El camino del río

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-Manuscrito en proceso-…

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 1

El ex papable

A finales de un despejado y acalorado noviembre, me cupo en suerte, como editor de un periódico digital internacional, cubrir la folclórica peregrinación de la Virgen Inmaculada de la Concepción de María, patrimonio de la Diócesis de Choluteca, ubicada en la más tórrida de las provincias de Honduras que se encuentran junto a la costa del Pacífico. La programación y el recorrido de la Procesión ya habían sido anunciados en el «feedback» de Facebook y Twitter, por lo que los que asistiríamos ya estábamos preparados mentalmente. El peregrinaje partiría del corazón de las colonias aledañas a la Parroquia, luego abandonaría la ciudad, cruzaría el histórico puente Carías, y daría la vuelta –tras la visita de las iglesias Sagrada Familia, San Pedro Apóstol y San Francisco de Asís–, para finalizar con la celebración de la Santa Eucaristía, allí donde Jesús, hijo de María, se hacía presente con su Cuerpo y Sangre, en el Tabernáculo de la Catedral.

Mi cobertura periodística, que yo tomé a cargo personalmente por lo sensible del tema, por otra parte, tenía un carácter más que todo investigativo; en realidad, aquella cobertura era una excusa propiciada por la visita a la ciudad del Arzobispo de la Arquidiócesis de Tegucigalpa, también Cardenal, ex «papable», y a quien serias acusaciones de conducta impropia provenientes de la ciudad de Roma lo habían alejado del amor fraterno, antes favorecido, del Colegio Cardenalicio. Los «expertoseclesiásticos»sugerían que estos sórdidos señalamientos, algunos bien documentados, le hicieron perder, amargamente, la tan anunciada silla papal. En ese estado de cosas, como medio de prensa, me contactaron los editores de L´Osservatore RomanoL´Espresso y la AFP para que le hiciera una entrevista y atisbara lo que suponía para él esta conmoción de último momento.

Vino a parar en un trabajo imposible, principalmente por la naturaleza elusiva del Cardenal, cuya linajuda inclinación por los más altos refinamientos, automóviles blindados y lugares de refugio exclusivo, lo acorazaba de la acuciosidad de intrusos como yo, que queríamos saber por el hecho mismo de saber e informar en honor a la transparencia. Sin embargo, no cedí a la frustración tan fácilmente, y para cuando ya estaba a punto de rendirme, como si hubiera caído un milagro del cielo, se me presentó entonces una magnífica ocasión con motivo de la Fiesta a la Santa Patrona de Choluteca, a la que nuestro menguado Cardenal no podría negarse, suponía yo, ya que –claras están las circunstancias atípicas que lo atormentaban–, le ofrecía una magnífica oportunidad de levantar perfil –y vigencia– en medio de las fervorosas multitudes.

Pues bien, el día señalado me levanté en la madrugada y me dirigí a la Parroquia antes de que comenzara el peregrinaje; había planificado colarme entre los feligreses, cosa que no me resultó difícil, pero no contaba con que me había hallado en medio de cuatro secciones bien contrastadas que configuraban la estructura interna de la Procesión: al frente, el Muñidor con su campanilla, que abriría el paso al estandarte de la Cruz de Cristo, conformada por los acólitos y monaguillos; enseguida, con sus banderines, marcharía la Cofradía de Penitentes con sus túnicas ceñidas –algunos cargando cruces o látigos de cuero–, sucedida por las autoridades de la Iglesia quienes harían de baluarte a la imagen de Cristo y la Virgen Inmaculada, sobrellevadas por andas procesionales; en la cola, se ubicaban los feligreses y, entre ellos, el colado de mi persona, que esperaría dar el zarpazo en el momento oportuno.

Para disgusto mío, a la siete de la mañana, hizo presencia el Cardenal acicalado con su hábito coral, bajo el amparo de un complicado anillo de seguridad montado por sus guardaespaldas; se inició la caminata; lo acompañaba el Obispo de la Diócesis –cuyo apellido francés era impronunciable- y que caminaba a paso grave, condicionado por el efecto de la mitra romana sobre su cabeza, a la vez que daba pequeños golpes con el báculo a sus dos obispos auxiliares, más lentos que él debido al cansancio producido por la organización del evento. Además, le hacían comparsa el mariscal de la feria patronal, el alcalde y sus regidores municipales. Desde mi ángulo, sólo las andas procesionales y sus guardaespaldas nos separaban.

–Ésos -me dije rascándome la cabeza- representan un verdadero obstáculo para alcanzar mi objetivo.

Veía al Cardenal, flanqueado por sus guaruras, conversar con el Obispo.

Quizá si no hubiera maquinado en mi cabeza la taruga frase de superación personal de «sé tú mismo, arriesgalo todo, visualiza el éxito, no hay barreras ni límites», no habría ejecutado el no menos tarugo intento de acercármele y ser detenido en el acto de la peor forma posible. Mientras mis pies colgaban en el aire, cavilé en que todavía me quedaba un último recurso por utilizar: con desesperados gritos, les aclaré, en firme, que era periodista y editor de un «periódico digital internacional» y que habría serias consecuencias si se resistían a mi labor como reportero; con mi mano izquierda engarzada, saqué mis credenciales para validarlo, uno de ellos llamó por teléfono, y pronto me sacaron con violencia y una patada en el culo de la sección de los feligreses.

Les lancé una de mis mayores imprecaciones al aire libre.

Pronto se escuchó un largo «Ooooohhhhhhhh» entre la concurrencia.

Sí, había fracasado de la guisa más miserable.

Ya iba a separarme del itinerario, pero a unos pasos del puente Carías, se desarrollaba a lo lejos un espectáculo bastante singular que, a juzgar por las circunstancias, pocas veces se ha visto a lo largo de los siglos.

Y no sólo yo era el único cautivado.

Justo a la salida del puente, la procesión era bloqueaba por un grupo bastante grueso de personas, de miles, diría, que se desbocaban río abajo. Corrí lo más que pude para documentar lo que sucedía. En mis pensamientos, se trataba de alguna numerosa manifestación de los miembros del Frente de Resistencia Nacional. Pero no. Estaba totalmente equivocado. ¡Y vaya que sí!

–¡Qué ocurre? –le grité a uno de los que aceleraba el paso al lado del puente.

–¡Mire río abajo! –me devolvió la palabra.

Ignorante de lo que ocurría, ladeé hacia abajo mi cabeza, apuntando mi cámara Nikon D810 con teleobjetivo: había errado, sí, con lo de la Resistencia, pero no con lo del espectáculo que se dejaba  venir.

Como a quinientos metros del puente, abajo en las largas y albas playas del río, se encontraba un hombre de barbas blanquísimas, semidesnudo, arropado solamente con una túnica rustica de piel de venado, cayado en mano, que caminaba trabajosamente a través de la orilla. Lo rodeaban cientos de personas que se le acercaban tendiéndole las manos, otros se le arrastraban a través de las enormes piedras o se arrojaban al suelo por donde él dejara su paso.

La multitud parecía no increpar al iluminado anciano sino que le imploraba con gran desesperación:

–¡Sálvanos, Apóstol Ermitaño!

–¡Sácanos de esta pudrición, por favor!

–¡Bendícenos con un empleo, Señor!

–¡Sana a mis hijos, te lo rogamos, Apóstol!

–¡No permitas que nos aniquilen, oh Santo!

Como si aquellos lloriqueos lo hubieran hastiado, el santo ermitaño se detuvo, cogió un sorbo de agua del río y lo escupió a las muchedumbres.

El estrépito fue aún mayor. Cientos se abalanzaron abriendo la boca, otros extendieron sus mantas, toallas o simplemente alzaban las manos, haciéndose camino entre la multitud, para que las gotas benditas mojaran su piel. Aquello era insuficiente para el rebaño, que daba la impresión de estar realmente compungido y volvía a clamar por redención.

De repente, un tipo que aparentaba estar trastornado, sosteniendo una Biblia en la mano, gritó tan fuerte y con tal dramatismo, que el mismo «Apóstol Ermitaño»”, como lo llamaban, se volteó para verlo mientras sonreía:

«Y El ángel Gabriel anunció a Zacarías:

´Porque será grande delante de Dios.

Él será lleno del Espíritu Santo.

Y tú, profeta del Altísimo serás llamado;

porque irás delante de la presencia del Señor,

para preparar sus caminos´».

El pueblo al escuchar estas palabras se arrodilló de nuevo en un acto de humillación en medio de grandes lamentos.

Su quejido se asemejaba al curvo susurro del río; sin embargo, llegaba a los oídos de un modo bastante tétrico, tal si fuera el siniestro gimoteo de los condenados. Claro que me turbé. Y todos los que se hallaban sobre ese puente conmigo. Al Cardenal lo conmocionó sobremanera y pude divisar en su rostro una mueca silenciada, pero bastante espantosa: abría exageradamente la boca y los ojos en una mímica similar a esa figura emblemática que se detiene sobre un puente, excretando horror, con las orejas cubiertas, de aquella lóbrega pintura conocida como El Grito del noruego Edvard Munch. Su rostro era lúgubre, sombrío, y se podría conjeturar que hasta enfermo.

Yo, por supuesto, pensé que aquellas escenas constituían un verdadero cuadro de histeria colectiva y me causó más curiosidad que confusión. ¿Dije «curiosidad»? Fue un mal adjetivo. Era la representación icónica de la apoteosis de la Década de la Carnicería que el pueblo había tenido que soportar cayendo asesinado y derrotado por toda entidad de putrefacción y corrupción predominante y que estaba por sobrevenir a esta soleada y aún verdecida tierra. Era como vivir en el film de La Guerra Mundial Z, ese universo lleno de zombis desesperados por existir.

«Con tanta masacre, narcotráfico y corrupción», me dije, «es lo menos que podía suceder».

Preocupante fue cuando los mismos feligreses empezaron a abandonar la procesión en busca del santo eremita corrientes abajo. El Obispo, a instancias del Cardenal, comenzó a pesquisar entre los suyos preguntando el porqué de tanto alboroto y defección.

–Dios se ha apiadado finalmente de este castigado pueblo –le contestó una abuela bien creyente.

–¿No creerá usted en semejantes patrañas? –le contestó el prelado sin caer en cuenta de lo que decía.

–Tanto como que la Virgencita vive en los cielos –sentenció la vieja señora–. Ese anciano es un santo enviado por el Señor. ¡Es un milagro! –exclamó de pronto, extasiada.

El Cardenal, que no salía de su asombro, olvidándose del protocolo y su categoría, dejando atrás a su dispositivo de seguridad, se acercó a la salida del puente, con tan mala fortuna que fue empujado por el aluvión de la plebe y resbaló derechamente hacia el fondo del río; tal hubiera sido su destino, si mi mano salvadora no lo hubiera atajado al patinar los primeros metros.

–Gracias, hijo mío –me agradeció limpiándose los hábitos; luego con la cara destemplada–: ¿Qué les sucede? Jamás había vivido algo así en mi larga vida. Es como si anduvieran al diablo metido en el cuerpo.

–Yo mismo desconozco lo que está ocurriendo –dije; y no mentía. Luego, empujándolo cuesta arriba, agregué–: Sólo puedo decirle que en la playa del río un anciano de barbas largas ha hecho su aparición. Por sus ropas parece un mendigo, pero el pueblo parece respetarlo y le rinde tributos de santo.

 Pronto apareció muy apenado el Obispo.

–¿Se encuentra bien, Su Ilustrísima? –le preguntó; un ojo le parpadeaba y el rubor del rostro le llegaba al cuello.

–Muy bien -contestó el Cardenal un poco ofuscado-, pero no gracias a usted.

El Obispo corrió a echarle una mano, que el Cardenal rechazó con un mal gesto.

–El joven aquí presente me ha salvado la vida –dijo con solemnidad–. ¿Qué ha pasado con la procesión de la Virgen? –preguntó desilusionado.

–Disuelta, desgraciadamente –dijo apocadamente el Obispo con la cara llena de sudor, ojos achinados por el azoramiento y la angustia que le provocaba la figura del Cardenal–. No hubo forma de detener la desbandada. El vulgo entero se ha tomado el puente y ha resultado imposible dar un paso más. Creo que todo esto fue planificado por la oposición política que escupe tanto odio contra nuestra Santa Iglesia. Ya he encargado a mis auxiliares el retorno expedito de Cristo y la Virgen a los altares.

»Venga –siguió hablando con adulación–. Es necesario que guarde reposo para reponer el espíritu y el cuerpo. Una habitación fresca y cómoda le espera en la Parroquia. Carguemos cada uno su cruz y partamos de inmediato hacia algún lugar seguro.»

–Si me permite… –quise enunciar pensando en mi entrevista.

–No se lo permito –me cortó el Obispo, a quien los cuerpos de seguridad al parecer  le habían informado sobre mis recientes acciones; además, no desaprovechó la ocasión de lavar sus pecados conmigo; luego dijo con un deje de santurronería–: No podemos retrasar la recuperación del Cardenal.

Entonces, digamos que sagazmente, tuve el valor de hacerme valer y contraataqué en manifiesto beneficio de mi persona, dirigiéndole de manera escueta una petición al Cardenal.

–Su Ilustrísima, mi nombre es «A…K…», soy corresponsal de  un periódico italiano y deseo que usted me regale una pequeña entrevista.

–He sido claro con que la recuperación del Cardenal es de mi máxima competencia y certera prioridad –volvió a recalcar el Obispo, esta vez simulando un episodio de ira–. No es necesario abusar de la magna cortesía de Su Ilustrísima.

El Cardenal, que quería reprochar y hacer enojar al Obispo por su incompetencia e inutilidad, replicó mordazmente:

–Ciertamente, señor Obispo, usted no es alguien digno a quien el pueblo pueda acudir por auxilio y socorro, como quedó demostrado en la procesión de hoy –y situando sus pesados ojos en mí, quizá midiendo el peligro que corría conmigo, agregó–: Estoy a su entera disposición, joven.

El Obispo calló, avergonzado. Yo, en cambio, le agradecí por su postura.

«No queda duda», razoné, «querrá que sólo le haga preguntas pías».

–No obstante –dijo el Cardenal sorpresivamente–, antes de cualquier entrevista, deseo vehemente conocer a ese ermitaño.

Esta demanda en verdad me impresionó, ya que afloraba, en el fondo, un atisbo de humildad por parte del Cardenal, aunque, si se hurga bien, había un rescoldo de avaricia  que procuraba hacerse del secreto que engendraría semejante carisma en un hombre.

–Cosa que desapruebo y no recomiendo en lo absoluto –respondió el Obispo, pasmado.

–Usted no es nadie para que suponga qué cosas puede recomendarme –zanjó de por medio el Cardenal.

–Pero Su Ilustrísima…

El Cardenal, recogiendo su báculo del suelo arenoso y apretando ligeramente mi mano con sumo tacto, dijo:

–Joven, lléveme adonde el ermitaño. Deseo conocer su palabra.

Una tarea complicada, cavilé; la playa del río estaba superpoblada y no había forma de avanzar en medio de tantos cuerpos. Sin embargo, dada la alta categoría del Cardenal, una vez que fue reconocido por el populacho, este empezó a abrirle paso; muchos de los que estaban extasiados y gritaban sin control, también feligreses católicos, al ver al Cardenal, callaron y le hicieron reverencias, arrancándole una sonrisa satisfecha.

–He perdido de vista al eremita –me dijo al oído, apresurándome a ubicarlo.

–Lo tengo en la mira –contesté, raudo y atrevido–. Vea –le grité sin que mis ojos pudieran salir del asombro–. Está cruzando hacia la otra orilla.

En efecto, lo que contemplaban mis ojos y los de la ahora callada multitud era sorprendente: el eremita parecía atravesar el caudal de río caminando sobre el agua. Me froté los ojos varias veces.

–¿Vio eso usted, Cardenal? –le dije todavía conmocionado.

–¿Qué cosa? –me devolvió la pregunta–. No me es posible contemplar nada desde aquí.

«Olvídelo», me dije para sí, y luego racionalizando el hecho: «Probablemente sean alucinaciones producidas por la ansiedad que me provoca estar en medio de semejante muchedumbre plagada de fanatismo».

La acción del ermitaño encrespó las emociones de la multitud que lanzó otro grito sonoro de pasmo y rendición. El Cardenal volvió a taparse las orejas.

Desde mi punto de vista, la oportunidad de alcanzar al eremita se nos esfumaba corriente abajo. Y se lo comenté al Cardenal:

–Su Ilustrísima, será imposible que nos acerquemos al Apóstol Ermitaño. No hay forma de cruzar a la otra orilla; el río está crecido.

–No llames “apóstol” a cualquier desconocido –me recriminó–. De esa forma, blasfemas contra Dios. Pero mira –me dijo con mojigatería–, la Santísima Trinidad proveerá ahora mismo un medio para que lleguemos a él –luego amonestó a algunos que se hallaban allí presentes– ¡Rápido! !En el nombre de Cristo, este servidor de Dios necesita llegar a la otra orilla!

De pronto, cientos de personas empezaron a organizarse sin rechistar, tal si fueran hormigas, y desde lo alto de la carretera, cruzando la calle, hasta llegar a las casas de la gente misma, para mi fascinación, hicieron su aparición escaleras y tablas de madera en manos de los pobladores, que pronto armaron un frágil puente por encima del río.

–No temas –dijo tomándome de la mano–, hoy es tu día de bendición.

La verdad, empezaba a creérmelo; atravesamos el puente, más cosa extraña, ninguna de las personas que estaban arrodilladas y en sollozos se atrevió a hacer lo mismo.

Pronto avistamos al ermitaño, que se encontraba sentado bajo la fresca sombra de  un frondoso árbol del que colgaban unas amarillas y apetecibles guayabas. Parecía dormir calladamente sobre su cayado; era un hombre bastante arrugado, de pelo lacio y sucio, tez percudida, complexión frágil y expelía un mal olor bastante fuerte. Al verlo, digamos que sin quitarle su humanidad, daba asco.

El Cardenal se volvió para verme con la sien contraída y arrugada, como diciéndose a sí mismo qué estaría pensando para arriesgarse a entrevistar a una persona tan falta de méritos en la vida. Sin duda alguna, estaba ante la presencia de un órate; pero no lograba entender cuál era la fascinación de la gente por él.

«¿Cómo llegué hasta aquí?», lo miré desorientado. «El Santo Papa se reiría de mí si supiera de esto».

El ermitaño parecía no percatarse de nuestra presencia, o quizá no le importaba, y seguía recostado sobre el bastón, con algunas moscas volándole arriba de la mollera; yo me retraje, e hice el amague de retirarme, cuando de pronto otra vez el grito de la multitud me asustó.

–¡Dios mío! –gritaban algunas mujeres–. ¡Esa bestia nos quiere ultimar!

Ocurría que un auto blindado de último modelo se abría paso con violencia por en medio de las gentes, hasta que se detuvo en la playa del río; enseguida un hombre que sacaba la quijada, digamos que en un remedo aristocrático, bien vestido, enjoyado hasta los dientes y amparado en la protección proporcionada por varios guaruras, bajaba del auto. Luego de unas señas, caminó hasta el puente hechizo y cogía rumbo hacia nosotros.

El Cardenal volvió a arrugar el rostro; carraspeó con fuerza varias veces forzando el despertar del ermitaño, pero siguió siendo ignorado; dio media vuelta y me vio con sus pesados ojos; con el bastón me golpeó la punta del pie:

–Es su turno –me dijo dándose a entender con movimientos de cabeza arriba bajo sin dejar caer la mitra.

 2

El apóstol evangélico

Lo pensé unos cinco minutos; ya iba en camino a despertar al ermitaño con unas fintas flojas y ademanes hacia el frente, cuando de presto, la voz chillona y autoritaria de un hombre me detuvo:

–Gloria a Dios, hermanos míos –dijo, y mientras veía con suma suspicacia al Cardenal, apretó los ojos, retrayendo los puños al pecho, agregando–. Me presento: mi nombre es S. Mooni, el más humilde apóstol y soldado de nuestro Señor de Señores de los Ministerios de la Tierra, Rey de Reyes de las Naciones, Dueño del Oro y de la Plata, el siempre Amado y Redentor Señor Jesucristo. En su santo nombre por los siglos de los siglos, amén.

El Cardenal blanqueó los ojos. Efectivamente, era el archi-famoso apóstol S. “Cash” Mooni, como su propia grey le llamaba con orgullo; añadían con tiernas historias que Cristo, compadecido por la oscura vida que su humilde pastor llevaba antes de conocerlo, lo había convertido, en el transcurso de diez años, en uno de los hombres más ricos de Latinoamérica; acerca de esta prosperidad, donde todos hacían gran hincapié, afirmaban con la mayor compostura posible que Cristo había obrado de tal manera que lo hizo rico en el país más pobre del continente solamente para dar una lección a los grandes y poderosos líderes de las naciones más desarrolladas y avanzadas del planeta. En su bien gastada lógica cristiana, esa hazaña de enriquecimiento descomunal era un grandísimo milagro y el canon señalado para mostrar al mundo que si no tenías dinero era porque Cristo no estaba en tu corazón.

Le di la mano en señal de bienvenida, salvo el Cardenal que lo saludó con un gesto de cabeza. Pero ni aquella pomposa presentación hizo mella alguna en la felicidad del ermitaño, que seguía durmiendo, como lo constataban sus grandes y canoros ronquidos. Ambos religiosos me echaron una ofusca mirada.

«Bajo estos 35 grados centígrados de temperatura, no sé qué espera para despertarlo».

Lo haría de una vez por todas; me acerqué al eremita y le toqué la muñeca de la mano.

Tampoco respondió.

«No sé qué hacer», dije al Cardenal.

El apóstol Cash me señalaba con el dedo índice y bastante energía al ermitaño, sin apartar sus ojos de mí.

«Ok. Está bien. Insistiré», contesté alzando las manos.

–¡Apóstol Ermitaño, apóstol Ermitaño! –le grité sin miramientos cerca del oído–. Podemos hablar con usted por un momento.

Diciendo esto, retrocedí en el acto; temía que el eremita se enojara y pudiera, de alguna forma que no logro explicar, echarme una maldición.

Finalmente el eremita abrió los ojos; se nos quedó viendo por largo rato, como si estuviera escudriñándonos, quizá buscando algo funesto en la profundidad de nuestros egos; parecía estar bastante enojado.

Ni el Cardenal ni el Apóstol Cash tuvieron el coraje de tomar la palabra.

–Quítense, que me tapan la vista del río –fue lo primero que dijo; nos hizo una seña con la mano.

Ignorados y humillados, nos hicimos a un lado. Sin que pudiera predecirlo, el apóstol Cash dio un paso al frente:

–Siervo de Cristo –le dijo–, igual que usted, yo también soy un soldado de Dios. Mi nombre es S. Mooni. Y traigo grandes bendiciones para su vida.

–Venís a bendecirme –le respondió tranquilamente el Apóstol Ermitaño voseándolo–.¿Qué es para ti la bendición, muchacho? –agregó con la menor de las dialécticas.

–Siervo –dijo el apóstol Cash acomodándose las mangas del saco–, muchos en mi Ministerio han llegado a preguntarme por lo mismo, arrodillados frente al altar del templo, sus rostros caídos y su espíritu derrotado por el vacío de sus almas. Sumido en el amor de Cristo, no hago más que remitirlos a Deuteronomio 28:1. ¡Porque dice la Palabra! –gritó de pronto, volviéndose emocional– : «Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios» –luego aquietándose–. Así es, siervo, como usted bien puede darse cuenta, la bendición es el premio por escuchar y seguir los mandamientos de la santa palabra de Dios, que es inefable, y el resultado directo de la fe en el amor a Cristo.

Al terminar de hablar, hizo ese terrible tic con la quijada que al parecer le da bastante seguridad, y sin inmutarse, más bien gozoso, sonrió como si hubiera ganado de entrada una gran batalla.

–Suena a coerción –dijo el Apóstol Ermitaño serenamente–, a llevar una vida atada al miedo; se escucha hasta obsceno y, sobretodo, bastante contradictorio.

El apóstol Cash enarcó las cejas por todo lo alto. El Cardenal, por otro lado, reía en silencio. «Se lo tiene bien ganado, por mercader de la fe», parecía decir.

–Siervo, cuide todo aquello que su lengua esté presta a soltar –lo recriminó el apóstol Cash sin respeto alguno–. Porque escrito está en San Mateo 12: «Por tanto os digo: ‘Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada’».

–Me imagino que a muchos de sus seguidores les tiemblan las rodillas al escucharlo decir eso –le contestó soberanamente relajado–. Pero, o usted nunca ha leído la Biblia o es un cínico descarado.

El Cardenal se echó una gran risotada. El Apóstol Cash se puso rojo de la cólera y le lanzó una mirada de fuego. Creí que iba a lanzar una palabrota, cuando por fin habló el Cardenal.

–Soy el Cardenal de la Arquidiócesis de Tegucigalpa –dijo con humildad aparente–; esclavo del Señor Jesucristo y misionero incansable de su sagrado Evangelio. Con suma alegría descubro que usted ha sido formado en el Catecismo de nuestra Santa Iglesia, continuando el trabajo de los Doctores Primigenios como San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Antonio y toda esa interminable pléyade de santos que dieron forma a nuestro Santo Credo, cuya figura central es Cristo. «Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo». Me complace saber que existen todavía semillas que germinan y acrecientan los senderos de los antiguos anacoretas y que huyen de la perversidad del mundo para vivir en un estado de gracia perfecta que solo la austeridad, la pobreza y el desapego pueden generar, como muy puntualmente nos lo recomienda la Regla de San Benito.

El Santo Ermitaño comenzó a carcajearse tal si fuera un hombre perturbado.

–Me desconcierta –rumió el Cardenal–. ¿Qué puedo inferir de esto?

3

El golpe de calor

El eremita salió del árbol de guayaba en donde se refugiaba del inclemente sol y empezó a caminar alejándose a pasos lentos de nosotros, en el absoluto silencio.

Nos dejó plantados sin más ni más.

Corrí detrás de él, alcé mi Nikon y arremetí a fotografías desde la mejor distancia y altura posibles, abalanzándome con ángulos contra-picados en la esperanza de crear un lenguaje fotográfico poderoso que realzara su dignidad y santidad, aunque seguía su marcha sin importarle un rábano lo que yo pudiera extraer de su alma.

–¡Ese viejo está poseído por un demonio de rebelión y contienda! –exclamó indignado el apóstol Cash al verse burlado–. ¡Te reprendo, Belcebú, en el nombre de Cristo Viviente y Todopoderoso!

El santo ermitaño hizo un ademán tedioso con la mano.

Aquello hizo que el Cardenal y el apóstol quedaran paralizados. Cosa que me pareció insólita. Algo presentí que me hizo aguzar los sentidos. Aún tenía los insultos del apóstol en mis oídos –proferidos con la mayor animosidad posible–, cuando de pronto percibí como una especie de onda supersónica proveniente de vaya a saber qué sorda explosión, aunque al parecer violenta, bajaba del cenit etéreo y se diseminaba a lo largo del horizonte, barriendo y limpiándolo todo; me empujó hacia atrás, y entonces pude contemplar como unas venas negrísimas empezaban a anillarle los ojos del Cardenal y, ¡el horror!, me parecía ver a un tenebroso y gigantesco alacrán salir de su boca, la que abría desgarradoramente hasta caerle al suelo; a su lado se hallaban tres espíritus también negros que parecían atormentarlo con fuego. Cayó la Nikon de mis manos debido a la horripilante impresión.

Pero fue mucho más fuerte cuando alcé mis ojos hacia la multitud; la atmosfera entera donde se encontraban se había transformado: el río Choluteca, de por sí siempre cubierto de excrementos, basura y aguas negras, ahora presentaba un desafiante color rojizo e hirviente, donde miles de seres desnudos y mutilados gemían de dolor sumergidos hasta el cuello; la playa, compuesta por una arenilla anaranjada, estaba poblada por hombres malignos de largos cuernos que golpeaban con látigos de acero a los miserables que se les arrodillaban ensangrentados y con la piel rajada, por el extremo sufrimiento. Había hombres colgados de las ramas de los árboles con la cabeza hacia abajo en tanto que el fuego que salía del río los quemaba con gran ardor.  Arriba en la carretera, unos espíritus dentudos cortaban con machetes a la gente por en medio. Y vi a una renglera de hombres enterrados de cabeza con los pies hacia arriba mientras unas arpías bajaban para devorarlos.

Para rematar, cuando intenté salir corriendo, preso de la agitación, se me apareció con las manos alzadas el apóstol Cash arrastrando unos sacos de oro enormes, con la cabeza hacia atrás y la lengua partida en miles de serpientes venenosas que no cesaban de morderlo, en dirección mía, mientras unos seres oscuros lo azotaban lanzándole brea hirviendo e hiriéndole con cuchillos.

Era una visión espantosa que no pude soportar. Solo recuerdo que los colores de mi mundo se volvían de un color sepia y mi panorámica iba derechamente hacia el suelo, pero tuve el tiempo de observar cómo una única figura luminosa, que atravesaba con angélica armonía aquel sofocante infierno, me sujetaba con su mano cándida y reluciente.

Todo aquel mundo de terror se esfumó en un tris seguido de un ligero silbido.

–Siento mucho que hayas tenido que vivir esto –me dijo el Apóstol Ermitaño sujetándome–. No volverá a pasar.

–¿Qué fue todo eso? –exclamé ahora llorando por el impacto.

–Nada, hijo –me respondió con una pequeña sonrisa–. El intenso sol te hace alucinar.

El Cardenal se me acercó; yo di un saltito del susto.

–Buscá refugio en aquel árbol –me dijo–. El golpe de calor te ha afectado y de seguro tendrás que guardar cama por unos días.

4

El presidente

 

A pesar de mis ansias de seguir con la entrevista, después del cruento escenario que se me había revelado –si en la Tierra o en el Cielo, no lo sé–, decidí abandonarla; si soy franco, estaba sobrecogido. Aquello no había sido una alucinación, y no estaba dispuesto a correr el riesgo de pasar por ello de nuevo. Estaba claro que, más allá de mi escepticismo,  había cosas que escapaban del control humano.

Caminé por la playa y ya para llegar al puente hechizo, se me volvieron a caer las quijadas del asombro. No lo podía creer: veía con las pupilas bien ensanchadas cómo cientos de personas eran levantadas y aventadas contra la orilla rocosa del río en la forma de una ola humana surgida y empujada sin conmiseración de aquel océano de desesperación. Cabezas, torsos y pies giraban por el vacío para caer aplastados como gusanos sobre las piedras del río, sin que ninguno pudiera siquiera poner las manos. Tras esto, emergieron de ella unos veinte automóviles blindados que frenaron con furia en la playa; descendió de ellos un señor de traje con corte elegante; detrás de él, aparecieron como cien agentes de seguridad que cargaban bolsas de plástico llenas de granos básicos.

Al aguzar la vista, pude diferenciar que se trataba del presidente de la república. Sin importarle los cientos de heridos y accidentados, sonrío ante la muchedumbre, los saludó con el aplomo de un personaje consumado y giró instrucciones a sus hombres para que regalaran las bolsas que traían consigo.

“¡Esto agradézcanlo al plan maestro de Vida Nueva, mi pueblo querido!”, dijo. “Aquí están mis bolsas solidarias  con su arrocito, sus frijolitos y su barra de manteca”, agregó sin desparpajo. Quizá si no lo hubiera visto, no lo hubiera creído, pero, de pronto, la muchedumbre, como muertos vivientes excitados por el olor a carne fresca, le cayeron a las bolsas como zopilotes a los desechos.

“Que les quede claro a los malos hondureños”, añadió: “Yo estoy aquí para proteger a los buenos. No voy a tolerar más terror en las calles, no vamos a tolerar que gente que no ama al país, motivados por la oposición política y los comunistas, lo destruya. Tienen mi promesa. Voy a hacer lo que tenga que hacer para liberar a la nación de las fuerzas oscuras que lo atacan y no lo dejan trabajar con sus manifestaciones políticas que buscan el atraso de los pueblos. ¡Es hora de trabajar, pueblo, de trabajar sin descanso y de sacar a la nación de la miseria! No estamos para paralizar al país por cuestiones políticas ni para pensar y creer en que los que luchamos por el bien del país somos los malos”.  Luego, escondido en una sonrisa bonachona, acabó gritando con el puño alzado: “¡Honduras somos todos! ¡Qué viva nuestro Señor Jesucristo, qué viva el Partido Nacional, qué viva Honduras y qué viva Honduras!”

La multitud quedó aturdida, con la vista pegada en el cielo. El dignatario subió por el puente y, al cruzarlo, se topó conmigo.

–Buenas tardes, joven –dijo–. ¿Sabe usted dónde puedo encontrar al ermitaño?

–Sí –le contesté.

–Hágame el favor de conducirme al lugar donde se encuentra.

–No creo que… –balbuceé, apocado.

La verdad no quería volver a sufrir los horrores.

–Gracias, se lo agradezco –finalizó tomándome de la mano, obligándome con ello a retroceder–. Me informan que este señor es todo un espectáculo y que hasta el Cardenal y el apóstol Cash vinieron a verlo esta mañana.

No quise responderle. Con los demonios que había visto era suficiente.

Por fin llegamos. Otra vez lo extraño se hacía presente: el Cardenal y el apóstol Cash estaban suspendidos en el aire, con la cabeza inclinada y el rostro al cielo. El presidente sonrió para sí. Aplaudió con fuerza y éstos tocaron tierra de nuevo.

El Apóstol Ermitaño, sentado en una piedra, comía unos frutos de yuyuga, bajo la sombra de un frondoso y copado árbol de guanacaste. No le importó nuestro arribo ni que los religiosos volvieran a la consciencia.

El Cardenal y el apóstol Cash corrieron a abrazar al presidente, lo persignaron, le pusieron las manos en la cabeza y lo llenaron de oraciones y rezos. Era un espectáculo bastante turbio y tremebundo.

Yo movía la cabeza de un lado a otro, a la vez que me volvía a rascar los ojos, ya que, por momentos, las fisonomías del Cardenal y del apóstol Cash, incluso la del presidente, se difuminaban en el espacio y, en cambio, adoptaban una apariencia infernal.

En un nanosegundo de tiempo, tuve la visión de que, al ver a los tres personajes juntos, en realidad estaba ante la presencia de un culto de adoración donde, sentado en un enorme trono construido de huesos humanos, un gigantesco dragón alado con cabeza de carnero, sostenía una cruz invertida de la que salían haces de energía con las que controlaba a una especie de espantapájaros diabólico. A su lado, dos espíritus negros atormentados le hablaban al oído. De pronto, el ojo del Cardenal me sacó de la abstracción.

–¡Sea quien seas, mi Dios mío! –grité horrorizado en busca del ermitaño–. Sácame de aquí.

–¿Qué le sucede, joven? –me preguntó el presidente, sonriendo, tomándome del antebrazo.

No dije palabras. Retrocedí temblando de miedo, apartándole mi brazo.

-Continuará-…

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