compañeros y comprobé que el ser humano, en general, suele ser muy amable si no te empeñas en molestarles. Siempre hay excepciones, claro; personas conflictivas que trasladan su turbio interior allá donde van. Sonja se las arreglaba para construir unos discursos implacables, unos andamiajes verbales incuestionables sobre algunos errores -los errores ajenos, por supuesto-. Era difícil no verse arrastrado al territorio de su angustiada geografía mental, cuando magnificaba cualquier cuestión trivial que los demás solventábamos con un suspiro y un café en la máquina.

Richardson fue un caso aún más inquietante. Era nuestro técnico informático y una de las personas más cordiales y desenfadadas de la empresa. Pero un día descubrí que, no solo estaba robando componentes de la empresa y haciendo su negocio, sino que tenía una estrategia para culparme de ello, además de desacreditarme como un inútil –esa es la palabra que empleaba-. Consulté con Darius, que me habilitó para el despido fulminante. Aquella mañana, frente a mí, solo se encogió de hombros y me hizo saber que recurriría. Recuerdo que padecía de unos terribles dolores mandibulares que a todos nos habían preocupado. Seguramente era su subconsciente avisándole de que era un canalla.

Mientras tanto, Britta se las arregló sutilmente para coincidir conmigo a la salida y mostrarse locuaz, así que un día la invité a un elegante pub cercano.

Con un Sauvignon Blanc en la mano y su mejor sonrisa en la cara, me comentó:

-Así que has descubierto que la locura y la maldad existen. Bueno, dentro de lo que cabe creo que lo estás llevando bien. Quizá tengas futuro en la nueva empresa, y eso que yo pensaba que no tenías ambiciones.

-Para serte sincero, mi única ambición es levantarme un día con cierta paz en el alma. Y este nuevo rol me está machacando. Estoy deseando que se acabe.

-Vaya, vaya, así que la paz en el alma. ¿Y qué vas a hacer para conseguirlo?

-Pues, serte sincero, no tengo ni remota idea. ¿Y tú Britta, qué quieres conseguir?

-Una vida desahogada, una buena casa, no depender de ningún tío, eso seguro, y sé que tendré que trabajar duro. Creo que la paz de mi alma tendrá más cabida en un entorno así.

Atravesamos estos temas, y nos adentramos en nuestro pasado, incluyendo los exnovios. Es un territorio casi pre-ligue, aunque finalmente mantuvimos una nórdica distancia y nos fuimos pronto, cada uno a su casa.

Tres días después llegó la policía, un oficial muy amable y dos de uniforme. Cerraron la empresa, confiscaron los equipos, y me detuvieron muy amablemente.

Me explicaron que Darius era el testaferro de un ilustre personaje del hampa ucraniano, y que necesitaban averiguar qué sabía yo al respecto, en mi calidad de Assistant operations manager. Creo que, incluso el abogado de oficio, estaba fascinado ante la idea de defender a un posible mafioso ruso. Estaba tentado de decirle que así era, pero me contuve.

Me interrogaron durante una hora, enfocando las preguntas desde diversos ángulos, y me enseñaron fotos. El café era bueno, aunque pasé bastante frío en la celda. Parecía una gente bastante inteligente, pues finalmente descubrieron que era solo un monigote al que habían puesto allí de casualidad. A media tarde, me dejaron libre, deseándome suerte.

Recuerdo que Holloway nunca me había parecido tan bonita como aquel atardecer, al salir de comisaría. Por el camino, tomé una pinta de cerveza tibia en The Floirin, un barato refugio, y puse una libra en la juke box para escuchar a The Pogues. Lo bueno de vivir en un barrio irlandés es que vas al pub, dejas que fluya, y vuelves a casa con unas cuantas historias.

-Menudo bar y menuda música, eres un romántico –dijo, de pronto, la voz de Britta a mis espaldas-.

Respondió con una sonrisa a mi cara de perplejidad y se sentó enfrente con una copa de Pinot Grigio.

-Bueno, me alegro mucho de que te hayan soltado tan pronto.

-Gracias, ¿me estás siguiendo?

-Yo no. Pero sí quería despedirme. Te agradecemos mucho tu ayuda.

-¿Quiénes sois vosotros? No, espera, voy comprendiendo, Darius y tú me pusisteis ahí como a un espantapájaros. Te agradezco la visita y el detalle, pero vamos que no sé si estamparte la pinta en tu bonita y rubia cabeza.

-Ok, pero déjame explicarte primero, por favor. El jefe te puso allí por tu valía, mientras ultimaba la venta. Tienes que saber eso.

-Está bien. -Suspiré-. ¿Has venido solo a disculparte o queda todavia otra sorpresa?

La policía no ha encontrado nada –continuó- pero es mejor que me marche con Darius a Moscú. La vieja Europa languidece, ahora es el turno de Rusia y China. Es la era de internet, ¿entiendes? Todo eso del vídeo se va a la mierda. En fin, hemos pensado en regalarte este libro. Siempre fuiste un poco filósofo. –Me guiño un ojo y me alcanzó un ejemplar de Lou Marinoff-. No lo pierdas, que dentro está tu finiquito. Los rusos son gente de honor. Bueno, ha sido un placer, ojalá un día nos tomemos otra. -Me besó en la mejilla y salió corriendo.

El libro tenía la portada ondulada. Lo habían vaciado, en parte, y había sesenta billetes de cincuenta libras. Me acerqué lentamente a la barra a pedir una segunda pinta. Había dos señores mayores que habían estado atentos a mi conversación, aunque lo disimularan. No había nadie más excepto el barman, que estaba ocupado reponiendo unas botellas. Le pedí tres pintas de Kilkenny, y un chupito de Jack Daniel’s para mí, como acompañamiento.

-Oh, muchas gracias –dijo uno-, esa chica y tú hacíais buena pareja, pero parece que se trataba de un adiós.

-Oh, me temo que sí, por desgracia ella apunta hacia tierras eslavas –respondí, señalando con el chupito una posible dirección.

-Bueno, recuerda aquel hombre que encontró un caballo salvaje, lo cuidó y lo convirtió en un hermoso ejemplar y la gente le dijo “qué suerte” y él dijo “ya veremos”. Un día el caballo dio una patada a su hijo y le dejó una cojera de por vida. La gente le dijo: “Qué mala suerte”, y él dijo: “Ya veremos”. Después llegó una leva obligatoria y se llevaron a todos los jóvenes a la guerra, menos a su hijo y la gente le dijo: “Qué suerte” y él dijo: “Ya veremos”, y así continúa la historia, joven, de forma que ¿quién sabe?

-No estoy del todo de acuerdo, Pat –terció su amigo-, yo sí he tenido suerte. Hace dos años, ya sabes, fueron mis bodas de oro. Invité a mi mujer a un restaurante y cuando hicimos un brindis, me dijo: “Solo lamento no haberte conocido antes Tom”, eso fue lo que me dijo, ¿podéis creerlo? –preguntó, con una lágrima asomándole-. Y ahora disculpadme –Se levantó del taburete y fue al baño.

-Su mujer falleció hace un año. Una gran chica; de hecho yo me acostaba con ella, jaja. Es broma, hombre, lo decía por animarte un poco. Tom cree que tuvo suerte, pero hay que ser buena persona para saber disfrutarla.

-Cierto. Además, en estos últimos días, siento que algunas cosas que creemos ser aleatorias, en realidad están bien decididas de antemano.

-Profundas reflexiones para alguien tan joven –dijo Tom, que volvía subiéndose la bragueta-. Yo, sin embargo, creo es que es más bien al contrario, no se puede subestimar la estupidez humana. No sé si me entiendes.

-Quizá sea la Kilkenny, pero creo que te sigo.

En contadas ocasiones, antes de volver a toda hostia a la batalla, encuentras una tarde donde aprender y compartir, una isla de tranquilidad, acariciada por olas de cerveza tibia, que te hacen sentir –aunque sea ilusoriamente- algo así como atisbando un camino.

 

 

Comentarios

  1. Gian

    5 diciembre, 2019

    Interesante relato, Cesar. Me dejaste una duda; si tuvo suerte el protagonista, Oscar o si fue su jefe y la mujer sabían que lo dejarían libre. Suerte o ya estaba decidido a que ocurriera algo así.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

  2. Mabel

    5 diciembre, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo Cesar y mi voto desde Andalucía

  3. Naufragoenlaluna

    5 diciembre, 2019

    Una historia interesante, de hecho, por la forma en la que cuentas los detalles me quedan dudas de si es una historia inventada o no, sea cual sea, me ha gustado.
    Es curioso, pero es la segunda vez en esta semana que llega a mi la fábula del caballo salvaje y de la «mala suerte», la he leido en tu historia y la ví hace dos días en un episodio de Doctor en Alaska (soy un romantico y la estoy volviendo a ver), ¿me querrá decir el destino algo? Igual mi mala suerte con los gatos se convierte en buena suerte. No creo, pero… quien sabe. jajajja
    Un saludo César

  4. The geezer

    5 diciembre, 2019

    Muchísimas gracias por tu lectura y comentario Gian: para mí, el personaje se siente parte de un rompecabezas que él solo puede comprender tarde y mal. Yo creo que tanto su jefe como la mujer -que es jefa sin que él lo sepa- saben que está fuera de peligro si viene la policía. Muchas gracias de nuevo y un abrazo!!
    César

  5. The geezer

    5 diciembre, 2019

    Gracias Mabel por tu atención (una vez más) y un abrazo muy grande para ti
    César

  6. The geezer

    5 diciembre, 2019

    Jajaj espero que sí, Naúfrago, y muchas gracias por pasarte por aquí. A mí me fue referida esa fábula como cuento popular en un aburridísmo curso de márketing, del que solo saqué eso en claro. No sabía que salía en la gran mítica serie!!! Por otro lado, la mayoría de las piezas del relato son ciertas, aunque no ocurrieron a la vez ni en esa empresa…Los compañeros de trabajo infernales son de mi último curro, una venganza literaria sacarlos jaja
    Un abrazo grande!
    César

  7. Esruza

    6 diciembre, 2019

    Muy buen relato, César.

    Mi voto con un abrazo

    Estela

  8. The geezer

    10 diciembre, 2019

    Muchas gracias de nuevo Estela, por leerme y tus ánimos, un gran abrazo para ti!!
    César

  9. Mrs Verma

    19 diciembre, 2019

    Geezer the wizard…que alegría volver a saber de Oscar..buena historia,, se lee en un suspiro, me ha divertido, emocionado e intrigado a partes iguales y me he quedado pensando en ese atisbo de camino en una tasca en «Hollow-way»….
    Me gusta como combina lo cotidiano con lo fuera de lo común, la filosofía de bares y de academia. Enhorabuena de nuevo!
    (PS: leía lo de las tres pintas de Kilkennys cuando en el Spotify empezó a sonar el «Spanish Lady» of The Kilkennys….)

  10. The geezer

    19 diciembre, 2019

    Mrs Verma, una vez más me siento honradísimo por su visita, espero estar algún día a la altura de esos comentarios tan generosos. Y hablando de «wizards», veo que se mueve usted en un elevado nivel en cuanto a hechos y conexiones quiza no tan casuales…
    Un abrazo
    César

  11. Eli...

    14 julio, 2020

    Me gustó mucho @cesarholgado escribís muy lindo.
    Voy por un empujoncito para que llegue al ránking, aunque he visto que tenés mucho en ese puesto.
    En buenahora, lo mereces seguramente.
    Yo apenas hace un mes que ando por acá, y me gusta leer a los que «bien escriben».
    Abrazos nene.

  12. The geezer

    15 julio, 2020

    Muchas gracias por meterme en el grupo de los que bien escriben, ¡qué honor Eli!, pero tengo clarísimo que como todos aqui , ando no más jugando, aprendiendo, compartiendo…¡que no es poco! Y al final es cuestión de gustos. ¡Un abrazo muy grande y hasta pronto!
    César

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