¿Por qué no llueve en el naranjal? Capítulo II

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El recorrido del solemne acto se daba sin contratiempos solo uno que otro que era retirado por los voluntarios que encabezaban el evento. El sol canicular no daba tregua a pesar de que ya eran las cuatro de la tarde y el polvo levantado por la muchedumbre se hacía más intenso a medida que la procesión avanzaba.

Muchos de los acompañantes al acto ya daban muestra de fatiga cuando de repente un feligrés de los que cargaba el santo  da la orden a los otros que paren.

Con voz rígida exclama que al santo hay que azotarlo para que la petición dé resultado.  En ese momento nuevamente se forma la algarabía y el que promovió el desorden logra su cometido y con una fuerza bestial empieza el salvaje acto de azotar al santo patrono.

Mientras la mirada atónita de algunos asistentes no daba crédito a lo que miraban, inclusive había mujeres que se le salían las lágrimas porque eso nunca lo habían visto.

Cuando cesa la brutal escena  increíblemente suena un estruendo que se escuchó por todo el pueblo. Parecían truenos acompañados de una ráfaga de fugaces relámpagos y unos vientos que iban y venían estremeciendo los árboles que encontraba en el camino.

Todo era consternación la gente corría de un lado a otro hasta los que cargaban al santo lo abandonan y corren despavoridos. Los truenos en el cielo se hacían más frecuentes hasta el punto que uno estalla cerca de los alocados feligreses, su onda corta un árbol de coco hendiéndolo en dos mitades y las mismas caen a ambos lados de una esquina de la plaza.

Después del incidente de los truenos la gente trataba de recobrar la calma pero el pánico los poseía a tal punto que dejaron la plaza desolada y el santo patrono inerme tirado como una cosa más.

Al pasar de los minutos se fue formando en el horizonte unas negruzcas nubes que empezaron a ensombrecer el paisaje cosa que asustó más  a los pobladores.

Todos  en el naranjal rezaban credos y padres nuestros para que nada malo pasara,

de repente empezaron a caer las primeras gotas, estas se evaporaban de inmediato debido a la resequedad del suelo. Las grietas de barro seco se tragaban con premura las intermitentes pizcas de agua que caían del cielo.

Poco a poco se fue formando una feroz tempestad que asustaba por su brusquedad.  Un silbido aterrador acompañaba a la borrasca que cubría no solo al naranjal si no a gran parte de la región. Las comunicaciones se perdieron y la oficina de teléfonos públicos que servía  al pueblo quedó fuera de servicio  asomo de algo desastroso por si se llegase a necesitar ayuda de un pueblo vecino.

La tormenta seguía con malevolencia hasta el punto que las calles más bajas del pueblo empezaron a inundarse y a formar grandes encharcamientos que tornaban la zona como islas debido a la cantidad de agua que caía.

La ferocidad del diluvio era tal que hasta ese punto prácticamente el pueblo se hundía, las orillas de los arroyos se desbarrancaban con facilidad y el nivel de las aguas crecía atrozmente.

La tormenta no cesaba y hasta ese momento ya llevaba más de seis o siete horas ininterrumpidas de lluvias. Las precipitaciones eran las mayores en años y solo se escuchaban lamentos de los aturdidos pobladores.

Era improbable que la tormenta cesase pronto, más sin embargo un pequeño grupo de valientes de los que habían asistido a la procesión salen de sus casas para llegar a la plaza en medio de la lluvia para recoger la imagen del santo. Esto con la intención de retornarla a la iglesia a ver si este acto haría que amainara  la tempestad. Alcanzaron a llegar a pesar de la fuerza de los vientos y la borrasca, uno de ellos recoge al santo y  los otros se percatan que tiene un brazo quebrado cosa que no esperaban.

Así con todo y brazo roto lo toman con fervor. El responsable de aquel ferviente acto abrazaba a santo patrón mientras rezaba para poder llegar a la iglesia.

Tal como lo planearon lograron su tarea y  abren las puertas de la iglesia ingresando al santo malogrado y lo colocan en el puesto que ocupaba al lado izquierdo del altar,

porque el lado derecho estaba ocupado por una imagen del niño Jesús de Praga.

Como una señal de reverencia uno de ellos intenta por todos los medios remendarle el brazo. Afanosamente buscan algo que les sirva para unir  los restos recogidos en la plaza. Uno grita con emoción que en el cuartico  contiguo a la sacristía  donde el cura guarda sus indumentarias podrían hallar lo buscado. El encargado consigue encontrar un rollo de cinta grande transparente que lograrían hacer algo.

Se pusieron manos a la obra logrando recomponer el brazo de la imagen y colocarlo en su sitio. Ordenaron un poco el desbarajuste recogiendo  una cantidad de mugre acompañada de excremento de paloma que había invadido toda la iglesia.

Mientras todo esto pasaba la lluvia disminuye un poco pero los vientos seguían azotando con su silbido espantoso.

El grupo que ocupaba la iglesia decide realizar una cadena de oración tomándose de las manos como signo de obediencia al creador.

Dicho grupo pasó toda la noche en la iglesia y los sorprendió un amanecer muy frío con una humedad incesante a pesar de que la lluvia era solo un sereno pertinaz o llovizna como la llaman por esas tierras. Las calles se convirtieron en un fangal insoportable  para cualquier parroquiano que quisiera salir a dar una vuelta en el pueblo.

Cuando transcurrían las siete u ocho de la mañana tal vez, un sol opaco irrumpe en el cenit vistiendo  la alborada con un velo de luz imberbe. Esto favorecía a que poco a poco las cosas fueran tomando su curso natural y el pueblo empezara a reponerse de más de doce horas de lluvias.

Salían las personas de sus casas a revisar los posibles daños que les había ocasionado semejante tormenta.

Algunas casas salieron ilesas otras que eran las más débiles como las de bareque y paja sufrieron  deterioros, lo mismo que aquellas que cubrían los techos con hojas de zinc.

En medio del zaperoco que armaron las personas después del desastre natural pasa corriendo por la plaza desolada  un vecino de nombre Ramón pero en el pueblo era más conocido como “pollerita” por ser el más chismoso de aquel lugar. Este individuo sabía todas las noticias y estaba vociferando que había escuchado muy temprano en la mañana una conversación que sostuvieron en la estación de policía con la diócesis de Cartagena vía radioteléfono. Este era el único medio de comunicación que sobrevivió a la catástrofe.

Como aquel individuo  era una emisora de rumores estaba enterado que la máxima autoridad del clero había decidido destituir al padre Mario y lo había obligado a retornar al naranjal para que ofreciera excusas por su comportamiento y además para que presentara a su sucesor del cual solo se sabía que venía del extranjero.

Esa noticia entristeció a los habitantes de aquel pueblo desolado que ahora más que nunca necesitaba su guía espiritual.

Pasados dos días de la calamidad que ocasionaron las lluvias se corrió el rumor que esa fecha retornaría el padre al pueblo.

Esto detonó una euforia incontrolable en los feligreses unos a favor y otros con ganas de sacarle la verdad de cuáles eran las damas involucradas en el idilio antes mencionado con el cura.

El día se opacaba haciéndole un llamado lastimero al lúgubre ocaso y aun así  seguían esperando al sacerdote en la parada de los autobuses. Ya casi con el  crepúsculo a cuestas se ve una camioneta jeep con placa de Bogotá nunca antes vista en el pueblo. Todos los presentes en el lugar no perdían la mirada a los ocupantes del vehículo hasta que este se detuvo bajo un árbol de Almendro que había quedado sin hojas por el vendaval ocurrido días antes.

Descienden del carro el conductor dando muestras de cansancio ya que se agarraba con fuerza la parte baja de la espalda. El otro que se bajó lentamente era un señor de aspecto delicado de altura mediana que se secaba con desesperación el sudor que le cubría el rostro.

Por último desciende el padre Mario con unas vendas en la boca, hechas de una cinta blanca que parecía esparadrapo de eso que usan en los hospitales para cubrir heridas.

Su aspecto no era el mejor lucía una barba mal cuidada y su olor a sudor de varios días no se disimulaba.  De un momento a otro se vieron rodeados los tres personajes de una pequeña multitud de curiosos que los aguardaba con caras de pocos amigos.

Continuará.

Comentarios

  1. Mabel

    22 enero, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo Luis Alfredo y mi voto desde Andalucía

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