Tan impertinente como un cuento

Escrito por
| 35 | 1 Comentario

A veces creemos que las historias solo se encuentran en los libros o en el cine, quizás en la voz del locutor o el entrevistado en un programa de radio, incluso, tal vez, en el anécdota intruso del pasajero venido en años que se sentó a nuestro lado, pero lo cierto, es que las historias están en todas partes.

Están ahí, bollando en el aire, recostadas contra el tallo resquebrajado de una flor, garabateadas sobre el graffiti de un muro gris y desgastado o en la desolación de aquel baldío difunto y yermo.

Ahí andan, al asecho, donde menos te lo esperes; en el hilacho que cuelga del zapato descosido de un botija, susurrándote al oído en el zumbido insoportable de un mosquito, o gritándote a lo lejos desde el motor impertinente de alguna moto desconsiderada.

Porque las historias, cuando quieren, se te presentan prepotentes y egoístas, y lo mismo les da si estás con el amigo ese de la infancia que hace décadas no veías, o aprovechando el tiempo con tu hijo o bañando al perro o rezongando entre dientes al gato porque todavía no entendés como puede haber salido tan inútil.

Se aparecen cuando les da la gana, y las ganas se les van deprisa en el momento en que las llamas a gritos.

Se aparecen cuando quieren, impertinentes como solo ellas saben serlo. Allí, cuando los ojos más te pesan y las penas a punto están de aplastarte, cuando se está por romper la cuerda, o, en el mejor de los casos, a la entrada de un examen.

Se aparecen de la nada como un chispazo repentino, te dan una trompada en la frente para que solo las atiendas a ellas y no te dejan en paz… Te revolotean y te revolotean y te revolotean, y casi que te obligan a noches enteras de almohadas inquietas… y no hay te de tilo que les venga bien.

Ahí se instalan las muy hijas de puta, y hasta que no te pones en pie y les das la atención que exigen, no paran de insistir, y les encanta desaparecer de golpe. Clavarte la espina de su ausencia repentina, bien hasta el fondo, en la yema del dedo gordo del pie, sin aviso previo ni explicaciones, a la mitad de un párrafo o en algún reglón inconcluso de la segunda carilla.

Porque los cuentos están ahí, impertinentes y egoístas, como siempre, exigiendo ser contados bajo la amenaza del desvelo. Robándote las noches y la paz, hasta que se aburren de ti, te abandonan a tu suerte como cuál pañuelo desechable, y te dejan al tiránico antojo , de vaya uno a saber que nueva historia.

Comentarios

  1. MadreMar

    18 diciembre, 2019

    De acuerdo contigo en lo que narras sobre las historias.
    Para los que tenemos ansias de contar, de escribir, de narrar, no hay nada más apremiante que plasmar en palabras escritas la avalancha de ideas que se arremolinan en nuestra cabeza. Y hay que hacerlo en el momento en el que llegan.
    Saludos y mi voto
    Lourdes

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas