Exilio blues

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El cuartucho ha ido menguando poco a poco en torno a la gran cama vacía. A la derecha de esta una silla de plástico, una silla de esas que no se han usado nunca para nada y que ahora por fin encuentra sentido a su existencia. Silla comprada esperando gran cantidad de visitas y reuniones: la esperanza traiciono a su propietaria.

Sobre la silla unos cuantos pantalones vaqueros y unos jerseys -el invierno amenaza con presentarse duro-, unos calcetines y unos calzoncillos, camisetas de manga corta, guantes negros y una braga térmica. Sobre su respaldo la chupa que compré tirada de precio -«lo importante en este país son los contactos, chico»-.

La cama flanqueada a ambos lados por bolsas de tela llenas hasta arriba de libros y en un rincón la vieja guitarra. Sobre la mesilla una colección de relatos de Hammett; a los pies de la cama, justo a su derecha, una mesa alargada sostiene una tele encendida con gestos y rostros conocidos que ya no dicen nada (volume off)… si es que alguna vez dijeron algo; a la derecha de la cama una ventana cerrada con la persiana bajada, pero no del todo: no se puede, deja entrar los aullidos y gritos desesperados de una alcohólica esquizofrénica que duerme frente al Deutsche Bank y a la que los buenos samaritanos han bautizado como « la Loca»; encima de la cama un ordenador encendido con un libro empezado que no sé si llegaré a acabar.

Un día es como otro cualquiera: da igual Miles Davis que Tom Waits, da igual Ovidio que J.M.Cain. Todo vuelve: se va para volver como ese recuerdo…

Supongo que exilio es esto: no tener ya a que llamar hogar. Haberlo perdido todo, menos la razón y esto de milagro.

Cajas, sólo recuerdo cajas de cartón. En el trabajo cajas y cajas en la casa antes de partir, cajas en la comida, cajas en la cena.

Porque siempre se está como empezando desde cero, porque en el fondo nunca se deja de partir y exilio es el nombre al desarraigo cuando se cortan de un momento para otro todo lo que nos unía a una tierra, a una ciudad, a un país, a un… tal vez a un amigo, tal vez a un amor.

Cierro el libro, miro a la habitación y nada cambia. No sé; alguien dijo alguna vez que la locura era hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes y me da igual quién lo dijo, pero sí es verdad.

La habitación ha menguado tanto que se cierne sobre mí y me atrapa, y en la cama me espera un libro por escribir y en la calle pasos, gritos, risas, lloros, besos, miradas, suspiros.

Supongo que esto es el exilio y siempre se está aprendiendo a sobrellevarlo: eso no se enseña como no se enseña a recibir un crochet. Lo recibes como puedes y te jodes y te vuelves a levantar aunque se esté tan bien en el suelo, realmente bien.

Y lo aprendes porque el crochet volverá: no sabrás de dónde ni de quién, pero volverá. Tal vez venga de una beldad de la que te has enamorado o de un conocido, tal vez, y esto es lo más probable, de un hombre trajeado y con «buenas» intenciones, pero volverá. Y no habrá piedad.

Exilio, sólo el exilio te hace escribir así.

 

Comentarios

  1. Naufragoenlaluna

    5 diciembre, 2019

    Me parece un texto cojonudo y lleno de verdades, como esa de que nadie te enseña a recibir una hostia, y que las hostias vuleven una y otra vez, de eso uno debe de estar seguro. Un saludo y mi voto

  2. Vecca

    12 diciembre, 2019

    ¡Muy buen texto! Las verdades del exilio sobre el exilio y sobre uno mismo. Un texto dividido perfectamente en dos fases. Te felicito y va mi voto. Saludos.

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