El viejo, el relojero y la muerte

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Cierto día de uno de tantos de primavera se encontraron en el camino un anciano y un relojero, agotados ambos por sus respectivas travesías decidieron unánimemente tomar descanso a la sombra de un árbol. El sol continuaba arañando la tierra mientras uno que otro insecto hurgaba en las ranuras e husmeaba las eras pasadas al contar cada segmento desfigurado. La brisa se perdía al este y jamás regresaba con respuesta alguna para aquellos hombres que las exhalaban, pues aun las montañas continúan robando quimeras que navegan entre susurros y les dejan conocer algo más que no sea el eco del olvido. Fue entonces cuando el anciano hablo:
 
– No es propicio de un hombre de mi edad estas andanzas -terminando la oración para dar un largo trago a su laguncula repleta de vino-, mi tierra me recuerda y yo no olvido cada uno de sus bellos presentes. Pero he descubierto que más allá de los límites de mi pueblo se encuentran infinitas llanuras, todo aquello que desconozco y anhelo conocer antes que termine mi tiempo.
 
Su interlocutor aparentaba escucharlo no sin dejar de mirar de reojo su viejo reloj de bolsillo, recordaba que iba tarde para la próxima subasta de especias extrañas en la costa y suspiraba una que otra vez al saber que no volvería a encontrar oportunidad igual. Ahora no tenía destino alguno, nadie lo esperaba y solo quedaba un insignificante recuerdo de quien solía ser. Infancia y juventud jugaban con su memoria, intentando atrapar alguna palabra perdida entre toda aquella marea de malos pensamientos y rostros sin nombre. Recargo la cabeza en el tronco, cerró los ojos y contesto:
 
– No existe edad alguna en la cual deje de haber tiempo, es la monotonía el sobrenombre que hemos dado al flujo de la vida. Es decir, cada uno de nosotros está sujeto a eso que solemos llamar destino, pero no crea usted que me refiero a que toda acción y comportamiento están ya escritos, no. Me refiero al tamaño entre cada huella que dejamos detrás y que nos acerca repentinamente a la ruina o la felicidad. Desafortunadamente somos el resultado de necesidades absurdas y deseos fugaces, algo así como estar y no pertenecer, tal cual como sucede con usted y conmigo.
 
Cada palabra había sido bien atendida por el viejo, aquella perorata fue correspondida con una ligera sonrisa y una respuesta en desacuerdo.
 
– Mi querido joven, usted habla del tiempo como si fuese un artículo que pudiese ofrecer un mercader y que cualquiera pudiese disfrutar. Lamentablemente no existe, es algo que ni siquiera se puede tachar de esporádico o momentáneo; el pasado, el presente o el futuro no pueden determinarse de forma alguna. Ahora bien, dirá usted que solo soy un viejo estúpido que habla de ideas que alguna vez leyó en su infancia o que solo menciona esporádicos recuerdos de alguna charla pasada, pero no es así. En el transcurrir de mi vida he meditado acerca de todo aquello que jamás ha tocado hombre alguno y que goza de un nombre por decreto de ellos: la imaginación, las ideas, el tiempo, el infinito y lo eterno solo por mencionar algunos. Y creo yo que nada de esto está al alcance de tales definiciones y tan arrogantes títulos dados por unos cuantos que ya han sido olvidados, naturalmente somos un utensilio que la naturaleza pensaba utilizar para satisfacerse en aquel ciclo interminable.
 
El relojero contó la cantidad de veces que el segundero de su reloj había recorrido la silueta de su prisión, cada minuto ocupado por aquel anciano buscando las palabras adecuadas para creer que podía comprender las reglas del tiempo. Ambos eran un fragmento miserable entre el inicio y el final, intentando asociar cierto conjunto de letras para definir la esencia original del todo.

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