Exorcizando un Amor Clandestino. Capitulo Primero

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¿Qué estará haciendo ella ahora? ¿En qué estará pensando? ¿Estará tan triste como yo lo estoy? ¿Llorará de vez en cuando al recordarme? Porque yo sí, sobre todo en las noches ¡Mierda! qué difíciles son las noches. Éramos unos idiotas, unos inmaduros, un poco infantiles ¿Quién sabe? En estos días donde nada se juzga, donde no existe nada categórico, probablemente eso fue lo que nos faltó: lo categórico, lo decisivo.

No me importa si se entiende o no – no todo lo que se escribe tiene que hacer sentido inmediatamente- o si esta es o no la mejor forma de comenzar. Lo trascendental es que todo se terminó, que ya no existe.

Extraño sus enormes ojos verdes. Sé que es una cursilería eso de que «los ojos son las ventanas del alma»; pero con esos ojos, con esos ventanales inmensos y brillantes, yo podía leerle el alma. Brillaban eléctricamente cuando estaba feliz y podían ser los más opacos y distantes cuando entristecía. Cuán extraño se volvía todo cuando me miraba así: opaca y distante. Cuán culpable yo me sentía, me daban ganas de salir corriendo; pero no para salir huyendo, sino para ir a encontrarla, porque a alguna parte se había ido: no estaba ahí conmigo. Tal vez ella sentía que era yo el que no estaba.

He estado escarbando todas las escenas que ocurrieron en los escasos cinco meses que estuvimos juntos. Me torturo no queriendo olvidarla

-No te puedo decir que no le hables o que no pienses en ella, porque es difícil. Han pasado diez meses y te puedo decir recién que estoy sanando completamente-

No se lee muy alentador; pero cuando mi amigo me lo escribió, lloré de la condenada razón que tenía ¡Diez meses! y solo estuvimos juntos cinco.

Qué extraños nos sentimos en ese café, a unas pocas cuadras del trabajo, cuando nos juntamos por primera vez. Ambos sentados en sillas altas, los pies colgando, suspendidos ambos, bebiendo café en la barra de madera, mirando la Alameda de Santiago transitada, invadida pasajeramente de almas escapando de sus rutinas, volviendo a casa. Tal vez en eso estábamos, así nos sentíamos. Poco nos mirábamos, porque siempre nuestras miradas nos hacían arder. Por eso tardamos en darnos cuenta, ya que lo que era timidez -inquirirnos en secreto, ignorándonos nuestras presencias para poder comportarnos- lo interpretamos como desinterés. Pero ahora ambos estábamos expuestos, al descubierto. Nuestra tibia e inesperada declaración sentimental nos tenía ahora embriagados y, muy probablemente, todo lo que hicimos juntos, lo hicimos borrachos de ese amor clandestino.

Amarga y fría descendiendo por mi garganta. Su cuerpo completo, suave y denso me hacen sentir perdido, esperando que esa sensación de inexistencia me abrace. Sé que no debería estar bebiendo. Hace un par de meses el doctor me dijo que no lo hiciera. Pero no se puede tener el corazón roto sin beber un poco. Las ausencias exacerban los excesos.

-¿Puedes dejar de hacerlo?

-¿Qué cosa?

-Comentar mis publicaciones en redes sociales.

Al comienzo no advertí la razón de su petición, básicamente porque soy un idiota; pero accedí de todas formas, no sé si por cortesía o por lo autoritario que sonó en mi cabeza cuando leí su mensaje. Uno es un estúpido y no suele darse cuenta del grito desesperado, oculto en algunas locuciones, para que se tome una decisión. Yo dejé de comentarle sus publicaciones; pero era ella la que, de vez en cuando, comentaba las mías. Para mí, que ella lo hiciera, no significaba un problema; al contrario, era la excusa perfecta para que conversáramos –ya que en el trabajo no podíamos hacerlo-

-¿Puedes dejar de comentar mis publicaciones? Me confundes.

El problema no era solo que le comentara sus publicaciones, el problema no eran las horas de conversaciones privadas que seguían de esos comentarios, ni lo placentero que se volvía imaginarse el rostro del otro al otro lado de la pantalla; sonriendo, explicando el mundo, riéndose. El problema es que trabajábamos juntos y, recientemente, me había convertido en su jefe.

Recuerdo que era una de esas frases lindas que suenan bien; pero que, si te pones a pensar concienzudamente, no hacen mucho sentido. No recuerdo exactamente qué era o qué decía. Sí recuerdo a dos personas y una especia de precipicio, tal vez. Qué curioso que esa sea la imagen que recuerde, sobre todo ahora, teniendo en cuenta cómo me siento. Era una tarde no muy fría de Julio, sentado en el living, viendo una película de la segunda guerra, un domingo. ¡Qué sensacional era encontrar a alguien con quien poder conversar así! Como conociéndose de antes; pero con esa excitante novedad que da el descubrirse y, aunque era solo a través de nuestros celulares, sentir que estaba ahí, acurrucándose a mi lado, sonriéndome, mirándome soslayadamente mientras hablábamos.

-¿Por qué lo haces?

-¿Hacer qué?

-Comentar mis publicaciones.

-No lo sé. Me gusta hablar contigo.

-¿Solo eso?

-Perdón. No quise molestarte.

-Es que no es que me moleste. Te pedí claramente que no me comentaras mis publicaciones e igualmente lo hiciste. En verdad no entiendo qué es lo que quieres.

-En mi defensa, tú también comentas mis publicaciones.

-Bueno, en mi defensa- escribió ella- creo que me gustas y bastante.

-En mi defensa- escribí yo- tú también a mí.

Ese calor que comencé a sentir en el momento en que comenzábamos a discutir, inesperadamente derivó en un tibio vaho que me empapó el pecho y comencé a sentir mi rostro ligero, como si mi cráneo se desprendiera del resto de mi cuerpo y comenzara a flotar. No sé de qué tanto era de lo que nos defendíamos; pero ahora ambos estábamos expuestos y nos comenzábamos a embriagar.

 

Leer Capitulo Segundo

Comentarios

  1. Mabel

    26 diciembre, 2019

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Luis

    27 diciembre, 2019

    Buen texto. Un saludo y mi voto!

  3. Dae

    29 diciembre, 2019

    Me gustó mucho !

  4. Gian

    16 enero, 2020

    Me gusto el cuento. Lo continuaré.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

  5. Paola belan

    10 octubre, 2020

    Me encanta! Voy al segundo capítulo.

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