Secretos de la guerra tibia

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Corría el año 1980 y la selección argentina empezaba a diagramar su preparación para el Mundial de España ´82 donde debía revalidar su corona de campeón. Con un presupuesto holgado y la necesidad política de seguir siendo los mejores para distraer la atención del pueblo, la AFA, en ese entonces bastante intervenida por autoridades del Ejército Argentino, decidió crear un archivo fílmico de los posibles rivales a enfrentar durante la competencia. Favorecidos por el nuevo sistema de videocasetes tipo VHS era cada vez más fácil de grabar, editar y ver de manera casera los videos. La recolección de material fílmico se tornó un asunto de Estado, más allá del interés o no, del cuerpo técnico de la selección nacional. Los “tapes” de la mayoría de los equipos llegaban vía satélite y eran grabados en nuestro país. También se utilizaba azafatas o tripulantes de aviones de nuestra aerolínea de bandera que gestionaban las cintas en los diferentes países que visitaban.

El problema surgió con la Unión Soviética, que tenía un seleccionado poderoso en aquel entonces y un blindaje en cuanto al material fílmico. Poco se conocía de ellos, aunque en los círculos futboleros se aseguraba que los jugadores soviéticos estaban siendo preparados como verdaderas “máquinas de jugar” y sus entrenadores desarrollaban una nueva disposición táctica, fundada en los valores del comunismo y basada en la solidaridad de los intérpretes que estaba destinada a revolucionar el juego.

Las altas cumbres militares se empecinaron en conseguir videos de ese prometedor equipo y se iniciaron entonces gestiones por vía diplomática para hacerse de las grabaciones de los partidos. La orden que llegó a la embajada argentina en Moscú era simple y concisa: “conseguir, utilizando todos los medios necesarios, material fílmico del último partido de la selección de fútbol de la Unión Soviética”. El embajador en la capital rusa de aquel entonces, Teniente Fernando Díaz Pérez, puso manos a la obra e intentó comprar una videocasetera para grabar, por sus propios medios, una transmisión televisiva y remitirla de manera urgente a su gobierno en el soporte correspondiente.

Rápidamente chocó con la realidad del comunismo. Era imposible conseguir la grabadora y los pocos encuentros que disputaba el seleccionado soviético no eran televisados. En aquellos años en que empezaba a declinar el socialismo los medios oficiales solo transmitían buenas noticias a la población y no podían permitirse emitir un evento deportivo en vivo donde nadie estaba seguro si el éxito estaba garantizado. Los habitantes soviéticos solo veían, esporádicamente, resúmenes de los partidos que,  indefectiblemente, los daba ganadores.

Ante este contratiempo el Teniente Díaz Pérez optó por seguir las vías oficiales y civilizadas: solicitó a la cancillería soviética un videocasete de cualquier encuentro jugado en los últimos meses por el representativo local. Después de algunos meses de burocráticos trámites, la respuesta fue negativa. “Net”, decía la escueta respuesta, que venía firmada por el mismísimo canciller de la U.R.S.S. Luego de algunas consultas telegráficas, el embajador recibió indicaciones precisas desde Buenos Aires: seguir adelante con la misión. Aparentemente el fútbol no era una política de Estado solo para los argentinos.

El Teniente Díaz Pérez no tuvo más remedio que adentrarse en el submundo que estaba tan en boga por aquellos años: el espionaje. Si bien la Argentina no contaba con ningún agente encubierto en territorio soviético había unos cuantos ciudadanos, flojitos de papeles, a los cuales se podía llegar a extorsionar. En esa dirección se dirigió el embajador, y luego de estudiar minuciosamente los listados de compatriotas radicados en Moscú, citó a Venancio Ochoa por correo, para una reunión de carácter urgente, secreta y personal.

Venancio tenía treinta años en el año 1980. Había pedido asilo político en la capital rusa cuando, a fines de los ´70, huyó por cuestiones políticas de la Argentina. Ochoa había recalado en Moscú por sus convicciones: creía en el comunismo y quería vivir esa experiencia. Lamentablemente, nunca logró adaptarse del todo al modo de vida del socialismo reinante, pero no quería traicionar sus ideales y renunciar para exiliarse en Barcelona u otro lugar más familiar y placentero. Le costaba aprender el idioma, de hecho apenas pronunciaba algunas frases prácticas para manejarse de manera cotidiana y algunos insultos para defenderse verbalmente. Había llegado a Rusia sin ninguna profesión concreta, en su currículum solo se consignaban algunos trabajos previos en Buenos Aires, que apenas llegaban a la categoría de empleos menores, changas: preceptor escolar, ayudante en una pizzería, una parrilla, peón nocturno de taxi y no mucho más.

Quizás por su nacionalidad argentina y la fama de futboleros, el Estado soviético le brindó un puesto de mantenimiento en el campo de entrenamiento de los seleccionados junto a una habitación, con baño y cocina compartida, en una residencia comunitaria. Venancio Ochoa se encargaba de mantener los balones correctamente inflados, disponer las casacas con los correspondientes números, lustrar los botines y otras tareas típicas de cualquier utilería en un club. Si bien al principio Ochoa estaba feliz con su vida moscovita, con el pasar del tiempo empezó a extrañar las bondades del capitalismo. Añoraba el mate para acompañar su trabajo, la música de rock, los alfajores y los asados. Sus días transcurrían con un constante y profundo debate mental, abandonar o no la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Lo que equivalía, básicamente, a tirar por la borda todas sus creencias. Podía optar por un traslado a Cuba, pero no era un fanático de los climas cálidos. Aquel comunista radicalizado se había transformado solo en un porteño melancólico y quejoso.

El Teniente Díaz Pérez, conocedor del comportamiento de los exiliados como Venancio no dudó en convocarlo. Ochoa reunía todos los requisitos: el trabajo en el lugar indicado y estaba en ese lapso de tiempo en que, en general, se acaba la luna de miel con el comunismo y ya se empieza a plantear una vía de escape.

Venancio recibió la citación de la Embajada con cierta inquietud. Cerró la puerta de su habitación con llave, bajó la persiana de su única ventana y en la más estricta privacidad leyó la carta, de puño y letra, del embajador. “Estimado Venancio Ochoa, Necesitamos con urgencia su presencia en nuestra embajada por un tema de carácter estrictamente personal. Saludos cordiales, Teniente Fernando Díaz Pérez”.

¿Habrá muerto algún familiar?, pensó primeramente Ochoa. Era una de sus grandes preocupaciones desde que abandonara su país. Rápidamente descartó la posibilidad cuando recordó que, por motivos más triviales que ese, le habían enviado telegramas. Todavía atesoraba el primer mensaje de su madre: “Te fuiste sin hacer la cama. Stop. Que no se repita”.A Venancio no le caían simpáticos los “milicos”, como le gustaba llamarlos. En parte, su exilio en tierras rusas era culpa de las Fuerzas Armadas pero estaba llegando a un nivel de hartazgo en su vida socialista que apreciaba hasta el más desagradable contacto con sus raíces. Ochoa, por consiguiente, decidió asistir a la audiencia en la embajada.

Se apersonó en la fecha y hora pactada, con sus reservas y precauciones. Apenas se anunció en la recepción se dio cuenta que no se trataba de un trámite normal de carácter administrativo. Lo hicieron pasar a una sala de reuniones donde lo aguardaba el embajador en persona. El Teniente Fernando Díaz Pérez y Venancio Ochoa se saludaron fríamente, como dos adversarios que se están midiendo. Se sentaron enfrentados en la mesa de reuniones y antes que comenzara la charla una secretaria trajo una bandeja con un termo, mate, bizcochitos de grasa y alfajores. Si algo había aprendido el embajador en sus años en Moscú era como ablandar a un hombre. El utilero miraba las delicias argentinas con desesperación, su organismo le rogaba que dejara de lado sus tontos principios y se deleitara con esas exquisiteces que lo estaban tentando en demasía.

-Sírvase, por favor, Venancio. ¿Hace mucho que no prueba un alfajorcito? –arrancó la charla, tratando de ser amistoso, el Teniente.

-Bastante… los años que llevo acá –contestó escueto Ochoa.

Finalmente cedió a la tentación y engulló tres bizcochos de un bocado, seguidos de dos alfajores de maicena. Cuando recién los pudo “bajar” con un mate, prosiguió la conversación.

-Se imaginará que no lo invité a esta reunión solo por motivos gastronómicos. Le voy a ser franco y no voy a andar con muchos rodeos: su país lo necesita –dijo, Díaz Pérez.

-Jamás voy a colaborar con los milicos –alcanzó a objetar, Ochoa tratando de deglutir la masa que tenía empastada en la garganta.

El Teniente no se sorprendió por la contestación de su invitado. La típica resistencia ideológica, reflexionó. Según su experiencia al llegar a la media docena de alfajores, empezaría a bajar la guardia. Por lo pronto, decidió seguir adelante.

-Se equivoca si piensa que la idea es que ayude al gobierno, esto trasciende a un partido político o a una junta militar. Le pedimos que le dé una mano al país, a la Argentina, más allá de quiénes la dirijan –argumentó, el militar.

-¿En qué consistiría mi aporte?

-Nos resulta imperioso conseguir videos de la selección soviética de fútbol. El blindaje informativo en ese rubro es brutal y se nos está dificultando mucho acceder a dicho material. Por lo que sabemos usted trabaja en el predio donde los equipos entrenan. Su misión consiste, simplemente, en proveernos de una cinta de alguno de los últimos partidos disputados –explicó, el Teniente.

-¿A cambio de qué? –retrucó Ochoa, quien ya había aflojado su postura culpa de esos endemoniados bizcochitos.

-Como primera medida pasaríamos por alto que usted se fugó del país sin realizar el servicio militar obligatorio, motivo por el cual podríamos deportarlo a Buenos Aires. Ahora bien, puedo adivinar por la voracidad con la que usted arremete contra la comida, que está extrañando su tierra. Venancio, nosotros podemos devolverlo a la Argentina, en las condiciones que desee. ¿Me explico?

Ochoa estaba entre la espada y la pared. Mejor dicho, entre los placeres del capitalismo que tanto añoraba y las privaciones del comunismo que lo estaban cansando. Quería irse de Moscú, eso lo tenía muy claro, pero no quería volver a Buenos Aires, con todos los problemas que se vivían en el país, vencido y con la frente marchita.

-Me sacan de acá y me trasladan a Bariloche. Con casa y trabajo.

-Se puede arreglar –sentenció el teniente.

-¿Si me atrapan?

– Usted ahora es una especie de espía, eso está claro, pero tampoco es que va a robar los planos de un misil. Si lo capturan, las autoridades argentinas negarán cualquier contacto y la policía lo mandará un tiempito en Siberia. No mucho más que eso.

Se estrecharon las manos para sellar el pacto como dos caballeros y juntos pulieron los detalles técnicos de la misión. Al terminar la reunión, en muestra de buena voluntad y colaboración, Díaz Pérez le obsequió seis cajas de alfajores a Ochoa, como para que no se arrepienta. Si bien conservaba algún reparo moral en colaborar con un gobierno argentino que detestaba ideológicamente cada bocado de los deliciosos dulces rellenos de dulce de leche le borraba sus dudas mentales.

Al día siguiente Ochoa se presentó a trabajar con normalidad, un poco más hinchado quizás, por culpa de todo lo que había comido en la embajada. Superados sus dilemas morales, estaba realmente dispuesto a conseguir el video encomendado. Quería volver a Argentina más que nada en el mundo. Mientras revisaba la presión de los balones que estaba por utilizar el equipo juvenil para su práctica matutina, Venancio se carcomía los sesos buscando una forma para llevar a cabo la misión.

Si bien trabajaba en el predio hacía ya dos años, no lo conocía demasiado. No tenía la más remota idea si existía allí una sala destinada al archivo fílmico. Y tampoco sabía cómo averiguarlo. El hecho de hablar poco el idioma ruso lo limitaba para relacionarse con empleados de otros sectores. Tampoco los soviéticos eran muy amables socialmente con él. Solo en épocas veraniegas y cuando estaban alcoholizados lo trataban como a un par. Si bien las instalaciones no estaban militarizadas, había guardias de la policía que patrullaban constantemente los pasillos. Ochoa creyó que resultaría sospechoso ponerse a deambular por las instalaciones cuando nunca antes lo había hecho.

La solución se le apareció de pronto, reflexionando sobre cómo se había metido él mismo en todo aquel embrollo. Esos alfajores pueden convencer al oficial más duro se convenció y puso en marcha su sencillo plan. Tratar de extorsionar al único guardia que mínimamente lo saludaba con un gesto de cabeza, Fiódor se llamaba, según pudo leer en su placa identificadora. Por su voluminoso cuerpo parecía un sujeto ideal para tentar con comida. Además, parecía remotamente amigable.

Fue hasta el sector del comedor de personal a la hora del almuerzo y se ubicó solo, frente a la mesa donde estaba sentado Fiódor junto a unos colegas. Ochoa comió su ración de papas guisadas con carne de caballo y para el postre extrajo de su bolsillo un alfajor de chocolate. Como si se tratase de un cura que está bendiciendo la hostia levantó el redondo dulce y realizó una especie de rezo con el solo fin de llamar la atención del guardia. Fiódor no pudo dejar de mirar al utilero argentino con ese extraño rito. Venancio dio una gran mordida a la golosina poniendo cara de éxtasis total, dejando ver una gruesa capa de dulce de leche entre las dos capas de masa cubiertas de chocolate. Ochoa salió del fingido trance alimenticio y cruzó miradas con Fiódor que no podía apartarle los ojos al alfajor. Con un gesto se lo ofreció y el guardia inmediatamente se acercó para probar el bocado. ¡Mordió el anzuelo!, se alegró Ochoa. Fiódor aprobó la degustación con un pulgar arriba y una palmada en la espalda del utilero. Solo quedaba esperar.

Pasadas dos horas, cuando Venancio lavaba a mano las casacas de los juveniles, apareció el guardia glotón en la utilería. Hablando despacio y ayudándose con señas, Fiódor le pidió al argentino otro alfajor. Ochoa había escuchado historias de lo que eran capaces de hacer los soviéticos con tal de probar u obtener cosas importadas. Era el momento de comprobarlo.

-Yo poder dar muchos más, pero necesitar un favor –dijo el utilero mezclando su limitado ruso, el lunfardo y los gestos.

Fiódor primeramente pareció ofenderse por la descarada propuesta del encargado de los balones y la ropa sucia. Luego de comprobar que estaban solos en el lugar siguió con la negociación.

-¿Qué necesitas? – respondió el guardia.

-Una grabación de la selección de fútbol. Tener amigo en Argentina fanático de los jugadores soviéticos, como Yashin, Streltsov o Ivanov -pidió el utilero, recordando nombres que algunas vez había escuchado.

Fiódor pareció no darle demasiada trascendencia ni credibilidad a mi explicación, y para quitarle cualquier atisbo de duda, Ochoa le extendió uno de maicena. El guardia lo devoró.

-Vuelvo en minutos. Voy a hablar con la gente de video a ver qué se puede hacer –prometió, todavía con restos de comida en la boca.

-Para el camarada de los videos –ofreció gentilmente Ochoa, extendiendo otro alfajor al hombre de seguridad.

Si bien Venancio estaba seguro que las delicias gastronómicas argentinas eran capaces de quebrar cualquier voluntad, nunca dejaba de existir la posibilidad que lo acusen de querer traicionar la causa. El argentino ni siquiera llegó a ponerse nervioso que unos minutos más tarde reapareció Fiódor, acompañado por otro hombre llamado Mijáilovich, quien todavía tenía unas migas en su frondoso bigote colorado.

-¿Qué partido necesitar? –preguntó Mijáilovich, quien evidentemente se encargaba del archivo fílmico.

-El último que hayan jugado, si es posible –expliqué.

Los rusos se miraron y cuchichearon entre ellos, hablando veloz para que Ochoa no pudiera comprender. Cuando llegaron a un acuerdo, Fiódor retomó la palabra.

-Veinte para él, veinte para mí. Mañana por la tarde –ordenó el guardia, reforzando las cantidades solicitadas mediante sus dedos extendidos.

Venenacio levantó el pulgar en señal de entendimiento y estrechó las manos de los soviéticos. Entregar cuarenta alfajores no le causaba ninguna gracia, era toda su reserva de golosinas, pero peor era seguir metido en esa maldita utilería rodeado de olor a sudor y sin mate.

Esa noche no durmió bien. Su mente iba desde Bariloche hasta Siberia, sin escalas. Ya no sentía culpa por abandonar la causa soviética: tenía miedo de ser traicionado. Ochoa era el eslabón más débil, sus compañeros de trabajo rusos lo podían delatar, el gobierno argentino también podía estar jugándosela… ¡había tantas posibilidades que las cosas salieran mal! Y, para colmo, ni siquiera podía calmar su ansiedad con alfajores, ya que eran su pasaje a la salvación.

Armó prolijamente dos paquetes con veinte alfajores cada uno envueltos en papel madera y los metió en el bolso que solía utilizar para llevar sus cosas. La mañana y el mediodía transcurrieron con un tenso nerviosismo que se vio reflejado en la presión con la que, sin darse cuenta, infló los balones. Una pelota explotó y el resto parecían globos. Se llevó una reprimenda del entrenador de los juveniles y, como castigo, los jugadores le dejaron más ropa que de costumbre para lavar.

Una hora después del almuerzo, cuando Ochoa estaba completamente solo, escuchando lo que creía era una polka en la minúscula radio, se apersonó Fiódor en la utilería. Sin mediar palabras, intercambiaron paquetes de alfajores por videocasete. Ambas partes revisaron los contenidos y aprobaron con gestos. El acuerdo se había cumplido tal cual lo pactado.

-Jamás hablar de esto o morir –lo amenazó el guardia antes de irse haciendo una seña de degollamiento con su dedo índice en el cuello.

El utilero guardó la cinta en su bolso y contó los minutos hasta terminar su turno. Se fue del predio de selecciones soviéticas sabiendo que no volvería. No sintió nostalgia ni tristeza, solo esperanza y un poco de temor. Fue directo a la Embajada Argentina en Moscú.

El Teniente Fernando Díaz Pérez lo esperaba en su despacho sorprendido por la celeridad y la eficacia con que Venancio había procedido. El videocasete estaba allí, en su escritorio.

-Ya cumplí, ahora le toca a ustedes. ¿Cuándo me voy? –apuró Ochoa.

-No creí que fuera a cumplir tan rápido con la misión. Me toma un poco de sorpresa. Nos va a llevar algún tiempo organizar el papelerío, la logística…-sugirió el embajador.

Venancio tomó la cinta y amagó con irse. El Teniente comprendió el mensaje y poniéndose de pie detuvo a su compatriota. Intentó calmarlo ofreciéndole algo para beber y comer.

-Hay una posibilidad de sacarlo esta misma noche. Nuestro representativo de Basquetbol se está yendo. Podríamos arreglarlo, no sé si usted está listo para partir –indagó Díaz Pérez.

-Más que listo. Hasta dejé la cama de mi habitación tendida.

Venancio Ochoa, por una de esas vueltas del destino, logró pasar los controles aduaneros llevando el videocasete consigo y escondido en los bolsones donde estaba la ropa sucia de los basquetbolistas argentinos. Afortunadamente de tanto trabajar en la utilería de los rusos, su olfato ya había asimilado el aroma a sudor como algo cotidiano. Una vez pasada la requisa pudo viajar sentado junto al resto de la delegación. Gracias a que el olor a transpiración se le había pegado a su propia ropa, ningún pasajero quiso compartir asiento con él y viajo solo. Durmió durante casi todo el vuelo soñando con la buena vida que lo esperaba en su nuevo hogar.

Llegado al aeropuerto internacional de Ezeiza, en Buenos Aires, lo esperaban unos militares vestidos de civil. Lo hicieron saltear los trámites migratorios y lo llevaron escoltado en un auto hasta un cuartel militar. Su perfume seguía siendo pestilente por lo que tuvieron que viajar con las ventanillas bajas.

El Coronel Alcides Barrreda, en persona lo esperaba en un despacho del destacamento. Se saludaron con un escueto apretón de manos y Venancio Ochoa le entregó el ansiado video. El milico prendió el televisor que tenía en la sala, introdujo la cinta en la casetera y la puso en marcha. Se veía muy borroso, solo puntitos y un molesto ruido.

-¡La puta madre! Debe estar grabado en sintonía PAL y nuestros equipos son PAL. ¡Cómo no me di cuenta! –bramó el Coronel.

Venancio no entendía nada de lo que hablaba el irritado militar, solo esperaba haber cumplido bien su trabajo y que lo dejen irse tranquilo de allí.

-¿Hice algo mal, señor? –preguntó, culposo, Ochoa.

-No, usted no tiene nada que ver. Es solo que el material está en otro formato y ahora debo enviarlo al laboratorio para que lo conviertan.

-¿Entonces puedo irme?

-Si. Acá le dejo su nuevo documento, algo de dinero, el pasaje a Bariloche y la dirección de su nuevo departamento en el centro, cerca de la plaza principal. Lo va a recibir un oficial allí para asegurarse que todo esté en orden. Le conseguimos un puesto en la utilería del club del Deportivo Cruz del Sur.  ¿Lo conoce?

-Sí, lo he oído nombrar.

-El sueldo es decente y nos pareció lo más acertado ubicarlo en esa posición ya que usted ha trabajado en el rubro. Era eso o laburar en el Cerro catedral. ¿Sabe cómo llegar a la terminal de micros de Retiro?

Ochoa asintió con la cabeza, saludó con un apretón de manos al Coronel y se marchó. Salió despavorido del cuartel y se perdió en la ciudad. Nunca más se supo de él. Jamás llegó a Bariloche, o quizás sí. Pero nunca se presentó en su nuevo laburo, ni en su departamento.

Dicen que lo buscaron durante un tiempo sin suerte. Al principio querían encontrarlo porque creían que era un estafador. El video, cuando lograron convertirlo al formato correcto, tenía solo cinco minutos de un partido viejo y el resto era una película porno que le habían grabado arriba.

Dejaron de perseguirlo cuando los milicos se dieron cuenta que Venancio Ochoa era un pobre tipo. Un perejil que habían usado los servicios soviéticos para mandar un mensaje encriptado: “con nosotros no se jode”. Por eso lo llamaron la “guerra tibia”. Argentina no calificaba para entrar en la “guerra fría”.  No estaba a la altura de las circunstancias.

Ochoa nunca se supo bien para qué lado jugaba. Algunos se preguntaban si sería un contraespía ruso o si, finalmente, se lo había cargado la KGB por traición. También se decía que se había escapado para Cuba. Su paradero al principio fue un misterio, después pasó a no importarle a nadie cuando volvió la democracia.

¿El video? Nunca llegó al archivo. De todas maneras Argentina no se cruzó con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en el Mundial de España ´82. La leyenda dice que la película se la quedó el Coronel Alcides Barreda, quien fue de los primeros en tener una casetera en la casa. Eso dicen.

 

Comentarios

  1. The geezer

    5 diciembre, 2019

    Qué buena historia, tremendamente original. Saludos
    César

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