Terror nocturno

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Aquella reunión término ya muy entrada la noche, me encontraba fastidiado por el recuerdo de cada conjetura absurda y el criterio de centenares de voces que decían haber comprendido su razón de existir. El cielo dibujaba ciertas constelaciones y mientras las observaba intentaba dar un sentido racional a ser un esclavo de este sistema que consume cada aliento y devora cualquier tipo de esperanza. Intente ver más allá de lo que me permitía la oscuridad, pero fue un intento vano. No tome importancia a lo que podría encontrar en el camino, llevaba recorriéndolo casi diez años desde que mamá me inscribió al colegio y jamás había ocurrido algo fuera de lo común. Apresure el paso y me encamine, tenía labores pendientes y la casa estaba a solas. De camino aun recordaba la cara de todos mal formarse entre sonrisas, manosearse entre los abrazos y uno que otro beso en la mejilla. Guiado por la luna miraba las casas a mis costados, algunas eran más grandes que otras con jardines amplios y uno que otro juguete olvidado, me parecía ver vagar en ellas a las familias que entierran la verdad de su pasado y que temen se haga público su presente.
 
El viento soplaba y debía continuar, si me mantenía por mayor tiempo entre las sombras ocurriría algo peor de lo que mi propio miedo podría prevenirme. La calle se volvió angosta mientras a lo lejos podía divisar el resplandor de una lámpara, el verano ya había sacudido los árboles y dejo consigo aquel rastro peculiar entre marrón y café, ese detalle que revela lo inútiles que solemos ser como especie al no permitir que la naturaleza adorne lo que siempre ha sido suyo. De pronto, el crujir de ciertas hojas a mi espalda me detuvo y agudizo mi oído, por un momento no pude dar un solo paso y no estaba dispuesto a voltear para averiguar quién estaba tan cerca. Camine lentamente y aquella presencia permanecía justo detrás de mí, tan cerca que podía sentir estaba a punto de respirar en mi nuca. Continué mi recorrido con la vista al frente mientras mi corazón parecía estar a punto de escapar por mi garganta, sabía perfectamente que aquella presencia no se alejaba, lo cercioré al ver a los perros de los Macay gruñir a mi costado y ladrar justo después de que me alejara.
 
-¡Lárgate! -Grité al comencé a correr como aquel niño que se dirige a los brazos de su padre para protegerse.
No estaba dispuesto a voltear, sabía que ya estaba cerca y que todo esto quedaría como una anécdota. Trataba de no perder el aliento, pero correr con mocasines y calcetas no me aseguraba la salvación.
 
El paisaje pedregoso y hostil se divisaba mientras un cuervo graznaba, algunas piedras estorbaban mi camino y aun así me mantenía firme a pesar de que las lágrimas escapaban como único alivio por la desesperación. Podía ver el destello de aquella bombilla en la entrada de mi hogar, solo eran unos cuantos pasos y por fin habría escapado. De pronto, tropecé con un hoyo y caí al suelo, todas mis esperanzas se alejaron con la inercia al verme bocabajo en el centro de aquella luz. Estaba aterrado, comencé a temblar al girar mi rostro y tener que observar la sonrisa de mi verdugo. Me sentí como un estúpido al descubrir la verdad y comencé a llorar, aquel monstruo que había robado mi aliento no era otro más que mi sombra y el entorno retomando su forma original.

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