¡Me reencarné en un Elfo! – Capítulo 6. Parálisis

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Soy Anhuar, encargada del orfanato norte, el único de toda la región dada la baja población que tenemos. Llevo 300 años custodiando, alimentando y educando a elfos y elfas abandonados por sus padres, ya sea por accidentes laborales, desbordes mágicos, enfermedades graves, delincuencia o, en el peor de los casos, homicidios. En toda esta época jamás un infante me fue un reto, creo que tengo la suficiente seguridad para afirmarlo.

«¿Doña Anhuar?» preguntó con una voz pesada Rigulos a través del comunicador de muñeca. «¿Cuánto sabe sobre la desaparición de Alder y el embarazo de Hellim?» me preguntó de pronto el administrador de alimentos, con quien hemos trabajado durante siglos. Su pregunta me tomó por sorpresa, esa fue una historia a la cual no le presté suficiente atención. «Casi nada» respondí. «Así será más fácil de todas maneras… actualmente Hellim no está disponible para hacerse cargo de su hijo recién nacido. La red de justicia actuó rápidamente y derivó el protocolo para su ingreso al orfanato.»

Un bebé recién nacido… son los mejores para enseñarles normas estrictas y deberes, sus mentes, blancas como la nieve en el bosque élfico, son pizarras perfectas para seguir demostrando mis dotes de corrección y educación de niños abandonados. Es muy rara la oportunidad de criar elfos recién nacidos, sin traumas, sin lazos emocionales, sin malas conductas adquiridas ni acercamiento al mundo criminal.

Mientras pensaba todo esto, noté que Rigulos ya había cortado la comunicación sin despedirse. Quedé tan absorta en mis pensamientos que, de seguro, él pensó que no bastaba dar ninguna información más sobre el bebé… y está en lo cierto, si es un bebé recién nacido, podré demostrarle a toda la comunidad élfica que mi método de crianza es el mejor, por lejos, desarrollando niños sanos, disciplinados y respetuosos, el ideal de nuestra sociedad. Sin perder ningún minuto más, ordené al personal del orfanato para que preparara la cuna y las ropa más pequeña que nos quede.

Una energía renovada llenaba todo mi interior, el fuego de mi ambición se encendió a máxima intensidad. Me repetí a mi misma que nada debía salir mal, que todo debía seguir de manera estricta el protocolo de educación que desarrollé, en especial porque es un elfo recién nacido, tomando en cuenta que el último que ví fue hace más de 150 años atrás. No podía dejar pasar esta oportunidad, por lo que fui personalmente a supervisar los trabajos de preparación. Actualmente no había otro bebé, así que debemos preparar la leche hasta encontrar una nodriza. «Está llegando». Presentí.

Un hombre mediano, conocido sirviente de Rigulos, entró al vestíbulo del orfanato. En sus brazos llevaba al bebé envuelto en un gran paño blanco, símbolo de su pureza. Al verme llegar se apresuró a entregarme al niño, viéndose evidentemente incómodo con la situación. Sentí el peso del bebé y me llevé una gran sorpresa, era bastante más grande de lo que se podría esperar de un recién nacido. «Señora Anhuar, sobre el niño… creo que debería saber que…»

No quería saber nada sobre el pasado del bebé. Antes que continuara su relato, le hice un gesto para que se detuviera. «Su pasado es pasado, su futuro depende de mí. Dile a Rigulos que lo contactaré cuando el niño cumpla un año de vida, una vez me asegure de enseñarle todo lo esencial que debe saber para que una familia decente lo quiera adoptar. Tú no te preocupes de nada más, ya cumpliste tu deber. Gracias por tu trabajo.» El sirviente pareció intentar replicar, pero nuestra diferencia de jerarquía le impidió ser más insistente.

Creo que quedó clara mi postura respecto al tema. Sé hacer mi trabajo.

Tras despedirnos, me dirijo directamente hacia el nuevo cuarto del bebé. Antes de colocarlo en la cuna, pido a mis ayudantes que me den un tiempo a solas con él. Una vez el silencio reinaba en el lugar, inspeccioné al nuevo huésped de mi orfanato. Su piel, morena como los elfos del sur, con pómulos prominentes y mandíbula delicada. Será un joven sano y atractivo. Sus ojos tenían un brillo azul profundo, llenos de energía y curiosidad.

No lo noté hasta después de unos minutos a solas, pero en todo este tiempo, desde que lo recibí en el vestíbulo, el bebé no ha emitido ningún gruñido, llanto o cualquier sonido. Por el contrario, sus ojos abiertos y atentos a todo lo que le rodeaba me hizo mirarle con más atención. «Hola…» traté de hablarle con dulzura, pero de pronto recordé que no me habían dicho su nombre. Intenté pensar en alguno, pero creí prudente esperar un poco antes de tomar una decisión tan importante.

Cuando ya me sentí conforme con la inspección, llamé a los ayudantes del orfanato para que retomaran sus funciones. Este bebé necesitaba un buen baño, leche tibia y sábanas limpias para una noche cómoda. «¿Mamá?» fue lo primero que dijo. Me impresionó de sobremanera que ya hubiera dicho su primera palabra. «Sí… mamá» le respondí aún algo desconcertada, con una sonrisa y apuntando mi cara.

«No, tú no mamá.»

Dí un sobresalto tan repentino que, por poco, no boté al bebé. ¿¡Acaba de hablar?! Mi mente vagó confusa unos instantes al tiempo que al lugar llegaron las demás personas. Me miraron extrañados por mi expresión facial y mi postura rígida, pero ninguno se atrevió a comentar nada al respecto. En absoluto silencio, me quitaron al bebé de los brazos y continuaron sus labores. Creo que necesito un descanso, la emoción de sostener un recién nacido que estará conmigo estos siete meses me desbordó, haciendo que sienta mi espalda agotada por el estrés que sufrí de pronto.

Si los bebés me hablaran, definitivamente me graduaría con excelencia como la persona que lo ha visto todo en el mundo. Debo mantener mi mente despejada para no transmitirle mis dudas ni mis miedos, son altamente perceptivos a las emociones antes de cumplir su primer año de vida.

«Mañana le haré una evaluación avanzada. Necesito registrar sus características físicas, analizar su información genética, evaluar su potencial mágico y, en especial, establecer un vínculo transitorio con alguna deidad protectora…» Tuve una sensación incómoda, como si, tal vez, debí preguntarle más a Rigulos sobre el bebé… No. Debo confiar en mi método. Si este caso tiene éxito, la metodología de crianza que he refinado los últimos 150 años podrá ser patentada y extendida a los demás orfanatos.

«Definitivamente no cometeré los mismos… errores… hace 150 años era demasiado joven.» Con una mente resuelta a tener éxito, evitando pensar en los fantasmas del pasado, me dormí soñando con premios, reconocimientos y prestigio entre mis pares. Demostraré que el amor y la disciplina son los pilares para formar elfos de bien. Nada me hará dudar.

«No, tú no mamá.»

Mis ojos se abrieron de golpe, con una sensación de miedo que me congeló la espalda, había escuchado tan claro esas palabras como si el bebé estuviera durmiendo a mi lado. Mi cuerpo no se movía a pesar de mi insistencia, solo mis ojos que, temblando del terror, fueron moviéndose lentamente hacia el costado de donde vino la voz.

Una figura extraña se asomaba bajo la almohada.

Un calor creció desde mis vísceras, expandiéndose a mi cabeza y extremidades. Mi respiración agitada crecía y crecía, traté de controlarla pero, por la ansiedad de no poder mover mi cuerpo, solo me alteraba más. Los segundos parecían horas, el sudor llenó mis sábanas y comencé a perder la compostura.

En ese momento, a duras penas pude mover un dedo… dos dedos… el pie completo y, de golpe, me pude sentar en la cama. Al superar mi parálisis, me levanté aterrada de la cama, ahogando las ganas de gritar para no armar un alboroto a esta hora. Intenté calmarme y despertar del todo. Recordé la extraña forma en la almohada y me acerqué con cuidado para mirar, corriendo el velo de la ventana para dejar entrar la mayor luz posible.

Una figura, de esas usadas para ofrendar a los dioses, descansaba siniestramente en mi cama. ¿Cómo llegó eso ahí? ¿Estaba anoche antes de acostarme? Mis recuerdos estaban nublados, es segunda vez en un día que me altero con tanta intensidad, definitivamente algo está mal en mí. En mi mente culpé a los sirvientes por un descuido al limpiar mi habitación, no había nada ilógico en esa línea de pensamiento, todos cometemos errores.

Con eso sentí que se daba todo por resuelto, sin embargo, esa noche no pude volver a dormir.

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