El restaurante de la Gare

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La parroquia habitual de aquel bar de pueblucho de mala muerte no tenía nada que envidiarle a la de los más altos y refinados restaurantes de la capital. De acuerdo, no había todo el glamour de la decoración pomposa de los barrios más codiciados del 1er o 2ème arrondissement, pero puedo asegurar que el trato era exquisito y la gente interesantísima.

Allí podías encontrar gente de todo tipo. Desde hombres de negocios, ingenieros y estudiantes hasta artistas y obreros con las manos manchadas de aceite y oliendo a petróleo de las fábricas de los alrededores.

Legué a media tarde y no había ni un alma en aquel lugar. Era un lunes, por supuesto. Tan sólo un joven desorientado inmerso en su teléfono bebía una cerveza con un cuenco de cacahuetes al lado.

En la esquina del final de la barra había una mujer extraña hablando con Amélie, la dueña del bar. A juzgar por su aspecto, se diría que a esta mujer le gustaba lo esotérico.

Decidí sentarme en una mesa a tomar un té mientras esperaba que llegara la hora punta cuando el tren descargaría a ese grupo de habituales que frecuentan el lugar.

De repente, la mujer le cogió firmemente la mano a la dueña y le espetó en voz alta:

–          ¡Dile a tu hermana que deje de encender velas!

Rápidamente se volvió hacia su bolso, lo abrió y empezó a rebuscar agitadamente. Estaba muy nerviosa, empezó a caerle una gota de sudor por la frente y tenía cara de consternación. Ese día, aún no había bebido nada.

“¿Dónde estará mi botellita de oporto?”, se diría. Y no la encontró. Por más que buscó en su bolso de Mary Poppins, esta vez su magia no le sirvió.

Se trataba de una mujer misteriosa. Con su ojo bueno veía a todo el mundo, pero con el estrábico giraba en espiral penetrando más allá de tu ser, descifrando hasta los secretos más escondidos y entonces, es como si entrara en trance y te soltaba una frase que te descolocaba.

En el pueblo la llamaban “la loca”. Debía de pasar muchas noches en vela solitaria bebiendo botellitas de oporto en su maison.

A eso de las siete de la tarde, aquello empezó a llenarse.

Como si de un baile se tratara, las cervezas empezaron a correr a ritmo apresurado por la barra, así como los cigarros de mano en mano. Todo el mundo estaba contento y ya es mucho decir después de una larga y exhausta jornada de trabajo.

Y de golpe, cuando todo el mundo andaba enredado en sus historias, entró por la puerta un hombre corpulento y con cara de pocos amigos. Cualquiera diría que se trataba de un propio sheriff del lejano oeste. Tan sólo le faltaba su sombrero de cowboy.

La clientela quedó en silencio absoluto y le observaron con detalle.

–          Just….one…bière,please? – dijo éste con acento americano y ojos cómplices a la camarera.

Ésta le devolvió la mirada y sus labios finos se extendieron intentando ocultar una gran sonrisa de afecto y felicidad. Uno de los clientes a su lado se encogió de hombros. El resto quedó absorto ante la escena. Jamás nadie de tan lejos había aterrizado por allí.

–          ¿Y no preferirías un buen Porto Tawny, cheri? – dijo la vidente que reapareció por la puerta sacando al fin de su bolso mágico una gran botella de oporto con una sonrisa de oreja a oreja.

 

–          ¡Adelia! Happy anniversary my dear!”

Es el restaurante de la Gare, donde cada tarde se entremezclan las vidas cruzadas de personas de distintos confines del mundo en un punto sin retorno que se reinicia cada noche a partir de las doce.

 

 

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