God Control

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“¡Despierta!. ¡Despierta!. ¡Despierta!”, martilleaban estas incisivas órdenes en su mente, de buena mañana. No fue hasta abrir los ojos que recordó estar en casa de su madre. Ella se quedó extrañada por el fuerte abrazo que le dio, mientras profería un “te quiero mucho. No lo olvides nunca” y se largaba a toda prisa sin probar bocado del desayuno. No miró atrás. Se metió en el coche y salió zumbando hacia el centro comercial. Aparcó y abrió el maletero, agarrando una bolsa, a modo de funda y entró en el establecimiento. Pasó con la cabeza gacha, cubriéndose los ojos con la visera de una desgastada gorra de sus tiempos de pitcher. Sabía hacia donde ir. Hacía tan sólo dos días que había trabajado allí. Se dirigió al fondo de la sección de congelados. Justo al lado se encontraba el acceso al tejado del edificio. La abrió y alcanzó la terraza en cortas zancadas. Una vez ahí, atrancó la puerta con un pedazo de una vieja tubería olvidada.

Se acercó al borde del tejado y dejó caer la bolsa. Suspiró profundamente, mientras la abría y extraía una botella de Jack Daniel’s. Desenroscó el tapón y dio un largo trago. Y otro. Y otro más. Desde allí, podía disfrutar de unas vistas de primera. De coches circulando y maniobrando para aparcar. De transeúntes ocupados con sus carritos y sus bolsas de la compra. De padres y madres con sus hijos, llevándolos hacia el hipermercado para hacer la compra semanal… Y entonces se acordó de su hijo. Y de cómo le gustaba el olor de las palomitas de maíz de la máquina que estaba justo en la entrada del comercio. “¡Mira cómo saltan papi!. ¡Mira cómo saltan!”. Y eso le hizo sonreír por un instante. Luego, agarró la botella y echó otro largo trago. Pero su sonrisa se quebró al instante al recordar el día en que perdió la custodia de su pequeño, después de un arduo y penoso juicio, al separarse de su mujer. Más tarde llegaron las costas del abogado y a ellas se sumó la pena de no poder ver al pequeño más que los fines de semana. Se dio a la bebida y malgastó los pocos ahorros que tenía en apostar donde no debía. La amargura lo engulló entero y su alma se volvió negra. Andaba taciturno, cuando no borracho. Perdió su casa. Su madre lo acogió. Hasta que llegó el despido. “Lo sentimos mucho. Pero debes comprender que estas son medidas cautelares ante tal comportamiento. Ordena tu vida y ya hablaremos. ¿De acuerdo?”, le dijo en tono fraternal el encargado de Recursos Humanos.

“Pues mira por donde, lo tengo todo muy bien ordenado”, soltó en voz alta, con la lengua trabada por la bebida y el odio clavado en el corazón, mientras rebuscaba en la funda y sacaba un rifle AR-15, listo para disparar. Apuró los restos de whisky que aún quedaban en la botella y la lanzó sin mirar a sus espaldas. Agarró el AR-15 y ajustó la mira telescópica. De repente, esas pequeñas hormigas que parecían divisarse desde el tejado se volvieron gigantes a sus ojos hinchados y encharcados por las lágrimas y el alcohol.

Y recordó aquellos tiempos felices en los que solía llevar a su hijo a la feria y él le pedía el tiro al pato. Sin duda, era su favorito. “¡Claro que sí, chaval!. ¡De tal palo, tal astilla!”. Y emulando dicha atracción, dispuso su arma hacia cada miembro, cada cuerpo, cada cabeza que tuviera en su punto de mira. Vaciló unos instantes. Su dedo índice tembló por un segundo ante el gatillo y luego… Un infierno de sangre y muerte se desató en el aparcamiento del centro comercial. Pavorosos alaridos se elevaban hasta el cielo, mezclados con la demente euforia del tirador poseso, que a cada disparo iba repitiendo “pato”, “pato”, “pato”, con voz demoniaca y tono triunfal.

Totalmente dopado por su propia adrenalina, el pistolero asesino se puso en pie, acercándose al borde del tejado desde donde estaba llevando a cabo su matanza. “¡Quien dijo que Dios ha perdido el control sobre nosotros!. ¡Yo tengo el control!. ¡Yo soy Dios!. ¡Yo soy Dios!”… Y en vuelo corto y maltrecho, aquel pobre diablo que quiso emular a Dios, se estampaba contra el suelo como un fardo desmadejado al recibir un certero disparo en la sien por agentes de la ley. Y en su caída, casi pudo ver la luz, envolviéndolo, alcanzándolo. Después, nada. Oscuridad.

 

Inspirado en el tema “God Control”. Madonna, 2019

 

Comentarios

  1. ZacaTena

    5 diciembre, 2019

    Qué mal compañero el alcohol para sobrellevar los malos tragos de la vida. Yo prefiero el rock’n’roll. Buen texto. Mi voto.

  2. MadreMar

    5 diciembre, 2019

    Pues sí. ¡Cuánta razón tienes!… De todas formas, me hubiera gustado ahondar mucho más en el perfil psicológico del pistolero y no achacarlo todo al alcohol. Pero, ¡claro!, siendo un Microrrelato, tenía que intentar sintetizar al máximo.
    Sea como sea, con este texto he intentado mostrar mi disconformidad con los trágicos sucesos que se producen recurrentemente en los Estados Unidos, debido a la tenencia y uso indiscriminado por armas de fuego. El tema de Madonna «God Control» es buena muestra de ello.

  3. Mabel

    5 diciembre, 2019

    Muy buen relato. Un abrazo Lourdes y mi voto desde Andalucía

  4. Esruza

    6 diciembre, 2019

    Buen texto, Lourdes. Armas que librement pasan a México!!!

    Mi voto y felicidades.

    Estela

  5. MadreMar

    6 diciembre, 2019

    Hola, estimada Estela. Ciertamente, es demoledor el panorama que se presenta acerca de las armas de fuego. Lo que comentas sobre su tráfico a México es tristemente desolador. Este es un tema, a mi entender, candente. Pero, claro, hay demasiados intereses de por medio… Tú ya me entiendes…
    Un abrazo
    Lourdes

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