¡Me reencarné en un Elfo! – Capítulo 5. El cuarto.

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Una mañana desperté tras muchas horas de sueño. Con cuidado de no golpearme, bajé de la cama arrastrando la sábana conmigo y me fui gateando hasta la siguiente habitación. El polvo se acumulaba lentamente por lo que me picaba la nariz, pero traté de omitirlo entendiendo que tenía una misión importante. Llegué a la cocina sin prisas y trepé por el saco de alimentos para tomar unas frutas pequeñas y dulces que destacaban por su fuerte pigmento azul. Las dejé rodar hacia el suelo y luego las envolví todas en mi sábana para dormir.

Traté de amarrar dos extremos de la sábana y me la crucé en el cuello para arrastrarla conmigo al gatear. Me costó un poco de esfuerzo, pero pude llegar hasta la habitación más alejada de la casa. La puerta estaba abierta y un pesado hedor llenaba el ambiente, como siempre, traté de no pensar en él. Al trepar con energías la cama, una mujer blanca y delgada me miraba con los ojos vacíos.

Tomé una fruta azul, la abrí para quitarle el cuesco central y la puse con delicadeza en la boca de la mujer. «Mamá, coma po’favó » le dije con mi difícil pronunciación. La mujer, como si fuera un robot, comenzó a comer de manera monótona la fruta hasta tragarla por completo. Repetí el proceso hasta que no me quedaron más frutas que darle a mamá.

«… ahora incluso dices por favor.» Dijo con la voz rasposa, como si no acostumbrara a hablar seguido. Tras mirarme por unos segundos, sus ojos vacíos se cerraron y volvió a caer dormida.

«Al menos logré hacerla comer esta vez» me alenté para mí mismo, comprendiendo que esta es una situación que escapa totalmente de mis capacidades. ¿Cómo podría un bebé ayudar a su madre a superar una depresión por abandono? ¿Acaso los seres de este mundo sufren depresión realmente? Al ver a mamá de esa manera, fue inevitable ver en ella a una persona, tan humana como lo fui antes de la reencarnación.

Si bien tengo el cuerpo de un bebé, siento mi mente tan clara como cuando morí a los treinta años, aunque, para ser preciso, noto cómo esta ha estado mutando cada vez que los crecimientos de mi cuerpo se dan de golpe y con mucho dolor. De alguna forma me siento más capaz de aprender y absorber mi entorno.

Toda esta lucidez mental me hizo entender que papá nos abandonó.

Escuché a mi madre armar un alboroto en todo el pueblo, rogando ayuda por un posible secuestro. Al comienzo, gracias a la simpatía que aún le tenían a Hellim, unos pobladores armaron grupos de búsqueda hacia los bosques. Luego de no dar con pistas claras, la respuesta vino del cuerpo policial y el testimonio del supervisor del centro de cultivo, Rigulos. Alder se dio a la fuga, incumpliendo el deber legal que implica la paternidad, desde ahora es considerado prófugo y con orden de captura inmediata en cualquier puesto de vigilancia. Fue un duro golpe para toda la comunidad.

Una semana después que todo se calmara en el pueblo, mi madre aún no lograba mejorar su estado de ánimo, solo se levanta para sus necesidades más básicas. Aprendí que no puedo depender de ser amamantado por ella, por lo que comencé a intentar comer alimentos del saco de raciones como frutas, masas horneadas y algo que parecía tiras de carne. No tenía dientes aún, por lo que todo el proceso era extremadamente lento, y mi hambre era cada vez más voraz.

Al décimo día, vino el supervisor Rigulos para traernos personalmente dos nuevos sacos de alimentos, más un extra por los problemas sufridos. Al entrar al hogar, me encontró acostado al medio de la cocina, intentando tragar un poco del dulce fruto azul, el cual, hasta ahora, es de las pocas cosas que no vomito al poco rato de digerir.

«¿No era un bebé recién nacido?» preguntó al aire, sin esperar la respuesta de nadie, olvidando los detalles de la historia de mi peculiar nacimiento. Llamó a Hellim en voz alta y buscó a través de la casa al no recibir ninguna respuesta. Llegó hasta la habitación más alejada de la casa y, al abrir la puerta, el hedor golpeó su nariz. «¿Guardan animales en casa?» se preguntó escandalizado por la suciedad. Aún así no encontró a mi mamá.

«¿También abandonó el hogar y su deber de madre?» dijo con una expresión seria y mirándome con poco entusiasmo, claramente no le gustan los bebés. De todos los lugares que buscó en la casa, hubo una habitación que pasó por alto, y es poco visible su ubicación si no prestas la suficiente atención. «Allí». Le dije apuntando hacia un costado de la chimenea. Rigulos no entendió lo que le acababa de decir, pero, al verme tan insistente apuntando hacia la habitación oculta, buscó con la mirada hasta encontrar el agarre de la puerta.

«Tienen algo como esto… ¿Me quieres decir que mamá está aquí?» Me preguntó de una forma en que normalmente uno no le habla a un bebé. «Sí» le respondí con convicción, aún así su mirada no mostró más entusiasmo que antes. «Entonces veamos… tengo un mal presentimiento de esto…»

Al entrar al cuarto oculto, tuvo que dar unos pasos atrás inmediatamente, la visión y todos los demás sentidos fueron fuertemente atacados, como si la causara una fuente artificial que buscara hacerle daño. Con sus fuerzas debilitadas, no intentó cerrar la puerta sino que se arrastró con poca gracia lejos del lugar. Mientras hablaba en voz baja hacia un aparato brillante en su muñeca, me acerqué gateando para ver qué fue lo que le impactó tanto.

Una pequeña sala, repleta de figuras blancas, pequeñas estatuas que representaban una infinidad de seres antropomórficos y con otras formas difíciles de describir. Todas ellas con decenas de velas encendidas, inciensos quemados, aceites, cabezas de ganados, vino derramado… Un cuarto digno de llamarse salón de oración o de ofrendas, pero, por más que busqué, no vi a mi mamá por ningún lado. Yo… pensé que había cometido suicidio.

Antes de poder entender todo lo que estaba a mi vista, unos brazos me toman desde atrás, llevándome como si fuera un equipaje de mano. En pocos segundos la puerta principal estaba abierta y varias personas entraron con caras sombrías, comenzando un proceso de examinación a toda la casa. Sin poder tener control sobre mis movimientos, fui trasladado hacia una especie de carruaje donde, otro señor desconocido, me toma en brazos, esta vez con más delicadeza, como se supone que debes tomar a un recién nacido.

«Lo dejo a tu cuidado. Es el hijo de Alder…» Hizo una pausa que parecía dolorosa por su expresión facial. «Mientras vas de camino, informaré al orfanato para que te reciban al tanto de lo sucedido. Además… » Como si quisiera decir algo más, se silenció de pronto al mirarme y notar que le miraba fijamente la boca.

Hizo un gesto con dos dedos sobre su muñeca brillante y dio la vuelta de regreso a mi casa.

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