Dos de noviembre

Escrito por
| 26 | 2 Comentarios

Sucedió en poco tiempo. El día que Ciudad de México se convirtió en un agujero negro y se dio por perdida fue un 2 de noviembre, fecha muy propicia dados los acontecimientos. El Gobierno abandonó la ciudad cuarenta y ocho horas antes de que se escapara por completo a su control. Los jóvenes soldados que quedaban, sin mandos, aguantaron hasta el último momento, actitud que es de agradecer, pero nada pueden las balas contra la carne muerta. Además, ya estaban muy mermados. Huyeron en los últimos helicópteros operativos que les quedaban, no creo que fueran más de quince o veinte unidades en conjunto. Por carretera, la escapada era una misión suicida: veinte millones de zombis por las calles eran motivo más que suficiente para no intentarlo. Los que se la jugaron por el Periférico Norte, por el elevado, llegaron algo más lejos, pero tampoco lograron pasar mucho más allá de Ciudad Satélite porque tres camiones cargados de combustible habían chocado y ardían desde hacía horas, cortando el paso. Los pobres desgraciados que optaron por aquella vía se encontraron atrapados ante tres posibilidades, a cual peor: los camiones en llamas, los zombis que se acercaban o el vacío del salto hasta el piso inferior de la carretera la cual, en caso de sobrevivir a la caída contra el asfalto situado diez metros más abajo, también estaba plagada de zombis. Creo que varios optaron por las llamas.

Algunos conseguimos huir del terror y nos refugiamos donde creímos que era más seguro. Nosotros estamos en el último piso de la Torre Pemex, ese oscuro monolito de cristal desde el que se alcanza a ver buena parte de la ciudad, ahora envuelta en el caos: docenas de columnas de humo negro procedentes de incendios descontrolados, explosiones de gas, coches abandonados en las calles, muchedumbres ávidas de carne fresca buscando nuevas presas, seres humanos que se arrojan desde las ventanas, optando por una muerte rápida antes que ser devorados vivos.

Desde la azotea podemos ver lo que sucede, aunque sería mejor permanecer ajenos a esta realidad. Tenemos algunas armas (aunque no sirvan para mucho), unos prismáticos, linternas, agua y comida. Pero, aunque somos tres personas (bueno, dos), no creo que nos dure más de una semana, así que estamos pensando cuál será nuestro próximo paso. No quiero dejar a mi hija abandonada aquí. Está atada con una cadena a un tubo de ventilación y nos mira con ojos vidriosos y ya blanquecinos. No sé si piensa, al menos no al nivel de un pensamiento elaborado, o si se mueve más por instintos primarios, como el hambre. Yo creo que es más esto último. Manuel, el que era mi vecino más odiado hasta hace unas horas, se ha vuelto de repente una persona humilde y cabal. Quizás ya lo era y yo lo desconocía, no lo sé. El caso es que es la segunda vez que me dice que tenemos que deshacernos de la niña, de mi niña. Sé que tiene razón, es una amenaza para los dos. Si esa cadena llegara a fallar o ella lograra soltarse… sería nuestro fin.

Pero me cuesta admitir la dolorosa verdad, me niego a desprenderme de ella para siempre. No quiero. Manuel me tiende un objeto y me obliga a cogerlo. No es un arma de fuego.

—Dale machete, acaba con su sufrimiento —dice.

Miro la hoja de acero de cincuenta centímetros y meneo la cabeza, en un gesto de negación.

—No puedo.

—Sí puedes, eso que tienes delante ya no es tu hija. Debes comprenderlo. Tienes que cerrar esta etapa para que podamos tratar de seguir nuestro camino y salir de aquí con vida. Con ella, no podremos.

—No.

—¡Hazlo! No hay otra manera y lo sabes.

Aferro con fuerza el mango de madera, desgastado por el uso, y cierro los ojos. La empuñadura se siente cálida, amable, suave. Aprieto más, hasta que mis nudillos se vuelven blancos. Entonces, abro los ojos y degüello a Manuel de un solo tajo, sin pensarlo. Sin el menor atisbo de arrepentimiento, observo sus ojos de sorpresa ante tan inesperada muerte. Se desploma frente a mí, primero de rodillas, luego su cuerpo cae hacia atrás en el suelo de la azotea. Arrojo el machete lejos y me acerco a mi niña, lo suficiente como para que me alcance y me muerda en el cuello. Siento cómo se desgarra la carne produciéndome un dolor insoportable, mientras el suelo y la cara de ella se llenan de mi sangre, pero aíslo el dolor y el miedo hasta hacerlo desaparecer.

—Ya estoy contigo, mi niña —es lo último que me escucho decir.

 

https://ignaciocortina.wordpress.com/

Comentarios

  1. Cortex

    17 enero, 2020

    Macabro escenario. Parece una telefase de la metamorfosis del hacinamiento insalubre donde los renacuajos gordos han evolucionado a metacuajos y han salido de sus charcas devorando a sus homoplasmas: los humanoides retrorevolucionados por la gordura omnivora.

    El dilema de la existencia –sobrevivencia– se muestra en todo su poder: el instinto de sacrificar por imperativo de vida, y el dominio de la pertenencia de género: la maternidad y su fatalidad.

    Pa´mal, Icorre. Un símil de lo que puede pasar si continuamos con esa lipodismorfosis gliosa

    CORTEX

  2. Mabel

    17 enero, 2020

    ¡Impresionante! Un abrazo Ignacio y mi voto desde Andalucía

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas