¿Por qué no llueve en el naranjal? Capítulo 1

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El Naranjal  es un pueblo apacible ubicado en la costa norte de Colombia muy cerca a los montes de maría. Esta región del caribe ubicada entre los departamentos de Bolívar y Sucre,  tiene un  clima cálido con una temperatura aproximada de 25 a 30 grados  centígrados  y tiene precipitaciones  a partir del mes de julio.  Durante el veranillo de san juan se presentan altas temperaturas y una  sequía tan cruel que hasta alucinaciones se ven a la vera del camino. Este fenómeno suele durar una o dos semanas pero a veces se hace más largo.

Para los meses de agosto y septiembre nuevamente llegan unas esporádicas precipitaciones que los pobladores citan una frase muy antigua que no se sabe de dónde salió;

 “llegan las lluvias de octubre que todo lo pudre”.

Eso es lo normal pero para este año el naranjal no ha recibido ni una sola gota de lluvia,  a pesar que entre marzo y abril caen por sorpresa pequeñas lluvias que llenan de humedad la zona.  Por  esta  razón  los pobladores ya no creían en el canto de la “Chicharra” aquel  insecto que supuestamente anunciaba la lluvia.

Esto tiene muy preocupados a los lugareños que dicen que este año está maldito por ser bisiesto, pero otros dicen  que dios está furioso por tanto pecado junto presentado en el pueblo.

«Hijos que no respetan a los padres, padres que abandonan a los hijos, y sitios de lenocinio dando mal ejemplo».

Al notar la ausencia prolongada de las lluvias algunos pobladores muy preocupados citan a una reunión en la pequeña plaza del pueblo y acuerdan crear una comisión para hablar con el cura para realizar una misa y  organizar una procesión en honor a San Isidro Labrador patrono del pueblo.

Ese santo milagroso que quita el agua y pone el sol o viceversa. Todo aquello  para pedir por el retorno de las lluvias que ayudarían a salvar las escasas cosechas que aun quedaban.

Esto no sería tan fácil el sacerdote encargado de la feligresía del naranjal estaba en la ciudad de Cartagena rindiendo descargos ante la diócesis por acusaciones de malos manejos y faltas a su vocación sacerdotal. Ya que hasta esas instancias habían llegado quejas que el clérigo mantiene amoríos clandestinos con algunas mujeres del pueblo. Esto se había mantenido hasta el momento callado o en su defecto pocas personas sabían la verdadera razón de la ausencia del párroco.

Cuando este chisme bomba explota, los que no sabían estallan en cólera y deciden esperar al susodicho en la parada de los autobuses y reclamarle al cura para que diga cuales son las mujeres que han estado con él.

Lógicamente esto sería imposible de saber, el curita lo negaría todo y la verdad verdadera valga la redundancia nunca saldría a flote. Mientras tanto decían las malas lenguas que las mujeres implicadas en el entuerto rogaban a todos los santos para que el padre Mario nombre del siervo de dios no cantara la verdad. Aun así  las mujeres del pueblo  lo consideraban un santo varón.

Los habitantes del pueblo encargados de hablar con el sacerdote irritados por la prolongada ausencia de este deciden en un acto de desespero que violentarán  las puertas de la iglesia y sacarán sin permiso la estatuilla de San Isidro labrador y de igual manera realizar  la procesión como lo habían acordado anteriormente.

No fue fácil tomar dicha decisión, había simpatizantes de la idea y por supuesto detractores que apoyados en la creencia de era un sacrilegio sacar al santo patrono sin la bendición del padre, mucho menos cuando faltaban detalles con respecto a la fiesta patronal que estaba detenida por la ausencia forzosa del sacerdote.

Se presentó un altercado muy fuerte entre las partes hasta el punto de que se revolucionó el pueblo llenándose de muchos feligreses la entrada de la iglesia inclusive aquellos que nunca se habían acercado a ella.

Como  es costumbre  en estos incidentes  sale alguien que logra  apaciguar la muchedumbre solo con el sencillo hecho de escuchar a las partes afectadas y sacar una solución.

Este papel le tocó a Belisario Otanchez un veterano militar y héroe de guerra según él, decía haber participado en la guerra de Corea, aquel conflicto bélico donde Colombia fue el único país  latinoamericano en mandar tropas a una guerra a miles de kilómetros. Muchos de los que combatieron nunca supieron a donde fueron exactamente, contra quienes pelearon  y porqué.

Pero a pesar de esto Belisario con más de ochenta años encima era muy admirado, su recio carácter lo hacía merecedor de respeto.

Su voz era rígida y contundente, a pesar de los años impactaba a tal punto que la muchedumbre quedó atónita y silenciosa al llamado que le hacía el curtido personaje que tenía la palabra.

Con la mediación del “veterano Belisario” como era conocido en el pueblo se logra poner fin a la discordia. Se pacta una solución que consistía en llamar a un agente de policía que estuviera presente y fuese testigo que solo de la iglesia saldría la estatuilla en mención, y no otras cosas que serían atractivas para los amigos de lo ajeno que también se camuflaron en la muchedumbre.

Así se hizo la diligencia, los delegados de sacar al santo volaron un enorme candado que aseguraba las dos puertecillas principales del templo. Este estaba lleno de palomas y excremento de las mismas por todos lados. Tomaron lo necesario y llevaron la imagen al centro de la plaza donde lo adornarían y le fabricarían un anda o camilla de madera para cargarlo.

Los feligreses se alistaban para tal acontecimiento, todo el pueblo respiraba un olor a incienso porque  el humo de las hornillas se esparcía por  las polvorientas calles.  Algunos voluntarios se encargaron de  regar el paso de la procesión con la escasa agua que conseguían en lejanos arroyos que estaban a punto de evaporarse por la vasta  sequía.

Los preparativos para la decoración del santo seguían.  Una señora asidua visitante de la iglesia  la cual era conocida como “Doña Paca”  versada en las artes del canto muy apegada a la ley católica al igual que sus dos hermosas hijas. De las cuales se decía “Bonitas si son, pero traviesas mucho más, les gusta la maldad

Doña Paca se encargó de  ensayar a un grupo de niños para que entonaran en coro la canción “San Isidro labrador” de los hermanos Zuleta estos juglares e intérpretes de la música vallenata muy  apreciados en la región.

Esta canción a ciencia cierta no era religiosa pero su mensaje era halagador para las peticiones de los vecinos del naranjal.

Cuando los chicos cantaban Doña paca les decía que la entonaran con el alma, que  la fe mueve montañas, que dios los estaba  escuchando y les mandaría esas lluvias que estaban esperando para que no se perdieran las cosechas.

Ya estaba lista la procesión para salir con el santo adornado y los niños preparados para cantar. Poco a poco se fue acercando la multitud de feligreses  que acompañaría la romería del santo patrono y de inmediato se inició el acto para pedir por el retorno de las anheladas lluvias.

Comentarios

  1. Mabel

    17 enero, 2020

    Muy buen Cuento. Un abrazo Luis Alfredo y mi voto desde Andalucía

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