El último hito

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El camino hacia el pueblo comenzaba en la esquina donde el aroma suave de un tabaco y el olor a café prieto salían a mezclarse con el amanecer y terminaba al lado del histórico edificio que albergaba los ritos y misterios de la Logia Masónica. 

La avenida principal de aquel entonces, una simple carretera de dos carriles separados por una línea amarilla, ya empezaba a llenarse con los coches de los comerciantes que a esas horas bajaban hacia el pueblo a dar comienzo al resto de la mañana.

Al doblar la esquina, encontraba el primer hito: kilometro uno, decía.

Unos pasos más adelante, estaba El Cafetín. Este era uno de varios ubicados en la avenida. Usualmente alguien con una escoba de paja barría los estragos de la noche anterior. Los hombres que salían temprano a trabajar leían los periódicos y discutían las noticias de la noche anterior. En las tardes, aquellos hombres, cerveza en mano, escuchaban las canciones de despecho y desamor que salían de la vellonera e inundaban de tristeza las calles del vecindario.

Después de cruzar la última calle del vecindario donde había crecido estaba el segundo marcador: hectómetro nueve, decía.

Sobrevivía allí a duras penas una pequeña casita de madera cobijada de zinc. La vieja ventana de la casita vieja y la puerta de madera carcomida siempre estaban cerradas. La casita tenía un medio balcón de hormigón, adornado con balaústres de cemento. En la parte de arriba de la puerta siempre cerrada, unos cristales rojos, amarillos, y verdes llenaban el interior de colores. En el patio delantero había un jardín en el cual crecían rosas siempre cargadas de pimpollos a punto de abrirse. A pesar de que nunca supo quien vivía en ella, pensaba que dentro de la casita se compartían momentos felices que adivinaba por el aroma del café que salía de allí en las mañanas.

Oculta tras aquella puerta de madera carcomida, pensaba, estaba la felicidad que no había que salir a buscar a ningún lugar porque se encuentra en todas partes.

Antes de llegar a lo que quedaba de La Panadería Vieja —un edificio ya en ruinas y a punto de caer— estaba el tercer hito: hectómetro ocho, decía.

El viejo horno de leña de los años idos, que daba sabor al pan de antes ahora estaba en desuso. Esa, decían los vecinos que crecieron trabajando allí, era una panadería de verdad. Esa frase daba inicio a las historias de antes pues era seguida por cuentos sobre el recogido del café y el tabaco de los tiempos pasados. Cuando todavía la panadería estaba en servicio, la calle y los alrededores se impregnaban del olor a pan que salía de su horno. 

Después de un trecho ocupado por una finca cercada de alambres de púa, donde algunas veces pastaban las vacas y otras veces araba un enorme tractor, estaba el cuarto marcador: hectómetro siete, decía.

Un poco más adelante a ambos lados de la avenida principal estaba El Callejón de la Florida. Cruzar El Callejón, era pasar la frontera de la vecindad familiar y entrar a un mundo diferente. Al lado izquierdo de la avenida estaba El Otro Cafetín. Allí también se reunían los hombres que salían a trabajar. En las tardes, había en el exterior del cafetín un ambiente festivo alborotado por la vellonera y el chocar de las bolas del billar.

Pasado El Callejón, tropezaba con el olor a pan de La Panadería Nueva que ya comenzaba a despertar el vecindario con el aroma del pan recién horneado que azotaba el olfato y despertaba el hambre.

Pasando La Panadería Nueva estaba el quinto marcador: hectómetro seis, decía.

Calle abajo, había un amago de montaña conocido como El Cerro de Nando. Desde la cima se podía disfrutar de una vista completa del pueblo. Una vez arriba, la falda norte descendía hasta La Charca Maquita. Un poco más adelante se veía todo el pueblo dominado por la enorme cúpula plateada de La Iglesia Católica y después el siempre azul Océano Atlántico que se perdía en el horizonte, hacia donde terminaba el mundo y comenzaban los sueños. Volteando hacia el sur, a la distancia se podían ver las casas perchadas en La Cuesta de los Alfajores como aves de colores.

Donde comenzaba El Cerro, estaba el robusto tronco de una centenaria ceiba cuyas copiosas ramas se extendían hasta el otro lado de la avenida. Las gruesas raíces de la ceiba se extendían por varios metros, rompiendo y levantando la acera. El trayecto después de pasar la ceiba estaba constituido por una hilera de enormes árboles que se entrelazaban en sus copas. En aquellos tiempos la vegetación era más densa y abundante y las copiosas y entrelazadas ramas formaban una especie de túnel que se oscurecía en los días lluviosos dándole un aspecto espectral y misterioso a aquel paraje.

Pasada la enorme ceiba, estaba el sexto marcador: hectómetro cinco, decía.

En la ladera oeste del cerro, estaba una entrante arqueada en la que había pegado a uno de los árboles, una enorme y amenazante colonia de termitas que cubría todo el árbol. Siempre pasaba por aquella entrante con el temor de que toda la colonia de termitas echara a volar.

El séptimo marcador estaba frente al Cementerio Municipal: hectómetro cuatro, decía.

El Cerro continuaba alineado por las copiosas ramas que se extendían sobre la avenida. En los días de tormenta se añadía a la sombra de los árboles la oscuridad del cielo nublado y tan pronto ponía un pie donde comenzaba la muralla del cementerio apresuraba el paso hasta llegar al otro lado. Al pasar frente al portón de rejas de metal, se divisaba adentro un camino bordeado a ambos lados por las tumbas cubiertas de flores y que subía hasta la pequeña capilla donde se celebraban los servicios fúnebres. Usualmente cuando llegaba allí tarareaba alguna vieja canción y apresuraba el paso rogando que los ruidos que escuchaba fueran solo el viento.

Pasado el cementerio, se podía divisar la entrada del pueblo a la distancia. Había allí una casa con un balcón a todo lo largo de la fachada que colindaba con la acera y donde siempre había caballos amarrados. El olor de los caballos llegaba hasta la carretera y de la misma manera que el olor de la tierra recién arada, la lluvia fresca, el cilantrillo del huerto, y el pan recién horneado traen recuerdos de tiempos idos, el olor de los caballos también trae recuerdos de caminos andados.

Después de la casa de los caballos, bajo otra ceiba, había otro cafetín un tanto diferente a los dos anteriores. La barra rectangular y siempre limpia, se prestaba para la conversación entre amigos. La pared de las bebidas y vasos lucía diseños y variedades de botellas de diferentes colores y formas en nichos iluminados.

Los hectómetros tres y dos estaban dominados por La Charca Maquita que se veía desde la cima de El Cerro.

Durante la temporada de lluvia, los intensos aguaceros que duraban toda la noche inundaban la charca. En ocasiones realizaba, después de andado la mitad del camino, que la lluvia de la noche anterior había inundado varias calles y dejado anegados los balcones y sótanos de las casas situadas junto al cementerio. Si el agua era poca, se arrollaba los pantalones, se quitaba los zapatos y cruzaba el charco. Sin embargo, cuando el agua era tanta que tapaba la calle y los balcones de varias casas quedaban bajo agua, no se podía pasar. En ocasiones así, la policía bloqueaba las calles para cerciorarse de que nadie intentara pasar.

En el hectómetro uno, estaba localizada la primera señal de tránsito que se instaló en el pueblo. El primer semáforo, infancia del progreso que inevitablemente había comenzado a llegar y al que abría que acostumbrarse y esperar a que tanto los automovilistas como los peatones aprendieran a respetarlo.

Finalmente, en la misma entrada del pueblo, al lado del histórico edificio que albergaba los ritos y misterios de la Logia Masónica, estaba el hectómetro cero.

¡La entrada del pueblo!

Aquellos hitos kilométricos semejantes a gnomos viajeros varados al lado de la carretera han desaparecido y ya solo existen como imágenes distorsionadas de tiempos idos que se revuelcan a la hora de dormir y me hacen soñar con el camino desde la entrada del pueblo hasta donde el aroma suave del tabaco y el olor a café prieto se mezclaban con el amanecer.

Comentarios

  1. Mabel

    24 enero, 2020

    Muy buen texto. Un abrazo José Rubén y mi voto desde Andalucía

  2. Beto_Brom

    25 enero, 2020

    Nostalgias de un pasado grabado en el ayer-
    Gusté leerte, (va mi voto)
    Shalom amigazo

  3. JR

    25 enero, 2020

    @mabel – Muchas gracias Mabel. Muy agradecido por tu comentario.

  4. JR

    25 enero, 2020

    @betobrom – Nostalgia y añoranza nacida de seis años recorriendo los mismos caminos. Muchas gracias por leerlo. Saludos, el gusto es mutuo. Paz!

  5. Esruza

    26 enero, 2020

    Aunque el tiempo pase y todo cambie, los recuerdos siepre están ahí.

    Mi voto, José Rubén y saludos.

    Te envié u mensaje por aquí, no sé si ya lo leíste.

    Estela

  6. MadreMar

    28 enero, 2020

    Muy bonito y melancólico. El profundo arraigo a la tierra que nos vio nacer y crecer. Por muy lejos que estemos de ella, siempre nos llamará. Me ha recordado el son de aquella canción de Gloria Estefan «Mi tierra».
    Si me permites un pequeño apunte meramente estilístico, yo lo acortaría.
    Un abrazo
    Lourdes

  7. JR

    29 enero, 2020

    @lfranquet – Madre Mar, muchas gracias por tu lindo comentario y la sugerencia. El relato ahora es unos pedazos mas corto. Saludos y un gran abrazo.

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