Regálame una mentira

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Al final de aquel pasillo arrastraba conmigo la pesadumbre del recuerdo, la fantasía de caminar una insignificante distancia que me alejaría de lo que aún no comprendía. Mantuve mis manos rosando el muro y palpaba aquel blanco frío de aquellos minutos mal recorridos. Una habitación se diviso al terminar mi mala caminata, en su interior admire el vaivén de cuerpos olvidados, la desdicha de rostros demacrados y aquellas siluetas que reían mientras agonizaban. Me sujete del contorno de la entrada, mire al suelo y a la par mis pies que temblaban. Levante la vista y en un rincón observe la figura de un hombre hincado que mecía su dorso mientras sostenía en las manos una hoja arrugada, rota y tal vez manchada por su propia saliva. Me acerque cautelosamente y trate de mirar su rostro, desgraciadamente solo admire la sombra de alguien que no quiere aceptar una verdad. En un instante seso de mecerse y entre sollozos dijo:
-¿Era necesario que mintiera? ¿Cuánto valor necesitaba para escucharme?-
 
No sabía que responder con exactitud, así que solo pude contestarle:
-Eso solo lo sabes tú-.
 
Mantenía aquella hoja y no paraba de balbucear, deseaba saber el contenido de aquella nota, no podía quedarme sin saberlo el morbo me consumía. Acerque mi mano por detrás de su hombro derecho mientras este no cambiaba de postura, arranque aquella cuartilla de sus manos. Justo antes de leerla quede atónito, reconocí mi propia letra en aquel conjunto de palabras que nunca me atrevía a entregar. Mis dedos comenzaron a contraerse y el sudor abarcó por completo mi frente. Mientras tanto él alzo su rostro y aquel lugar donde deberían estar sus ojos estaba lleno de clavos, parecía estar acostumbrado, ya que a pesar de que la sangre caía de sus cuencas a sus mejillas y terminaba en su barbilla me murmuro al oído:
 
-Si no puedes leerla tú, lo are por ti.
 
Pude sentir el calor de su aliento con aquéllas primeras palabras, reafirmó su decisión al aclarar su garganta y continuó diciendo:
 
 
Acaso amada mía no te parece igual de dulce recibir esta carta exactamente de la misma calaña que las tuyas: rota, ilusa, deprisa, incompleta, con mala caligrafía y pésima ortografía. Con aquel bello detalle de salpicar la tinta en un conjunto de letras que jamás has creído. Pero como tú las has pensado en un principio, imaginaba dirigirlas a quien actualmente es la razón que me inspira tras tu retrato, pues soy tan gallardo en esta pinta que describes de bufón, que ahora por fin soy capaz de comprender tus constantes risas al no atreverte a mirarme a los ojos.
 
No quiero recordar has dicho.Que mejor solución el haber sido engañado con aquella fantasía y, aun así, recordar aquellos incomparables momentos de sonrisas, para como tú, poder utilizarlos como el amparo ideal ante esamueca que se muy fácilmente sabrás deformar en carcajada.Ahora bien, ¿cómo puede hacer uno para describir tu falsedad?O mejor aún: ¿Cómo arrancar de mí este antifaz que al intentar hacerlo sonreír cuartea sus mejillas?Pero qué importancia tiene esto ahora anhelo mío, si nuestra promesa es tan vulgar como la creencia de tu dios.
 
Bien, solo queda decir en este inspirante momento lo mal que me he sentido y lo bien que tú te has complacido. Así que continuemos con esta racha de ver quien dice la mejor mentira, porque hasta ahora, el consuelo de tus palabras ahoga cada uno de mis intentos por hablar.
 
P.d.: ¿Si tan fácil te fue actuar, dime que tan difícil seria decir la verdad?
 
 
Al terminar de leerme aquella nota y mientras se alejaba de mi oído, gire rápidamente mi rostro para poder observar el suyo, tal vez, encontrarme a mí mismo era lo que esperaba, pero como en un principio solo mire una sombra. De entre aquella oscuridad unas gotas se derramaban entre suspiros que desgarraban el alma. Aquel tipo sostenía la hoja, mientras de un sollozo a un grito dijo:
 
-¿En dónde estás? ¿Cuánto tiempo necesitas para decir adiós?
 
Di un par de pasos hacia atrás mientras él estrujaba aquel papel y lo partía en dos, estiró los brazos y continúo diciendo:
 
-Gracias a ti no tuve la oportunidad de entregar esta carta, pero yo no soy el cobarde que no se atreve a aceptarse como tal. ¿Debería creer que serías capaz de decir adiós o en el mejor de los caso de saber la verdad? ¿Crees menester continuar siendo aquella burla? ¿Maquillarías aquella sonrisa que no hace otra cosa más que burlarse de ti? ¿Hoy por fin despertaras de aquel letargo de fantasmas imaginarios y tormentos que adjudicas a tu propia mediocridad? Somos nosotros mismos quienes nos empeñamos en destruirnos, en no tomar importancia de lo que los consejos. He ahí las soluciones mientras el entorno nos dice: «No puedes retroceder, la necesidad de sustento te obliga a no decaer». Los colegas, amigos y demás se empeñan en mantener una misma frase en su boca: «Sigue adelante, sabes que puedes». Pero hoy descubro que siempre nuestra propia conciencia nos ofrece la solución, la respuesta adecuada para no seguir siendo una burla. Debemos actuar sin la importar los escrúpulos, del respecto al qué dirán de lo que podemos hacer, tan poca importancia tiene como el interés de nosotros mismos por saber que ha quedado del pasado.
 
Aquel tipo callo y regreso de nuevo a la misma posición en que lo había encontrado en un principio, abrió sus manos y dejo caer los pedazos de papel al suelo. Nuevamente se mecía y unía los pedazos entre balbuceos. No me atreví de nuevo a acercarme aquel tipo, él había dicho exactamente lo que yo en algún momento pensé; sentía el estómago vacío. Me tambalee de nuevo hasta el muro y mire hacia el lado contrario por donde había llegado, se revelaban muchas más puertas y no sabía que podía encontrar en su interior. Fue hasta que de una de ellas escuche gritos aterradores que helaron mi sangre. Algo o alguien comenzaron a golpear desenfrenadamente aquella puerta sin piedad por sí mismo, exigía libertad, exigía con exactitud que alguien lo liberase por lo que una vez había significado.
 
Continué mi andar rodeando mis laterales por puertas viejas y malgastadas por el tiempo, carcomidas por las polillas y ahuecadas por el recuento de infinidad de golpes. Seguí escuchando aquellos gritos aterradores, aumentando o desapareciendo, que de un momento a otro pasaban a un monologo en la que una voz femenina se acompañaba de sonidos guturales. Sabía que a cada paso me encontraba más cerca de ella, fue hasta llegar a aquel rectangulo titulado 21-A, que pude escuchar el claro eco de sus pasos repitiéndose bajo la misma rutina, revelando la cercanía de quien vaga en su propio infinito. Temeroso y con cautela, me acerque a aquel pedazo de madera y recargue mi oído. De pronto, un golpe justo a la misma altura de mi oído pero del lado contrario me hizo alejarme, un golpe certero y después un silencio intimidante me hicieron dar un paso hacia atrás. Muchos más golpes se sumaron, mismos que se acompañaban de insultos, maldiciones y aquellas constantes frases:
 
-¡Dame la cara traidor! ¡Atrévanse a darme la maldita cara! -siempre terminando la última palabra en un grito aterrador.
 
Un segundo estruendo de golpes mientras observaba como la puerta rebotaba en respuesta del sufrimiento ajeno. De pronto, aquella mujer al otro lado araño lo único que nos separaba y el sonido de la madera entrado por debajo de sus uñas me hizo retroceder hasta encontrarme limitado por la pared contraria.
 
-¿Aun temes mirarme a los ojos? -Preguntó mi interlocutora-.
 
Mi sangre se heló y mi rededor se volvió vacío, solo podía ver la oscuridad y la insignificante distancia entre aquella puerta y yo. Acerqué temblorosa mi mano al cerrojo, recorrí el seguro dudando y abrí lentamente. Me introduje hacia el interior de aquella oscuridad y asome mi cabeza mucho antes que mi cuerpo. En un instante aquella mujer se abalanzó y caímos al suelo, me golpeaba el rostro mientras yo intentaba cubrirme.
 
-¡Por fin das la cara- decía sin dejar de golpearme sentada sobre mí-, y hasta ahora te atreves a recordarme! ¿Acaso fui yo la culpable de la hipocresía o el fallo? ¿Era justo que yo pagase por tus malas decisiones y tu nefasta manera de comprender lo que no era necesario? ¡Maldita seas, todo el infierno de aquella oscuridad arruinó la poca esperanza que tenia de volver a ver el sol!-
 
-¿Dime quién eres? -Intentaba preguntarle mientras no dejaba de cubrirme de cada uno de sus golpes-. ¿Qué es lo que quieres y que fue lo que te hice?
 
Seso por un momento su ataque mientras su pelo negro y sucio cubría su rostro, dejo escapar una risilla debajo de aquel enmarañado y respondió:
-Soy el reflejo de aquella vieja amistad y el vago recuerdo de lo que aún no logras superar. Soy aquella que encarcelaste por una dignidad que desde un principio ya se encontraba muerta. Soy quien fue arrinconada por lo poco que has importado. Soy aquella maldita loca que antes de perder el juicio suplico por tu cordura. Jamás me diste una oportunidad. Me obligaste a gritarle al vacío, a navegar sobre ríos de letras que te describían mientras mordía mi lengua hasta que me fuese imposible pronunciar tu nombre. Soporte como único compañero aquel rincón de una cárcel que jamás merecí, manteniendo una absurda conversación con los fantasmas de sus rostros y el eco de mi propia incomprensión. ¿Continúas sin recordarme? ¿No recuerdas aquellas voces lejanas que te pedían perdón?
 
Hablaba con tanto rencor que una lágrima escapo de mis ojos y le respondí en voz baja:
-Lo siento… Ya sé quién eres, pero no quise aprisionarte sino protegerte.
 
-¿Protegerme de qué? -Dijo justo cuando se acercó con todo su cabello cubriéndole el rostro a mis labios-.
 
-Te protegí de… -Dejando aquella oración incompleta-.
 
-¡¿De qué demonios me protegiste?! -Grito al alzar la cabeza-.
 
-…de mí y mis absurdos lamentos- Conteste-.
 
Se quedo en silencio por un instante para después golpearme con mucho más furia que en un principio. La empuje y cayó al suelo. Me levante con la poca energía que quedaba en mis piernas y tambaleante me dirigí al final de aquel pasillo, mientras la escuchaba gritarme:
-¡El pasado siempre regresa, el pasado es el verdugo de la conciencia y el bufón de la dignidad; el pasado siempre será tu única realidad!
 
Cubrí mis oídos mientras corría, no sin dejar de gritarle en respuesta:
-¡Lo lamento, lo lamento en verdad!
 
Llegue al final de mi nueva ruta, una última puerta se encontraba entreabierta y de ella escapaban los sonidos de un instrumento de medición cardíaca. Abrí lentamente y vi un niño que al parecer se encontraba en un estado de salud crítico. Tome de la cabecera de aquel chiquillo su historial médico, y quede asombro al leer su información.
 
 
Nombre del paciente: ___________.
Estado clínico: Fase terminal.
Patología: Desconocido.
Sintomatología: El paciente presenta la aferrada creencia de encontrarse siempre en un mismo momento, desarrollando un monologo en el cual las pautas en las que enmudece son las adecuadas hacia cada una de las preguntas que realiza. Sus estados de ánimo cambian esporádicamente, destacando las pantomimas cuando se encuentra tal vez feliz. Desarrolla diálogos con los recuerdos de su pasado y constantemente muerde sus labios hasta sangrarlo, a pesar de ello no cesa sus palabras sino todo lo contrario, mientras la sangre se mezcla con su saliva comienza a expresar una mueca de desagrado que lo ahoga en una carcajada.
 
 
 
Deje el historial sobre una pequeña mesa que se encontraba al lado de la cama de aquel chiquillo, había mucho más hojas en su interior, pero con tan solo leer la primera me basto para saber con quién me encontraba exactamente. Observe al pequeño en su estado tan deplorable y deprimente, no pude más que mover la cabeza de un lado a otro aparentando una respuesta negativa a un resultado lógico. Camine hasta encontrarme a la altura de sus pies, lo mire nuevamente y compare aquellos momentos en los cuales me dije: «Ya no vale la pena». Sonreí y ladee mi cabeza, admirando el recuerdo de ciertas situaciones que ahora me parecían cómicas. No por esto dejaba de pensar: «experimentar que tu alma se escapa de la mano de tu conciencia, no es del todo tan malo».
 
Sacudí la cabeza para regresar de aquel plano paralelo mientras mis oídos aun zumbaban, de pronto aquel chiquillo se agito en su catre y me miro con aquellos ojos de alguien que reconoce a un viejo amigo. Desenvaine hacia él una sonrisa forzada, me incomodaba verlo con aquella mascarilla de oxígeno. Con manos temblorosas aparto de su rostro aquel instrumento y me dijo:
-¿A qué has venido? -Tosiendo después de plantear la pregunta.
 
-No lo sé, solo llegue aquí por accidente- Respondí mientras le señalaba que tenía un poco de saliva en la barbilla, no estaba dispuesto a decirle que estaba huyendo.
 
-¿Que nueva mentira has venido a decirme? ¿Serás tú quien por fin habrá de reconocerme?- Frunciendo el ceño en cada pregunta su desdén por mí era menos comprensible.
 
-¿Qué caso tendría que yo te mintiese, si ni siquiera te conozco? -acercándome más a él para comprender mejor sus palabras, pues en cada frase una tos cacofónica solía interrumpirlo-.
 
-Jajaja… ¿Continuas sin saber con quienes has hablado, no es así?- Desenvaino una sonrisa en aquel delgado y grisáceo rostro.
 
-¡Solo sé que no debería de estar aquí!- Le respondí a la defensiva.
 
-¿Pero lo estas, no es así? Y las razones han hablado muy claramente contigo. ¿Acaso crees que todo ese sin fin de lamentos que recorren estos pasillos son cantos en un desfile oscuro? Uno se suma a ellos no por costumbre sino por comprensión. Tú creaste cada uno de ellos adornados por un nuevo testigo de lo que callaste. ¿Recuerdas tus súplicas? ¿Aun te recuerdas al borde de la taza del escusado? ¿Recuerdas el calor de aquel momento? -Una pauta para toser y prosiguió- ¿Recuerdas el esfuerzo de tu cuerpo por mantenerte en pie?
 
-Cállate ridículo adefesio- Conteste al fruncir el ceño.
 
-¿Adefesio?- Cuestiono al levantar una ceja-. No seas ridículo, lo que ves aquí es solo una insignificante parte de lo que los demás callan frente a ti. Tu ley no rige aquí y si mal no recuerdo dice: «La verdad es tan efímera como el placer de conocerla». ¿Acaso algo de lo que has visto hasta ahora te parece real?-dejando ver unos dientes completamente amarillos-. ¡Nada, absolutamente nada aquí es real ni mucho menos autentico!- Presionando su pecho por la falta de aire, tratando de recuperar el aliento movía sus manos frotándose con la bata y continuo: Has recorrido este hospital de fenómenos olvidados que te recuerdan perfectamente, entablando charlas con las voces y gritos que ahogaste. Has creído escapar de ellos, pero en realidad no te has dado cuenta que ellos no te persiguen, te acompañan.
 
Mantuve mí vista siempre fija en aquel par de ojos claros, me dolía demasiado el entrecejo por lo fruncido de mi ceño, mire el suelo y mis brazos justo a mis costados, cerré los puños y entre dientes dije:
-Maldito loco entrometido-.
 
-¿Loco?- Pregunto nuevamente-. Por si no te has dado cuenta te encuentras en el mismo lugar que nosotros, y de igual manera has salido de una de aquellas dudosas puertas de mala pinta. ¿Si tan locos estamos, que te hace ser más cuerdo que nosotros?
 
El silencio recorrió la habitación, escuchaba los latidos de mi corazón y el calor por debajo de mi bata me asfixiaba, el tiempo y la muerte apostaban un alma que jamás conoció dueño alguno. Separe un poco de mi aquella tela, deseaba arrancarla, pero al darme cuenta que era lo único que traía puesto solo pude soplar un poco por debajo de la misma. Una comezón recorrió mis manos y mi cabeza, comencé a rascarme y al bajar los brazos observe que mi cabello quedaba entre mis dedos. Sorprendido y la vez furioso, levante mi vista y mire directamente a los ojos aquel ente para decirle:
-Son ustedes los que continuaran encerrados por su nefasta manera de aferrarse a lo que ya no existe. Su estúpida forma de tomar venganza de lo que ya no pueden tocar, eso es lo que los enraíza a este sitio de nadie. Ustedes son la mala imaginación de un niño, son el vago recuerdo de una costumbre; son nadie.
 
-Ja…- después suspiro-. Claro que somos alucinaciones baratas, tal y como tú los has dicho, nos ha creado un niño tonto. Crecimos con él y con el mismo conocimos la felicidad y su agonía, fue el mismo quien nos amó y después nos torturo. Y es por eso, que ahora él y nosotros no podemos compartir el mismo espacio y tiempo.
 
-Pues dejen de lamentarse- respondí al poner la palma de mis manos hacia arriba, justo a la altura de mi pecho-, hagan a un lado todos esos lloriqueos y lárguense de aquí.
 
-¿Tú nos estas liberando?- Dijo aquel vestigio de un niño-.
 
-Yo no soy quien los encarcela en este lugar tan deprimente, son ustedes mismos y sus comportamientos quienes lo estancan aquí. Nadie es el dueño de nadie.
 
Aquella silueta de un infante se acomodó en la cama, recargo su espalda en la almohada, sentado y tal vez a gusto continúo:
-¿Acaso sabes en donde te encuentras? ¿Quiénes han sido esos tipos que has encontrado en tu camino? O mejor aún: ¿Quién eres tú en este lugar?
 
-Este solo es un infierno para mí- escupí- , y ustedes son los esclavos de su absurda monotonía. Ninguno de ustedes nació aquí, pero con verte solo a ti me doy cuenta que todos morirán en el mismo lugar.
 
-¡Felicidades!- contesto mientras aplaudía con aquel par de manos esqueléticas-. Has acertado en uno de tantos designios que el destino de tu fracaso nos ha impuesto. Por desgracia para nosotros, ahora solo somos marionetas viejas arrinconadas en lo más recóndito de tu memoria. Porque si no te has dado cuenta o es que quieres negarlo, fuimos tus compañeros de libertad y ahora somos tus socios en este derrumbe.
 
-¡Basta de estupideces!- Grite mientras mi cuerpo se tensaba-. Sé que ahora no soy nadie, ni siquiera el insulto constante o aquella broma de mal gusto.
 
-¿Continúas burlándote de mí?- desviando su mirada hacia la puerta-. Desde un principio te pedí de manera cortes que si venias a decirme una mentira más lo hicieses sin remordimientos. ¿No crees que ya hayamos sufrido lo suficiente? ¿Acaso no merecemos un poco de compasión de tu parte? O por lo menos, como tú lo has dicho: «Déjanos morir en silencio».
 
Miraba a aquel chiquillo parloteando, solo podía escuchar de sus labios un constante bla, bla, bla. Caminé con mis ojos llenos de pánico hacia los suyos que implorando clemencia, tome de su cabecera una almohada y sentí el blando confort al rosar la funda con mis dedos. El continuaba hablando, miraba sus manos temblar y el brillo de sus labios. Coloque aquel suave invento del hombre justo frente a su rostro y poco a poco me acercaba mientras aquella boca no cesaban de moverse; una ligera sonrisa se dibujó en mí. Sujete fuertemente el contorno blanco contra su semblante, su cuerpo se tenso mientras sus manos y brazos no hicieron nada por alejar de si aquel pañuelo de la muerte. El indicador cardíaco parecía enloquecer y era como si una orquesta mal dirigida tocase al compás de un maestro fracasado. El zumbido de una sola nota me decía que todo había llegado a su fin. Solté lentamente aquel instrumento de mi actual verdugo interno, reía a carcajadas caminando en reversa y caí al suelo de rodillas mientras mi sombra me reflejaba de pie. Cubrí mis ojos con la palma de mis manos en una mezcla de lamentos y sollozos, resonaba el himno de la última mentira circundando sobre el eje de nuestras palabras hipócritas, mezclando aquellas lágrimas de placer, descansó y paz.
Al final de aquel pasillo arrastraba conmigo la pesadumbre del recuerdo, la fantasía de caminar una insignificante distancia que me alejaría de lo que aún no comprendía. Mantuve mis manos rosando el muro y palpaba aquel blanco frío de aquellos minutos mal recorridos. Una habitación se diviso al terminar mi mala caminata, en su interior admire el vaivén de cuerpos olvidados, la desdicha de rostros demacrados y aquellas siluetas que reían mientras agonizaban. Me sujete del contorno de la entrada, mire al suelo y a la par mis pies que temblaban. Levante la vista y en un rincón observe la figura de un hombre hincado que mecía su dorso mientras sostenía en las manos una hoja arrugada, rota y tal vez manchada por su propia saliva. Me acerque cautelosamente y trate de mirar su rostro, desgraciadamente solo admire la sombra de alguien que no quiere aceptar una verdad. En un instante seso de mecerse y entre sollozos dijo:
-¿Era necesario que mintiera? ¿Cuánto valor necesitaba para escucharme?-
 
No sabía que responder con exactitud, así que solo pude contestarle:
-Eso solo lo sabes tú-.
 
Mantenía aquella hoja y no paraba de balbucear, deseaba saber el contenido de aquella nota, no podía quedarme sin saberlo el morbo me consumía. Acerque mi mano por detrás de su hombro derecho mientras este no cambiaba de postura, arranque aquella cuartilla de sus manos. Justo antes de leerla quede atónito, reconocí mi propia letra en aquel conjunto de palabras que nunca me atrevía a entregar. Mis dedos comenzaron a contraerse y el sudor abarcó por completo mi frente. Mientras tanto él alzo su rostro y aquel lugar donde deberían estar sus ojos estaba lleno de clavos, parecía estar acostumbrado, ya que a pesar de que la sangre caía de sus cuencas a sus mejillas y terminaba en su barbilla me murmuro al oído:
 
-Si no puedes leerla tú, lo are yo por ti.
 
Pude sentir el calor de su aliento con aquéllas primeras palabras, reafirmó su decisión al aclarar su garganta y continuó diciendo:
 
 
Acaso amada mía no te parece igual de dulce recibir esta carta exactamente de la misma calaña que las tuyas: rota, ilusa, deprisa, incompleta, con mala caligrafía y pésima ortografía. Con aquel bello detalle de salpicar la tinta en un conjunto de letras que jamás has creído. Pero como tú las has pensado en un principio, imaginaba dirigirlas a quien actualmente es la razón que me inspira tras tu retrato, pues soy tan gallardo en esta pinta que describes de bufón, que ahora por fin soy capaz de comprender tus constantes risas al no atreverte a mirarme a los ojos.
 
No quiero recordar has dicho.Que mejor solución el haber sido engañado con aquella fantasía y, aun así, recordar aquellos incomparables momentos de sonrisas, para como tú, poder utilizarlos como el amparo ideal ante esamueca que se muy fácilmente sabrás deformar en carcajada.Ahora bien, ¿cómo puede hacer uno para describir tu falsedad?O mejor aún: ¿Cómo arrancar de mí este antifaz que al intentar hacerlo sonreír cuartea sus mejillas?Pero qué importancia tiene esto ahora anhelo mío, si nuestra promesa es tan vulgar como la creencia de tu dios.
 
Bien, solo queda decir en este inspirante momento lo mal que me he sentido y lo bien que tú te has complacido. Así que continuemos con esta racha de ver quien dice la mejor mentira, porque hasta ahora, el consuelo de tus palabras ahoga cada uno de mis intentos por hablar.
 
P.d.: ¿Si tan fácil te fue actuar, dime que tan difícil seria decir la verdad?
 
 
Al terminar de leerme aquella nota y mientras se alejaba de mi oído, gire rápidamente mi rostro para poder observar el suyo, tal vez, encontrarme a mí mismo era lo que esperaba, pero como en un principio solo mire una sombra. De entre aquella oscuridad unas gotas se derramaban entre suspiros que desgarraban el alma. Aquel tipo sostenía la hoja, mientras de un sollozo a un grito dijo:
 
-¿En dónde estás? ¿Cuánto tiempo necesitas para decir adiós?
 
Di un par de pasos hacia atrás mientras él estrujaba aquel papel y lo partía en dos, estiró los brazos y continúo diciendo:
 
-Gracias a ti no tuve la oportunidad de entregar esta carta, pero yo no soy el cobarde que no se atreve a aceptarse como tal. ¿Debería creer que serías capaz de decir adiós o en el mejor de los caso de saber la verdad? ¿Crees menester continuar siendo aquella burla? ¿Maquillarías aquella sonrisa que no hace otra cosa más que burlarse de ti? ¿Hoy por fin despertaras de aquel letargo de fantasmas imaginarios y tormentos que adjudicas a tu propia mediocridad? Somos nosotros mismos quienes nos empeñamos en destruirnos, en no tomar importancia de lo que los consejos. He ahí las soluciones mientras el entorno nos dice: «No puedes retroceder, la necesidad de sustento te obliga a no decaer». Los colegas, amigos y demás se empeñan en mantener una misma frase en su boca: «Sigue adelante, sabes que puedes». Pero hoy descubro que siempre nuestra propia conciencia nos ofrece la solución, la respuesta adecuada para no seguir siendo una burla. Debemos actuar sin la importar los escrúpulos, del respecto al qué dirán de lo que podemos hacer, tan poca importancia tiene como el interés de nosotros mismos por saber que ha quedado del pasado.
 
Aquel tipo callo y regreso de nuevo a la misma posición en que lo había encontrado en un principio, abrió sus manos y dejo caer los pedazos de papel al suelo. Nuevamente se mecía y unía los pedazos entre balbuceos. No me atreví de nuevo a acercarme aquel tipo, él había dicho exactamente lo que yo en algún momento pensé; sentía el estómago vacío. Me tambalee de nuevo hasta el muro y mire hacia el lado contrario por donde había llegado, se revelaban muchas más puertas y no sabía que podía encontrar en su interior. Fue hasta que de una de ellas escuche gritos aterradores que helaron mi sangre. Algo o alguien comenzaron a golpear desenfrenadamente aquella puerta sin piedad por sí mismo, exigía libertad, exigía con exactitud que alguien lo liberase por lo que una vez había significado.
 
Continué mi andar rodeando mis laterales por puertas viejas y malgastadas por el tiempo, carcomidas por las polillas y ahuecadas por el recuento de infinidad de golpes. Seguí escuchando aquellos gritos aterradores, aumentando o desapareciendo, que de un momento a otro pasaban a un monologo en la que una voz femenina se acompañaba de sonidos guturales. Sabía que a cada paso me encontraba más cerca de ella, fue hasta llegar a aquel rectangulo titulado 21-A, que pude escuchar el claro eco de sus pasos repitiéndose bajo la misma rutina, revelando la cercanía de quien vaga en su propio infinito. Temeroso y con cautela, me acerque a aquel pedazo de madera y recargue mi oído. De pronto, un golpe justo a la misma altura de mi oído pero del lado contrario me hizo alejarme, un golpe certero y después un silencio intimidante me hicieron dar un paso hacia atrás. Muchos más golpes se sumaron, mismos que se acompañaban de insultos, maldiciones y aquellas constantes frases:
 
-¡Dame la cara traidor! ¡Atrévanse a darme la maldita cara! -siempre terminando la última palabra en un grito aterrador.
 
Un segundo estruendo de golpes mientras observaba como la puerta rebotaba en respuesta del sufrimiento ajeno. De pronto, aquella mujer al otro lado araño lo único que nos separaba y el sonido de la madera entrado por debajo de sus uñas me hizo retroceder hasta encontrarme limitado por la pared contraria.
 
-¿Aun temes mirarme a los ojos? -Preguntó mi interlocutora-.
 
Mi sangre se heló y mi rededor se volvió vacío, solo podía ver la oscuridad y la insignificante distancia entre aquella puerta y yo. Acerqué temblorosa mi mano al cerrojo, recorrí el seguro dudando y abrí lentamente. Me introduje hacia el interior de aquella oscuridad y asome mi cabeza mucho antes que mi cuerpo. En un instante aquella mujer se abalanzó y caímos al suelo, me golpeaba el rostro mientras yo intentaba cubrirme.
 
-¡Por fin das la cara- decía sin dejar de golpearme sentada sobre mí-, y hasta ahora te atreves a recordarme! ¿Acaso fui yo la culpable de la hipocresía o el fallo? ¿Era justo que yo pagase por tus malas decisiones y tu nefasta manera de comprender lo que no era necesario? ¡Maldita seas, todo el infierno de aquella oscuridad arruinó la poca esperanza que tenia de volver a ver el sol!-
 
-¿Dime quién eres? -Intentaba preguntarle mientras no dejaba de cubrirme de cada uno de sus golpes-. ¿Qué es lo que quieres y que fue lo que te hice?
 
Seso por un momento su ataque mientras su pelo negro y sucio cubría su rostro, dejo escapar una risilla debajo de aquel enmarañado y respondió:
-Soy el reflejo de aquella vieja amistad y el vago recuerdo de lo que aún no logras superar. Soy aquella que encarcelaste por una dignidad que desde un principio ya se encontraba muerta. Soy quien fue arrinconada por lo poco que has importado. Soy aquella maldita loca que antes de perder el juicio suplico por tu cordura. Jamás me diste una oportunidad. Me obligaste a gritarle al vacío, a navegar sobre ríos de letras que te describían mientras mordía mi lengua hasta que me fuese imposible pronunciar tu nombre. Soporte como único compañero aquel rincón de una cárcel que jamás merecí, manteniendo una absurda conversación con los fantasmas de sus rostros y el eco de mi propia incomprensión. ¿Continúas sin recordarme? ¿No recuerdas aquellas voces lejanas que te pedían perdón?
 
Hablaba con tanto rencor que una lágrima escapo de mis ojos y le respondí en voz baja:
-Lo siento… Ya sé quién eres, pero no quise aprisionarte sino protegerte.
 
-¿Protegerme de qué? -Dijo justo cuando se acercó con todo su cabello cubriéndole el rostro a mis labios-.
 
-Te protegí de… -Dejando aquella oración incompleta-.
 
-¡¿De qué demonios me protegiste?! -Grito al alzar la cabeza-.
 
-…de mí y mis absurdos lamentos- Conteste-.
 
Se quedo en silencio por un instante para después golpearme con mucho más furia que en un principio. La empuje y cayó al suelo. Me levante con la poca energía que quedaba en mis piernas y tambaleante me dirigí al final de aquel pasillo, mientras la escuchaba gritarme:
-¡El pasado siempre regresa, el pasado es el verdugo de la conciencia y el bufón de la dignidad; el pasado siempre será tu única realidad!
 
Cubrí mis oídos mientras corría, no sin dejar de gritarle en respuesta:
-¡Lo lamento, lo lamento en verdad!
 
Llegue al final de mi nueva ruta, una última puerta se encontraba entreabierta y de ella escapaban los sonidos de un instrumento de medición cardíaca. Abrí lentamente y vi un niño que al parecer se encontraba en un estado de salud crítico. Tome de la cabecera de aquel chiquillo su historial médico, y quede asombro al leer su información.
 
 
Nombre del paciente: ___________.
Estado clínico: Fase terminal.
Patología: Desconocido.
Sintomatología: El paciente presenta la aferrada creencia de encontrarse siempre en un mismo momento, desarrollando un monologo en el cual las pautas en las que enmudece son las adecuadas hacia cada una de las preguntas que realiza. Sus estados de ánimo cambian esporádicamente, destacando las pantomimas cuando se encuentratal vez feliz. Desarrolla diálogos con los recuerdos de su pasado y constantemente muerde sus labios hasta sangrarlos, a pesar de ello no cesa sus palabras sino todo lo contrario, mientras la sangre se mezcla con su saliva comienza a expresar una mueca de desagrado que lo ahoga en una carcajada.
 
 
 
Deje el historial sobre una pequeña mesa que se encontraba al lado de la cama de aquel chiquillo, había mucho más hojas en su interior, pero con tan solo leer la primera me basto para saber con quién me encontraba exactamente. Observe al pequeño en su estado tan deplorable y deprimente, no pude más que mover la cabeza de un lado a otro aparentando una respuesta negativa a un resultado lógico. Camine hasta encontrarme a la altura de sus pies, lo mire nuevamente y compare aquellos momentos en los cuales me dije: «Ya no vale la pena». Sonreí y ladee mi cabeza, admirando el recuerdo de ciertas situaciones que ahora me parecían cómicas. No por esto dejaba de pensar: «experimentar que tu alma se escapa de la mano de tu conciencia, no es del todo tan malo».
 
Sacudí la cabeza para regresar de aquel plano paralelo mientras mis oídos aun zumbaban, de pronto aquel chiquillo se agito en su catre y me miro con aquellos ojos de alguien que reconoce a un viejo amigo. Desenvaine hacia él una sonrisa forzada, me incomodaba verlo con aquella mascarilla de oxígeno. Con manos temblorosas aparto de su rostro aquel instrumento y me dijo:
-¿A qué has venido? -Tosiendo después de plantear la pregunta.
 
-No lo sé, solo llegue aquí por accidente- Respondí mientras le señalaba que tenía un poco de saliva en la barbilla, no estaba dispuesto a decirle que estaba huyendo.
 
-¿Que nueva mentira has venido a decirme? ¿Serás tú quien por fin habrá de reconocerme?- Frunciendo el ceño en cada pregunta su desdén por mí era menos comprensible.
 
-¿Qué caso tendría que yo te mintiese, si ni siquiera te conozco? -acercándome más a él para comprender mejor sus palabras, pues en cada frase una tos cacofónica solía interrumpirlo-.
 
-Jajaja… ¿Continuas sin saber con quienes has hablado, no es así?- Desenvaino una sonrisa en aquel delgado y grisáceo rostro.
 
-¡Solo sé que no debería de estar aquí!- Le respondí a la defensiva.
 
-¿Pero lo estas, no es así? Y las razones han hablado muy claramente contigo. ¿Acaso crees que todo ese sin fin de lamentos que recorren estos pasillos son cantos en un desfile oscuro? Uno se suma a ellos no por costumbre sino por comprensión. Tú creaste cada uno de ellos adornados por un nuevo testigo de lo que callaste. ¿Recuerdas tus súplicas? ¿Aun te recuerdas al borde de la taza del escusado? ¿Recuerdas el calor de aquel momento? -Una pauta para toser y prosiguió- ¿Recuerdas el esfuerzo de tu cuerpo por mantenerte en pie?
 
-Cállate ridículo adefesio- Conteste al fruncir el ceño.
 
-¿Adefesio?- Cuestiono al levantar una ceja-. No seas ridículo, lo que ves aquí es solo una insignificante parte de lo que los demás callan frente a ti. Tu ley no rige aquí y si mal no recuerdo dice: «La verdad es tan efímera como el placer de conocerla». ¿Acaso algo de lo que has visto hasta ahora te parece real?-dejando ver unos dientes completamente amarillos-. ¡Nada, absolutamente nada aquí es real ni mucho menos autentico!- Presionando su pecho por la falta de aire, tratando de recuperar el aliento movía sus manos frotándose con la bata y continuo: Has recorrido este hospital de fenómenos olvidados que te recuerdan perfectamente, entablando charlas con las voces y gritos que ahogaste. Has creído escapar de ellos, pero en realidad no te has dado cuenta que ellos no te persiguen, te acompañan.
 
Mantuve mí vista siempre fija en aquel par de ojos claros, me dolía demasiado el entrecejo por lo fruncido de mi ceño, mire el suelo y mis brazos justo a mis costados, cerré los puños y entre dientes dije:
-Maldito loco entrometido-.
 
-¿Loco?- Pregunto nuevamente-. Por si no te has dado cuenta te encuentras en el mismo lugar que nosotros, y de igual manera has salido de una de aquellas dudosas puertas de mala pinta. ¿Si tan locos estamos, que te hace ser más cuerdo que nosotros?
 
El silencio recorrió la habitación, escuchaba los latidos de mi corazón y el calor por debajo de mi bata me asfixiaba, el tiempo y la muerte apostaban un alma que jamás conoció dueño alguno. Separe un poco de mi aquella tela, deseaba arrancarla, pero al darme cuenta que era lo único que traía puesto solo pude soplar un poco por debajo de la misma. Una comezón recorrió mis manos y mi cabeza, comencé a rascarme y al bajar los brazos observe que mi cabello quedaba entre mis dedos. Sorprendido y la vez furioso, levante mi vista y mire directamente a los ojos aquel ente para decirle:
-Son ustedes los que continuaran encerrados por su nefasta manera de aferrarse a lo que ya no existe. Su estúpida forma de tomar venganza de lo que ya no pueden tocar, eso es lo que los enraíza a este sitio de nadie. Ustedes son la mala imaginación de un niño, son el vago recuerdo de una costumbre; son nadie.
 
-Ja…- después suspiro-. Claro que somos alucinaciones baratas, tal y como tú los has dicho, nos ha creado un niño tonto. Crecimos con él y con el mismo conocimos la felicidad y su agonía, fue el mismo quien nos amó y después nos torturo. Y es por eso, que ahora él y nosotros no podemos compartir el mismo espacio y tiempo.
 
-Pues dejen de lamentarse- respondí al poner la palma de mis manos hacia arriba, justo a la altura de mi pecho-, hagan a un lado todos esos lloriqueos y lárguense de aquí.
 
-¿Tú nos estas liberando?- Dijo aquel vestigio de un niño-.
 
-Yo no soy quien los encarcela en este lugar tan deprimente, son ustedes mismos y sus comportamientos quienes lo estancan aquí. Nadie es el dueño de nadie.
 
Aquella silueta de un infante se acomodó en la cama, recargo su espalda en la almohada, sentado y tal vez a gusto continúo:
-¿Acaso sabes en donde te encuentras? ¿Quiénes han sido esos tipos que has encontrado en tu camino? O mejor aún: ¿Quién eres tú en este lugar?
 
-Este solo es un infierno para mí- escupí- , y ustedes son los esclavos de su absurda monotonía. Ninguno de ustedes nació aquí, pero con verte solo a ti me doy cuenta que todos morirán en el mismo lugar.
 
-¡Felicidades!- contesto mientras aplaudía con aquel par de manos esqueléticas-. Has acertado en uno de tantos designios que el destino de tu fracaso nos ha impuesto. Por desgracia para nosotros, ahora solo somos marionetas viejas arrinconadas en lo más recóndito de tu memoria. Porque si no te has dado cuenta o es que quieres negarlo, fuimos tus compañeros de libertad y ahora somos tus socios en este derrumbe.
 
-¡Basta de estupideces!- Grite mientras mi cuerpo se tensaba-. Sé que ahora no soy nadie, ni siquiera el insulto constante o aquella broma de mal gusto.
 
-¿Continúas burlándote de mí?- desviando su mirada hacia la puerta-. Desde un principio te pedí de manera cortes que si venias a decirme una mentira más lo hicieses sin remordimientos. ¿No crees que ya hayamos sufrido lo suficiente? ¿Acaso no merecemos un poco de compasión de tu parte? O por lo menos, como tú lo has dicho: «Déjanos morir en silencio».
 
Miraba a aquel chiquillo parloteando, solo podía escuchar de sus labios un constante bla, bla, bla. Caminé con mis ojos llenos de pánico hacia los suyos que implorando clemencia, tome de su cabecera una almohada y sentí el blando confort al rosar la funda con mis dedos. El continuaba hablando, miraba sus manos temblar y el brillo de sus labios. Coloque aquel suave invento del hombre justo frente a su rostro y poco a poco me acercaba mientras aquella boca no cesaban de moverse; una ligera sonrisa se dibujó en mí. Sujete fuertemente el contorno blanco contra su semblante, su cuerpo se tenso mientras sus manos y brazos no hicieron nada por alejar de si aquel pañuelo de la muerte. El indicador cardíaco parecía enloquecer y era como si una orquesta mal dirigida tocase al compás de un maestro fracasado. El zumbido de una sola nota me decía que todo había llegado a su fin. Solté lentamente aquel instrumento de mi actual verdugo interno, reía a carcajadas caminando en reversa y caí al suelo de rodillas mientras mi sombra me reflejaba de pie. Cubrí mis ojos con la palma de mis manos en una mezcla de lamentos y sollozos, resonaba el himno de la última mentira circundando sobre el eje de nuestras palabras hipócritas, mezclando aquellas lágrimas de placer, descansó y paz.

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