Observaciones desinteresadas para una mejor Navidad

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 La fábrica de juguetes estaba funcionando al ritmo habitual. Duendes alegres iban y venían entre cintas, máquinas, engranajes, grupos de embalaje y equipos de logística. Santa Claus supervisaba todo desde su oficina, con un café y unas galletas sobre el escritorio, mientras leía los pedidos de los niños.

-Perdón, Santa, te buscan -interrumpió uno de sus ayudantes.

-¿Quién? -preguntó, quitándose los anteojos.

-Tres tipos, deben ser importantes porque vienen de traje. Hasta traen corbata. Dicen ser de Naciones Unidas o algo por el estilo.

-Si ya están acá, con el frío que hace en el Polo Norte, no los puedo dejar esperando afuera… Hacelos pasar… -se resignó, algo molesto por la imprevista visita, Papá Noel.

Luego de los saludos formales, estrechándose las manos cordialmente, los visitantes se acomodaron frente al escritorio.

-¿En qué los puedo ayudar? -mostró su buena predisposición, el anfitrión.

-Venimos hasta acá enviados por un cónclave de prestigiosas entidades que están algo preocupadas por el desarrollo de las navidades. Particularmente yo represento a la Organización de Naciones Unidas, la ONU, para hablar en criollo. Mis compañeros hablan en nombre de Geenpeace y de la Organización Mundial de la Salud.

-Ahá… ¿Y en qué consiste esa “preocupación por la Navidad” que los trae hasta nuestra humilde casa? Prefiero ir directamente al grano porque, se imaginarán, tengo muchísimo trabajo con las cartas de los niños de todo el planeta -se impacientó, Santa.

-Básicamente creemos que su accionar debería aggiornarse a estos tiempos -continuó el canoso de la ONU-. Por ejemplo, no puede ser que siempre empiece repartiendo regalos por Australia. Los latinoamericanos han presentado una queja en conjunto por favoritismo manifiesto. Es una situación insostenible.

-Pero… eso depende exclusivamente de los husos horarios. Yo arranco por el primero que cambia de día -se excusó, confundido, Papá Noel.

-Una regla bastante injusta, podríamos decir. Las Naciones Unidas creemos que es tiempo de revisar esas reglas arcaicas y vetustas que generan malestar mundial. Usted no tiene idea las acaloradas discusiones que hemos tenido que soportar en varias asambleas culpa suya y su arbitrario recorrido repartiendo regalos.

-Pero, si…

-Y hablando de regalos… Lamento comunicarle que varias entidades ecologistas, entre ellas la que me tiene hoy acá, han elevado diversas quejas en su contra. Hasta el momento hemos logrado frenarlas para que el escándalo no llegue a la prensa, pero no sé por cuánto tiempo -intervino, el moreno representante de Greenpeace.

-¡¿Esto es una broma?! -preguntó, nervioso, el barbudo hombre navideño.

-Lamentablemente, no. Principalmente se lo acusa de utilizar tracción a sangre. Esos pobres renos voladores. Estamos en el siglo XXI… ¿Acaso no existe una manera más actual de manejar un trineo sin aprovecharse de inocentes animalitos? Algo eléctrico, que no contamine, ni genere ruido… Y eso por no mencionar los desperdicios. Nuestros observatorios han detectado un altísimo porcentaje de material descartable contaminante durante la fiesta que usted simboliza. Papeles, juguetes de plástico, bolsas, platos descartables, sorbetes… En fin, se me pone la piel de gallina de solo enumerar algunos de los atentados contra nuestro planeta que transcurren cada 25 de diciembre. Podría continuar durante horas, pero creo que se entiende mi idea -cerró, algo ofuscado, el militante ecologista.

Santa Claus se recostó sobre su silla abrumado. Se desabrochó los últimos batones de su camisa y tomó coraje para escuchar al último de los caballeros que tenía ante él.

-En la misma línea la entidad que me avala considera que su imagen no es precisamente un ejemplo para los estándares actuales. Para ser concreto, el regodearse sobre su obesidad, expresada por esas risotadas exageradas de un hombre con problemas cardíacos y respiratorios no nos parece sano. Y la barba… ¿sabe usted que esa barba tupida es una incubadora de gérmenes? No se lo tome como algo personal, pero la Organización Mundial de la Salud, la prestigiosa OMS, vela por la apariencia de las grandes personalidades de la humanidad, aquellas que son un espejo para la humanidad -resumió el tercer visitante.

Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Santa Claus estaba cabizbajo y pensativo mientras los otros tres lo observaban dándole tiempo de asimilar las duras observaciones.

-Sabemos que duele escuchar este tipo de críticas, pero son totalmente constructivas. Queremos lo mejor para usted y para la comunidad -dijo, a modo de conclusión el de la ONU.

-¿Alguna idea de como puedo mejorar? -consultó, tímidamente, un apesadumbrado Papá Noel.

-¡Claro que sí, amigo! Trajimos una presentación con propuestas innovadoras. ¿Hay algún proyector o computadora? Tenemos todo cargado en un pen drive -explicó, entusiasmado el moreno de Greenpeace.

Santa puso a disposición su ordenador y juntos empezaron a ver el power point titulado “Plan de acción para una navidad sin privilegios, sustentable y saludable”. Las diapositivas que pasaban por pantalla no dejaban de escandalizar al dueño de casa. Entre otros disparates lo alentaban a realizar un sorteo anual para determinar el orden para repartir los regalos sin importar el recorrido; sugerían sustituir los obsequios materiales por unos virtuales para evitar el uso de plásticos y materiales contaminantes; en lugar de un trineo con renos Papá Noel sería un “abuelito” mandando tarjetas de saludo por whatsapp o mail; la presentación concluía con un video de un Papá Noel de cuerpo torneado, traje ajustado al cuerpo, sin barba y con un aspecto tan saludable que tranquilamente podía pasar por un nuevo superhéroe de comics.

-¿Y? ¿Qué le parece? Para poner en práctica inmediatamente, ¿no? -lo alentó el de la OMS.

Santa Claus estaba realmente confundido, no quería echarse a tan prestigiosas entidades en contra, pero aquellas ideas le resultaban totalmente inapropiadas y descabelladas. Sentía que lo estaban induciendo a terminar con la navidad.

-Si no hacemos algo urgente, Halloween nos lleva puestos. Según algunas investigaciones de mercado, los comerciantes planean cambiar el temita de los dulces, que también fue observado como poco sano para los niños, por obsequios. Ninguna economía familiar soportaría dos fechas anuales tan cercanas -amenazó el de la ONU.

-Ni que hablar de otras festividades que acechan. La competencia es despiadada. -completó el ecologista.

El hombre de las navidades no atinaba a emitir sonido. Reflexionaba. ¿Estaba llegando a su fin? Aquellos tres enviados eran los que venían a anunciarle la jubilación? Todo era pesimismo hasta que un duende irrumpió en la sala alterando el clima sombrío.

-Perdón, caballeros, ¿son de ustedes los camellos que están en la entrada? -preguntó el hombrecillo verde, algo ofuscado.

-Efectivamente, son nuestros. ¿Algún inconveniente? Basta con un poquito de agua y algo de pasto para mantenerlos bien, ya casi terminamos acá…

-¡Esos bichos están ensuciando toda la entrada! ¿Trajeron bolsitas para levantar los deshechos? -increpó el duende.

Como un rayo, una revelación invadió a Santa Claus. Se puso de pie señalando a los visitantes.

-¡Ustedes son Melchor, Gaspar y Baltasar! ¡Los reyes magos! Siempre me tuvieron envidia, pero hacer esto… -indicó Santa.

Los intrusos se miraron culposos, avergonzados por haber sido descubiertos y, sin mediar palabra, escaparon tan rápido como pudieron antes de ser atacados por una horda de duendes.

Santa Claus, en la soledad de su despacho se quedó algo inquieto por la visita. “Es cierto, la competencia está cada vez más despiadada”, pensó mientras retomaba la lectura de cartas.

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