Exorcizando un Amor Clandestino. Capitulo Tercero

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-¿Cómo estás?

– Bien ¿Y tú?

-Bien también- responde ella y hace una pequeña pausa –Entonces estas bien.

– La verdad es que no- respondí yo, intentando que no se me cortara la voz –No he estado muy bien.

 

 

Hace un mes que ya no iba al trabajo y, hace un mes, que no hablaba con ella. Un largo y tedioso mes.

El calor, a comienzos de Diciembre, nos adelantaba que el verano sería un febril infierno. Y así se sentía.

Existen varias formas de mutilarse. Yo elegí beber alcohol hasta retorcerme por la gastritis y corrérmela hasta que me dolieran las bolas. ¿Es aún demasiado tarde para creer en el destino y las invocaciones?

El detestable calor de las noches, me había obligado a tomar pastillas para conciliar el sueño. En honor a la verdad, el calor sólo era un instrumento más orquestándome el insomnio. Durante el día, las viejas cuerdas de una guitarra casi afinada y los mal logrados acordes en el piano, me servían para torturarme el oído y llenar las tediosas horas que conformaban mi cesantía. Nunca fui muy bueno haciendo música; pero me gustaba recordarlo cuando estaba un poco triste.

 

 

-Entonces ¿Por qué dijiste que estabas bien si no lo estás?

-Porque es lo que uno suele responder en estas cosas.

-¿Porque eres bueno mintiendo?

-No lo sé. No me considero bueno en eso.

¿Qué habrá querido decir con eso de que soy bueno mintiendo? El tono de voz que usó no distaba mucho del Cómo estas iniciales; pero de alguna forma entendí que quería significar algo más. ¿Por qué me llamaba?

Todos estos días la he tenido visitándome en mi cabeza. Algunas veces de forma voluntaria; otras, de forma más distraída. Hoy, en particular, me había acompañado en toda mi rutina de vago, en la forma de una condenada canción del grupo Mecano:

“Me cuesta tanto olvidarte.

Me cuesta tanto.

Olvidarte me cuesta tanto.”

¡Qué mierda! Qué mierda cuando las canciones tristes al fin te hacen sentido.

Para variar un poco la inacción y como parte de mi proceso de exorcismo/tortura, decidí dibujarla. Sus ojos enormes y cálidos; sus labios, de un rosa suave, que varias veces sembraron mi rostro de satisfacciones; su agudo cuello navegable. ¿La habré invocado? ¿Será por eso que me llamó?

Tomo una cerveza helada del refrigerador y, con el primer sorbo, bebo mis pastillas. Todas, menos una. Hoy intentaré que el alcohol me sede hasta quedar dormido.

Acostado en mi cama, tomo mi teléfono y comienzo a mandar mensajes a la mitad de mis contactos. Cualquiera que quiera comenzar alguna conversación que me distraiga. Nadie. Reviso entre las conversaciones más antiguas y encuentro el último mensaje que le envié a Camila:

 

Perdóname por lo mal que lo he hecho. Espero que puedas estar mejor.

Te extraño, extraño abrazarte, tomarte la mano. Eras un milagro y a mí me faltó la fe.

 

Comienzo a llorar y hago el teléfono a un lado. Mejor me duermo, antes de considerar algún otro tipo de flagelación.

Boca abajo, abrazando la almohada, escucho sonar el teléfono. Me incorporo un tanto cegado por la luz de la pantalla. Es ella.

-Perdón por llamar. Solo quería escuchar tu voz. ¿Estabas durmiendo?

-No aun; pero lo estaba intentando. Justo hoy me acordé de ti (No he dejado de pensarte). ¿Qué tal las cosas en la oficina? (te extraño).

-Tranquilas. Mañana me toca trabajar temprano.

-¿Cómo has estado tú? (¿Me extrañas?).

-Un poco desconcentrada. Bueno, debería dejarte dormir y yo debería intentar hacerlo también. Que estés bien.

-Tú también. Gracias por llamar (Te amo).

 

No creo haberla llamado con la mente ¿O sí? No creía poder enamorarme tan pendejamente tampoco; pero aquí estamos: llorando después de escucharla despedirse. ¿Habré bebido demasiado? Tal vez, y si tengo suerte, mañana no recordaré nada de esto. ¿A quién engaño? Lo recordaré y dolerá aún más sobrio.

 

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