Exilio

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La primera persona rara vez es la acertada, aunque suele ser la que lo lleva todo consigo:

La inocencia. Las lágrimas al decir por primera vez «te quiero» y el llanto después de discutir.

La adolescencia. Los días de mirar por la ventana de clase imaginando mil historias. Las primaveras más dulces del corazón. Esa vez que desojaste una margarita haciendo trampas. Las famosas mariposas.

La armonía. Vuestra canción. Todo recuerdo encadenado a esa melodía. Bailar con el alma abrazada.

La pasión. Los besos cuando no los regalabas. El poema que por un segundo creíste que se acercaba a explicar lo que sentías y le daba sentido a seguir escribiendo. La atracción que no entraba por los ojos y, aún así, era la que más te excitaba.

La vergüenza. La duda de no saber hasta dónde llegar mientras os desnudabais. La torpeza de vuestras manos junto a la inexperiencia y no saber qué hacer. La más cálida caricia que nunca recibiste al terminar, que acogía tus latidos en otro pecho.

La credulidad. Los planos de un futuro. Esa capacidad de fantasear nítidamente; con un hogar, el nombre de vuestro perro o cuál será la comida de todos los domingos. Lograr vivir un poco del mañana.

La esperanza. Las ganas de esprintar detrás del tren. Cuando usabas las piernas para llegar a donde quisieras sin ponerte tú mismo los muros.

La filosofía. Esa que defendía el arte sin obra. Cada acto, cada decisión, cada palabra no concretada; la vez que reconociste enfadarte por llamar su atención y a la vez te viste a ti mismo viviendo con él.

La confianza. Dormir despreocupado y despertar sin dudas. Cuando no existían demonios detrás de tus pupilas, las sombras eran pequeñas y se esfumaban con una sonrisa.  Los colchones aún no eran piedras y enamorarse era cómodo.

La paciencia. Labrar el cariño sin esperar ver la flor nada más plantar la semilla. Días de esperar por nada en lugar de nada que esperar.

La visión. Los ojos, no con los que ves la realidad sino con los que la percibes. Cuando te entregabas sin corazas y te atrevías a reconocer todo lo que sentías.

Y ahora se te acerca una llama que arde como tú la primera vez, pero no sabes creer. Porque tú ya la viviste y se lo llevo todo.

Incluso la realidad.

Comentarios

  1. Esruza

    6 diciembre, 2019

    Si, todo eso es la primera vez, pero nunca se olvida porque no había dobleces, ni mentiras, todo era realidad; después, ya no es fácil creer.

    Muy bueno.

    Te doy mi voto con un abrazo.

    Estela

  2. Andy

    6 diciembre, 2019

    Exacto, cuando es nuevo lo que sientes y te agrada, lo experimentas sin dobleces como has dicho. Pena que se complique a medida que maduras, ojalá se hiciera mas sencillo.

  3. Vecca

    6 diciembre, 2019

    Todo el relato es excelente pero me he enamorado de estas palabras:
    «La confianza. Dormir despreocupado y despertar sin dudas. Cuando no existían demonios detrás de tus pupilas, las sombras eran pequeñas y se esfumaban con una sonrisa. Los colchones aún no eran piedras y enamorarse era cómodo»
    Saludos y mi voto.

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